Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

E l viaje no había se le hizo tan largo como había esperado, y Tim tuvo ganas de soltar una carcajada amarga al enterarse de que su hermano no había estado tan lejos como pensaba.

Nunca se le había ocurrido buscarlo, y menos allí, en la misma línea invisible donde los blancos y los indios pensaban que el mundo se deshilachaba para dar paso a la barbarie.

No sabía quién de los dos tendría razón, posiblemente ambos.

No pudo recordar la última conversación que tuvo con su hermano. Qué ironía que la muerte fuera el único lazo capaz de unirlos de nuevo.

Junto a Reynolds habían seguido minuciosamente las indicaciones de su informador hasta dar con la propiedad.

La casa era pequeña, pero en su momento, antes de ser arrasada y mancillada, debió de ser acogedora.

Tim cruzó el umbral con cautela, sintiendo que el aire rancio y viciado le golpeaba el rostro.

Dio un paso largo con aprensión, estirando la pierna para esquivar una mancha oscura que teñía la madera del suelo y que se había filtrado para siempre por los poros convirtiéndose en parte de ella; supuso, con un vuelco en el corazón, que era la sangre de Thatch, que había quedado allí como prueba imperturbable de lo ocurrido.

Se le encogió el estómago. «Sangre de mi sangre», se dijo, contemplando el cerco ennegrecido. En esos momentos se cuestionó si merecía la pena batallar para terminar reducido a eso. Una mancha que limpiar en un suelo que ya nadie pisaría.

Al adentrarse más en la estancia, el olor a muerte y a algo extraño que no supo definir —una mezcla de ceniza, humedad y abandono— le erizó la piel.

El dolor de la tragedia seguía vibrando entre aquellas paredes como el zumbido de un avispero recién agitado.

Un repentino golpe de aire movió la madera de las ventanas, haciéndolas chirriar con un lamento triste, y una puerta al final del pasillo se abrió de par en par por la corriente.

Tim contuvo el aliento con la extraña y vívida impresión de que alguien, o algo, le estaba dando la bienvenida a su propio luto.

Caminó despacio por las habitaciones sin saber qué estaba buscando.

No eran muchas, apenas dos dormitorios y una despensa, aparte de la cocina donde se presumía que habrían pasado la mayor parte del día.

El espacio resultaba cómodo para una vida sencilla, pero carecía de cualquier lujo, por lo que no podía terminar de imaginarse a Thatch viviendo allí.

Todo estaba tirado por el suelo y revuelto: cajones vaciados, muebles destrozados y cristales rotos que crujían bajo sus botas como huesos secos. Con seguridad, los indios se habían llevado todo aquello que les pudiese servir de utilidad.

Llegó finalmente a la habitación cuya puerta se había abierto con la ráfaga de viento.

El armario de roble permanecía abierto de par en par y de él salía un puñado de vestidos de mujer desordenados, cayendo hacia el suelo como si se hubiesen derramado en la prisa del saqueo.

Sobre la cama, una enorme y pavorosa mancha daba cuenta de que la mujer de Thatch había muerto allí, tal y como le habían dicho.

La luz que entraba por la ventana se reflejó en una lata que había junto al tocador y al agacharse, Tim sonrió al reconocer la pomada para el pelo que su hermano solía usar para mantener un peinado pulcro y elegante.

Supuso que había cosas que nunca cambiaban.

La guardó en el bolsillo de su chaqueta con una presión inesperada en el pecho.

La ausencia de Thatch era una nueva herida que sumar a las que ya tenía.

Tim se quitó el sombrero, sintiendo el peso de la culpa sobre sus hombros.

Culpa por no haberse entendido con los que se habían marchado de este mundo antes que él, culpa por estar vivo, por no haber podido hacer nada para evitar aquella sinrazón.

Una culpa que no tenía sentido, y sin embargo apenas le dejaba respirar.

Rezó una breve y silenciosa plegaria en la memoria de ambos y deseó, con una mezcla de compasión y rabia, que la desdichada mujer no hubiese sufrido demasiado antes de marchar.

«¿Quién eras?».

La pregunta surgió sola mientras contemplaba los vestidos esparcidos y los apartaba con la puntera de su bota.

¿Qué clase de mujer se enamoraría de un Brannigan y lo seguiría hasta las puertas del infierno?

Su hermano no sabía lo que era la ternura, al menos eso creía.

Aunque pensándolo bien no eran más que dos extraños.

La ventana de la alcoba estaba entreabierta y el aire hacía que el postigo golpeara rítmicamente contra el marco.

