Capítulo 15
A l amanecer, el silencio que se instaló entre ambos era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
Despertaron enredados bajo la manta, compartiendo el mismo aire, y a partir de ahí habían evitado a toda costa cruzar sus miradas.
El recuerdo del abandono de la noche anterior, de las manos descubriendo la intimidad flotaba entre los dos como una barrera invisible.
Taby había dejado de lado su habitual aplomo, y se concentró con una rigidez casi cómica en recoger sus cosas sin dirigirle a él ni una sola palabra.
Tim, todavía abrumado por la rapidez con la que había perdido el control, se limitó a ensillar los caballos con movimientos mecánicos, sintiendo el peso de su propia vulnerabilidad.
Cabalgaron hacia la pequeña iglesia, junto a la cual se encontraba el cementerio, y él no pudo negar que estaba inquieto.
Nada más llegar distinguió la figura del hombre, que aguardaba sentado en un banco desvencijado.
Al verlos ni siquiera se tomó la molestia de levantarse; se limitó a acomodarse el sombrero y a observarlos con esos ojos cansados que parecían haberlo visto todo ya.
Taby hizo el amago de quedarse atrás, pero Tim la cogió de la mano y dio un suave tirón para pedirle que lo acompañara.
—Llevo mucho tiempo en estas tierras olvidadas por Dios, muchacho —comenzó a hablar como si lo hiciera para sí mismo—.
Viendo a la gente ir y venir, nacer y morir, sin nada más que hacer que observar y recordar cosas que a veces me habría gustado olvidar —reconoció con la vista perdida en los campos amarillos que se extendían al otro lado de la verja de madera.
—¿Por qué me ha hecho venir?
Ernest hizo una pausa, clavando su mirada en Tim antes de continuar.
—Creo que no eres como él. Como tu hermano. En tus ojos hay honor. Sé que estás buscando algo.
—Sí, estoy buscando a Saint. Quiero saber por qué mataron a mi hermano y, sobre todo, qué ha sido de su hijo.
El hombre asintió.
—¿Es tu mujer? —preguntó desviando la mirada hacia Taby que levantó la barbilla como una orgullosa guerrera.
—Eso no importa.
—No os juzgo —añadió el viejo con una sutil inclinación de cabeza. Al cabo de unos segundos, continuó—. Saint pasa gran parte del día en un burdel que hay al otro lado del pueblo. Parece que su bonanza ha empezado a raíz de la muerte de tu hermano. Encuéntralo y tendrás muchas respuestas.
—¿Insinúas que él… es responsable de su muerte?
—¿Acaso las aves de carroña son asesinas? Solo despedazan a los muertos. Saint es un buitre, nada más.
El viejo chasqueó la lengua como si el tema le desagradara profundamente.
—Tu hermano compró caballos a los comanches y no los pagó. Vendió caballos a los blancos y no los entregó. En cuanto al crío, se lo llevaron los indios. Su poblado está cerca del Gran Fresno. Ella debe saberlo.
Tim frunció el ceño, tratando de encajar las piezas de la información y miró a Taby con la pregunta escrita en la cara.
Él no sabía demasiado de los comanches, solo que era mejor no cruzarse con ellos, pero cualquiera que los hubiese tratado o hubiese hecho negocios con ellos, podría distinguir los colores de su tribu en sus adornos o sus armas.
—Los comanches son justos negociando. Pero no toleran el engaño —prosiguió mientras se levantaba trabajosamente para marcharse—. Siento decirte esto, pero tu hermano no era conocido por ser limpio y honesto. Pero eso ya lo sabes.
El impacto de las palabras de Ernest le dejó un regusto amargo en la boca del estómago. Sí, lo sabía. No era de extrañar que hubiese intentado engañar a los indios y a todo aquel que se le pusiera por delante, siempre lo había hecho, pero esta vez la cosa no le había salido bien.
—¿Lo mataron para recuperar los caballos que les compró?
El hombre asintió con la cabeza e inició su andar tranquilo e imparable y Tim lo siguió para conseguir alguna respuesta más.
—Busca a Saint, es un poco tonto y no te costará sacarle la información.
—¿Por qué me ha ayudado, señor? —preguntó con una curiosidad sincera, antes de que el hombre se marchase del todo.
Ernest se detuvo y le dedicó una mirada intensa que estuvo a punto de hacerle temblar las piernas.
—He visto lo sencillo que es sobornar a hombres buenos y conseguir que abandonen sus principios para hacer el mal.
Sin embargo, nunca he visto que sea fácil convencer a nadie para hacer algo bueno por los demás.
Mis viejos huesos intuyen que tú haces cosas buenas por voluntad propia.
