Capítulo 17
A unque pareciese mentira, las piezas de aquel intrincado rompecabezas empezaban a encajar por sí solas. Sin embargo, a Tim le torturaba la idea de que las verdaderamente importantes, no encajarían ni a golpes.
Encontraron a Ernest donde siempre, apurando un trago en El Coyote Blanco, ajeno al resto de clientes.
Tras escuchar la propuesta con su habitual parsimonia, el anciano asintió con gravedad y le aseguró a Tim que se encargaría de que su propio hijo custodiara y alimentara a los caballos mientras ellos seguían su camino.
Sabiendo que su secreto quedaba a buen recaudo, Tim y Muatabe reanudaron la ruta sin perder un segundo, llevando consigo a los dos sementales comanches, la prueba viviente de que sus intenciones eran honorables.
El viaje continuó bajo la amenaza de un cielo que se teñía de un gris plomizo y un viento que arrastraba las nubes con velocidad.
Antes de que la tarde cayera sobre ellos decidieron detenerse cerca de una abrupta zona rocosa cerca de una zona en la que el río se ensanchaba y discurría tan lento que parecía un espejo.
Tras poner a resguardo a los caballos bajo un saliente de piedra Tim miró al cielo al escuchar que a lo lejos retumbaban los primeros truenos.
—¿A dónde vas? —Le preguntó a Taby al ver que tras rebuscar en su bolsa comenzaba a andar con decisión hacia el río.
—Estoy cansada de oler peor que mi propio caballo, Brannigan —declaró con rotundidad sin mirar atrás.
Mientras él se quedaba atrás preparando el fuego, esforzándose en encontrar un lugar a resguardo del agua que pronto caería, ella se alejó tarareando.
Unos minutos después, la tormenta estalló con toda su furia.
Preocupado por la violencia con la que los rayos empezaban a resonar sobre su cabeza, Tim dejó el fuego y bajó hacia el río en busca de Taby, con el agua de la lluvia empezando a empaparle la camisa.
Los rayos rasgaban el cielo, iluminando los contornos de las rocas con destellos de un blanco cegador y se encogió como si así pudiese escapar de su furia.
Pero al llegar a la orilla, la preocupación de Tim se transformó en una sacudida que le recorrió la espina dorsal.
Taby estaba nadando, aparentemente desnuda, como si el agua fuese su elemento natural, ignorando el peligro como si nada pudiese hacerle daño, desbordante de felicidad.
La visión de la muchacha girando sobre sí misma en el agua, deslizándose con suavidad como si formara parte de ella se quedó grabada en su mente para siempre.
Tenía la cabeza inclinada hacia atrás y el rostro hacia arriba, recibiendo dichosa la tromba de agua que caía del cielo.
La imagen le robó el aliento. Ella soltó una carcajada que compitió con el trueno que resonó sobre su cabeza, y al verle parado en la orilla, le hizo una seña con el brazo, invitándole a unirse.
—¡Sal del agua, Taby! —le gritó Tim, tratando de imponerse al rugido de la tormenta—. ¿Acaso quieres que te fulmine un rayo?
Ella encogió los hombros e inclinó el rostro, convencida de que eso no iba a suceder. El viento ya había escrito su canción y su final no sería ese día en ese lugar.
Él negó con la cabeza y no pudo contener una carcajada.
—Sal de ahí, tenemos que refugiarnos de la tormenta —pidió sin mucha convicción, sin argumentos que pudieran competir con la alegría genuina que mostraba.
El aliento de Tim se atascó en su pecho quemándolo por dentro cuando ella le traspasó con la mirada y esbozó una sonrisa felina.
—Yo soy la tormenta, Ojos Azules.
Tim no pudo resistirse más. Se despojó de sus ropas con rapidez, ignorando el dolor de su pierna castigada por el ritmo frenético de los últimos días.
Ignoró también el raciocinio que siempre le había gobernado y se lanzó al agua al encuentro de la joven que había empezado a volverlo loco.