Tim rodeó la cama para cerrarla, intentando acallar aquel molesto ruido, y fue entonces cuando reparó en que había más objetos esparcidos por el suelo.

Junto a la pared había una manta de lana gruesa, bordada con delicados motivos e imaginó a aquella joven a la que ya no conocería tejiéndola.

La recogió con la intención de otorgarle al menos un ápice de respeto, y al hacerlo, un objeto oculto entre los pliegues cayó al suelo con un ruido metálico y un tintineo que rompió el silencio de la habitación.

Tim se agachó para recoger el objeto que había rodado debajo de la cama y al incorporarse se quedó sin aire. Lo sostuvo entre sus dedos y comprobó, con una mezcla de sorpresa y un frío horror que le heló la sangre, que se trataba de un sonajero de plata.

El mundo pareció detenerse. Su mente, habitualmente rápida para los números y la estrategia, tardó varios segundos en asimilar lo que aquello implicaba. El metal frío contra su palma se sentía como una dolorosa verdad.

—No, Dios mío. No puede ser. Dijeron que Thatch y su esposa estaban solos.

Impactado por el descubrimiento, se incorporó y miró la habitación con ojos nuevos, despojados de la turbación y la pena, buscando con desesperación evidencias de lo que acababa de deducir.

La rabia y el pánico comenzaron a librar una batalla en su pecho y desordenó sin miramientos lo poco que quedaba entero.

—¡Reynolds! —llamó, mientras comenzaba a revolver la estancia con una ansiedad creciente que le hacía temblar las manos.

Sacó lo poco que quedaba en el fondo del armario sin pensar en el decoro o el respeto; aparecieron pequeños paños de lino, y mantas de menor tamaño, demasiado pequeñas para abrigar a un adulto.

Se pasó las manos por el pelo sin poder creer que aquello fuera posible, y echó una mirada desesperada a su alrededor.

Allí, arrinconada en una esquina del suelo y volcada bocabajo, descubrió una canasta de mimbre que había estado oculta por la tela de los vestidos caídos.

Era la canastilla de un bebé. Enredado en la pequeña sábana que aún quedaba dentro, asomaba un muñeco de trapo confeccionado con telas de colores alegres, ajeno por completo a la masacre que había destruido a los habitantes de aquel hogar.

Se le cortó la respiración. Un hijo. Su hermano había tenido un hijo y parecía que se lo hubiese tragado la tierra.

—¡Reynolds! —gritó Tim de nievo, con una fuerza que hizo eco en toda la casa vacía, una orden que no admitía discusión.

El capataz entró apresuradamente en la alcoba, con el rostro tenso, la respiración entrecortada y la mano apoyada en la culata de su revólver.

—¿Qué ocurre, muchacho? —preguntó, mirando el desorden que reinaba allí.

Tim se volvió hacia él lentamente, sosteniendo el sonajero de plata en una mano y el muñeco de trapo en la otra. Su voz sonó ronca, cargada de una urgencia implacable, despojada de toda la frialdad que tanto se había esmerado en fingir.

—Había una tercera persona aquí, Reynolds. Un niño. Un niño de corta edad —declaró, señalando con la barbilla la canastilla volcada—. Nadie en el pueblo ha hablado de él, y su cuerpo no estaba con los de sus padres.

El silencio cayó sobre ellos más espeso que nunca, y todo pareció volverse más oscuro, casi tanto como el destino de los Brannigan.

El camino de vuelta a casa se le había hecho interminable, al contrario que el de ida.

La urgencia que antes los empujaba espoleando a los caballos se había transformado ahora en un pesado letargo cargado de frustración.

Durante el trayecto, se habían detenido en cada asentamiento, hablando con todo aquel que había querido escucharlos, mendigando una pista o un dato válido.

Era cierto que algunos en el pueblo sabían que la mujer de Thatch estaba embarazada, pero nadie había visto jamás al bebé.

Ni siquiera habían pensado en la posibilidad de su existencia; la escena del crimen había sido demasiado dantesca como para que los testigos se detuvieran a buscar una cuna en medio del desastre.

El sheriff del pueblo más cercano, un hombre cuyo cargo le venía grande, se había desentendido del asunto de inmediato.

Tim pensó que casi era mejor así. Con el grado de whisky que el oficial llevaba en el cuerpo a buena mañana, habría sido más un estorbo que una ayuda.

Buscando un refugio contra la lluvia que había empezado al caer la tarde, habían parado en El Coyote Blanco, un local de mala muerte a medio camino de ninguna parte, donde alquilaban habitaciones destartaladas y servían comida de dudosa procedencia.

