Capítulo 6 #2
Ver a aquella mujer en ese estado, indefensa y aterrorizada por la violencia que presenciaba, golpeó la conciencia de Tim como un jarro de agua fría.
Una oleada de intensa culpabilidad lo invadió.
¿En qué se estaba convirtiendo? Él no era un tipo que arreglase los problemas por la fuerza, usando la violencia.
Ahora entendía mucho mejor a su padre, cuando de pequeño le decía que la vida le enseñaría a ser un hombre rudo.
Aunque si eso significaba dejar de ser civilizado, más le valía convertirse en un ermitaño alejado del mundo.
Ese no era el hombre que él quería ser, pero tampoco permitiría que nadie le pisoteara ni lo ninguneara.
Tim bajó el puño lentamente, avergonzado y se puso en pie de inmediato, sacudiéndose el polvo de la ropa con gestos bruscos.
—Lo siento... —musitó, con la voz apagada, sintiendo el peso de las miradas de los curiosos sobre él.
Intentando enmendar en parte el desastre, Tim se inclinó y le tendió la mano a Rod para ayudarlo a levantarse del suelo.
Rod miró la mano extendida como si fuera una serpiente venenosa y con un manotazo violento, la rechazó, obligando a Tim a retroceder.
Hunter se levantó por su propio pie, respirando con dificultad más por la indignación y la furia que por el esfuerzo, con el orgullo magullado.
Se colocó frente a Tim, con los ojos inyectados en sangre, y apuntándole con el dedo, pronunció su sentencia, dejando claro que la cumpliría.
—No te acerques a mi hija. Aléjate de ella incluso con el pensamiento… o te mataré.
Rod no esperó respuesta, no había ninguna que le valiera.
Caminó con paso firme hacia Trudy, la tomó del brazo con delicadeza y se la llevó de allí, dejando a Tim Brannigan solo en mitad de la calle, con el sabor del polvo en la boca y la certeza de que el abismo entre él y la mestiza se acababa de volver insalvable.
Se marchó en busca de su montura ignorando los comentarios jocosos de los que habían presenciado la disputa, odiando profundamente Sabine Cross y todo lo que allí habitaba.
Taby, sentada en uno de los escalones del porche, levantó la vista del libro que sostenía entre las manos al intuir una presencia a su lado.
Llevaba horas pasando los ojos insistentemente por el mismo párrafo y no sería capaz de repetir ni una sola palabra aunque la vida le fuese en ello.
El pequeño Tony le tendió una servilleta que contenía un trozo de bizcocho y ella lo aceptó con una sonrisa.
—Oh, qué amable, señor Hunter —bromeó, y despeinó su pelo oscuro con la mano.
Observó la porción del dulce con ojo crítico y soltó una carcajada al ver que tenía la señal de un mordisco—.
Pequeño ladronzuelo, me has robado un buen trozo.
¿O acaso ha sido Buck? Porque hasta donde yo sé este perro perezoso solo se molesta en levantar el hocico cuando hay tocino cerca.
Tony rio a carcajadas cuando su hermana le hizo cosquillas en la tripa y se alejó unos pasos de ella para evitar que lo alcanzara.
—Solo quería comprobar si estaba bueno antes de dártelo —reconoció con una sonrisa traviesa antes de volver al interior de la casa corriendo.
Taby sonrió con la vista perdida en el paisaje que tenía delante mientras saboreaba el bizcocho que Trudy había preparado.
Pronto nacería el bebé y ya no tendría tanto tiempo para dedicarle a la cocina, y había creído que preparar su bizcocho preferido sería una buena manera de levantarle el ánimo.
Apenas unos minutos después apareció en el umbral con el delantal todavía manchado de harina y una expresión cansada en el rostro.
Con un esfuerzo notable se sentó junto a Taby.
—¿Crees que podrás levantarte después o tendremos que usar a los caballos para tirar de ti? —preguntó la joven levantando una ceja.
—Muy graciosa. Cuando te veas en la misma situación, yo te recordaré ese extraordinario sentido del humor que tienes. Tener una criatura golpeándote el estómago y revolviéndote por dentro no es lo que se dice divertido.
Taby soltó una breve carcajada, pero la idea despertó en ella una sensación de desasosiego que le removió el pecho.
Se preguntó si ella sería madre alguna vez, y lo que era peor, dónde estaría cuando eso ocurriese.
La idea de vivir ese momento lejos del amparo de su padre y la complicidad de Trudy la desconcertó un instante, y tuvo que hacer un esfuerzo por recomponerse.
—Eso no pasará, al menos de momento —dijo, bajando la vista a la porción de bizcocho que tenía en la mano, acababa de perder el apetito—. Dudo que encuentre a alguien con quien formar una familia en Sabine Cross, solo hay patanes y maleantes.
Trudy sacó un pañuelo del bolsillo del delantal y se secó el sudor de la frente con calma antes de hablar. Su rostro se volvió serio a pesar de que pretendía mantener una conversación trivial.
—Nunca se sabe, cielo. Yo jamás hubiese pensado formar una familia en este lugar, y aquí me tienes. Más feliz de lo que jamás soñé ser.
Taby sonrió y alargó la mano para estrechar la suya.
—Te mereces ser feliz.
Durante un minuto ninguna habló disfrutando de la leve brisa que conseguía paliar un poco el sofocante calor.
—Me cuesta mucho dormir. Me paso las noches dando vueltas por la casa, buscando un sillón cómodo o un poco de aire fresco.
—La voz de Trudy sonó más solemne de lo que había pretendido, pero apenas sabía cómo encauzar la conversación sin que Taby se sintiese atacada—.
Era alguien de tu familia, ¿verdad? —La joven la miró un segundo, contrariada, como si hubiese sido pillada en una travesura imperdonable—.
Debes decírmelo, porque de lo contrario debo contárselo a Rod.
Sé que no todos son peligrosos, pero he visto lo que algunos de ellos son capaces de hacer y no me arriesgaré a que ninguno de nosotros suframos algún daño.
—Los conozco.
Desde hacía algunos meses, especialmente desde su última visita al poblado, algunos miembros de su tribu acudían hasta las inmediaciones del rancho Hunter.
No se acercaban a ella, no le hablaban ni le exigían nada, pero con su presencia silenciosa le decían que estaban ahí, y que tarde o temprano ella tendría que seguirles.
Sus siluetas recortadas contra el cielo nocturno, imponentes y desafiantes, le provocaban un estremecimiento extraño, como si su llamada muda fuese irresistible para ella.
La última vez había reconocido al guerrero que la esperaba, y desde entonces no había conseguido conciliar el sueño.
—Me están esperando, Trudy —se atrevió a decir casi sin querer reconocer aquella verdad. Levantó la vista hacia ella y no pudo evitar que las lágrimas empañaran sus ojos.
—Pero tú no quieres irte, ¿verdad? —preguntó sin disimular la desesperación en su voz—. Somos tu familia, Taby. No voy a permitir que te vayas.
La joven negó con la cabeza y se recostó contra el hombro de su madrastra, permitiéndole que la acunara en un abrazo que no necesitaba de palabras.
Trudy susurró frases de consuelo y aliento, sin darse cuenta de que ella no la escuchaba.
Quería convencerla de que todo saldría bien, pero aunque no lo admitieran, el instinto les decía que muy pronto nada sería igual.