Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 10
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Capítulo 10

S entado en la mesa de su despacho, Tim extendió un viejo mapa descolorido y arrugado y, con un trazo firme de carboncillo, marcó la zona donde se suponía que se asentaba la tribu comanche que había acabado con la vida de su hermano.

Iría solo hasta allí. No arrastraría a los hombres del rancho a una muerte segura por una deuda que solo le correspondía a él saldar.

Iría, aunque aquello supusiese no volver jamás a su hogar.

Solo quedaba el pequeño detalle de encontrar sin ayuda el poblado y hacerse entender por ellos antes de que le rebanasen el cuello.

Un hombre blanco haciendo preguntas nunca era bien recibido, más aún cuando esas preguntas implicaban dos asesinatos y un saqueo.

Sintiéndose asfixiado por las cuatro paredes de la casa, tuvo la imperiosa necesidad de alejarse.

Montó a su caballo y cabalgó sin rumbo fijo por sus tierras hasta que el sonido del agua lo guio hacia el río.

De pequeño, solía escapar allí con su hermano Reeve cuando el temperamento de Silas volvía el aire del rancho irrespirable.

Por alguna extraña razón, Tim quería conectar en ese momento con la única parte de su infancia que lo había hecho feliz.

El recuerdo difuso de las sonrisas de su madre, las tardes de principios de verano en las que el calor daba una tregua y su hermano Reeve lo enseñaba a nadar.

Quizá, en el fondo, su propia intuición le advertía que no le quedaba mucho tiempo en este mundo y buscaba el único destello de alegría vivido.

Sacudió la cabeza para no pensar en ello.

Al llegar a la orilla, no se molestó en buscar con la mirada a la muchacha indígena.

Ya había perdido por completo la esperanza de volver a verla en ese lugar después de la trifulca con Rod Hunter en el pueblo.

Se desvistió con rapidez, dejando las ropas en el suelo, y se lanzó de cabeza al agua, en el recodo profundo y tranquilo que le recordaba a su niñez.

Se quedó flotando largo rato de espaldas, escuchando el latido sordo del río.

Dejó que el agua helada limpiara sus preocupaciones y se las llevara corriente abajo, lejos de él.

O al menos lo intentó. Abrió los ojos justo en el momento en que un halcón surcaba el cielo azul sobre su cabeza, majestuoso y libre.

En ese instante, Tim se sintió extrañamente ligero, suspendido en la nada, y deseó con toda el alma quedarse allí, rodeado de aquella quietud helada, para toda la vida.

Pero la tregua no podía durar. Tenía demasiados asuntos que arreglar, y la incertidumbre sobre el destino del hijo de Thatch lo mantenía en vilo.

Estar en cualquier lugar demasiado rato sin hacer nada terminaba por torturarlo.

Llevaba demasiado tiempo librando las batallas en su cabeza y había llegado el momento de dar pasos de verdad.

Salió del agua con movimientos enérgicos, sacudiendo la cabeza para librarse de las gotas que le empapaban el pelo. Al levantar la mirada hacia la orilla, se quedó completamente paralizado al toparse con la figura de una muchacha recortada contra el verde de los árboles, que lo observaba inmóvil.

Al principio, su mente se negó a reconocerla, incluso llegó a plantearse si era real al verla tan estática.

La joven vestía un liviano vestido de color azul cielo, y su peinado, unas finas trenzas que recogían el cabello en los laterales para apartarlo de la cara, le daban un aspecto angelical que contrastaba con la fiereza indomable de sus ojos.

El viento de la tarde mecía su melena oscura, haciendo que, a los ojos de Tim, pareciera una diosa guerrera.

No pudo evitar esbozar una sonrisa torcida al darse cuenta de que la joven mestiza no apartaba los ojos de él.

Taby fingió no inmutarse al ver que él solo llevaba puestos los calzones empapados, que se adherían a su piel marcando con absoluta nitidez toda su anatomía masculina.

Sostuvo la mirada con valentía, intentando aparentar la frialdad de una joven recatada recién salida de una misa de domingo, pero Tim era un observador implacable.

Pudo notar el sutil temblor de sus manos mientras se retorcía los dedos con nerviosismo, y cómo tragaba saliva con dificultad a medida que él salía del agua despacio y acortaba la distancia entre ambos.

—Chica sin nombre, me alegra volver a verte.

Su voz sonó extraña, masculina y vibrante, y Taby notó un revoloteo en su estómago.

Entrecerró los ojos para disimularlo mientras evitaba perderse en los surcos brillantes que formaban las gotas al resbalar por su torso de piel dorada.

Sus músculos eran más fuertes de lo que había esperado, y le daban el aspecto de una estatua cincelada en piedra.

Podría haber dicho que era perfecto, de no ser porque todos los defectos de carácter que le presuponía empañaban su magnífica apariencia.

