Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 16
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Capítulo 16

E l olor a estiércol de caballo y a paja podrida inundaba el cobertizo donde Saint pretendía ocultar su recién adquirida riqueza.

Podría haber intentado esconder allí también su culpa, pero no sabía lo que significaba ese sentimiento.

La vida le había enseñado a mirar solo por su pellejo, y a aparentar ser lo bastante servil para conseguir unas migajas y poder vivir con el esfuerzo de otros.

Se despojó de la ridícula chaqueta de terciopelo que le quedaba demasiado estrecha con movimientos torpes, soltando un eructo mientras se tambaleaba hacia el jergón mugriento, ansioso por desplomarse.

Una sombra alta y amenazante bloqueó por completo la luz que entraba por la puerta.

Miró a su alrededor confuso, y antes de que pudiera reaccionar, la mano fuerte de Tim lo sujetó por el cuello con violencia.

Lo sacó de allí a rastras y lo lanzó sin miramientos contra el suelo, sin importarle que fuera a parar sobre un charco de dudosa procedencia.

Saint cayó de bruces, gimiendo de dolor, y comenzó a suplicar con voz quejumbrosa mientras se arrastraba para alejarse de su atacante, creyendo que era alguien que venía a robarle.

Al abrir la boca, la luz del sol arrancó un destello a una ristra de dientes de oro que brillaban de manera obscena y ostentosa.

Tim arqueó una ceja, y estuvo a punto de echarse a reír de lo ridículo que resultaba aquello.

Era increíble cómo en solo unas semanas aquel miserable había remodelado su apariencia, con poco gusto y menos acierto, pero no era momento de cuestionar aquel esperpento.

Ciertamente, el tipo debía disponer de mucho más dinero del que jamás habría ganado trabajando para Thatch.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz lastimera, apreciando demasiado su pellejo para rebelarse. Su mirada le dijo que suplicaría y lloraría lo que hiciera falta para salir de allí ileso—. No tengo demasiado dinero, no te fíes de mi… apariencia.

En ese momento, la nube etílica debió esfumarse un poco, ya que, miró a Tim como si acabase de reconocerlo y la frase perdió fuerza en sus labios.

—¡Habla, Saint! —bramó Timothee, plantándole la bota en la clavícula, cerca del rostro—. Dime qué pasó. Qué le ocurrió a Thatch y por qué vas vestido como si fueras a recibir a un rey.

El hombre se encogió, haciéndose el blando, gimoteando y fingiendo una debilidad patética para despertar su lástima.

No lo consiguió, Tim solo sintió desprecio por él.

Intentaba ganar tiempo, balbuceando y gritando que él no sabía nada de los negocios de Thatch.

Según él, solo era su recadero y no sabía nada de sus trapos sucios.

Cansado de sus evasivas, Tim lo agarró por el cabello, lo arrastró hasta el abrevadero de madera cercano y le sumergió la cabeza en el agua estancada que tenía una costra verde flotando por encima.

Saint pataleó, agitando los brazos, desesperado.

Tim lo sacó a la superficie solo para que tomara una bocanada de aire, tosiendo y gimiendo, antes de hundirlo una vez más.

Al contemplar su mano apretada en la nuca de ese tipo mientras el agua burbujeaba a su alrededor, se estremeció por dentro.

Por más que sus fines fuesen algo más justos que los de sus antecesores, era un Brannigan después de todo, y no había titubeado para conseguir lo que quería, costase lo que costase.

Su padre estaría orgulloso de él, y estuvo a punto de soltar una carcajada amarga ante ese pensamiento fugaz.

Al sacarlo por tercera vez, el capataz tosió y dio una arcada, con los ojos inyectados en sangre, casi sin fuerzas.

—¡Hablaré! ¡Por todos los demonios, hablaré! —aulló, temblando como una hoja.

En ese preciso instante, Taby, que se había alejado sigilosamente para explorar los alrededores de la finca, regresó corriendo con las mejillas encendidas por la agitación.

Le hizo una seña urgente a Tim para que la siguiera y él lo hizo arrastrando a Saint del cuello de la camisa a través del sendero boscoso, sin concederle ni un respiro a pesar de que no hacía más que tropezar.

Al cruzar la arboleda, lo que encontró lo dejó sin aliento. Allí, ocultos de la vista de cualquiera gracias a los álamos que bordeaban el prado y rodeados por una empalizada, al menos una veintena de lustrosos caballos pastaban tranquilamente, ajenos a la miseria humana que los rodeaba.

