Capítulo 18
T im se despertó con el cuerpo agarrotado y encogido por un frío que se le había metido en los huesos.
Tardó solo un segundo en comprender el motivo; Taby no estaba a su lado y su calor ya no lo envolvía.
Antes de abrir los ojos el recuerdo de la discusión de la noche anterior lo revolvió por dentro.
Se quedó inmóvil, contemplando el espacio que tenía delante por el hueco de sus párpados entrecerrados, mientras una pregunta le rondaba por la mente.
¿Por qué demonios le molestaba tanto la decisión de Taby?
Él era un hombre práctico que usaba la lógica para mantener la cabeza fría.
No se dejaba llevar fácilmente por sus impulsos, sin embargo con ella no podía resistirse. Ni deseaba hacerlo.
No quería darle voz a lo que sentía pero la sola idea de perderla le desgarraba las entrañas. Suspiró profundamente y tuvo que admitir con una punzada de pánico, que no podía concebir su vida sin ella, sin sus miradas intensas, su sonrisa y su fuerza.
Uno de los caballos a su espalda relinchó nervioso y Tim exhaló un suspiro, pensando que Taby simplemente habría bajado al río a refrescarse o a buscar agua. Sabía que tendría que tragarse el orgullo y pedirle perdón por sus desafortunadas palabras de la víspera.
Se desperezó a regañadientes y comenzó a incorporarse sobre los codos.
Al levantar la vista, el corazón se le detuvo.
Frente a él no estaba Taby, sino dos guerreros comanches que lo observaban a pocos metros de distancia, inmóviles como estatuas de bronce.
Uno de ellos, al ver la mirada de absoluto estupor del blanco, soltó una carcajada áspera y burlona.
Tim no tuvo tiempo ni de parpadear, mucho menos de alcanzar su revólver. El segundo indio dio un paso al frente con una mirada feroz. Lo último que Tim vio antes de que todo se volviese negro fue su pie dirigiéndose hacia su cara.
Taby se detuvo en lo alto de la colina contemplando el sol de la mañana que se filtraba entre los álamos e iluminaba el campamento del Gran Fresno.
Pequeñas columnas de humo se elevaban sobre las tiendas, y hombres y mujeres caminaban de aquí para allá preparándose para el nuevo día.
Espoleó a su caballo y descendió la colina, exhausta y con los ojos enrojecidos tras haber cabalgado durante casi toda la noche.
Ni siquiera sabía por qué lo había hecho.
Pero no se sentía con fuerzas hacer la última etapa del viaje junto a Tim.
Había preferido adelantarse y hablar con su abuelo, para que cuando él llegase todo resultase más sencillo.
La verdad era que tenía miedo de enfrentarse a él y perder la determinación necesaria para llevar a cabo su decisión, aceptar un matrimonio a Cóndor Solitario.
Las voces indicaron que la habían visto y levantó la mano en señal de saludo.
La bienvenida en el poblado fue como si un torbellino la rodeara.
Algunos niños salieron corriendo a su encuentro, gritando con entusiasmo al verla.
Las mujeres la recibieron con gestos de alegría, aunque algunas, las más jóvenes, la observaban desde la distancia con desconfianza, recelosas de la muchacha que se había criado entre los tosa -taibo .
Desmontó con torpeza, sintiendo que las piernas le flaqueaban por el cansancio, acarició la cabeza de dos niños que le tiraban de la túnica y tuvo que decirles que esta vez no les había llevado caramelos.
Muatabe se detuvo justo delante de la gran tienda de Águila Gris.
Cuando el anciano emergió de la penumbra alertado por la algarabía, Taby no pudo contenerse más y se arrojó a sus brazos, rompiéndose en un llanto ahogado que brotaba del fondo de su alma.
El viejo la rodeó con sus brazos curtidos por el paso de muchos inviernos sobre él, y al cabo de unos segundos la apartó con suavidad, obligándola a erguirse.
—No más lágrimas, Muatabe —le dijo con una voz profunda y calmada—. Los espíritus me visitaron en mis sueños y me dijeron que vendrías, que el Halcón ya estaba listo para abrir el corazón. Eso es cosa buena. No tristeza.
Taby se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se dejó conducir hasta el interior de la tienda.
La mujer de su abuelo, una mujer que por su edad podría ser su hija, tras un rápido saludo le tendió un tazón con caldo caliente, pero ella lo rechazó.
Lo que quería decirle era demasiado urgente para preocuparse por su estómago.
Con el corazón golpeando con fuerza en sus costillas, empezó a hablar con premura, atropellándose y mezclando el inglés y la lengua comanche.
—Abuelo, escúchame. Sé que un hombre blanco os engañó, hizo un trato que no cumplió y no os pagó por los caballos que le vendisteis. Se llamaba Brannigan.
