Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 19
84%

Capítulo 19

U nos minutos después, el anciano regresó a su propia tienda. Taby estaba allí, sentada sobre las pieles, meciendo con infinita ternura al pequeño bebé blanco, que dormía plácidamente. Al ver entrar a su abuelo, la joven levantó la vista con los ojos llenos de súplica.

—¿Puedo llevar al niño para que Tim lo vea? —preguntó con voz temblorosa—. Necesita saber que está bien.

—El hombre blanco debe descansar —respondió el anciano—. Cuando el sol salga, luchará.

Taby dejó al niño con delicadeza sobre el lecho de mantas y enfrentó a su abuelo, con el corazón en un puño.

—¿Luchar? ¿De qué hablas?

—Me ha pedido tu mano en matrimonio —relató Águila Gris con solemnidad—. Mañana los espíritus decidirán el destino de ambos en el círculo de sangre.

Taby no esperó a escuchar más. Salió de la tienda corriendo, cruzando el campamento hasta llegar a la tienda donde retenían a Tim.

Ya no había ningún guerrero vigilando la entrada; Tim estaba allí por su propia voluntad.

No tenía caballos para huir, y aunque los hubiera tenido, su decisión estaba tomada.

Iba a luchar por ella. La cobardía no entraba en sus planes.

Cuando Taby irrumpió en la penumbra de la tienda, se llevó las manos a los labios, ahogando un grito.

A la luz de las brasas, vio el rostro magullado de Tim.

Tenía el ojo izquierdo completamente morado e hinchado, y una fea herida abierta sangraba levemente en la ceja fruto de la patada que le habían dado cuando lo capturaron.

Se arrodilló junto a él y dirigió sus manos a las muñecas, sorprendiéndose al comprobar que le habían liberado de las ataduras.

Durante unos instantes, se miraron en un silencio roto solo por sus respiraciones. Al final, toda la resistencia de Taby se desmoronó, se echó a sus brazos y comenzó a llorar sobre su hombro, aferrándose a su camisa con desesperación.

—No puedes luchar contra Cóndor Solitario, Tim... —sollozó, con la voz rota—. Es el guerrero más fiero de la tribu. Te matará.

Tim soltó una carcajada, y arqueó una ceja fingiéndose herido.

—Vaya, chica sin nombre, veo que tienes una confianza ciega en mis habilidades. Debería ofenderme.

Taby lo apartó un poco, mirándolo a través de las lágrimas.

—No es una broma, Tim. No sé por qué mi abuelo ha accedido a una locura semejante.

—He sido muy convincente —le dijo él, suavizando el tono mientras acunaba el rostro de la joven—. Sobre todo, porque le he dicho la verdad. Le he dicho que te quiero, Taby. Y mataría o moriría por hacerte feliz.

La muchacha guardó silencio, impactada por la confesión que tanto había anhelado escuchar sin darse cuenta. Tim le acarició la mejilla con el pulgar y besó el rastro de una lágrima solitaria.

—Si las cosas salen mal mañana, prométeme que cuidarás de mi sobrino.

Taby apoyó la frente contra la de él, cerrando los ojos mientras sus manos recorrían las facciones heridas del hombre.

—Es un bebé fuerte y precioso, Tim. Se parece a ti —susurró con infinita ternura—. Pero no hables de morir. Trae mala suerte desafiar a los espíritus.

—En ese caso, no lo diré. Pero un beso sería un buen recuerdo que llevarme al otro mundo, ¿no crees? —murmuró él con una sonrisa pícara.

Taby no lo hizo esperar. Se inclinó y lo besó.

Al principio, el beso estuvo lleno de una ternura desgarradora, una caricia suave destinada a apaciguar su alma; sin embargo, la pasión contenida, el miedo a la pérdida y el deseo salvaje comenzaron a crecer entre ellos, incendiándolo todo.

Necesitaban olvidar el futuro tan oscuro que se cernería sobre sus cabezas al amanecer.

Amarse en ese instante era la única opción que la vida les otorgaba, una certeza absoluta que no podían desperdiciar por si el destino decidía que no volviera a repetirse.

Con dedos trémulos pero urgentes, Taby comenzó a aflojar las ropas de Tim, deslizando sus manos por la tela hasta acariciar la firmeza de su pecho desnudo.