Tim sacó su revólver, amartilló el arma con un sonido seco que resonó como una sentencia de muerte y apuntó directamente a la frente de Saint. Tuvo la sensación de que se orinaría encima, pero prefirió no desviar los ojos hacia abajo y ahorrarse el espectáculo.

—¡Yo solo trabajaba para Thatch! ¡Él… él era el cerebro de todo!

—gimió, cayendo de rodillas y abrazándose a sus tobillos—.

Le advertí que los indios del Gran Fresno no tolerarían un engaño y que debía pagarles justamente.

Nadie movía un dedo cuando se trataba de un caballo o dos, pero esta vez fue demasiado ambicioso.

Mi único trabajo era custodiar a los animales.

Cuando Thatch murió, pensé… pensé que iba a ser de estas bestias.

Decidí quedármelas y cuidarlas. ¡Solo he vendido cinco hasta ahora, lo juro!

Tim, enfurecido, lo tiró bocarriba de un empujón y le aplastó el pecho con la suela de su bota, hundiéndole las costillas hasta cortarle la respiración.

—¿Y el dinero? —siseó Tim, inclinándose sobre él—. ¿Quién saqueó la casa?

—¡Me lo traje para protegerlo! —reconoció Saint con un hilo de voz, con el oro de sus dientes brillando entre la saliva—. Él ya no lo necesitaba… Thatch estaba muerto. Pero está todo ahí, escondido dentro del jergón.

Tim apretó la bota contra su esternón un poco más, clavándole una mirada cargada de un desprecio absoluto.

—Es un poco extraño que los comanches no encontraran a los caballos —sentenció Taby con frialdad.

Saint, a pesar del dolor y del cañón del arma que lo apuntaba, soltó una risa histérica y ahogada que denotaba la locura de su codicia.

—Los indios, los blancos… Nadie es tan listo como el viejo Saint. Observo y observo a todos, pero nadie se toma el trabajo de vigilarme. Me menosprecian y me creen inferior, pero cojo un poquito de aquí y otro poquito de allí para hacer mi nido como un pajarillo.

La cabeza analítica de Tim comenzó a trabajar a toda velocidad.

Su hermano no era ningún estúpido. Si los indios lo hubieran amenazado habría intentado llegar a un acuerdo con ellos, y si hubiese tenido problemas con los compradores habría hecho lo mismo.

Ceder lo justo para no perder toda la tajada.

Algo le había salido mal, y ese tipo tenía la respuesta.

Miró a Saint a sus ojos, dos rendijas oscuras enrojecidas por el alcohol, y su expresión sumisa le encendió la sangre.

Como una revelación, las palabras llegaron solas a su boca.

—Thatch no sabía dónde estaban los caballos.

Los ojos de reptil de Saint se agrandaron unos segundos de forma involuntaria y Tim supo que había dado en el blanco.

Con toda seguridad había pagado a ese hombre considerándolo demasiado estúpido y servil para ocultarle nada.

Saint había escondido los caballos, borrado las huellas para que ni siquiera los comanches dieran con ellos, y había esperado pacientemente a que los indios o los blancos hicieran el trabajo por él.

Apartó la bota de su pecho con desprecio, guardando el revólver en su cinto con un movimiento lento y calculado.

—Lárgate, Saint —le advirtió Tim, con una voz que helaba la sangre y que no admitía réplica. Tener a ese tipo cerca le revolvía las entrañas—. Si al anochecer sigues en este pueblo, te buscaré y te mataré yo mismo. ¡Lárgate!

Saint no esperó a que se lo repitiera dos veces. Se levantó del suelo como pudo, y echó a correr agradecido de salvar el pellejo.

Tim observó a los animales preguntándose en qué momento alguien podría llegar a pensar que el beneficio que pudiesen obtener por ello valía más que la vida de una persona.

Exhaló un suspiro y, de manera casi inconsciente, se llevó la mano a la pierna izquierda, que palpitaba de dolor.

Durante la refriega y los forcejeos se había resentido de su vieja herida, y un pinchazo agudo le recorría ahora el muslo.

Sin embargo, apretó los dientes y enderezó la postura de inmediato, obligándose a disimular delante de Taby.

Su cabeza era un hervidero y no se dio cuenta hasta que no fue demasiado tarde que había cometido el mismo error que su hermano, infravalorando a Saint.

