Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

T im se encontraba en su despacho, con la espalda apoyada en el respaldo de su silla de cuero y los ojos fijos en el techo, siguiendo el paseo de una mosca solitaria sobre las molduras.

Holgazaneaba, y debería sentirse un poco culpable por hacerlo.

Aquello era un hábito del todo desacostumbrado en él, un hombre con la mente ágil siempre ocupada.

Pero necesitaba descansar unos instantes y frenar el ritmo frenético de sus pensamientos y preocupaciones.

Esa tarde la apatía le había ganado la partida.

Cuando la mosca inició el vuelo, aburrida de transitar el mismo metro cuadrado una y otra vez, le perdió la pista y tras estirar los brazos se enderezó en el asiento.

La tentación de ensillar su caballo y cabalgar hacia el río era un pulso constante con el que tenía que lidiar con más frecuencia de la que deseaba; era una llamada muda pero difícil de resistir.

Sin embargo, el deber lo encadenaba a la mesa y él era lo bastante responsable para obligarse a hacer algo útil el resto de la tarde.

Reynolds le había dejado un farragoso informe con los últimos gastos de la propiedad y debía cuadrarlos de una vez, ya llevaba demasiado tiempo postergándolo. Después de cinco minutos se dio por vencido; su cabeza se negaba a concentrarse.

Buscando una distracción que aliviara la pesadez del día, apartó los informes de cuentas y miró a su alrededor.

Tim se levantó y se dirigió hacia la caja fuerte, introdujo la combinación con movimientos mecánicos y abrió la puerta metálica, dispuesto a entregarse a su pasatiempo favorito: desentrañar, hilo a hilo, los oscuros secretos de Silas Brannigan.

Al abrirla, sus ojos fueron directamente hacia una pequeña cajita de madera desgastada por el tiempo.

La tomó entre sus dedos y la abrió. Allí, refulgiendo con una luz verde y casi irreal bajo la penumbra del despacho, descansaba una esmeralda pura, perfectamente engarzada.

No era un adorno cualquiera; aquella piedra pertenecía a una joya familiar que correspondía legítimamente a Wendy, la esposa de su hermano Reeve.

Más bien, había pertenecido a su madre. Silas se la había arrebatado de la forma más vil, el mismo día en que les robó las tierras y arrasó su casa, llevándose de paso sus vidas.

El destino había sido increíblemente cruel con los Jones; Wendy había perdido su hogar y su familia en aquel terrible incendio provocado por la familia Brannigan.

Por ahora solo habían encontrado esa piedra guardada en el despacho de su padre, por eso era tan vital para Wendy encontrar esos pendientes.

Todos, incluido él, sentían la necesidad de hacer justicia, de devolver el último fragmento de una vida rota a su verdadero lugar.

Con un gesto reverente, Tim guardó la esmeralda en el bolsillo de su chaleco, sintiendo su peso frío contra el pecho.

A veces la llevaba consigo como si fuese un talismán, tal y como había hecho su hermano Reeve antes que él, un recordatorio del porqué estaba haciendo todo aquello.

Luego, extrajo de la caja fuerte un fajo de papeles y escrituras.

Al sopesarlos, no pudo evitar una amarga sonrisa de alivio.

El tomo de documentos era cada vez más pequeño, al igual que sus propios fondos económicos, pero al menos le quedaba la profunda satisfacción de saber que estaba llegando al final de su cruzada.

La redención de los Brannigan estaba cerca, aunque parecía que a nadie más que a él le importaba.

Se preguntó qué haría después. Trabajar honradamente en sus propias tierras, o lo que quedara de ellas, le parecía una opción aceptable, un futuro pacífico que anhelaba más de lo que le gustaba admitir.

Comenzó a pasar las páginas de los legajos con desgana hasta que un documento en particular llamó su atención.

El papel estaba amarillento, cuarteado por el tiempo por lo que dedujo que era bastante antiguo, aunque en aquel lugar inhóspito todo se estropeaba con facilidad, incluso las personas.

Las ojeó y se dio cuenta de inmediato de que eran unas escrituras debían de tener alrededor de treinta años.

Tim frunció el ceño al leer las primeras líneas.

Al contrario de todo lo que Silas había acumulado en su vida, aquello no era un acta de compra de terrenos. Era una venta.

Intrigado, Tim enderezó la espalda y se inclinó hacia delante para no perderse ni un detalle.

Leyó con rapidez, devorando las palabras, repasando las cifras estipuladas que eran ridículamente bajas, casi un regalo.

¿Quién se habría beneficiado de la poco frecuente generosidad de Silas Brannigan?

