Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

T aby sabía en lo más profundo de su ser que el día definitivo se acercaba.

La luna llena coronaba las colinas, bañando el valle con una luz plateada y espectral, pero ni siquiera esa estampa idílica la serenaba.

No podía eludir lo inevitable; por mucho que intentara retrasarlo, los hilos de aquel intrincado tapiz que era su vida ya estaban dispuestos.

La canción del viento había hablado entre los árboles esa tarde de nuevo y ella debía obedecer.

Su madre no lo hizo en su momento, intentó aferrarse a un mundo que no le correspondía, y por eso los antepasados se la habían llevado consigo demasiado pronto, reclamando lo que era suyo.

No tenía miedo a morir, pero sabía que la furia era una fuerza traicionera que podía avanzar en muchas direcciones y cabalgar a lomos de caballos impredecibles.

Quizá el final tampoco fuese tan malo. Águila Gris siempre decía que todo iría bien, que el orden de las cosas se restablecería tarde o temprano y que, gracias a su regreso, la tribu viviría muchos años en paz en sus tierras, sin temer a los tosa taibo, los hombres blancos

Abrió la puerta de su habitación con sigilo y hasta ella llegó el rumor amortiguado de la conversación de Rod y Trudy en el piso de abajo.

Cenaban en la cocina en compañía de Frank y su esposa María, los trabajadores que habían estado en el rancho desde sus inicios.

Todos reían de buena gana, compartiendo anécdotas de juventud sobre Rod y su hermano Elyaz.

También hablaban del pequeño Tony y, con especial ternura, del bebé que Trudy pronto traería al mundo.

Aunque no pudiese verlos desde la distancia de su alcoba, Taby podía intuir el brillo de felicidad en los ojos de su padre.

Rod Hunter estaba profundamente orgulloso de la nueva vida que había construido y de la familia que había logrado crear.

Y allí, bajo ese techo, ella no era imprescindible.

En cambio, en la tribu sí lo era. Su presencia tenía un propósito, un peso sagrado, una misión. El destino estaba escrito.

Se asomó a la ventana, apoyando las manos en el alféizar mientras buscaba con la mirada la silueta del guerrero que la acechaba entre las sombras por las noches.

Para su alivio, no había nadie a la vista.

Había demasiada luz de luna aquella noche como para arriesgarse a ser visto, aunque Taby sabía de sobra que, si un comanche no quería ser descubierto, ni la noche más clara ni el sol ardiente de mediodía desvelarían su presencia.

El tiempo de los avisos y de las esperas había terminado; ahora le tocaba a ella andar los pasos hacia adelante y aceptar la canción del viento.

Tenía que reconocer que, por muy valiente que pretendiera ser ante Timothee Brannigan, era demasiado sensata para emprender ese viaje hacia su destino en solitario y pedirle ayuda a su padre no era una opción.

Aquel territorio salvaje no era propicio para una mujer sola, y menos para una joven sin experiencia para enfrentarse a las crueldades que podría encontrar en el camino.

Sabía, por los cotilleos maliciosos de las hermanas Curtis, las habladurías que recorrían el pueblo y que contaban que ella se escapaba en secreto para volver con los comanches; y aunque para hacerse la interesante ante las damiselas de Sabine Cross nunca lo había desmentido, la verdad es que no era ni tan osada ni tan insensata.

Su tiempo en el mundo de los blancos se acababa, y necesitaba a alguien que la acompañara en ese viaje sin retorno.

Por eso, cuando Tim Brannigan le había pedido ayuda esa misma tarde en el río, con el alma herida y la mirada encendida, su corazón se había detenido por un instante.

Era la señal que tanto había esperado para emprender la gran travesía.

Había una justicia poética en aquello. Él la utilizaría a ella como guía para rescatar al hijo de su hermano, y ella lo usaría a él como protección frente a los peligros del camino.

Dos almas movidas por necesidades distintas, unidas hacia el mismo destino hostil e imprevisible.

Solo había que aguardar el momento oportuno ya que un paso en falso podría arruinarlo todo.

La parte heredada de su pía , su madre, era calmada y paciente.

Su plan era sencillo, como debían serlo los planes destinados a acabar bien.

Solo tenía que esperar a que Rod estuviese lo bastante distraído con los asuntos del rancho y el avanzado embarazo de Trudy como para no percatarse de su ausencia hasta que ya fuera demasiado tarde para alcanzarla.

Salir del rancho Hunter esa noche había sido para Taby tan fácil como adentrarse ahora en el de los Brannigan.

Trudy había acabado muy cansada después de la cena y se había retirado temprano; además, su padre, junto con Frank, habían dado buena cuenta de un par de botellas de vino, por lo que la quietud y el silencio se apoderaron de la casa de los Hunter casi de inmediato, en cuanto los invitados se marcharon.

