Capítulo 14
P or la mañana, la luz del alba se filtró entre sus parpados entrecerrados desvelando una estampa que hizo que a Taby se le subiera la sangre a las mejillas.
Se descubrió completamente acurrucada contra el cuerpo de Tim, en una postura que resultaba demasiado íntima.
Él la había rodeado con un brazo firme y protector, y ella, de forma inconsciente durante el sueño, había colocado una de sus piernas en medio de las de él, buscando un calor que ahora resultaba abrasador.
Avergonzada por semejante falta de decoro, intentó apartarse de golpe, pero Tim, que ya llevaba un rato despierto disfrutando en silencio de la situación, aflojó el brazo despacio, mirándola con los ojos entornados y una sonrisa perezosa.
—No saques el cuchillo todavía, Muatabe —murmuró, con la voz enronquecida por el sueño—. Hubiera jurado que en mitad de la noche te escuché susurrar que tenías frío. Y yo, como buen caballero, solo estaba dispuesto a aliviar tu malestar.
Taby bufó, indignada por su desvergüenza, y se levantó de la manta maldiciendo entre dientes, ansiosa por alejarse de él.
Tras tomar un poco de café y unas tortas de maíz, iniciaron la ruta sin que Taby se hubiese dignado a dirigirle la palabra.
Tim no podía evitar mirarla con una sonrisa divertida al ver que cabalgaba tan rígida como una escoba, espoleando a su yegua para que él, una vez más, tuviera que tragarse el polvo del camino.
Taby levantó la vista hacia el cielo despejado haciéndose visera con la mano. Un halcón surcaba las corrientes de aire sobre ellos y tuvo la extraña y persistente sensación de que el ave los seguía. Quizá fuera el pájaro de su profecía.
—Tenemos suerte de que no sea un buitre —comentó Tim sin obtener respuesta, al intuir la dirección de su mirada—. No me apetece convertirme en su merienda.
Ella lo escuchó a medias. En su mente resonaban las palabras misteriosas de su abuelo, Águila Gris, provocando que su estómago se encogiera.
«Después de que la mujer de ojos de luna cumpla su destino, pedirá paz para su pueblo».
El peso de su destino volvía a golpear su pecho.
Antes del atardecer, las maderas destartaladas de El Coyote Blanco se recortaron en el horizonte, contra un cielo moteado de nubes alargadas teñidas de naranja.
Taby estaba exhausta, con los músculos entumecidos, y Tim, aunque también se sentía agotado, aguantaba el tipo por puro orgullo.
Ella soñaba con una cama limpia y un baño caliente que aliviara sus músculos tensos, pero al cruzar el umbral de la taberna, el panorama fue demoledor y el alma se le fue a los pies.
El ambiente era nauseabundo y el aire apestaba a tabaco rancio, sudor y orín.
Varios hombres de mirada turbia interrumpieron sus tragos para clavar sus ojos en Taby con una lascivia descarada.
Uno de ellos, un tipo corpulento con el rostro marcado por la viruela escupió al suelo y se acercó a ellos.
Con total desvergüenza sujetó el pelo de Taby y se lo acercó a la cara para olerlo.
Tim cuadró los hombros y se puso tan tenso que ella tuvo la impresión de que había crecido varios centímetros.
Con un golpe brusco apartó la mano del tipo y se interpuso entre ellos.
—Eh, forastero. No te pongas así —dijo riéndose y mostrando sus dientes negros—. Te compro la esclava india. Te doy un buen precio por ella.
A Tim se le encendió la sangre y en un parpadeo, agarró al hombre por las solapas de la camisa y alzó el puño, dispuesto a destrozarle la cara a golpes.
—¡No, Tim! —le refrenó Taby de inmediato, sujetándole el brazo con urgencia por temor a que se desatara una trifulca de la que no pudieran salir.
Tim soltó al hombre con desprecio, empujándolo contra la mesa, haciéndolo trastabillar ,y se dirigió a la barra, mientras otros clientes apaciguaban al tipo que lo había provocado evitando que la cosa llegara a mayores.
Pidió una habitación y algo de comer. El tabernero, un tipo grasiento y sucio, les ofreció un estofado y Tim estuvo a punto de aceptar.
Los ojos de Taby se clavaron en dos platos que acababan de servir en el mostrador y tiró de su manga para llamar su atención para que guardara silencio.
—Si tiene algo que no requiera cocinarse, mejor —intervino, clavando la vista en las manos del dueño.
El hombre la miró con extrañeza, arqueando una ceja.
—Pagaremos bien —añadió Tim con firmeza, sin querer llevarle la contraria.
El tabernero gruñó algo entre dientes y, rebuscando bajo el mostrador, les ofreció unas manzanas algo pasadas y un par de boniatos crudos que ella cogió con rapidez. Cuando se alejaron un poco, Tim la miró sin entender.
—¿Por qué no has querido el estofado? Tenía buena pinta.