Él la apretó contra su cuerpo con una fuerza posesiva, llenándose las manos con la calidez de sus pechos, arrancándole gemidos que morían en su boca.

Tim bajó los labios por su cuello, sintiendo el latido desbocado y frenético de la joven resonando dentro de él como el tambor de una guerra que estaba dispuesto a ganar.

Arrastrada por una marea que la empujaba a sentirse libre, se remangó la túnica de ante hasta dejar a la vista sus piernas fuertes, y se sentó a horcajadas sobre él, apretándose contra su cuerpo con una urgencia que los hizo temblar.

—Te deseo, Muatabe... —le susurró Tim al oído, con la voz enronquecida por la pasión—. Hasta que llegaste tú a mi vida, yo no sabía quién demonios era. Hasta que llegó el amor yo solo era una sombra. Pero ahora sé quién soy.

Taby lo miró, con el cabello negro cayéndole sobre los hombros y los ojos encendidos por el deseo y la ternura.

—¿Quién eres, Ojos Azules?

—Un corazón salvaje —confesó él, sujetándola por las caderas para atraerla hacia su erección—. Un hombre para nada civilizado que está completamente a tu merced. Soy el hombre que te quiere de una manera egoísta y febril.

Ella sintió que su pecho estallaba en mil pedazos y sin poder hablar, le contestó de la única manera que sabía, besándolo con desesperación.

Las manos de Tim buscaron su intimidad, acariciándola, haciéndola arquearse en busca de más, sabiendo que ya no habría marcha atrás.

Se pertenecían el uno al otro, pasase lo que pasase, sin importar lo que dijese el viento.

La sujetó de las caderas y la apretó contra su cuerpo elevándose hacia ella, penetrándola con suavidad.

Durante un instante ninguno de los dos se atrevió a respirar, disfrutando de la sensación de pertenecerse el uno al otro.

Ella se movió sobre él con una cadencia rítmica y libre, guiada por las manos grandes de Tim que la sujetaban firmemente de las caderas, marcando el compás de una entrega absoluta.

No les importó que el peligro o la muerte los acecharan, sus cuerpos se fundieron en un grito unísono cargado de vida, reclamándose el uno al otro antes de que los tambores del amanecer dictaran su sentencia.

Taby contempló unos segundos al hombre al que había empezado a amar sin pretenderlo, sin poder concebir la idea de quedarse allí ni en cualquier otra parte del mundo sin él.

Su respiración era pausada a pesar del dolor, y se vistió sin hacer ruido para no despertarle.

Dobló cuidadosamente la chaqueta y los pantalones para dejarlos a un lado, con seguridad al día siguiente usaría ropa comanche para la lucha.

Estaba nerviosa, no podía negarlo, y movió la cabeza para deshacerse de la sensación de desasosiego que la asfixiaba.

Cogió el chaleco de Tim para ponerlo con el resto de la ropa, y al doblarlo un objeto pequeño y brillante cayó sobre la manta de piel.

Lo sujetó entre el pulgar y el índice y jadeó con sorpresa al observar la cristalina esmeralda que desprendía reflejos verdosos a la luz del fuego.

Había visto antes una joya similar, y a pesar de que no le daba demasiada importancia a esos objetos inútiles, percibió su forma y el engarce.

Los había visto antes. Recordó el juego de pendientes que pertenecieron a su abuela paterna y que su padre insistió en regalarle, y a los que les faltaba una pieza.

Justo esa que ahora sostenía. Desconocía por qué razón Tim la tendría en su poder, pero no era el momento de desperdiciar energía en ese tipo de teorías.

Guardó la gema en el bolsillo y lo cerró; ya habría tiempo de conseguir las respuestas que necesitaba.

Tim abrió los ojos y, para su propia sorpresa, descubrió que había dormido con una placidez profunda y reparadora, un milagro que solo podía atribuir al recuerdo del cuerpo de Taby entregado al suyo.

Sonrió al recordar sus caricias atrevidas a pesar de su inexperiencia y se mordió el labio al darse cuenta de lo ansioso que estaba por volver a tenerla.

