Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 20
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Capítulo 20

T im no sabría decir cuántos comanches esperaban su llegada ansiosos, rodeando el lugar donde lucharían.

Cóndor Solitario ya esperaba allí, luciendo más amenazante y letal que nunca.

El guerrero gritó al cielo, agitando los brazos con intención de intimidarle.

Tim entró en el círculo de sangre sintiendo el peso de cada una de sus heridas; estaba dolorido, la cabeza le palpitaba y la rigidez de su pierna le restaba agilidad, pero la presión del momento y la absoluta necesidad de ganar a ese hombre para salvar su vida y el destino de Taby le insuflaron una energía que le hizo olvidar lo demás.

El guerrero acarició la cicatriz de su cara, y no supo si lo hizo como un acto reflejo o como una promesa muda, una seña de que no le tenía miedo al dolor.

Los comanches vociferaban sin cesar, pero Tim dejó de oírlos. Ambos hombres caminaron en círculo midiéndose, esperando a descubrir quién sería el primero en atacar.

Cóndor Solitario se movió con la rapidez de un depredador y avanzó hacia él sin titubear.

No le hizo falta demasiado para detectar con astucia la debilidad del hombre blanco; asestó un golpe bajo y seco directamente sobre la pierna débil de Tim, derribándolo con fuerza sobre la tierra.

Tim ahogó un grito de dolor consciente de que la tortura no había hecho más que empezar y que no dudaría en destrozarle la articulación para terminar con él.

Taby permanecía junto a su abuelo con el corazón encogido y las manos crispadas apretando la tela de su túnica. Águila Gris la observaba impasible como una estatua de piedra y su nieta se preguntó si alguna vez perdería el control.

Desde el suelo, Tim alzó la vista y buscó el rostro de Taby entre la multitud.

Ver la angustia en sus ojos grises y tormentosos rompió algo en su interior; la adrenalina sepultó el dolor, no podía permitirse el lujo de dejar que lo dominara.

Apoyando el peso en su pierna sana, Tim rodó sobre la tierra, esquivó una patada de su rival y, con un movimiento rápido, asestó un puñetazo en la mandíbula de Cóndor Solitario que lo mandó directo al suelo.

La multitud rugió ante el inesperado contraataque.

Sin embargo, Cóndor Solitario se recuperó con una presteza asombrosa, mucho más acostumbrado que Tim a las peleas cuerpo a cuerpo; con el rostro encendido por la furia, sacó su largo cuchillo del cinto e intentó herir de muerte a Tim en el vientre.

Él intentó hacer lo mismo pero descubrió con estupor que había perdido su arma en la caída.

Taby ahogó un grito de pánico, tapándose la boca. Águila Gris volvió a mirarla de reojo y, con su voz profunda, le susurró en su lengua una frase de consuelo.

—No debes temer, Muatabe. Los espíritus son siempre sabios.

Cóndor se rio con ganas, y tras detenerse unos segundos para observar a Taby como si ya le perteneciera, echó a correr hacia Tim con un grito de guerra agudo brotando de sus labios.

En ese instante, Tim supo que tenía que actuar, o moriría, dejando a Taby presa de su destino.

Con una agilidad y una fuerza fruto de la desesperación, se agachó cuando el guerrero se abalanzó hacia él, alzando la pierna para asestarle una patada que impactó con precisión en la muñeca de Cóndor solitario, arrancándole el cuchillo de las manos y haciéndolo volar por el aire.

El arma cayó a unos metros, clavándose en la tierra.

Águila Gris contempló la escena, fijó su mirada impasible en su nieta con sus ojos inexpresivos, aunque ella tuvo la impresión de que estaba satisfecho con lo que contemplaba.

—El viento canta la canción de la mujer de los ojos de luna. Ella salva al halcón muchas veces. Ella debe ser la mujer del halcón de corazón puro.

Mientras tanto, en el centro del círculo formado por la tribu, Tim, espoleado por una fuerza que parecía brotar de su rabia, atacó a Cóndor Solitario sin piedad.

Esquivó sus puños con una facilidad inesperada como si pudiese leer sus pensamientos, y le propinó dos golpes contundentes en las costillas arrancándole un gruñido.

Finalmente, lo derribó con un golpe en la garganta provocando una nube de gritos a su alrededor.

Tim pensó que si no lo mataba el guerrero lo haría su pueblo, pero por ahora solo le quedaba librar las batallas una a una.

Se sentó con todo su peso sobre el pecho del guerrero, que permanecía aturdido en el suelo, blandiendo el arma que le había quitado minutos antes.

Colocó el filo rozando el cuello de su rival, sintiendo cómo su carne se clavaba ligeramente en el metal con cada respiración acelerada.

Un pequeño hilo de sangre brotó de su piel, y Timothee sonrió.

Tras un profundo silencio que duró unos segundos interminables, la multitud, comenzó a jalear y a animar al tosa taibo para que terminara el trabajo y derramara la sangre del vencido.