—¿Le has visto las uñas a ese hombre? —replicó ella con una mueca de asco—. No me comería nada que hubiese pasado por sus manos, antes masticaría el pasto de los caballos. —Taby le dio un codazo sutil en las costillas—. Espabila, Brannigan. Tienes que ser más observador.
Tim, resignado ante la lógica de la muchacha, movió la cabeza y esperó a que los condujeran a su habitación. Prefirió pedir solo una, ya que el ambiente no era demasiado civilizado, y prefería vigilar a Taby de cerca por precaución; no se fiaba de dejarla sola en un lugar lleno de alimañas.
Cuando siguieron a la mujer del dueño hasta la planta superior, el panorama resultó aún más descorazonador si cabe.
La mugre imperaba en cada rincón y el olor a humedad era tan fuerte que Taby casi no pudo esperar a estar solos para subirse el pañuelo que llevaba al cuello y taparse la nariz.
El jergón de la cama estaba plagado de manchas oscuras, la sábana, que estaba hecha una bola de un color infinible, descansaba en el suelo de madera que parecía más sucio que un corral de ganado.
En ese momento, un muchacho escuálido entró arrastrando un cubo de agua para el supuesto aseo; el líquido estaba tan turbio que parecía sacado directamente de una letrina.
Se miraron el uno al otro sin poder creer que pretendieran cobrarles por aquello.
Taby tenía los ojos abiertos de par en par, desorbitados por el espanto ante semejante inmundicia.
Tim, incapaz de contenerse por más tiempo ante el desconcierto de ella, soltó una sonora carcajada en cuanto estuvieron solos.
Le tendió la mano, ella la tomó sin dudarlo y ambos salieron de allí a paso ligero, renunciando al alojamiento.
Cuando estuvieron en la puerta tomaron aire aliviados, el olor de los excrementos de los caballos era mucho mejor que el hedor del interior. Estaban tan enfrascados decidiendo dónde pasar la noche que no se dieron cuenta de que alguien los observaba.
—Haces bien en sacarla de aquí. Este no es sitio para una mujer, muchacho.
Tim entrecerró los ojos para verlo mejor y reconoció al anciano con el que había hablado días antes cuando vino a resolver el asunto de su hermano. Le tendió la mano con prisa, deseoso de salir de allí antes de que la noche cayera sobre ellos.
—Supongo que has venido en busca de respuestas.
—Así es —admitió desatando a su caballo del poste sin perder a Taby de vista.
El hombre asintió y entendió su desazón.
—Puedes ir hacia el norte, cerca del recodo del riachuelo. No te preocupes por esta gentuza, están demasiado borrachos y son demasiado holgazanes para preocuparse en molestaros. Si os dais prisa, llegareis mientras todavía haya algo de luz.
—Gracias, señor…
—Ernest. Mi nombre es Ernest.
El hombre le hizo un gesto con la mano para que no perdieran más tiempo, pero antes de espolear a su caballo, Tim se volvió hacia él de nuevo.
—¿Por casualidad sabe dónde podría encontrar a Saint?
El viejo asintió y dio una larga calada de su pipa de madera.
—Mañana, cuanto despunte el día, te espero en el cementerio.
Tim se apresuró a asentir, pero el hombre no lo vio, había girado sobre sus talones para perderse en el interior de la taberna.
Cabalgaron un par de millas casi en la oscuridad hasta encontrar un claro seguro cerca de un riachuelo que no era más que un hilillo de agua, asegurándose meticulosamente de que nadie los hubiera seguido.
Cuando se detuvieron en el horizonte apenas se vislumbraba el último resplandor del día y las primeras estrellas comenzaban a tapizar el cielo.
Sin necesidad de palabras se repartieron las tareas, y en pocos minutos ya habían colocado las mantas y encendido un fuego mucho más pequeño que el del día anterior por prudencia.
Taby limpió los boniatos y las manzanas y los puso a asar directamente sobre las brasas.
—Esta noche será más seguro que apaguemos la hoguera para dormir.
Tim asintió, a pesar de que se habían detenido varias veces y cambiado el rumbo para asegurarse de que estaban solos, cualquier precaución era aceptable.
Después de cenar, el silencio de la noche los envolvió.
Tim se sentó cerca del fuego intentando atesorar el calor mientras le fuera posible.
Colocó sus alforjas para usarlas como almohada y notó algo duro en su interior.
Las abrió y entonces recordó que las escrituras y las cartas descoloridas de su padre estaban ahí.
—¿Qué es eso? —preguntó Taby, acomodándose la manta sobre los hombros mientras observaba los papeles amarillentos que él contemplaba como si ya no recordase el motivo por el que los llevaba consigo.
—Unos documentos del rancho que debo estudiar.
Fui lo bastante ingenuo para pensar que, en medio de esta quietud, mi mente sería más clara.
No había contado con este cansancio —respondió él, volviendo a guardar los documentos.
Como si hasta entonces no hubiese caído en la cuenta de ese detalle la contempló unos segundos—.
Taby… ¿sabes algo de tu abuela? ¿La conociste?
Ella contempló las llamas, con la mirada perdida en los recuerdos de su niñez.