—No puedo decir lo mismo, Brannigan.

Él soltó una carcajada mientras se agachaba para coger su camisa, aunque no se la puso.

Para su sorpresa, no se sentía incómodo ante ella, todo lo contrario.

Encontraba una perversa satisfacción en intentar provocarla.

De hecho, las mejillas de la muchacha se habían sonrojado ligeramente y le resultó encantador descubrirlo.

Se plantó ante ella, alto y firme, dejando que el agua resbalara por su cuerpo mientras la recorría con una mirada lenta, de arriba abajo, que despojó a Taby de parte de su estudiado y falso recato.

Ella no era tímida, ni dulce ni tranquila como las hijas del reverendo, pero seguía siendo una joven inocente que no sabía nada de la vida.

—Vaya —articuló él, con una sonrisa perezosa y cargada de ironía—. Confieso que me ha costado reconocerla, señorita Hunter. ¿A qué se debe este despliegue de elegancia? ¿Por qué ha decidido camuflarse hoy entre los blancos?

Taby alzó la barbilla con arrogancia, aunque el rubor que teñía su rostro delataba el impacto que le causaba tenerlo tan cerca, tan desprovisto de ropa.

—No podemos negar lo que somos aunque no nos guste. Yo soy blanca. Igual que tú eres un Brannigan —replicó ella, intentando infundir a su voz una firmeza que no sentía. Para su familia, su apellido era el insulto más despreciable del mundo y eso era lo único de lo que Tim no podía desprenderse.

A Taby no le costaba ser arisca, distante e incluso desagradable con cualquier persona, decir las verdades, a veces de manera cruel y descarnada se le daba realmente bien.

Sin embargo, tras sostenerle el pulso unos segundos, la fijeza de sus ojos grises flaqueó.

Bajó la vista hacia el suelo rojizo, fingiendo que la presencia de ese hombre y su afilada lengua no la perturbaban en lo más mínimo, aunque la amargura terminó por filtrarse en sus palabras por más que quisiera disimularla.

—O al menos, eso es lo que mi padre se empeña en creer —admitió en un susurro, casi para sí misma—. Aunque la verdad es que no soy una cosa ni la otra. Ni india, ni blanca. Soy tan imperfecta que no encajo en ninguna parte.

Tim negó con la cabeza, incómodo ante aquella inesperada confesión.

Suavizó el gesto por un instante, intrigado por la repentina honestidad de la muchacha y vio por su expresión que se arrepentía de haber dicho aquello en voz alta.

Dio un paso más hacia ella, reduciendo el espacio que los separaba, obligándola a percibir el calor que emanaba de su cuerpo a pesar del agua helada.

—¿Cómo está tu pie? —se interesó, rompiendo la incomodidad que había caído sobre ellos.

—Bien —cortó ella, recuperando la coraza que siempre mantenía—.

Lo bastante bien como para caminar hasta aquí e incluso para patearle el trasero a cualquiera que me moleste.

Estaba deseando volver a este recodo. En realidad, tenía la firme esperanza de que ya no rondaras por estos parajes.

Pensé que las amenazas de mi padre te habrían asustado lo suficiente como para mantenerte temblando todavía bajo las mantas de tu cama.

La empatía de Tim se evaporó al instante.

Un destello peligroso, frío y afilado, cruzó sus ojos azules.

Estaba harto, profundamente harto de que en ese maldito pueblo todos asumieran que su contención era cobardía.

No lo era. Silas Brannigan había sido un monstruo, y él había adoptado la prudencia como guía, no por miedo, sino por principios.

Unos principios que en ese momento pendían de un hilo muy delgado.

No quería ser como él, y eso, a su juicio, no le convertía en un cobarde, sino todo lo contrario.

Había que hacer un verdadero despliegue de valentía para pagar la penitencia por los pecados de otros.

Tim se inclinó hacia ella, quedando a escasos centímetros de su rostro, obligándola a echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.

—Te equivocas, chica sin nombre —siseó, con una voz baja que resonó como una advertencia—. Deberías saber que el hombre que de verdad está dispuesto a actuar no pierde el tiempo con palabras ni con amenazas de taberna. Los que ladran suelen hacer mucho ruido. Los que muerden, prefieren el silencio.

Taby tragó saliva, consciente de que acababa de empujar a Brannigan un paso más allá de su habitual actitud reservada, y que el hombre que tenía delante era mucho más impredecible de lo que cualquiera pudiese pensar.

Un repentino golpe de aire sopló agitando las ramas de los árboles, y movió los mechones del cabello de Taby como si no pesaran nada, haciéndolos flotar a su alrededor en una aureola oscura y salvaje.

Atraído por un impulso que desafiaba toda su pretendida cordura, Tim levantó la mano, atrapó uno de esos mechones rebeldes y lo enredó lentamente entre sus dedos, asombrado por su suavidad.