El agua helada le cortó la respiración, pero el calor que desprendían sus cuerpos al encontrarse resultó tan excitante que no pudo pensar en nada más.
En cuanto Tim llegó hasta ella, las piernas fuertes y flexibles de Taby se enredaron con decisión alrededor de sus caderas.
Ambos, desnudos y mojados, se fundieron en un abrazo que los conectó por completo.
Se miraron durante lo que pareció una eternidad, desafiándose, midiendo el pulso de un deseo que ya no admitía más dudas.
Ninguno sabía a dónde les llevaría aquel viaje, pero estaba claro que no podían ignorar aquello.
—No pienso esperar a que me pidas un beso —le susurró Tim, con la voz ronca por la urgencia y el deseo—. Pienso robarte todos los que pueda a partir de ahora.
Taby soltó una risa ahogada contra su boca, una rendición que duró apenas un suspiro antes de que Tim la reclamara con un beso apasionado y voraz. Sus lenguas se encontraron con la misma furia que los rayos que estallaban directamente sobre sus cabezas, iluminando el agua.
Sin dejar de besarla, él la sostuvo en vilo entre sus brazos, cargando con su peso mientras salía del agua con paso firme.
Se dejaron caer juntos, jadeando, sobre el bulto de ropa que ambos habían dejado y que ya estaba tan empapada como ellos.
No podían parar de besarse y tocarse, ajenos a los elementos que descargaban su fiereza sobre el mundo.
Tim comenzó a pasar sus manos grandes y cálidas por cada palmo del cuerpo de Taby, que abandonada por completo al placer y a una libertad que sabía que tenía los días contados, estiró los brazos hacia atrás, arqueando la espalda, ofreciéndose a él con la sumisión de una ofrenda sagrada.
La besó por todas partes, adorando su piel con los labios y la lengua.
Descendió por la línea de sus brazos, saboreó la firmeza de sus pechos, recorrió la delicadeza de su piel y bajó por el vientre hasta trazar círculos en torno a su ombligo.
Finalmente, espoleado por el instinto y sin pensarlo un segundo más, Tim separó sus muslos y hundió la cara entre las piernas de la muchacha.
Taby soltó un grito ahogado que fue silenciado por un nuevo trueno y se rindió a un placer completamente desconocido para ella, entregándose al roce de su lengua en su sexo mientras el cielo seguía abriéndose peligrosamente sobre sus cabezas.
Después de cenar y agotar las últimas provisiones de carne seca y tortitas de maíz que les quedaban en las alforjas, el silencio regresó al campamento, alterado solo por el crujido de la madera quemada.
La lluvia había cesado hacía horas y había dejado a su paso el olor a tierra mojada y el repiqueteo de las pequeñas gotas que caían de los árboles.
Tim permanecía sentado contra la pared de la roca, acariciando con delicadeza el largo cabello negro de ella, que descansaba con la cabeza apoyada en su regazo. La intimidad del momento hizo que Tim relajara la guardia y se permitiera soñar despierto.
—Cuando todo esto termine y volvamos a Sabine Cross —le dijo en voz baja, con los dedos enredados en sus mechones oscuros— tendrás que ayudarme con el niño; yo no tengo ni la menor idea de cómo criar a una criatura tan pequeña.
—Se le escapó una carcajada y ella levantó la cabeza para ver de qué se reía—.
Estoy pensando cuántos caballos necesitaré para que tu padre crea en mi honorabilidad.
Taby se incorporó bruscamente, rompiendo la magia del momento. Se apartó unos centímetros y se sentó abrazándose las rodillas contra el pecho en una postura defensiva. Evitó a toda costa mirarlo a los ojos y él se dio cuenta de que había ido demasiado lejos.
—No habrá una vuelta para mí, Tim —confesó con un hilo de voz—. Te lo advertí. Yo no puedo regresar contigo. Mi misión en este viaje es otra muy distinta a la tuya. Ya te lo dije.
Tim se tensó, y frunció el ceño bajo la luz moribunda de las brasas.