Buscó el nombre del comprador con una creciente desesperación en el pecho; una molesta intuición le decía que algo olía muy mal en aquel documento.

Cuando sus ojos llegaron al final de la página y descifraron la firma del beneficiario, el aire se le atascó en la garganta.

El nombre escrito con tinta descolorida era el de la viuda Hunter.

Un estremecimiento raro, gélido y punzante, le recorrió la columna vertebral de arriba abajo.

Una corriente de aire invisible e inesperada pareció inundar la estancia, que hasta ese preciso instante había estado demasiado caldeada por el sol implacable que caía sobre cada cosa, persona o animal que habitaba aquellas tierras.

Tim miró a su alrededor y suspiró inquieto, y trató de convencerse de que solo eran sus propios miedos acusando el impacto de tropezar, una vez más, con ese maldito apellido.

Pero el papel era tan real como él mismo.

Por más que lo intentaba no entendía nada.

Silas Brannigan, cuya máxima en la vida había sido arrebatar a todos los que le estorbaban sus posesiones, vendiendo tierras por una miseria a los Hunter.

Aquello desafiaba toda la deshonesta lógica que lo había movido.

Rebuscó frenéticamente entre el resto de los papeles, desordenándolos sobre el escritorio, pero no encontró ninguna otra venta, ningún documento que arrojara luz sobre ese misterio de hacía tres décadas.

Estaba completamente inmerso en su búsqueda, con la mente bullendo en hipótesis enrevesadas, cuando el sonido de unos pasos pesados en el pasillo lo obligó a detenerse.

Tim levantó la cabeza, molesto por la interrupción.

En el umbral del despacho se recortaba la figura de Reynolds.

El hombre no avanzó, se quedó allí como si hubiese un foso lleno de cocodrilos frente a él.

Su rostro, habitualmente sereno y algo sumiso, se había transformado por completo; era una máscara de piedra, endurecida y desencajada por un dolor profundo o una preocupación devastadora.

El silencio que se instaló durante lo que le pareció un minuto eterno entre los dos hombres fue sepulcral.

Tim dejó caer las escrituras sobre la mesa, presintiendo al instante la gravedad de la situación.

—¿Qué pasa, Reynolds? —preguntó Tim, con la voz ronca y el corazón latiéndole con fuerza contra las costillas.

Tim se levantó de la silla por pura inercia. Los papeles de la viuda Hunter quedaron olvidados sobre la mesa mientras daba unos pasos apresurados hacia el capataz, que seguía estático en el umbral, como si se hubiera congelado en el tiempo. La palidez de Reynolds era alarmante.

—¿Qué ocurre, maldición? —insistió Tim, deteniéndose a un palmo de él, con la sensación de que el mundo estaba a punto de tambalearse de nuevo.

Reynolds tragó saliva, esforzándose por encontrar la voz para decir aquello.

—Se trata de tu hermano —dijo al fin, sin rodeos—. Han encontrado Thatch. Está muerto.

El despacho pareció encogerse hasta el punto de que Tim sintió que le dolían los huesos por culpa de esa presión invisible que lo estaba aplastando.

No fue capaz de decir nada, se limitó a asimilar el impacto de esa palabra maldita mientras Reynolds continuaba hablando, soltando la información como si se estuviese quitando un peso de encima.

Le contó que había enviado por su cuenta a un par de sus hombres de confianza a investigar su rastro.

Tras seguir varias pistas, descubrieron que Thatch se había instalado en una pequeña propiedad en los límites del territorio, muy cerca de los poblados comanches.

Había utilizado el dinero de la venta del ganado de los Brannigan para comprar caballos a los indios y hacer negocio.

Su modus operandi no había cambiado demasiado respecto a las costumbres de Silas; se los compraba a los nativos a precios irrisorios y luego los vendía al triple de su valor en los fuertes militares o a los rancheros de la zona.

Siempre había sido un negociante implacable.

Hábil, pero sucio. Brannigan de pies a cabeza.

Los indios también compraban mercancía a los blancos.

Vajillas, telas, herramientas… y Thatch había encontrado un filón que explotar sin mucho esfuerzo.

—Por lo visto, hubo una disputa —continuó Reynolds, desviando la mirada a la alfombra desgastada—. Los indios atacaron su casa y lo asesinaron. A él... y a su mujer.

—¿Su mujer?

La pregunta escapó de los labios de Tim antes de que pudiera siquiera entender su significado.

Aquella revelación lo pilló completamente desprevenido.

Thatch, el más salvaje y desapegado de los Brannigan, nunca había hablado de matrimonio, ni de asentarse, ni de amor.