El honor así lo dictaba. Sin embargo, Tim miró fijamente a los ojos de Cóndor Solitario, negó lentamente con la cabeza y, en un gesto de generosidad que dejó mudos a los presentes, arrojó el cuchillo lejos.

—No es un deshonor perder, si has luchado bien —declaró Tim en voz alta, para que todos lo escucharan, haciendo que un murmullo sobrevolara las cabezas de los presentes.

Se puso en pie con esfuerzo y se dio la vuelta, dándole la espalda a su rival para caminar hacia Taby.

Pero la humillación era excesiva para el orgullo de Cóndor Solitario.

Indignado y ciego de rabia, el guerrero se levantó del suelo, recuperando el cuchillo y, rompiendo cualquier regla de honor.

, se lanzó con un grito salvaje hacia Tim para matarlo a traición, sin importarle con ello destrozar su reputación.

—¡Tim, cuidado! —gritó Taby, desgarrándose la garganta.

La advertencia de la joven alertó a Tim que, con un reflejo instintivo, giró sobre su pierna sana y esquivó la embestida de su rival.

Cóndor solitario, tropezó y llevado por el impulso de la carrera, cayó con violencia sobre las grandes piedras que delimitaban el círculo sagrado.

Un crujido seco y espantoso resonó en todo el valle.

El indio soltó un alarido de puro dolor cuando los huesos astillados de su pierna asomaron a través de la piel.

El combate había terminado, y para Cóndor Solitario, puede que para siempre.

No solo había perdido el honor del guerrero sino que sus heridas cambiarían su forma de vivir.

El silencio que siguió fue sepulcral. Águila Gris avanzó tres pasos hacia el centro del anillo y, dio un golpe rotundo con su lanza contra el suelo, sellando el pacto que había firmado la lucha.

—El tosa taibo es el halcón que los espíritus susurraron en el viento —proclamó el anciano—. Ha luchado con honor y ha perdonado la vida de su enemigo. Su mano ayudará a nuestro pueblo. Así será.

Taby corrió hacia Tim , y mientras el campamento entero estallaba en clamores de aceptación, él la recibió abrazándola contra su pecho, con las alas de pintura de guerra grabadas en su piel y el corazón salvaje latiendo al fin más libre que nunca.

Tim miró a su sobrino sin poder creer que finalmente lo tuviese en los brazos.

El peso del pequeño fardo resultaba demasiado ligero después de tantos días de angustia y lucha.

El niño, ajeno a la violencia que hasta ahora había rodeado su existencia, dormía con los puños cerrados junto a sus mejillas sonrosadas.

Taby se acercó a su lado, guiando a los caballos, y lo contempló con ternura.

—¿Has elegido ya su nombre, Tim?

Él alzó la vista, con los ojos azules empañados intentando contener la emoción.

—Soy un hombre justo, Taby. No sé qué nombre eligió mi hermano, pero con seguridad le habría llamado como él. Era demasiado egocéntrico para permitirse nombrarlo de otra manera —apuntó con una sonrisa triste—. Así que eso haré. Se llamará Thatch. Thatcher Brannigan.

Taby asintió, conforme con el honor rendido al fallecido, fuesen cuales fuesen sus errores, y montó en su yegua con la agilidad que la caracterizaba.

Tim, manejándose con extremo cuidado, le tendió al bebé para que lo acomodara en el hatillo de tela que rodeaba su torso, pegado a su pecho.

El niño se removió un instante y volvió a conciliar el sueño, acoplándose allí como si aquel fuera su lugar natural.

Los guerreros del poblado los acompañaron hasta los límites de las llanuras, asegurándose de que no sufrieran contratiempos en su territorio.

Antes de despedirse, les indicaron un camino más corto que implicaba no cruzar por el pueblo donde Thatch había vivido por el bien del bebé; una ruta un poco más agreste y solitaria, pero perfectamente asumible para dos jinetes experimentados con caballos fuertes.

Ellos seguirían su viaje para recuperar los animales que Ernest custodiaba y devolverlos a su pueblo.

Llevaban consigo provisiones de carne y tortitas para un par de días, además de alimento adecuado para el bebé, aunque ambos sabían que tendrían que hacer paradas más continuas de lo habitual para asegurar el bienestar del niño y permitirle descansar.

El segundo día de viaje se adentraron en un paraje árido y espeso, rodeado de mezquites cuyos ramajes retorcidos proyectaban sombras alargadas aunque no demasiado frondosas.

El sol del mediodía caía con fuerza, y Tim buscó con la mirada un sitio adecuado para descansar.

De pronto, las monturas relincharon, inquietas, y Taby se puso alerta, deteniendo las riendas de un tirón seco.

Al avanzar un poco más tropezaron con una escena que les heló la sangre.

Un carruaje de pasajeros permanecía detenido en mitad del camino, sin los caballos y con toda la apariencia de haber sido desvalijado sin piedad; el equipaje y las ropas se desparramaban por el suelo, cubiertos de polvo y el cochero estaba tumbado hacia delante sobre el pescante, con una enorme mancha de sangre seca en la espalda y una nube de moscas zumbando a su alrededor.