Capítulo 10 #2
Ella no se apartó, pero sus labios se movieron para pronunciar una breve frase en la lengua comanche, que no sonó demasiado halagüeña.
Él la miró fijamente, como si nunca antes la hubiera visto de verdad.
En ese preciso instante, una revelación le golpeó el pecho con la fuerza de un rayo; tenía delante la solución exacta a sus problemas.
Necesitaba buscar a la tribu que se había llevado a su sobrino; necesitaba adentrarse en la inmensidad de un territorio prohibido para los hombres como él.
Necesitaba un guía, y ella no solo conocía aquellas tierras y senderos, sino también a aquellas gentes.
—Sé que es muy atrevido por mi parte —comenzó Tim, soltando el mechón con deliberada lentitud pero sin apartarse de ella.
Estaba empezando a entender que en aquella tierra inhóspita y salvaje no valía de nada la prudencia o la amabilidad.
Había que optar por la franqueza, y algo le decía que ese era el verdadero idioma de la hija d Rod Hunter—, pero supongo que, en el fondo, estás en deuda conmigo por haberte llevado a casa el otro día.
Quién sabe qué suerte habrías corrido, a pleno sol, herida y abandonada.
Tal vez un animal salvaje te habría atacado.
Taby hizo una mueca despectiva y mostró sus dientes de manera fiera, dejándole claro con un solo gesto que no temía a las alimañas del bosque, ni tampoco a él.
Él se alejó unos pasos para olvidar el tacto de su pelo entre sus dedos, hundiéndose de nuevo en la cruda realidad de su propósito, y soltó un suspiro cargado de pesadumbre.
—Necesito encontrar a una tribu que se asienta cerca del Gran Fresno, en los límites de las llanuras —confesó, observándola de reojo.
Taby palideció de golpe y dio un paso atrás, como si el nombre de ese lugar hubiera invocado un fantasma.
—Tienen al hijo de mi hermano Thatch —continuó él, con la mirada ensombrecida—. Él ha sido asesinado. No busco venganza, ni siquiera justicia. Pero quiero recuperar a ese niño.
Al escuchar aquello, ella negó con la cabeza y se dio la vuelta dispuesta a marcharse, sintiendo que la locura de los Brannigan la arrastraba a un abismo sin fondo.
Sin embargo, en el último momento, la compasión o el peso de su propia sangre la obligaron a detenerse.
Se volvió y lo observó unos segundos intentando calibrar quién era el hombre que tenía delante.
—No sé si eres un loco o un héroe —dijo ella, con un tono frío que intentaba ocultar su agitación—.
Pero lo que pides es poco razonable. En cualquier caso, Brannigan, tu pariente estará protegido.
Los indios no le harán daño a un bebé. Puede que no le den cariño, pero ten por seguro que no le faltará alimento y cobijo.
Es mejor que lo dejes. Si los espíritus han decidido que ese es su lugar, no hay nada que puedas hacer.
Ella reanudó la marcha, pero Tim fue más rápido. La alcanzó en tres zancadas y la tomó firmemente por la muñeca, obligándola a detenerse.
—Por mí, los espíritus se pueden ir al cuerno.
Estoy empezando a convencerme de que cada uno es responsable de su propio destino, y el de ese niño es estar con su familia.
Tú sabes dónde está ese lugar. Sabes cómo llegar ¿verdad?
—le urgió, con una nota de desesperación en la voz—.
O al menos, quizá conozcas a alguien que pueda servirme de guía.
Yo no sabría cómo hablar con ellos, ni cómo negociar, ni siquiera sé si podría encontrarlos.
Necesito a alguien que conozca ese camino.
Taby tiró de su brazo con brusquedad y logró soltarse. Lo miró directamente a los ojos, con una fijeza implacable. Ya no había rastro de la joven sonrojada de unos minutos antes. Ahora hablaba la mestiza.
—No lo intentes —le advirtió con sequedad—. No es un lugar para un tosa taibo como tú. Si vas hasta allí, Brannigan, no volverás con vida.
Las palabras de la muchacha cayeron sobre Tim como una bofetada, agrietando su orgullo.
Su amor propio, ya maltrecho tras las humillaciones constantes que había sufrido desde que murió su padre, se rebeló con violencia estallando en su interior con furia.
Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, sentía una imperiosa necesidad de demostrarle que no era un pusilánime, que bajo su fachada de caballero sureño latían el honor y la valentía de un hombre firme, y muy en el fondo, vibraba el instinto primitivo de querer dominarla.
Entonces, una sonrisa torcida y peligrosa dibujó sus labios.
—Iré con o sin tu ayuda, chica sin nombre. Libraré esa batalla y ya veremos qué decide el destino.
—Morirás —repitió ella, inflexible.
Tim ensanchó su sonrisa, aunque sus ojos seguían siendo dos ascuas oscuras.
—En tal caso, al menos debo asegurarme de llevarme un buen recuerdo al otro mundo.
Antes de que ella pudiera prever sus intenciones, Tim acortó la distancia, la sujetó con firmeza por la nuca y pegó sus labios a los de ella en un beso exigente.
Taby, completamente desprevenida, no se resistió al principio.
Los labios de Tim acariciaron los suyos, demandantes, con una brusquedad nacida de la furia que, poco a poco, fue transformándose en una caricia más suave, más profunda, encendiendo un fuego inesperado entre los dos.
Ella exhaló un débil suspiro, atrapada por la sorpresa y el calor que desprendía su cuerpo a pesar de estar aún mojado.
Pero justo cuando Tim creyó percibir una sutil rendición y esperaba que ella comenzara a devolverle el beso, la mestiza reaccionó con la fiereza de una gata salvaje y le clavó los dientes con saña en el labio inferior.
Tim se detuvo de golpe con un gruñido. Cuando la miró, la expresión de su rostro parecía desconcertada; el rubor encendía sus mejillas y su respiración entrecortada delataba una vulnerabilidad muy alejada del aplomo que lucía unos minutos antes.
Debería estar arrepentido, pero no lo estaba.
Se llevó los dedos al labio herido, sintiendo el dolor de la herida, y al retirarlos vio un pequeño rastro de sangre roja y brillante en las yemas.
Lejos de enfurecerse, sonrió con ironía.
—Sin duda será un buen recuerdo que llevarse a la tumba —admitió, sosteniéndole la mirada.
Taby lo contempló con una mezcla de furia y confusión, dio media vuelta y, recogiendo las faldas de su vestido azul, echó a correr con el corazón desbocado a través de la arboleda, huyendo del río y del demonio que acababa de despertar en él.
—¡Ojalá no vuelvas, Brannigan! —gritó mientras se alejaba, maldiciendo al escuchar que se reía a carcajadas.