Solo los acompasados y suaves ronquidos de Rod le indicaban que seguían allí al otro lado de la puerta.

La luz de la luna la había ayudado a cruzar sus tierras sin miedo, su mitad comanche la empujaba a moverse en las sombras como un gato.

Al llegar a la propiedad de los que habían sido enemigos de su familia durante años, a Taby le pareció increíble que un hombre como Timothee no tuviera ningún tipo de protección ni hombres vigilando en los alrededores.

Aquello daba por buenos los persistentes rumores del pueblo que aseguraban que el joven Brannigan había vaciado las arcas familiares para recomponer y pagar lo que sus antepasados destruyeron.

Para qué tener a un guardián si no había nada que robar.

Ató su caballo con destreza en el lateral de la casa, dejándolo oculto entre las sombras.

Apoyando las botas en las repisas de la planta baja, accedió con agilidad a las ramas de un árbol cercano y, desde allí, se encaramó al poyete de una ventana del segundo piso que permanecía entornada.

Entró con absoluto sigilo a una sala silenciosa, cuyos muebles, cubiertos por sábanas blancas, parecían espectros bajo la luz de la luna.

Desde ahí, avanzó hacia el pasillo principal confiando en que su instinto le llevara a lo que estaba buscando.

Al ser consciente por primera vez de la tremenda temeridad que estaba cometiendo, un frío le recorrió la espina dorsal y estuvo a punto de dar media vuelta y marcharse por donde había venido.

El susurro de unas palabras pronunciadas a caballo entre la vigilia y el sueño la instaron a acercarse a una habitación cuya puerta estaba entreabierta.

Allí, con las piernas enredadas en las sábanas y con el torso desnudo, Timothee luchaba por escapar de los brazos de una pesadilla.

Durante un segundo, Taby no se atrevió a respirar, contemplando el hermoso cuerpo del hombre que tenía delante.

Se adentró en la habitación con la cautela que le habían enseñado en sus primeros años de vida y se acercó al lecho.

Sobre la mesilla de noche, reluciendo bajo la luz plateada de la luna, descansaba un arma.

Taby se apresuró a cogerla con dedos temblorosos y la depositó con cuidado sobre un mueble más alejado; no quería sorpresas.

De todas formas, sabía que Tim era lo bastante grande y fuerte como para poder partirle el cuello con las manos desnudas si se sentía atacado.

Con el corazón palpitándole en la garganta, se arrodilló sobre el borde del colchón, justo al lado de su cuerpo.

Lo observó en silencio sin saber cómo proceder.

Timothee, despojado de su armadura de cinismo y arrogancia, era más hermoso de lo que ella misma quería admitir.

Las pestañas oscuras le dibujaban sombras en los pómulos, y la boca, la misma que la había besado con furia unas horas antes en el río, lucía ahora extrañamente vulnerable.

Pero aquello no importaba. Ella no era una dama jugando al cortejo; ella era Muatabe. Y la canción del viento había hablado por ella, reclamándola para un viaje sin retorno.

Al contemplar el sufrimiento que padecía supo que lo justo sería arrancarlo de las garras de sus sueños oscuros.

Alargó la mano, tentada por el impulso de rozar con la yema de sus dedos la piel del rostro de Tim, pero se detuvo a escasos milímetros.

Pensó que él, al despertar, podría malinterpretar el gesto como una caricia.

Cambió de opinión y, apoyando la mano en su hombro, lo zarandeó con suavidad.

En ese mismo instante, Timothee abrió los ojos de golpe.

La idea de que alguien quería matarlo atravesó la mente de Tim como un rayo.

La habitación estaba sumergida en una densa penumbra y sus ojos, cegados por el sueño, no distinguieron quién era la sombra que se cernía sobre él.

Con una rapidez letal, atrapó la muñeca de quién lo había tocado, le retorció el brazo hacia la espalda con un movimiento seco y cayó con todo su peso sobre el atacante, hundiendo la cabeza del intruso contra la almohada.

Se tumbó encima, usando su envergadura para inmovilizarlo, presionando su cuerpo firme contra el de él, que debido a la sorpresa apenas opuso resistencia.

En la oscuridad, Tim distinguió una larga y desordenada cabellera negra que ya empezaba a resultarle familiar, al tiempo que un gemido ahogado y claramente femenino rompía el silencio.

Su mente lógica, aturdida aún por el letargo, se negó a darle una respuesta coherente.

Sin levantarse, manteniendo el cuerpo de la mujer firmemente sujeto bajo el suyo, Tim alargó la mano libre hacia la mesilla de noche para alcanzar su revólver.

Maldijo cuando las puntas de sus dedos solo acariciaron la madera vacía.

