Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—No la recuerdo. Mi infancia fue… confusa. Solo sé que mi madre me llevó a casa de los Hunter cuando yo era muy pequeña porque estaba gravemente enferma y quería que me criara allí, en el mundo de los blancos.

—Es una suerte que tu madre confiara en ellos para protegerte —comentó Tim, pensando en la aparente honradez de Rod Hunter.

Taby esbozó una mueca amarga y sus ojos grises se ensombrecieron.

—No sé demasiado sobre los Hunter. Lo que sí tengo claro es que traicionaron a mis padres.

Papá ya ha perdonado a sus muertos y prefiere olvidar, pero yo sé la verdad.

Sé que su hermano, Elyaz, hizo todo lo posible para alejar a mi madre de él.

Cuando se marchó a la guerra, Elyaz pagó a un indio para que se la llevara de vuelta al poblado.

Tim se quedó helado, sin atreverse a decir nada. No le correspondía a él juzgar las miserias de las familias ajenas, ya tenía bastante con las suyas.

—La sangre no siempre es pura, Brannigan —concluyó Taby, mirando las estrellas con una madurez que contrastaba con su juventud—. Hasta los corazones que parecen más limpios se vuelven oscuros alguna vez.

—Lo sé. Por eso intento enmendar lo que hice mal.

Ella levantó la vista intrigada por la solemnidad que había en su voz.

—¿Qué hiciste mal? ¿Este viaje es una redención?

El soltó una breve risa que no reflejaba una pizca de humor.

—No lo sé, Taby. Ni siquiera sé si lo que hice puede ser perdonado o cómo puedo enmendarlo.

Los Brannigan nunca han sido honorables o decentes.

Supongo que yo mismo tengo una buena dosis de mezquindad en mi corazón.

A veces quiero… Quizá solo sea arrogancia o vanidad lo que me impulsa a ser mejor que los que me precedieron.

Sin embargo, también llevo a cuestas mi propia cruz.

—No puedes catalogar como arrogancia querer hacer algo noble.

—Sí, lo es. Doy por hecho que ese crío estará mejor conmigo. Pero no lo sé. No sé qué haré cuando lo tenga en mis manos. No sé si seré bueno para él. Tal vez tarde o temprano la sangre de mi estirpe se abrirá paso y me volveré como los demás, y criaré a ese niño como me criaron a mí.

—Si te sirve de consuelo, no creo que seas un mal ejemplo.

—Ah ¿no? Olvidas que me sacaste de debajo de tu granero cuando estaba a punto de caer sobre mi cabeza. Fui hasta allí para destrozar vuestra granja y con ello la entereza de tu padre. Mi pierna maltrecha me recuerda cada día lo que ocurrió, y me obliga a no repetir mis errores.

El rostro de Tim se ensombreció, reflejando sus demonios. No podía contarle que había matado a su padre. Por muy justificable que fuese el motivo, ese acto pesaría siempre sobre su conciencia. Quizá algún día pudiese hablarle de ello con franqueza, pero de momento, guardaba ese dolor para sí mismo.

Taby tragó saliva impactada por su declaración.

—Creía que no lo recordabas.

—Recuerdo cada segundo. Recuerdo el dolor y el miedo. La certeza de que mi final había llegado. Y recuerdo tus ojos. No eras más que una niña, supongo. Y te arriesgaste por un desconocido que quería haceros daño.

—No era tu momento de partir.

—¿Te lo dijo el viento?

Ella soltó una carcajada cantarina que consiguió que el dramatismo se esfumara por completo.

—Me lo dijo el sentido común.

Tim sonrió y no dijo nada más, concentrado en las llamas que consumían los pequeños troncos, con la mente muy lejos de allí.

El silencio cayó sobre ellos mientras el viento comenzaba a silbar sin darles tregua.

Tim permanecía de espaldas a la joven, tenso como la cuerda de un violín, obligándose a mantener una distancia prudente.

La tentación de tenerla a escasos centímetros era un castigo demasiado fuerte para su voluntad, y se había jurado a sí mismo no romper la promesa de no tocarla.

Sin ninguna hoguera para suavizar el rigor de la noche, Taby se encogió sobre sí misma para protegerse, pero no era suficiente.

No solo necesitaba sentir la calidez de su cuerpo, también ansiaba la seguridad que su brazo rodeándola le proporcionaba.

Con él allí, el futuro parecía algo muy lejano que no hacía falta afrontar todavía.

—Abrázame, Brannigan. Me estoy congelando —pidió al fin.

Tim no necesitó que se lo repitiera. Se giró sobre sí mismo, estiró el brazo y la atrajo hacia sí, protegiéndola con su cuerpo.

Solo hizo falta ese gesto para que una corriente eléctrica los recorriera por debajo de la manta que los cubría.

Taby se acurrucó sin reservas en el hueco cálido de su cuello, y al apoyar la mejilla contra su piel, notó de inmediato el pulso desbocado y acelerado del hombre.

Intrigada por esa vibración salvaje, deslizó la mano con lentitud por el hombro de Tim hasta posarla sobre su pecho, sintiendo el latido rítmico y potente de su corazón.

