Capítulo 9
Q uería romper algo. Necesitaba descargar toda la energía acumulada en su interior o le estallaría la cabeza en cualquier momento.
Tim gruñó con furia y, con una pasada violenta con el brazo, barrió el contenido del escritorio, esparciéndolo por el suelo en un estrépito de cristales rotos.
Los papeles, las plumas y el tintero salieron despedidos, tiñendo las tablas y la alfombra de tinta negra y whisky.
Respiraba con dificultad, con el pecho agitándose de manera salvaje, cegado por la rabia.
No se dio cuenta de que alguien se acercaba hasta que la sombra de Reynolds se detuvo frente a él, impasible ante el destrozo.
—Caramba, muchacho —dijo el capataz, contemplando el desastre con una calma que a Tim le resultó intolerable y lo enfureció aún más—. No deberías beber. No te sienta nada bien.
El joven se lo tomó como una burla, un insulto a su hombría y a su autoridad en aquella casa, y no era el día más adecuado para traspasar ese límite.
Sin pensarlo, dio un paso al frente, estiró el brazo y sujetó a Reynolds con fuerza por la camisa, tirando de él para obligarlo a mirarlo cara a cara, con los ojos inyectados en sangre y cargados de furia.
El viejo capataz no se resistió; se limitó a sostenerle la mirada, dándose cuenta en ese mismo instante de que el muchacho era un tren desbocado, a punto de colisionar contra una pared de roca.
—Tranquilízate —pidió Reynolds, con la voz baja y pausada, desprovista de miedo.
Había lidiado demasiado tiempo con los hombres de esa familia, y, aunque no le apetecía ser el depositario de su ira, no se amedrentaría con facilidad—.
Hablaré con los hombres. Intentaré organizar una partida para buscar al crío, pero no puedo obligarlos, Tim.
Debes entenderlo. Ir allí a buscar al niño es arriesgarse a no volver.
—El capataz hizo una pausa, dejando caer el peso de la realidad entre ambos—.
De hecho, doy por sentado que, si vamos, ninguno volverá con vida.
Tim soltó un juramento entre dientes y aflojó las manos, empujando levemente a Reynolds antes de soltarlo. Maldijo en voz alta con las manos apoyadas en las caderas, sintiéndose asfixiado por la impotencia, y le dio la espalda para mirar hacia la ventana abierta.
Detrás de él, se escuchó el crujido de las botas de Reynolds y el roce del papel entre sus manos.
El capataz se había agachado a recoger el desorden, no supo bien si por hacerle un favor o por simple curiosidad.
Cuando Tim se volvió, con la respiración ya más calmada, descubrió al viejo con las escrituras de la venta de los Hunter entre las manos.
No las estaba recogiendo, las observaba con una expresión extraña.
Al fin, Reynolds movió la cabeza de un lado a otro, con un gesto de profunda desaprobación.
—¿Por qué sigues con esto? —preguntó, levantando el papel amarillento—. No tiene ningún sentido.
El reproche encendió de nuevo la chispa en el pecho de Tim. La frustración lo invadió, sintiendo que el hombre que había sido la mano derecha de su padre lo trataba como a un niño caprichoso.
—¿Acaso me crees tan débil y miserable como para quedarme sentado en este sillón, dejando que las afrentas se enquisten sin solución?
—replicó Tim, con la voz temblando por la indignación—.
Los Brannigan nunca hemos dejado las cosas a medias, Reynolds.
Me pregunto si habrías sido capaz de decirle a Silas o a Thatch, cuando algo se les metía entre ceja y ceja, que lo dejaran estar.
Estoy seguro de que no te habrías atrevido.
Tim aguzó la vista y se dio cuenta de algo: a Reynolds le incomodaba el tema. No era mera fatiga por pensar en el pasado; había un nerviosismo genuino detrás de sus ojos de piedra. El capataz desvió la mirada hacia el resto de los legajos dispersos por el suelo, como si buscase algo en concreto.
—¿Hay algún papel más? —preguntó Reynolds, intentando camuflar la urgencia en su tono.
Tim lo miró extrañado, arqueando una ceja. La sospecha de que temía la existencia de algún documento en particular se volvió una certeza absoluta en su mente.
—Si yo fuera tú —añadió Reynolds, devolviendo la escritura a la mesa con fingida indiferencia—, lo tiraría todo al fuego y comenzaría una nueva vida. Ya has escudriñado el pasado durante demasiado tiempo, muchacho. No vas a encontrar nada que te guste.
Tim no respondió, pero en ese espeso silencio tomó una decisión inquebrantable.
Él iría al poblado comanche a buscar a su sobrino, con hombres o sin ellos.
Pero, sobre todo, no dejaría esos papeles en manos de Reynolds.
Algo muy oscuro latía en el fondo de aquella historia, y la evidente incomodidad del capataz ante lo que pudiera salir de ahí era la prueba definitiva de que la viuda Hunter y Silas Brannigan compartían un secreto que él estaba obligado a descubrir.