Está bien que los buenos ganen de vez en cuando, muchacho.
Tim intercambió una mirada con Taby mientras asimilaba todo lo que acababa de escuchar.
Siguieron minuciosamente las instrucciones del viejo Ernest, guiando a los caballos hacia las afueras del pueblo.
No tardaron en llegar ante un edificio destartalado de dos plantas cuyas ventanas lucían unas llamativas cortinas de color rojo brillante; en el porche, varias mujeres vestidas de manera extravagante, y el rostro maquillado en exceso se insinuaban sin pudor a los hombres que pasaban por allí.
Tim detuvo a su semental en una zona discreta junto a una casa cercana, calibrando seriamente la idea de entrar a buscar a Saint y sacarlo por las buenas o por las malas, pero Taby lo miró con el ceño fruncido y una abierta expresión de disgusto que lo hizo desistir.
No sabía si lo creía tan débil como para sucumbir nada más cruzar la puerta del local a los encantos femeninos, pero estaba claro que la idea no le hacía ninguna gracia.
No podía ir solo, y la opción de entrar con ella era algo impensable.
Prefirió sopesar otra estrategia y mientras lo hacía, el destino le dio la solución.
No hizo falta hacer nada. En ese preciso instante, la puerta principal se abrió de golpe y Saint salió de la casa de citas tambaleándose como una peonza.
Para sorpresa de Tim, el antiguo empleado de su hermano vestía ahora un traje de terciopelo azul que resultaba ridículo y nada adecuado para el sofocante calor, además de que brillaba bajo el sol como una mariposa desubicada y presuntuosa.
Sin el menor decoro, el borracho se acercó a la barandilla que rodeaba el porche y comenzó a orinar a la vista de todos en mitad de la calle. Tim, movido por el deseo de proteger a la chica, estiró el brazo con rapidez y le tapó los ojos a Taby con la palma de la mano para ahorrarle el espectáculo.
La muchacha le apartó la mano de un manotazo, clavándole una mirada brillante.
—Si vuelves a hacer eso, Brannigan, juro que te morderé —le advirtió entre dientes, con la fiereza que siempre había tenido.
Tim estuvo a punto de echarse a reír, pero tenían algo importante entre manos.
Saint montó a su caballo con torpeza, a punto de caerse por el lado contrario de la silla en dos ocasiones, y espoleó al animal sin rumbo fijo.
No les costó demasiado seguirle el rastro a aquel hombre, tan ebrio que de no ser porque el caballo parecía conocer el camino, jamás habría llegado a ninguna parte.
Al cabo de un rato, se desvió y se adentró por un camino angosto, bordeado de árboles espesos que por un momento transformaron el sendero en un lugar sombrío.
Desmontaron con rapidez y se ocultaron entre los árboles con sigilo, guiando a sus cabalgaduras para no hacer ruido.
Observando la silueta errante de Saint a lo lejos que acababa de desenfundar el arma para apuntar a un objetivo imaginario frente a él, Tim sintió un repentino vuelco en el estómago.
El arma se resbaló de los dedos del borracho hasta caer al suelo, y tras mirar a su alrededor confuso, echó a andar como si no recordara qué estaba haciendo allí dejando el revolver allí mismo.
Tim se volvió hacia la muchacha, con el semblante ensombrecido por la culpa.
—No debería haberte traído hasta aquí, Taby —le susurró muy cerca de su rostro, con gesto preocupado—. Quizá te esté poniendo en un peligro innecesario. Esta es mi lucha, no la tuya.
Taby lo miró fijamente, y por un instante, la dureza de sus ojos grises lo traspasó.
—Tú no me has llevado a ninguna parte, tosa taibo —replicó ella, con una seguridad aplastante—. Estoy aquí porque quiero. Y te aseguro que nadie va a venir a aguarme la diversión ahora.
Mientras se agachaban entre unos arbustos esperando el momento idóneo para avanzar, Taby desvió la vista hacia el perfil perfecto de Tim.
Observó la línea firme de su mandíbula, la rectitud de su nariz y la fijeza de sus ojos azules, y un pensamiento nítido e inesperado le atravesó el pecho.
No le gustaría estar en ningún otro lugar en ese momento, que no fuese a su lado.
Sabía, con una certeza que le oprimía el pecho, que esta era la última vez en su vida que sería verdaderamente libre.
Cuando la travesía terminara y llegara por fin al poblado de Águila Gris, su vida tal y como la conocía habría terminado para siempre.
Sería Muatabe, la mujer de la profecía, atada a los deberes de su pueblo y a un esposo que no podría amar.
Pero ese instante, con el calor de Tim Brannigan tan cerca, con su olor masculino y fresco envolviéndola, le pertenecía solo a ella.