— Buhu reka —susurró ella en su lengua, con una voz queda que erizó la piel de Tim.

Él la miró en la oscuridad, buscando el brillo de sus ojos.

—¿Qué significa?

—Tu corazón lucha —tradujo ella, sin apartar la palma de su pecho—. Pelea contra ti mismo.

Tim no respondió con palabras. No sabía qué decir, pero tenía claro que no le apetecía luchar.

Al menos, no contra ella. Hundió la cara en la maraña de pelo oscuro y tuvo que contener el deseo de dejar escapar un ronroneo.

Jamás en su vida había olido nada tan embriagador y excitante como el aroma de Muatabe.

Tuvo la certeza de que podría pasar el resto de sus días acariciando la suavidad de esos mechones sedosos, enrollándolos en sus dedos mientras le hacía el amor.

Apretó los ojos para librarse de ese pensamiento inoportuno, pero el deseo se había filtrado ya por todos sus poros, incluso mucho antes de ese momento.

Deslizó los dedos por su cabello, y dejándose llevar, bajó la mano un poco más, recorriendo la silueta de su espalda hasta llegar al borde de la camisa de ante que ella vestía.

Taby aguantó la respiración, con los ojos fijos en las sombras oscuras del rostro de Tim, cuando sintió sus dedos cálidos deslizarse por debajo de la prenda, acariciando con una lentitud tortuosa la piel que cubría su columna.

El ascenso fue una delicia agónica tan intensa que casi le dolía.

La palma de su mano, grande y firme, continuó su camino por las costillas hasta llegar a la redondez de uno de sus pechos, acunándolo mientras su pulgar se deslizaba en una caricia lenta por su pezón.

Tim lo pellizcó con suavidad y frotó la yema del dedo sobre él, arrancándole a Taby un suspiro entrecortado que murió entre las bocas de ambos.

Ella entornó los ojos, con el cuerpo encendido, deseando con desesperación sentir la presión de su boca salvaje.

Sin embargo, Tim, haciendo gala de un autocontrol mucho mayor que el suyo, deslizó sus labios con una suavidad exasperante por la línea de su barbilla, por el pómulo y las mejillas, rozándola apenas, pero esquivando deliberadamente sus labios.

Taby abrió los ojos, desorientada, y al encontrarse con la mirada oscura y encendida de Tim, comprendió lo que estaba pasando. Él no iba a traspasar la línea que ella le había marcado, esperaba que ella se rindiera.

—Bésame, Ojos Azules —ordenó en un susurro que le dolió en el pecho.

Tim murmuró algo que ella no entendió, y la besó con una voracidad que los hizo gemir a ambos.

La delicadeza se evaporó en un segundo, sustituida por el hambre contenida, y alimentada por la cercanía de los últimos días.

Mientras sus lenguas se encontraban con urgencia, la mano de Tim bajó por su cintura, se ancló con fuerza a su trasero y la pegó por completo contra su cuerpo, eliminando cualquier rastro de aire entre los dos.

Por encima de las ropas, las caderas de ambos comenzaron a frotarse con un movimiento exigente que estaba llevando al límite el control de ambos.

Taby sintió la dureza de Tim encajarse a la perfección en el hueco entre sus piernas, buscando un alivio que la ropa les negaba y gimió desesperada por liberar la presión cálida que se acumulaba en su interior.

Tim creyó que podría contenerse, que la disciplina que lo gobernaba le permitiría dominar la situación y ganar la batalla contra sus propios instintos.

Se equivocó. Perdió el control por completo al sentir la urgencia con la que la muchacha buscaba la proximidad de sus caderas y supo que darle placer se había convertido en su misión.

Siguieron rozándose con desesperación, de una manera tan íntima y desbocada que parecía que le estaba haciendo el amor allí mismo, sobre el suelo.

Al final, devorado por una necesidad que le nublaba el juicio, Tim soltó un juramento ahogado, desató con torpeza el nudo de los pantalones de Taby y metió la mano en ellos, buscando acariciar su intimidad sin barreras.

Taby olvidó dónde estaba el límite de su propio cuerpo al sentir los dedos masculinos y ardientes sumergirse en su humedad.

Nunca nadie la había tocado ahí, ni siquiera ella se había atrevido a dar rienda suelta al deseo curioso que la azuzaba algunas noches, ignorando que pudiese ser tan arrollador.

Cuando sintió que no terminaba de conseguir aquello que su cuerpo le exigía, arqueó la espalda contra el colchón de mantas para aumentar la intensidad de las caricias, soltando un grito sordo contra la boca de él.

Llevada por la misma inercia salvaje y el deseo de posesión, Taby imitó lo que Tim había hecho y coló su propia mano por debajo de la pretina de su pantalón, envolviendo su dureza con los dedos.

El contacto de la piel suave de la joven fue la estocada final para él.

Incapaz de soportar aquella necesidad y el roce frenético de sus caderas, Tim estalló vergonzosamente pronto entre sus dedos, soltando un gemido ronco de pura rendición mientras el calor del orgasmo los sostenía en aquel limbo extraño, ocultos por la negrura de la noche.