Fueron apenas unos segundos, pero a él le pareció que todo ocurría a un ritmo endiabladamente lento e interminable, en un suspense agónico.

De pronto, el calor del contacto hizo que sus sentidos se agudizaran.

Se dio cuenta de que el cuerpo que tenía atrapado, a pesar de ser delgado y fibroso, poseía unas curvas sinuosas que se amoldaban con peligrosa exactitud al suyo.

Aflojó un ápice la tensión de sus músculos al comprender la verdad.

Era ella, no podía haber nadie en todo el mundo que se atreviese a tanto. Era la india de los Hunter.

Taby empezó a toser, intentando recuperar el aire que él le había arrebatado, y comenzó a forcejear con desesperación para apartarlo.

Sin embargo, aquel movimiento en mitad de la cama solo consiguió que el trasero de la muchacha se rozara directamente contra la repentina y evidente dureza de Tim consiguiendo un efecto muy distinto al que había pretendido.

Él no se movió. Al principio le resultó físicamente imposible, demasiado impactado por la osadía de su presencia allí y por la brutal descarga de adrenalina.

Después, aflojando el agarre de las muñecas pero sin amago alguno de apartarse de encima, suavizó la presión sobre su cuerpo, deleitándose con la inesperada fricción.

Con dedos lentos, le apartó los mechones de pelo desordenados que le cubrían la cara para poder escudriñar su rostro de perfil, en la penumbra plateada que se filtraba por las ventanas.

Ella estaba furiosa, con el pecho agitándose con violencia y los ojos encendidos por la humillación de haber perdido esa pequeña batalla, gritando sin cesar frases en idioma comanche, que él agradeció no comprender.

Consciente del poder que le otorgaba su posición, se inclinó hacia abajo y le habló con la boca pegada a su oído, dejando que su aliento cálido le erizara la piel, disfrutando descaradamente de la situación.

—Si lo que pretendías era matarme, Hunter, te aseguro que hay maneras mucho más sutiles que propinarme un susto de muerte en mi propia cama. Aunque reconozco que me está resultando bastante placentera.

—Suéltame —siseó ella, entornando los ojos intentando elevar la parte superior de su cuerpo—, y usaré mi cuchillo encantada, Brannigan.

Tim soltó una risa baja, un sonido oscuro y masculino que vibró en su pecho.

Taby sintió esa vibración en todo su ser, como una corriente eléctrica que la recorrió de arriba abajo.

Se sintió intimidada por primera vez por el tamaño y la fuerza del hombre, pero, de una manera desconcertante que la asustó, aquel roce tan íntimo estaba despertando en ella unas sensaciones extrañas que nunca había sentido.

Él se incorporó un poco, lo justo para permitirle girarse sobre el colchón.

Sin embargo, antes de que ella pudiera levantarse del todo y huir de la cama, Tim volvió a sujetarla, esta vez anclándose firmemente entre sus piernas, atrapándola bajo su peso una vez más.

Ambos se quedaron sin respiración, mirándose a escasos centímetros.

Él era todo fuerza, masculinidad y dureza; ella, una mezcla embriagadora de resistencia, suavidad y un calor acogedor que invitaba a perderse en él.

Tim bajó la vista hacia sus labios y pareció hacer el amago de besarla, reviviendo el momento que habían compartido en el río. Pero, en el último momento, contuvo el impulso y se limitó a rozar su nariz con la de ella en una caricia burlona.

—No me arriesgaré a probar tus dientes otra vez —susurró, con la voz ronca—. Aunque, que Dios me perdone, no me importaría en absoluto probar el resto de ti.

Taby lo maldijo en su propio idioma, sintiendo el corazón desbocado contra las costillas.

Le desagradaba la sensación de indefensión que sentía, y no soportaba estar a la merced de alguien más fuerte.

Pero su cuerpo la traicionaba, gritándole que aquel calor que la recorría era más bienvenido de lo que quería reconocer.

—Si no me sueltas ahora mismo, lo pagarás muy caro, Brannigan. Te lo juro.

Tim arqueó una ceja, manteniendo la sonrisa audaz que tanto la desquiciaba.

—Hay deudas de honor que estaría encantado de contraer contigo, chica sin nombre.

—Si no me dejas libre en este instante —sentenció ella, clavando sus ojos, que en ese momento se veían tan oscuros como un pozo, en los de él con dureza—, no te acompañaré.

El chantaje flotó en el aire deshaciendo el hechizo y Tim se tensó de inmediato. Taby sabía perfectamente que el interés por encontrar a su sobrino era inmenso, y que ella era la única llave que tenía a su alcance para encontrar el camino hacia él.

Las manos de Tim suavizaron el agarre sobre sus muñecas y lentamente dejó que se levantara, aun a riesgo de que le cortara la yugular con sus propios dientes.