Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 13
58%

Capítulo 13

A Tim nunca le habían interesado las rivalidades absurdas ni los piques destinados a probar su hombría, de hecho siempre había eludido ese tipo de tonterías que a Reeve le divertían tanto.

Pero después de varias horas cabalgando bajo un sol de justicia, empezaba a estar verdaderamente molesto.

Muatabe no le permitía ni siquiera ponerse a su altura.

Cada vez que él espoleaba a su semental para emparejarse y entablar conversación, ella, con un sutil movimiento de riendas y un chasquido de su lengua, hacía que su caballo avanzara un par de cabezas por delante, manteniéndolo con firmeza en su lugar.

Era frustrante, y no consideraba necesario marcar esa diferencia de estatus entre ellos.

Cuando por fin se detuvieron en un claro flanqueado por mezquites para que los animales descansaran, la exasperación de Tim había alcanzado el límite.

Desmontó con brusquedad, decidido a no regalarle el placer de saberse ganadora.

Tras darle agua a su caballo, en un pequeño riachuelo que el calor no tardaría en secar, se sentó sobre un tronco caído, guardando un silencio sepulcral, y sacó de sus alforjas un puñado de frutos secos y un trozo de queso.

Era una comida frugal, pues sabía de sobra que lo más duro del trayecto previsto para ese día aún estaba por venir.

Muatabe, con la ligereza de un felino, bajó de su montura y al igual que había hecho Tim, se aseguró de que pudiera beber agua.

Encendió una pequeña fogata con ramas secas y preparó café en un cazo de peltre, moviéndose con una parsimonia que a Tim le pareció una provocación.

Parecía que lo había hecho toda la vida, a juzgar por la naturalidad con la que se desenvolvía.

Al fin, incapaz de tolerar más aquel mutismo, Tim decidió romper el hielo.

—Los nombres de los indios suelen tener un significado. ¿Qué significa el tuyo? —le preguntó, clavando sus ojos claros en ella.

Muatabe lo observó de reojo mientras movía el líquido humeante para que no se quemara.

Una chispa de diversión brilló en sus pupilas; sabía perfectamente que el orgullo del tosa taibo estaba herido por el polvo que le había hecho tragar durante millas y le pareció un buen gesto que hubiera decidido hablarle.

—Significa Luz de la Luna —respondió ella, con voz pausada.

Tim lo procesó en silencio. Llevado por una extraña fascinación, intentó imitar la cadencia comanche.

— Mu-a-ta-be ... —lo pronunció con un acento tan marcado y extraño, que la coraza de indiferencia de la muchacha se rompió por completo.

Ella soltó una carcajada cantarina que resonó entre ellos. Se acercó a él y le tendió la taza de café humeante, sentándose junto a él.

—Si crees que vas a morir atragantado con una de esas sílabas —se burló ella, con una sonrisa que le suavizó las facciones—, supongo que puedes llamarme Taby.

Tim aceptó la taza, rozando sus dedos con los de ella a propósito, disfrutando del sutil estremecimiento que provocó en la joven. Tras un par de preguntas inofensivas sobre el clima y los caballos, la mirada de Taby volvió a tornarse seria y afilada.

—¿Por qué crees que mataron a tu hermano, Brannigan?

Tim contempló el líquido negro de su taza, sintiendo el peso de la pregunta.

—No lo sé —admitió con amargura—. Comerciaba con los comanches. Les compraba caballos y les vendía mantas y herramientas. Supongo que a veces surgen problemas.

Taby negó con la cabeza, con rotundidad.

—Los comanches son justos. No matan a un comerciante con el que hacen tratos y a su mujer sin un motivo de peso.

Eso no debería haber ocurrido. Quizá debas entender qué pasó realmente allí antes de que nos adentremos más en las llanuras.

Si vas a reclamar a ese niño, necesitas saber a qué nos enfrentamos.

Puede que estén buscando venganza y en ese caso, tú…

Su voz se apagó un poco pero lo disimuló dando un sorbo de su taza. Tim lo pensó durante unos instantes, sopesando las palabras de la muchacha. Tenía razón. Dar palos de ciego podría llevarlos directos a la tumba.

—Podemos ir hasta el lugar donde ocurrió —propuso Tim, aunque no pensaba volver a pisar esa casa que olía a muerte y dolor—, creo que es una buena idea hablar con el hombre que trabajaba para Thatch, el que me dio la primera información sobre su muerte. Un tipo llamado Saint.

—¿Es de fiar?

