Capítulo 18 #2
No sabía dónde estaba Taby, y esa era el único miedo que le quemaba las entrañas.
No se atrevía a nombrarla por temor a revelar su presencia allí, ya que desconocía si esos tipos eran amigos o enemigos.
Pensar en ella dolía más que aquella infernal travesía sin descanso.
Se negaba a pensar que lo hubiera abandonado.
Al despertar, el caballo de la joven ya no estaba, pero sí los dos sementales que pensaban entregar como muestra de buena voluntad, los cuales ahora avanzaban atados a la zaga del grupo.
Cruzaron en menos tiempo del que él había previsto una superficie extensa, árida y completamente llana, donde nadie habría podido esconderse en millas a la redonda.
Estaba cayendo la noche cuando, tras superar una loma protegida por una espesa línea de álamos, divisó por fin el asentamiento comanche junto a un riachuelo serpenteante. Las hogueras ardían moteando el espacio con pequeños puntos de luz anaranjada que solo eran visibles cuando llegabas allí.
Cuando el grupo comenzó a bajar la colina, todos detuvieron lo que estaban haciendo para clavar su atención en ellos.
Al ver que traían consigo a un hombre blanco, el campamento se revolucionó en un segundo.
Una marea de rostros de piel oscura se agolpó a su alrededor gritando y acercándose para poder verlo mejor.
Sus captores bajaron a Tim del caballo con brusquedad tirándolo al suelo.
Su pierna izquierda acusó el golpe y un dolor agudo y cegador le recorrió el muslo, haciéndole perder el aliento.
Mientras intentaba recomponerse, aturdido y de rodillas, varios niños se acercaron corriendo con curiosidad, y comenzaron a tirar de su pelo rubio con violencia.
Tim giró la cabeza con brusquedad para librarse del dolor, pero el movimiento enfureció a uno de los hombres, que le propinó una patada en el estómago.
Tim cayó de bruces, sin aire, golpeándose la cara contra el suelo.
El gesto violento pareció enardecer a los presentes y antes de que pudiera recuperarse, otro comanche lo volvió a coger del pelo, esta vez tirando hacia atrás con fuerza para obligarle a mirarlo.
Se trataba de un guerrero joven, pero de facciones endurecidas y una cicatriz que le cruzaba la cara.
Con una voz que destilaba un desprecio absoluto le gritó cerca de su cara y escupió al suelo, justo a su lado.
Luego desvió la vista hacia los dos sementales que habían recuperado y los reconoció de inmediato.
El guerrero se dirigió a la multitud gritando mientras lo señalaba a Tim, que aunque no entendiese una palabra supo que lo estaba acusando.
El hombre le asestó un puñetazo haciéndole sangrar por la nariz y la multitud estalló en un grito unánime de rabia.
Temió que lo linchasen en ese momento, sin posibilidad siquiera de intentar esquivar los golpes, y se dio cuenta de lo frágil que era la vida humana.
Forcejeó con desesperación, retorciendo los brazos para soltarse, pero las ligaduras de cuero seguían firmemente ancladas en sus muñecas.
—¡Cóndor, detente!
Levantó la vista cuando un cuerpo pequeño impactó contra el suyo desequilibrándolo, y abrazándose a él con fiereza para protegerlo.
Le costó unos segundos reconocer a Taby, que se había interpuesto entre él y los demás.
Ella gritó con la voz rota palabras que no entendió.
Lo único que podía comprender era que ella estaba allí, dispuesta a enfrentarse a todo para salvarlo.
El guerrero de la cicatriz sujetó a Taby del brazo con brusquedad y la arrancó de su lado.
Ella continuó desafiándole, poniéndose de puntillas para obligarlo a ver la furia de sus ojos.
Algunos de los presentes comenzaron a reír al ver que la chica lo desafiaba y el indio levantó la mano para golpearla.
Ese fue el impulso que Tim necesitaba para recuperar las fuerza, olvidando el dolor de la pierna, y las ataduras que le limitaban.
Con un gruñido de furia se puso de pie de un salto y se lanzó con todo el peso de su cuerpo contra el guerrero, embistiéndolo con el hombro y logrando derribarlo contra el suelo.
La multitud, sorprendida por la audacia y el coraje del prisionero blanco, comenzó a gritar y a arengarlos para que la lucha continuara.
El indio, humillado y fuera de sí por la ira, se incorporó con rapidez y sacó un enorme cuchillo del cinto, dispuesto a acabar allí mismo con la vida de Tim.
Taby intentó abalanzarse sobre él para impedirlo, pero dos hombres la sujetaron firmemente por los hombros, manteniéndola al margen mientras ella gritaba desesperada, pataleando e intentando morderles.
— ¡Taa-wʉnʉ! ¡Basta! —una voz cargada de autoridad resonó sobre el resto y la algarabía se redujo a un murmullo.
Águila Gris irrumpió golpeando el suelo con su lanza deteniendo aquella locura y Taby se soltó de su agarre para volver a arrodillarse junto a Tim, sin importarle que docenas de ojos la juzgasen.