Sus ensoñaciones dieron al traste cuando la solapa de cuero se apartó y dos mujeres de la tribu entraron portando un cubo de madera que exhalaba un aroma penetrante a hierbas, sobre todo a romero.

En ese momento las preocupaciones se agolparon sobre su cabeza, al recordar que había una enorme posibilidad de que acabara siendo comida para los buitres.

Con rostros serios, ellas se acercaron al prisionero y le hicieron señas para que se pusiese de pie.

—Tu dios querrá que huelas bien hoy cuando llegues a visitarlo —dijo una de ellas con un inglés bastante aceptable.

Tim frunció el ceño, sintiendo un frío latigazo de realidad en el estómago; de inmediato, intentó quitarles el paño mojado para asearse él mismo, pero las mujeres soltaron sendas carcajadas e insistieron con vehemencia en frotar ellas mismas sus hombros y sus brazos.

Tuvo la impresión de que estaban disfrutando con lo que hacían pero no se atrevió a ofenderlas.

En ese preciso instante, Taby entró en la estancia portando un cuenco de barro entre las manos.

Al ver la escena, sus ojos destilaron chispas de pura indignación.

Les gritó una frase cortante en comanche y las dos mujeres, visiblemente molestas al ver rota su diversión, soltaron el cubo y se marcharon de la tienda airadas.

Con la mandíbula tensa, fulminó a Tim con la mirada.

Él, divertido al entender que se había puesto celosa, se encogió de hombros con una sonrisa traviesa.

—Creía que era parte de vuestra tradición —bromeó alargando la mano para coger la suya.

Taby se colocó frente a él y lo examinó de arriba abajo.

El joven prudente y tímido que había encontrado en Sabine Cross ya no existía, solo había que mirar sus ojos para ver la fuerza del hombre en el que se había convertido.

Tim vestía únicamente un pantalón de ante sujeto por un cinturón de cuero, dejando su torso completamente al descubierto.

Al contemplar la firmeza de su pecho y la anchura de sus hombros, las mejillas de la joven se encendieron.

Tim, aprovechando su cercanía, la tomó por la cintura y la atrajo hacia sí para robarle un beso, deseando que no fuera el último.

Ella se apartó con suavidad, y lo miró con una seriedad que le encogió el corazón.

—Brannigan, ¿habrías pedido mi mano si las circunstancias hubiesen sido otras? ¿Si nos hubiésemos conocido en un mundo donde no hubiese que luchar a muerte para conseguir la libertad?

—Sí —respondió, y su voz vibró con una certeza inquebrantable—. Me habría encantado conquistarte sin prisas. Invitándote a merendar junto al río, robándote un beso tras otro y, después, haciéndote el amor sobre una manta hasta que cayera la noche.

Una lágrima solitaria rodó por la mejilla de Taby, consciente de que se les acababa el tiempo y de que debía concentrarse en la batalla que aguardaba fuera.

Se la limpió con rapidez, obligándose a recuperar la entereza.

Con un suspiro, hundió los dedos en el cuenco de barro que traía.

Tim miró el contenido. Eran pinturas de guerra; aquello empezaba a ser algo muy real y ni siquiera sabía a qué iba a enfrentarse.

—Escucha el viento, Taby... —Le susurró con complicidad, sujetando su mano antes de que comenzara a pintarle y deslizando el pulgar por sus muñecas—. Seguro que está cantando tu canción ahora mismo. Y en ella aún no está escrito el final.

Ella no respondió, pero hundió los dedos en el pigmento húmedo.

Timothee aprovechó el instante para volver a besarla, esta vez con una ternura que los dejó sin aliento.

Llevada por la misma marea cálida que lo arrastraba a él, Taby apoyó las manos manchadas de pintura en el pecho desnudo de Tim y las deslizó hacia los lados en un movimiento instintivo mientras profundizaba el beso.

Cuando finalmente se separaron, él miró hacia abajo y se dio cuenta de que el pigmento dibujaba sobre su piel la silueta perfecta de dos alas extendidas.

Un violento pellizco le apretó el estómago, sin saber muy bien por qué, justo cuando la solapa se abrió de golpe y varios hombres entraron a buscarle para llevarlo al lugar donde se celebraría la lucha.