—Todo lo que puede serlo alguien que trabajase con Thatch —admitió encogiéndose de hombros—. No será difícil dar con él. Por lo visto, suele pasar la mayor parte de su tiempo ahogando las penas en una taberna de mala muerte que hay a medio camino, llamada El Coyote Blanco.

Taby asintió, conforme con el cambio de planes.

El desvío alteraba apenas un día y medio día la ruta original que había planeado en su cabeza, pero aportaba información necesaria a la búsqueda.

Si Thatch Brannigan había ofendido a su gente, sería una temeridad presentarse exigiendo justicia con su hermano.

Cuando se aseguró de que los caballos habían comido y bebido lo suficiente, se levantó con un movimiento ágil.

Necesitaba estar ocupada, o su mente volaría una y otra vez hacia el rancho.

Se preguntó cómo estaría Trudy, si el bebé sería la niña que ella ansiaba, si a estas horas María estaría preparando la comida en la cocina o si su padre podría llegar a perdonarla.

Sin mediar palabra, lanzó lo que le quedaba de café directamente sobre la hoguera; el líquido siseó con fuerza al contacto con las brasas, y el fuego comenzó a consumirse.

Con un gesto de la mano, instó a Tim a continuar.

Tenían que ponerse en marcha de inmediato.

Taby no conocía esa zona demasiado bien.

No era su hogar, pero tampoco era el de los blancos; era una tierra de nadie donde los forajidos y los desertores solían ocultarse de la ley y aquel panorama resultaba poco alentador.

—Muévete, Brannigan —lo apremió mientras ajustaba las cinchas de su caballo, a pesar de que él ya se había puesto en marcha.

Tim tiró los restos de su frugal almuerzo, y los enterró con la puntera de su bota para no dejar demasiado rastro imitando a Taby que acababa de echar arena al fuego.

Recogió su sombrero y montó al semental con agilidad.

Esta vez la rivalidad de la chica había quedado en segundo plano y cabalgaron a un trote ligero con los ojos bien abiertos y los rifles al alcance de la mano.

A medida que avanzaban, el paisaje se volvía más hostil, salpicado de gargantas profundas y matorrales espinosos.

La luz del día comenzó a languidecer antes de lo previsto, tiñendo el horizonte de un color violáceo y lúgubre.

El viento había empezado a soplar con fuerza esa tarde, levantando remolinos de polvo que obligaron a los dos jinetes a bajarse las alas de los sombreros y a taparse la boca con los pañuelos.

La necesidad de encontrar un lugar seguro para pasar la noche se volvió prioritaria; en esa zona, acampar al descubierto no solo significaba incomodidad, sino convertirse en un blanco fácil para cualquiera que acechara en la oscuridad.

Fue Tim quien divisó una formación de rocas a un lado del sendero que parecían ofrecer un abrigo seguro.

—¡Allí! —gritó, señalando con el brazo por encima de la cabeza de su caballo—. Hay un desfiladero estrecho entre esas piedras. Nos protegerá del viento y ocultará la luz de la fogata si decidimos encender una.

Taby observó las rocas con desconfianza, aguzando sus sentidos para detectar cualquier peligro latente, pero el cansancio de su montura y el frío que ya le calaba los huesos la obligaron a asentir. Enfilaron los caballos hacia la grieta de piedra, esperando que la noche pasase con rapidez.

Taby subió con cuidado a una zona elevada entre las rocas para otear el horizonte.

Escudriñó la penumbra con los ojos entornados y suspiró aliviada al comprobar que, al menos en apariencia, no parecía haber nadie en millas a la redonda.

El fuego que encendieron abajo, en una grieta entre las piedras, espantaría a los coyotes y les ayudaría a combatir el gélido viento.

Tras descender, extendieron las mantas sobre la tierra dura y, después de comer algo en un silencio cómodo fruto del agotamiento, se tendieron guardando una distancia prudente.

Taby sentía el cuerpo dolorido por las largas horas de cabalgata sin descanso, pero la fatiga física no empañaba su determinación.

Necesitaba poner distancia con el rancho Hunter para que, si su padre decidía buscarla al descubrir la nota, no pudiera alcanzarla con facilidad.

Se tumbó boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el vientre, observando el tapiz de estrellas fijas en el firmamento.

Se preguntó si Tim estaba ya dormido, pero no se atrevió a mirarlo directamente.

Su proximidad le resultaba sofocante a pesar del espacio que los separaba.

—¿Por qué lo haces, Taby? —preguntó él de pronto, rompiendo el silencio.

Ella contuvo la respiración por un instante y la soltó con un suspiro entrecortado, sin apartar la vista del cielo.

