Capítulo 12
T im no la soltó de inmediato. Al contrario, se tomó un instante más, deleitándose de una situación que con probabilidad no se repetiría.
—No puedo cerrar un trato con alguien de quien ni siquiera sé su nombre —susurró él, aproximando su rostro al de ella hasta que sus alientos volvieron a mezclarse.
Cerró los ojos por un segundo, aspirando el aroma sutil y silvestre de su perfume, embriagándose con él mientras sentía la presión deliciosa de los pechos de la muchacha bajo su torso desnudo.
Rozó la comisura de su boca con la suya en una caricia casi imperceptible, un roce tan leve que le pareció un castigo y una promesa a la vez.
Tim sabía perfectamente que se jugaba mucho permitiéndose aquella distracción, pero su mente analítica no dejaba de trabajar.
Si ella había llegado hasta allí, si había arriesgado su reputación y su vida colándose en la cama de un Brannigan para aceptar el trato, debía de existir una razón poderosa para ello. Una que aún no alcanzaba a comprender.
Taby, desesperada por la abrumadora cercanía del hombre, se arqueó contra él en un intento infructuoso de alejarlo, pero el movimiento de sus caderas solo consiguió el efecto contrario, encendiendo un fuego más vivo en las entrañas de Tim.
Al fin, haciendo acopio de una fuerza de voluntad que no sabía que poseía, él recuperó la cordura. Exhaló un suspiro áspero y se apartó con lentitud, permitiéndole al fin respirar y levantarse del colchón.
Tim se sentó en el borde de la cama y se pasó una mano por el cabello revuelto.
Bajo la claridad de la luna, volvía a mostrarse semidesnudo, con los músculos de los hombros y el pecho recortados por las sombras, una estampa que Taby se obligó a ignorar mientras se arreglaba la túnica con manos temblorosas.
—Acepto el trato —declaró ella, de pie junto a la cama, recuperando con esfuerzo su habitual tono seco—. Seré tu guía a través de las llanuras. Pero la marcha comenzará cuando yo lo diga, Brannigan, no antes.
Dio un paso hacia atrás, asegurándose de que la distancia física la protegía de un nuevo acercamiento, y clavó en él una mirada inflexible, desprovista de cualquier rastro de la debilidad de unos instantes antes.
—Pero te advierto una cosa —continuó, con una voz cortante—, no soy una niñera.
Te llevaré hasta el Gran Fresno, pero el viaje de vuelta con el crío deberás hacerlo tú solo.
Deberás estar preparado para lo que venga después de que yo te lleve allí.
Y con sinceridad te digo, que no creo que seas capaz de soportarlo.
Tim la observó en silencio, asimilando las condiciones de aquel pacto en el que su opinión carecía de peso. La determinación de la joven era absoluta.
Ella se dirigió hacia la puerta y justo antes de salir, se detuvo y lo miró por última vez por encima de su hombro.
—Me llamo Muatabe —pronunció con una cadencia extraña, y el eco de su nombre nativo resonó como si estuviese hecho de música.
Sin esperar una réplica, se deslizó hacia el exterior y la noche la engulló por completo.
Tim se quedó allí, sentado en la cama, petrificado y asombrado en mitad del silencio que regresó a su cuarto.
El labio aún le escocía por el mordisco de la tarde, el aroma de ella seguía impregnado en sus sábanas y el peso de sus palabras le recorría la espalda como un escalofrío.
«Muatabe». Paladeó ese nombre en los labios antes de dejarse envolver de nuevo por los sueños, ansioso por encontrarla en ellos.
Tim había hecho gala de una extraordinaria paciencia durante la última semana, pero aquella muchacha lo estaba poniendo a prueba de un modo que rozaba la tortura.
Le había dicho con severidad que estuviese preparado para marchar en cualquier momento, pero de aquello hacía ya seis interminables días.
A este paso, pensó Tim con una mueca de amargura, su sobrino saldría a recibirlo a las llanuras montado a caballo y luciendo plumas de guerrero.