El anciano miró las llamas un segundo como si la mención de ese nombre fuese algo que prefería ignorar. Para Taby, sin embargo, era un seísmo que la removía por dentro.
—Un hombre sin honor —dijo al fin con un asentimiento leve de cabeza.
—He venido hasta aquí con su hermano, él es diferente; Timothee es honrado y bueno, y está pagando la penitencia por los pecados de los demás para hacer justicia.
—Ese apellido que nombras es maldito.
Ella movió la cabeza de manera frenética, deseando poder zarandear a su abuelo para hacerle comprender, para que pudiese ver a Tim como lo veía ella.
—Abuelo, él no está maldito. Su corazón es noble.
—No lo quiero cerca. Los tosa taibo solo traen problemas. Los hombres querrán venganza.
—¡Ya tuvieron su venganza! Asesinaron a Thatch Brannigan y a su mujer.
Timothee solo quiere hacer justicia. Por favor…
—Su abuelo la contempló unos instantes y ella desvió la vista, segura de que podía leer en sus ojos más de lo que quería decirle —.
Abuelo ¿dónde está el bebé? ¿Dónde está el hijo de Brannigan?
Águila Gris la miró ceñudo. Durante un largo e insoportable minuto, el anciano guardó silencio, fumando en una pipa de caña larga mientras escudriñaba las facciones de su nieta.
El viejo podía ver en los ojos del color del hielo de Muatabe mucho más de lo que ella estaba dispuesta a admitir con palabras, pero aun así se mantuvo firme y no bajó la mirada.
Se preguntó si podría ver la fuerza del vínculo inquebrantable que la unía con Tim Brannigan, y que no sabía muy bien cómo había nacido.
Ignorando deliberadamente la pregunta sobre el niño, el abuelo enderezó los hombros con solemnidad y la señaló con un dedo.
—Cóndor Solitario está listo —sentenció—. El gran guerrero aguarda a reclamarte como esposa y sellar la paz entre familias que tu madre rompió. Tu destino está escrito. Así será.
Taby se quedó petrificada, con el orgullo y el corazón gritándole que renegara de ese destino que no había pedido.
—Quiero saber dónde está el niño, abuelo —insistió, con firmeza—. Tienes que prometerme que dejaréis que el tosa taibo se lo lleve. Ese bebé es su sangre, no la nuestra. Dame tu palabra y me casaré con quien tú me digas.
Águila Gris la midió con la mirada, admirando incluso la rebeldía de la joven, aunque no lo podía reconocer.
Parecía más madura desde la última vez que la vio, y supo que sería una buena esposa, valiente y fuerte.
Aun así, no le gustaba el brillo que ardía en sus ojos de hielo cuando hablaba de ese hombre blanco, pero el viento había hablado y el destino se cumpliría.
Finalmente, exhaló el humo de su pipa, y se levantó con más agilidad de la esperada en un hombre de su edad.
Con un gesto de la mano le pidió que lo siguiera y la condujo hacia una de las tiendas.
El anciano apartó el cuero que cubría la entrada para pasar y Taby entró tras él.
Sentada sobre un lecho de pieles, una joven madre comanche que todavía tenía leche en sus pechos acunaba a una pequeña criatura. La mujer sonrió con timidez y, siguiendo una señal del jefe, se levantó y depositó el bebé directamente en los brazos de Taby.
La emoción desbordó el pecho de la muchacha.
Taby contempló el rostro del niño con los ojos brillantes por las lágrimas.
Era pequeño, sonrosado, de apenas unos meses de edad, con unos enormes ojos claros que le recordaron al instante la mirada limpia de Timothee Brannigan.
Sostener aquella vida entre sus manos era la prueba de que el viaje, y todo el dolor que arrastraban, había valido la pena.
Acarició su mejilla con un dedo, y lloró amargamente al recordar que, a muchas millas de distancia, su padre estaría haciendo ese mismo gesto con el hermano que ella nunca conocería.
Después de varias horas de viaje, Tim a duras penas conseguía mantenerse erguido sobre la silla de montar.
Tenía la cabeza abotargada por el golpe, la vista borrosa por la debilidad y las manos firmemente atadas a la espalda con tiras de cuero que le cortaban la circulación.
Pero lo que le torturaba sin duda era la pierna izquierda, que latía de manera dolorosa por el excesivo esfuerzo.
Sus captores cabalgaban junto a él sin mirarlo, hablando entre ellos como si su cautivo no tuviera más valor que el de una liebre capturada para la cena.
Tim suponía que aquellos guerreros debían de entender el inglés, ya que cuando horas atrás había pronunciado el nombre de Águila Gris exigiendo hablar con él, los dos indios se habían limitado a intercambiar una mirada rápida, ignorándolo después y tratándolo como si apestara.