—Porque debo hacerlo. El viento dice que debo ir.

—¿Este viento? —preguntó Tim con una fina nota de sorna en la voz, ganándose una inmediata mirada de desaprobación.

—El viento que cuenta historias contó la mía —replicó ella, con una seriedad que fulminó de un plumazo la ironía del hombre—. Pero no importa. Los tosa taibo no lo entendéis. Os burláis de la sabiduría de la Tierra.

Tim se apoyó sobre un codo, girando el cuerpo para observarla a la luz anaranjada de las brasas. El perfil de la muchacha parecía tallado en porcelana y le resultó demasiado perfecto para ser real.

—No me burlo —se defendió, y su tono sonó extrañamente sincero—. De verdad quiero saberlo. ¿Qué te ha dicho el viento?

—Que debo volver con mi gente y hacer lo que se espera de mí —confesó ella en un susurro—. Por mi sangre. Por mi pia . Mi madre. Al igual que tú haces cosas por tu padre.

Un músculo se tensó en la mandíbula de Tim, molesto con el giro de la conversación.

—No es lo mismo.

—¿Por qué no? En el pueblo dicen que estás intentando hacer justicia. Que estás borrando las huellas de dolor y deshonor que tu padre dejó.

—Ah, ¿sí? ¿Quién lo dice?

—Todo el mundo. También dicen que eres un poco estúpido. La mayoría hubieran gastado su dinero, habrían vivido su vida, sin hacerse cargo de los pecados de otros.

Tim resopló pero no contestó. Tenía razón, sobre todo porque a la gente le costaba creer que sus fines fuesen honestos y altruistas, o que su sentido del honor estuviese por encima de su propio interés.

—¿Qué es lo que debes hacer tú por tu madre?

Taby lo miró unos segundos interminables, fijando sus ojos grises en los de él, y esbozó una sonrisa triste, guardándose la respuesta para sí misma. Tim la miró intrigado, deseando desentrañar el misterio que envolvía el destino de la joven.

—Duerme, Ekasa pui . Ojos Azules.

Taby cerró los ojos, pero conciliar el sueño resultó una tarea imposible.

El cansancio extremo jugaba en contra y, a pesar de la manta de lana que la cubría, comenzó a temblar de frío de manera incontrolable.

Tim, cansado de escuchar cómo daba vueltas y vueltas sobre sí misma, estiró el brazo con decisión y tiró de ella hacia su cuerpo, rompiendo la distancia que los separaba.

Ella soltó un gritito, airada por semejante exceso de confianza y, con una rapidez asombrosa, sacó el cuchillo que llevaba en el cinto, colocando la hoja de acero a escasos centímetros de la cara de Tim.

—Si quieres mantenerte entero, Brannigan —le advirtió con la voz temblorosa—, no habrá más besos ni me tocarás más… a no ser que yo misma te lo pida.

Tim apretó los labios para no reírse, pero Taby pudo ver perfectamente que en sus ojos oscuros brillaba una sonrisa pícara y descarada, y que la amenaza no le había resultado en absoluto intimidante.

—Eso quiere decir que crees que me lo pedirás en algún momento —la provocó.

Ella bufó con indignación, guardando el cuchillo en la funda con un movimiento seco.

—Solo lo haré si el río está a punto de arrastrarme o si voy a caer por un precipicio.

Tim soltó una risa ronca que ella sintió en todo el cuerpo.

—Es por pura supervivencia, Luz de la Luna, te lo aseguro. No te deseo —mintió sin saber muy bien si quería que ella le creyera—. Estoy cansado, quiero dormir y el castañeteo de tus dientes no me lo permite. Te doy mi palabra de caballero de que no me propasaré.

Taby lo evaluó un segundo y, vencida por el frío y la fatiga, accedió.

Le dio la espalda y se acomodó contra el pecho ancho y fuerte de Tim, con sus piernas cobijadas en el hueco de las suyas, maravillada y asustada a la vez de lo bien que encajaban el uno con al otro, como dos piezas de un mismo engranaje.

Al sentir el amparo de su calor, la joven pronto acompasó su respiración con la de él y se sumergió en un sueño profundo.

Tim, en cambio, se enfrentaba a un problema mucho mayor.

Sentir el cuerpo flexible, suave y cálido de Taby pegado por completo a su anatomía había eliminado de un plumazo el problema del frío; pero ahora, con la sangre encendida y el aroma silvestre de su cabello llenándole los sentidos, no sabía qué demonios hacer con tanto calor.