Pero supuso que la distancia y la vida salvaje transformaban a los hombres de formas que los demás no alcanzaban a comprender.

Quizá, a pesar de que su esencia no había cambiado, había decidido emprender una nueva vida, que había acabado demasiado pronto.

—Saquearon la casa por completo. Ya no hay nada que hacer por él, pero quizá no sería mala idea ir hasta allí. Mostrarle nuestros respetos.

Tim continuó en silencio, asimilando la pérdida del hermano con el que tantas veces había chocado.

—¿Dónde está? —preguntó con voz apagada.

—Está enterrados en el pequeño camposanto junto a una parroquia en un pueblo cercano al Gran Fresno

Un vacío inmenso y frío se instaló en el estómago de Tim.

Le dolía, por supuesto que le dolía, mucho más de lo que habría imaginado.

Al fin y al cabo, por las venas de Thatch corría su misma sangre podrida que la suya.

Sin embargo, por frío que resultase, en el fondo de su ser sabía que su vida continuaría exactamente igual sin él.

El hermano que había muerto ya era un extraño mucho antes de que le atravesaran el corazón con una flecha y le arrancaran la cabellera.

Nunca se habían tenido apego, ni complicidad ni un gesto de cariño.

Pero eran hermanos, y eso debía significar algo.

—Está bien, Reynolds —dijo Tim, al fin, recuperando la compostura y enderezando los hombros—. Prepáralo todo. Mañana a primera hora partiremos hacia allí.

El capataz asintió con una leve inclinación de cabeza y se retiró en silencio, cerrando la puerta tras de sí.

Tim se quedó completamente solo en la penumbra del despacho, donde la tarde ya se estaba apagando para dar paso a una noche que se preveía cálida y desangelada.

Se acercó al escritorio, apartó las escrituras que había estado revisando sin prestar demasiada atención y tomó dos pliegos de papel limpio, la pluma y el tintero.

Con pulso firme, comenzó a redactar dos cartas cortas y precisas dirigidas a sus hermanos para anunciarles la fatídica noticia.

La oscuridad densa que siempre seguía a la pérdida de alguien cercano comenzó a cernirse sobre el despacho, pero Tim no se permitió pestañear ni dejar que la pluma temblara. Ahora más que nunca, tenía que actuar con la frialdad implacable de un verdadero Brannigan.

Una bruma de color grisáceo se resistía a levantarse del todo, enredándose en las copas de las pacanas y los sauces, dándole al nuevo día un aspecto triste y desvaído.

Las profundas ojeras de Tim eran la prueba de que no había pegado ojo en toda la noche, y cuando llegó el capataz para iniciar el viaje, él ya estaba terminando de preparar su caballo.

—Hay café en la cocina —dijo a modo de saludo.

El capataz asintió pero antes de que pusiera un pie en el primer escalón Tim lo detuvo, con las preguntas ardiendo en su garganta.

—Reynolds—comenzó el joven sin dilación—. Cuando llegaste ayer estaba ojeando unas escrituras de venta. Tú fuiste el hombre de confianza de mi padre desde el principio, así que puede que sepas algo.

Reynolds aguardó la pregunta en silencio, en parte porque era demasiado temprano aún para tener ganas de entablar conversación, y menos una que le exigiera ejercitar la sesera.

—¿Por qué mi padre vendió unas tierras a la viuda Hunter por una cifra tan ridículamente baja? No tiene ningún sentido.

El rostro de Reynolds se tensó de inmediato y Tim se dio cuenta de que tragó saliva y desvió la mirada, intentando con evidente torpeza desviar el tema de conversación.

—Son asuntos viejos, muchacho —respondió Reynolds, dirigiéndose hacia la entrada de la casa, ansiando ese café más que nunca—. Qué importa si ya están bajo tierra. Además, mi cabeza no está para recordar esas cosas, apenas recuerdo qué cené ayer.

Soltó una carcajada para restarle importancia al asunto pero Tim no estaba dispuesto a abandonar la cuestión.

—A mí me importa —lo cortó aún más intrigado al ver su contestación esquiva.

—Puede que sea un error, en esa época no éramos muy escrupulosos con el papeleo, la mayoría ni siquiera sabía escribir su nombre. Fuese lo que fuese, es mejor no rebuscar entre las cosas de los muertos. Y ahora, si me disculpas, aceptaré ese café.

Tim lo observó mientras se perdía en el interior de la casa, con la misma confianza que si fuese suya y algo palpitó dentro de él.

Necesitaba respuestas, y estaba seguro de que las encontraría.

Pero eso sería después. Ahora tenía por delante un largo y penoso viaje, uno que nunca habría deseado hacer.