La pasividad lo estaba volviendo loco. Se pasaba el día entero deambulando por el despacho, pendiente de la ventana, escudriñando el linde del bosque con la esperanza de ver aparecer la silueta de Muatabe.
Para calmar la ansiedad que le atenazaba los músculos, bajaba a los establos y comprobaba el estado de su caballo y el peso del equipaje una vez tras otra, asegurándose de que nada faltara para la travesía.
Esa mañana lo había vuelto a hacer. El equipaje estaba listo y él alerta. Solo faltaba que ella diera la señal.
La quietud de la mañana se quebró con un grito de dolor que reverberó en las vigas de madera del rancho Hunter.
Trudy se había puesto de parto. El ambiente en la casa principal se volvió asfixiante en cuestión de minutos.
En el salón, María, la mujer que siempre les había ayudado en la casa, intentaba mantener la calma mientras acunaba al pequeño Tony, cuyo llanto asustado se sumaba al caos.
Rod Hunter estaba completamente desesperado. Cruzaba el pasillo de un lado a otro con las botas resonando con fuerza, el rostro pálido y la camisa remangada empapada en sudor, maldiciendo entre dientes porque la comadrona del pueblo estaba tardando una eternidad en llegar.
—¡Taby! —bramó Rod, deteniéndose ante la habitación con los ojos desorbitados—. ¡Ayuda a María! Pon calderos al fuego, que haya agua caliente suficiente. ¡Muévete, maldita sea!
Taby acató la orden sin pronunciar palabra, manteniendo una frialdad que contrastaba con la histeria de su padre.
Mientras alimentaba el fuego de la cocina y llenaba las pesadas ollas, una certeza le apretó el pecho.
Ese era el momento exacto que había estado esperando.
Un parto podía durar horas, un día entero incluso por lo que había oído, y su padre estaría demasiado consumido por los nervios como para notar su ausencia. Nadie iría a buscarla.
El sonido de las ruedas de un viejo carromato anunció por fin la llegada de la comadrona, una mujer enjuta y de manos curtidas que entró en la casa sin saludar siquiera, exigiendo paños limpios y ordenando a Rod que saliera de la habitación de la parturienta.
María entró en el cuarto en su lugar, mientras él asumía el cuidado del pequeño Tony, asustado y contagiado por el nerviosismo y la urgencia de todos.
Taby entró un segundo a la habitación para entregar los paños y el agua caliente que le habían pedido, y tuvo que fingir un desvanecimiento para que no reclamaran su presencia allí.
Se llevó una mano a la frente, dio una arcada bastante creíble y trastabilló como si estuviese a punto de desfallecer.
Estaba segura de que incluso había palidecido.
—Saca a esta muchacha de aquí, María, no nos sirve de nada una cría desmayada —sentenció la partera sin apartar la vista de Trudy.
María le dedicó una mirada ceñuda y Taby salió de la asfixiante habitación con el corazón galopando.
No pudo evitar sentirse culpable al dejar a su querida Trudy en un momento así, pero estaba segura de que ella sería la única que entendería su decisión.
Su propia vida había sido lo bastante difícil para comprender que a veces hay que tomar decisiones.
Dejando atrás a la que hasta ahora había sido su familia completamente concentrada en la euforia y los nervios provocados por la nueva vida que se abría paso, corrió hacia el establo, evitando deliberadamente despedirse de su hermano pequeño.
Si lo hacía, si veía sus enormes ojos de Tony no tendría valor para marcharse.
Ensilló su caballo con rapidez y precisión y subió al pequeño refugio del establo en el que tantas horas había pasado.
Cogió el hatillo de piel donde ya tenía preparadas sus pocas pertenencias y, sin titubear, dejó una breve nota que había escrito hacía días sobre el jergón.
«No me busques, papá. He vuelto al lugar al que pertenezco. Seré feliz. El viento lo dice».
Minutos después, Taby sacaba a su caballo del rancho al trote, fundiéndose con el polvo del camino antes de que el primer llanto del bebé rompiera el aire.
Timothee Brannigan se asomó a la puerta de su porche con una taza de café humeante entre las manos.
Se apoyó contra el poste de madera, cansado tras otra noche de insomnio, contemplando el despertar en los pastos.