Siguió la mirada espantada de Taby, y encontró al hombre sobre su montura, apuntándole al pecho con un rifle.

Solo pensó en interponerse entre la trayectoria para que no la alcanzara a ella y como si el tiempo se hubiese detenido su corazón se encogió a la espera del balazo, pensando que si él moría, Taby quedaría a la merced de ese tipejo.

Echó a correr hacia delante en un intento desesperado de enfrentarse a él, y apenas escuchó el silbido que pasó a poca altura de su cabeza.

Al principio no entendió lo que estaba ocurriendo.

Saint, que se había quedado paralizado y con los brazos desmadejados, dejó caer el rifle al suelo.

Fue entonces cuando Tim vio que un hilo de sangre comenzaba a brotar de su frente, justo del lugar donde un cuchillo acababa de clavarse.

Se giró perplejo y encontró a Taby, que temblaba como una hoja, impactada por lo que acababa de hacer.

La abrazó con fuerza contra su pecho conteniendo su llanto, desviando su cara para que no pudiese ver cómo Saint se desplomaba ya sin vida.

—Bien —articuló Tim, pasando una mano por su cabello revuelto mientras contemplaba el prado una vez que ambos se tranquilizaron.

Había arrastrado el cuerpo de Saint hasta el cobertizo, para que Taby no siguiera mirándolo con ojos horrorizados y le había costado un gran esfuerzo que ella dejara de temblar—.

Ahora no solo tenemos un problema, tenemos veinte.

No tengo la menor idea de qué demonios hacer con estos caballos, Taby.

Ella caminó unos pasos hacia la empalizada que los rodeaba, acariciando con la mirada el pelaje reluciente de los animales. Para los comanches la fortaleza de sus animales era un motivo de orgullo. Se volvió hacia él con parsimonia, y lo contempló con el ceño fruncido.

—Dime qué estás pensando, casi puedo ver el humo saliendo de tus orejas, chica sin nombre.

—Pienso que lo mejor es devolvérselos a sus verdaderos dueños, Brannigan —sentenció con naturalidad—. A los comanches. Es la única forma de limpiar el honor que Thatch perdió por codicia.

—Taby, sé que eres una guía excelente, pero somos solo dos jinetes.

No puedo cargar con una manada de más de veinte caballos salvajes a través del territorio indio sin atraer a un centenar de armas en mi dirección.

Seríamos un blanco perfecto tanto para los comanches como para los tosa taibo , además de que no sabría manejarlos.

—No nos los llevaremos todos —replicó ella, esbozando una sonrisa de suficiencia ante el desconcierto del hombre—.

Dejaremos la manada resguardada. Nos llevaremos un par de estos caballos como prueba de que decimos la verdad.

Cuando lleguemos al poblado de Águila Gris y te presentes ante los guerreros, les entregarás esos animales y verán que es un gesto de buena voluntad por tu parte.

Al ver que eres un hombre honorable, no pondrán problemas para entregarte al niño.

—¿Águila gris? ¿Cómo sabes su nombre?

Taby se mordió el labio y jugó con uno de los mechones que movía el viento eludiendo su mirada hasta que él se acercó y la sujetó del mentón para obligarla a mirarle.

—El Gran Fresno es el lugar donde está el poblado. Águila Gris es… mi abuelo. Es un jefe justo, no te hará pagar por los errores de los demás.

Tim asintió, sorprendido de que todos los lazos se tensaran a su alrededor de esa manera.

No creía en el destino, pero parecía que el suyo ya estaba escrito.

Sabía que la familia de Taby vivía por la zona pero de todas las tribus existentes era una gran casualidad que Thatch hubiese decidido traicionar justo a la suya.

Parecía que un muro invisible construido por otros se levantaba constantemente entre ellos.

Tim sopesó la idea que ella había sugerido durante unos segundos mientras observaba la manada, evitando hablar sobre los comanches y los lazos de Taby con ellos. Dejar a veinte animales como esos sin supervisión era algo arriesgado. Tras pensarlo unos instantes, Tim chasqueó la lengua, resignado.

—Busquemos a Ernest. Él parece conocer a todo el mundo por aquí. Seguro que puede encontrar a alguien de confianza que necesite unas monedas, para que cuide de los caballos hasta que los comanches vengan a reclamarlos.

Taby lo miró y asintió con un leve movimiento de cabeza, aprobando su prudencia., preguntándose qué más escondía el carácter de aquel hombre que empezaba a resultarle fascinante.