El silencio que siguió a la orden del anciano fue absoluto, como si el propio viento temiera interrumpir sus palabras y alguien sujetó al prisionero para arrastrarlo hasta una de las tiendas.
Poco a poco la gente se fue dispersando, marchándose a sus tiendas para continuar con sus tareas, aunque de alguna manera, la tensión seguía vibrando en el ambiente.
Una mujer de rostro inexpresivo entró en la tienda para dejarle un cuenco de agua y un trozo de carne y Tim le dio las gracias con amabilidad, a pesar de que ella no lo miró.
Su orgullo le instó a negarse a tocar el alimento; sin embargo, comprendió de inmediato que el orgullo era un lujo que no se podía permitir.
Si quería sobrevivir a lo que le esperaba, necesitaba fuerzas.
Le habían desatado las ligaduras de la espalda y ahora tenía las muñecas amarradas por delante, permitiéndole cierta movilidad, y aunque su estómago estaba completamente cerrado por la tensión, hizo el esfuerzo para tragar cada bocado.
La cortina que cubría la entrada de la tienda se abrió, y en ella apareció Águila Gris con una solemnidad que a él le resultó intimidante. El anciano le dio una orden al guerrero que lo vigilaba, quien se marchó de inmediato con un leve gesto de cabeza.
Había algo en la quietud de ese anciano que pesaba más que las armas de todos sus hombres juntos y comprendió que no necesitase protección. El respeto que inspiraba era suficiente.
Se sentó frente a él con una parsimonia exasperante como si dispusiera todo el tiempo del mundo. Cuando Tim pensaba que el silencio se prolongaría para siempre, el viejo habló en un inglés aceptable aunque pudo percibir que tenía que esforzarse para encontrar las palabras.
—Eres valiente o tonto.
—Si es una pregunta, preferiría elegir la primera opción, señor.
—Mi nieta tiene razón —concedió después de un largo rato encorvándose hacia delante para observarlo mejor—. Tus ojos no son como los de los otros tosa taibo . No tienen la expresión de hombre que solo quiere arrancar la vida a la tierra.
—No soy mejor que nadie —respondió Tim, sosteniéndole la mirada a pesar del dolor que sentía—. Solo intento que mis actos no ensucien más mi nombre.
Águila Gris echó un nuevo tronco a la pequeña hoguera que ardía en el centro de la estructura y murmuró algo entre dientes.
El calor allí dentro comenzó a volverse sofocante, pero Tim no se atrevió a quejarse.
Al intentar moverse levemente para cambiar de postura, un gesto de agudo dolor cruzó sus facciones, algo que no escapó a la mirada analítica del comanche.
Las heridas de sus muñecas escocían por el roce del cuero, la cara le palpitaba con violencia debido a los golpes, pero lo peor era el latigazo constante de su pierna.
—Muatabe te ha protegido. Debes ser un hombre con valor para ella.
Tim tomó aire, y pronunció las palabras antes de que la razón lo detuviera.
—Quiero casarme con su nieta —soltó a bocajarro.
Águila Gris, que siempre permanecía impasible como una roca, hizo un minúsculo gesto con las cejas que denotó su profunda sorpresa. El silencio regresó, espeso otra vez durante unos segundos.
—El viento ha cantado la canción de Muatabe —dijo al fin el anciano—. Ella debe cumplir el destino de su sangre.
—¡No puede condenar a su nieta a una vida infeliz solo porque el viento le haya susurrado algo al oído! —se indignó Tim, sintiendo que la rabia le ganaba el pulso—. Quizá no haya interpretado bien esa canción.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Tim se arrepintió, temiendo haber ofendido gravemente al jefe de la tribu. El anciano apretó los labios con fuerza, y Tim no supo si el hombre estaba a punto de echarse a reír o de escupir fuego por la boca.
—Cóndor Solitario es un gran guerrero —sentenció el jefe—. Le dará hijos fuertes, protección y alimento.
—Yo puedo darle todo eso —replicó Tim, inclinándose hacia delante, olvidando las ataduras de sus manos—. Y además de hijos y comida, puedo darle amor.
—No sabes si serás capaz de hacerla feliz en tu mundo —le advirtió el viejo con dureza.
—También es su mundo. Y tiene razón, no sé si podré hacerla feliz, pero le juro que lo voy a intentar con todas mis fuerzas. Lo único que tengo claro es que ella no ama a Cóndor Solitario. Y que yo no voy a dejarla ir sin luchar.
Águila Gris se puso de pie con lentitud para marcharse. Dejó escapar un hondo suspiro antes de hablar de nuevo.
—¿Qué serías capaz de hacer por ella?
—Moriría por ella —respondió Tim sin un solo segundo de duda.
El viejo asintió una sola vez.
—Dicho está. Mañana al amanecer habrá un combate con Cóndor Solitario. Si realmente los espíritus creen que la mereces, la tendrás.