El ambiente allí dentro era denso, saturado de humo de tabaco barato y el olor a sudor de los viajeros de paso.

Todos los presentes parecían haber conocido a Thatch, o al menos su temible reputación, y todos se apresuraban a soltar teorías descabelladas sobre lo ocurrido entre tragos de aguardiente.

Sin embargo, Tim era muy perspicaz y era capaz de leer en sus ojos que la mayoría no sabían nada concreto y solo soltaban sus lenguas para que les pagaran un trago.

Ninguno movería un solo dedo por ayudarle ni le darían un dato fiable.

Incluso un trampero de mirada turbia y los dientes podridos, se atrevió a decir en voz alta que el cadáver del bebé no había aparecido simplemente porque los indios se lo habían comido.

Tras un instante en el que el silencio había sido tan profundo que incluso se habría podido escuchar el vuelo de una mosca a varias millas, algunos hombres empezaron a reír a carcajadas, sin sensibilidad ni honor.

A Tim se le tensó de manera peligrosa un músculo de la mandíbula y el puño se le cerró instintivamente sobre el mostrador empañado.

Reynolds, que permanecía alerta a su lado, le apretó el antebrazo con disimulo, temiendo que si iniciaba una pelea no saldrían vivos de allí.

Se obligó a respirar despacio, indignado al entender que preferían inventar monstruos antes que admitir su propia debilidad.

Ansioso por salir de allí, dejó unas monedas en el mostrador, con la impresión de que aquel olor repugnante se había adherido a su ropa y a su propia piel.

Necesitaba un baño, y no dudaría en lanzarse al río en cuanto lo tuviera cerca, por muy peligrosa que fuese la corriente.

Cuando Tim y Reynolds salieron de aquel tugurio y se disponían a montar sus caballos, un viejo solitario que habían visto sentado en una de las mesas del fondo los detuvo.

Tenía la piel curtida como el cuero y unos ojos cansados que denotaban que había visto demasiadas cosas en aquella tierra hostil.

Tim lo observó unos instantes sin saber si era indio o si su piel oscura se debía solo al sol implacable y el trabajo duro.

—Tu hermano jugó con fuego desde el mismo día que llegó aquí, joven —dijo el anciano, acomodándose el ala del sombrero—.

Pero los comanches no son animales rabiosos.

Debe haber una razón muy potente para que esa tribu pacífica hiciera algo tan atroz.

Debo decirte que esa gente no mata bebés.

He vivido lo suficiente en la frontera para saber de casos en los que los niños supervivientes a los ataques son llevados a los poblados para que las mujeres los críen como si fueran suyos.

Si el pequeño no está en la casa, búscalo donde ellos estén.

Aquellas palabras tuvieron en Tim el efecto de un faro en mitad de la tormenta.

Quería creer a ese hombre y memorizó cada uno de los detalles sobre dónde podía encontrarlos.

Antes de emprender el último tramo del viaje, Tim insistió en desviarse una última vez.

Visitó la tumba reciente de su hermano y de su cuñada, junto a la pequeña parroquia de la zona.

Allí, bajo la lluvia que había empezado a empapar su sombrero, Tim le hizo una promesa silenciosa a Thatch.

No descansaría hasta saber qué había pasado con el bebé.

No dejaría a un Brannigan en manos de los salvajes.

Con esa resolución quemándole el pecho, volvió a Sabine Cross.

El plan inicial, el que dictaba la prudencia, era pedir ayuda al sheriff del pueblo, un hombre al que su familia siempre había mantenido convenientemente sobornado para hacer la vista gorda y que no interfiriera en sus asuntos.

Lo más sensato era pedirle que reuniera a una partida de hombres armados y marchar hacia el asentamiento indio.

En su cabeza, la estrategia sonaba impecable y estaba seguro de que conseguiría su objetivo.

Sin embargo, sabía perfectamente que el sheriff era un cobarde y que adentrarse en territorio comanche con una milicia de hombres borrachos y asustados sería, en el mejor de los casos, una empresa suicida.

Nadie hubiese puesto en duda la petición si hubiese salido de la boca de Silas, o incluso de Thatch, pero ese tipo de gente solo entendía el respeto si venía precedido por la falta de escrúpulos y una buena dosis de violencia.

Y él no era así. Todavía. De nada servía lamentarse.

Tendría que hacerlo él mismo, y para ello tenía que trazar un plan que no se atrevía a esbozar.