Se desperezó, haciendo un repaso mental de las faenas que tendría que hacer ese día, aunque el cuidado de los animales estaba asegurado por sus jornaleros.
En ese preciso instante, un silbido seco y agudo cortó el aire casi rozándolo.
Antes de que Tim pudiera reaccionar, el impacto de una flecha hizo vibrar la madera del poste, clavándose a escasos centímetros de su rostro.
Tim dio un paso atrás por puro instinto, haciendo que unas gotas de café salpicaran el suelo.
Se recuperó de inmediato y se acercó a la flecha.
Al examinarla comprobó que en ella había enredado firmemente un jirón de tela de algodón de un color azul cielo que le resultaba familiar, que pertenecía al vestido que le había visto a Muatabe.
Tim levantó la vista de inmediato hacia el límite del bosque y las colinas lejanas, colocándose la mano sobre los ojos.
La luz del alba era difusa, la neblina aún no se había levantado del todo, y no vio figura alguna entre los árboles, pero no le hizo falta.
Sabía con absoluta certeza que Muatabe estaba allí fuera, observándolo desde las sombras.
Esa era la seña que tanto había esperado para iniciar su viaje, y ella, tal y como habían acordado, lo esperaría sobre una de las colinas que delimitaban el norte de sus tierras.
Dejó la taza de café sobre la barandilla del porche con gesto decidido y, sin mirar atrás, se dirigió con grandes zancadas hacia el despacho sin poder contener la urgencia de sus pasos.
El eco de la flecha vibrando en el porche aún le resonaba en los oídos como un latido urgente.
Se dirigió directo a la caja fuerte y, con dedos rápidos y precisos, giró la combinación hasta escuchar el chasquido del mecanismo.
Abrió la puerta y extrajo el dinero suficiente para afrontar el viaje.
Estaba dispuesto a salir de allí cuando su vista se desvió inevitablemente hacia la superficie de la mesa.
Allí estaban, apiladas sobre otros papeles, las escrituras que lo traían de cabeza, pertenecientes a la venta firmada por la viuda Hunter.
Tim se detuvo en seco, con los pies anclados al suelo.
Un frío presentimiento le recorrió la espina dorsal; no sabía si regresaría a ese despacho alguna vez, ni si saldría con vida de las llanuras donde habitaban los comanches.
En un acto impulsivo, decidió llevárselas consigo; quizá en las largas y solitarias noches que le esperaban al raso, junto a una hoguera, tendría tiempo de repasar cada línea y buscar el hilo del que tirar para desentrañar la verdad.
Abrió una carpeta de piel y guardó las escrituras en su interior.
Fue entonces, en un acto puramente instintivo y sin saber muy bien por qué, cuando sus ojos repararon en algo más.
En el fondo del cajón guardaba otros documentos igual de importantes para él.
Alargó la mano y tomó también las cartas privadas de su padre y aquella mujer desconocida de caligrafía elegante.
Si el destino le jugaba una mala pasada en el territorio indio, no quería bajo ningún concepto que los secretos íntimos que ni siquiera él se había atrevido a desentrañar quedaran al alcance de cualquiera.
Se enderezó, ajustándose la carpeta de cuero bajo el brazo, y una sonrisa amarga y cargada de cinismo se dibujó en sus labios.
Le pareció sumamente curioso, casi macabro, que en un momento tan crucial de su existencia, todo lo que consideraba imprescindible estuviese estrechamente ligado a los fantasmas de su progenitor.
Él, Timothee Brannigan, el hombre que siempre había buscado la pulcritud y el orden no necesitaba llevarse nada personal.
Su equipaje era la herencia maldita de Silas.
Con el paquete bien asegurado y el corazón latiendo con fuerza, salió a toda velocidad del despacho.
Cruzó el porche ignorando la flecha que seguía clavada en la madera como una guía que seguir y se dirigió a los establos.
Montó a su semental y lo espoleó, saliendo al encuentro de una mujer misteriosa y de un camino que no sabía cómo terminaría, pero del que ya no había retorno posible.