—No puedo creer que sigas con esa idea absurda sobre canciones cantadas por el viento, Taby. También eres blanca, debe haber algo civilizado dentro de ti.
Ella se puso de pie y lo fulminó con la mirada, y Tim estuvo seguro de que si hubiera tenido su cuchillo a mano lo habría sentenciado.
—Prefiero mil veces ser una salvaje que alguien como los Brannigan.
—No quería decir eso.
—Es el destino de mi sangre.
—Eso no es cierto —la interrumpió él con firmeza, enderezando la espalda, inclinándose hacia ella—. Todos tenemos el poder en nuestras manos para cambiar nuestro destino. Yo debería haber sido un asesino, un ladrón. Y sin embargo elegí ser diferente.
—No todo el mundo es tan fuerte y perfecto como tú, Tim.
—¿Vas a decirme que no eres fuerte? No digas tonterías.
Tim se puso de pie incapaz de mantener la calma.
Había pensado… En realidad no había querido darle forma a lo que se le agolpaba en el pecho cuando la miraba, o cuando oía su voz.
O al deseo irrefrenable que tenía que contener para no acariciar su pelo cuando estaba cerca.
Hasta que llegó ella no había pensado en la posibilidad de enamorarse y compartir su vida con nadie.
No había querido darle forma, y sin embargo ahí estaba, un sentimiento imposible de gobernar.
—No entiendes nada de mi mundo. Debo cerrar el círculo.
—Taby sujetó los mechones de su pelo entre los dedos, intentando contener su frustración mientras Tim la observaba con incredulidad.
Desde el principio la decisión había sido muy difícil de tomar, pero ahora, con Tim filtrándose por los poros de su piel, y sus besos tan recientes, la desesperación amenazaba con hacerla flaquear—.
Mi madre estaba destinada a casarse con un guerrero de una familia de nuestra tribu.
Era el pago justo por ayudar a mi abuelo en una batalla, un gesto de honor que debía cumplir.
El viento decía que la sangre de Águila Gris debía unirse con la del Gran guerrero para que nuestro pueblo prosperara.
Pero se enamoró de mi padre. Los espíritus enfurecieron y desde ese día los comanches no han hecho más que perder tierras, caballos y honor.
Los hombres blancos nos empujan cada vez más lejos y las enfermedades matan a nuestros niños.
—No puedes creer en serio que tu madre es la culpable de que los comanches estén perdiendo sus tierras.
Tim se pasó las manos por el pelo sabiendo por intuición que todavía no había escuchado la peor parte. Ella asintió y tras limpiarse con brusquedad las lágrimas que habían empezado a correr por sus mejillas, permaneció con la vista perdida en las llamas que se consumían lentamente.
—Búrlate si quieres, pero eso no cambiará nada.
La mujer de los ojos del color de la luna salvará el corazón del Halcón mil veces.
Después de ese gran día, todas las tribus volverán a unirse y los espíritus nos ayudarán a encontrar la paz.
Tengo que casarme con el hombre que Águila Gris ha elegido para mí.
No puedo fallarles, Tim. Tengo que reparar el daño que hizo mi madre.
Tim la miró estupefacto, sintiendo cómo una mezcla de incredulidad y una furia ciega le subía por el pecho. Se alejó varios pasos conteniendo las ganas de estampar los puños contra la roca y al instante volvió a plantarse ante ella.
—No te lo permitiré. No voy a dejar que renuncies a tu vida por una estúpida leyenda —siseó, con los ojos azules centelleando de rabia.
Soltó una maldición y contuvo las ganas de destrozar algo.
La desolación que sacudía el ánimo de Tim fue tan intensa que bajó la vista incapaz de enfrentar sus ojos de nuevo.
Le dolía demasiado comprobar que había sido un idiota—.
Solo querías que te sirviera de escolta para llegar hasta aquí, ¿verdad?
—El viento ha hablado, Tim. Ni tú ni yo podremos cambiarlo.
Taby se hizo un ovillo en la manta y fingió dormir, intentando con todas sus fuerzas que Tim no se diera cuenta de que estaba llorando.