Capítulo 6
H abían pasado días desde el encuentro en el río, días en los que el recuerdo de su brazo rodeando la cintura de la hija de los Hunter a lomos de su caballo se había negado a abandonar la mente de Tim Brannigan.
Nunca se había detenido a recrearse en los pequeños detalles que hacían deseable a una mujer más allá de lo evidente.
Sin embargo, aquella joven de piel oscura le resultaba un misterio apasionante.
Cada pequeña faceta, cada mirada, cada minúsculo e imperceptible gesto de su cara se habían quedado grabados en su mente.
La manera en la que entrecerraba los ojos y apretaba los labios para aparentar fiereza o la forma en la que lo miraba, calibrando cuánto esfuerzo requeriría seccionarle la yugular.
Pero si había algo que lo martirizaba era recordar su melena oscura.
Se había arriesgado a acercarse mientras cabalgaban y aspirar su aroma, y ese olor limpio y dulce se había grabado a fuego en su alma.
Ese olor lo torturaba cada vez que se metía en la cama, haciendo que pasase las noches en vela, excitado y ansioso.
Ni siquiera darse placer apaciguaba lo más mínimo ese ansia febril que estaba empezando a dominarlo.
Se sorprendía a cada instante imaginando los mechones enredados en sus dedos mientras ella se inclinaba sobre su sexo para darle placer con sus labios gruesos; o resbalando por su pecho mientras se sentaba sobre él y lo cabalgaba de manera salvaje.
Le encantaría poder sujetarla de su pelo trenzado mientras entraba en su cuerpo, obligándola a arquearse para recibirlo en su interior.
Era una temeridad, una auténtica locura que desafiaba no solo las leyes no escritas de Sabine Cross, sino también las severas advertencias que Rod Hunter le había lanzado.
Hunter no tenía la costumbre de hablar demasiado, por eso cuando lo hacía no era en vano.
Pero la incertidumbre quemaba más que la prudencia.
Tim necesitaba saber cómo estaba ella, si la lesión de su pierna era lo bastante grave para mantenerla en el rancho o si simplemente estaba eludiendo un posible encuentro con él. Eso sería lo más sensato, sin duda.
El destino, o quizás su propia obstinación, lo llevó al pueblo para comprar algunas cosas en la tienda de Suzie y de paso tomarse una copa y jugar una partida en el saloon .
Como si la Divina providencia o el mismísimo Diablo estuviesen de su parte, al atar su montura a uno de los postes divisó la silueta imponente de Rod Hunter cruzando la amplia calle principal en dirección al saloon .
Tim lo observó desde lejos, midiendo sus propios pasos, debatiéndose entre darse la vuelta y marcharse o cometer la imprudencia más grande de su vida.
Al final, la necesidad de saber, o puede que su insensatez, le ganaron la partida.
Entró en el local unos minutos después que Hunter, y dejó que el olor del serrín esparcido por el suelo y el whisky lo envolvieran mientras se acostumbraba a la penumbra del interior.
Rod se había apostado en un extremo de la barra y acababa de pedir una copa.
Sintió la presencia de alguien deteniéndose a su lado y, al levantar la vista, sus ojos se encontraron con los de Tim.
El rostro de Rod se transformó en una máscara de pura hostilidad sin poder creer que ese muchacho fuese tan insensato como para acercarse a él.
Sin apartar la mirada de Brannigan, apuró el contenido de su vaso de un solo trago y lo dejó en la barra con un golpe seco, empleando más fuerza de la necesaria.
—Aléjate de mí, Brannigan —siseó Rod, dándose la vuelta para pedirle al cantinero otra copa. Había tenido una semana miserable, plagada de problemas en el rancho, y lo último que su paciencia necesitaba era tener al enemigo a su lado tocándole las narices.
Hunter exudaba furia por cada poro de su piel, y solo un loco o un estúpido habría ignorado las señales de peligro. Tim no sabía en qué categoría englobarse, quizá una mezcla de ambas cosas definiría su estado actual.
—Solo quiero hablar.
Rod levantó la mirada con incredulidad, con el whisky agriándose en la boca del estómago y los nervios alerta.
No tenía nada que hablar con ningún Brannigan, no se fiaba de ellos, mucho menos cuando venían en son de paz.
Prefería verlos venir de cara, con su mezquindad y su avaricia por bandera, así al menos sabía por dónde le vendrían los golpes.
Que ese chico se acercase con espíritu negociador solo indicaba que era más sibilino e impredecible que el resto, nada más.
—Solo advierto las cosas una vez, chico —añadió Rod, con una voz que mostraba su impaciencia—. He venido a tomarme una copa tranquilo, así que lárgate. No quiero conversación. Busca alguna vieja chismosa para contarle tus problemas.
Tim no retrocedió ni desvió la vista, con más entereza de la que Rod habría esperado.
—No vengo buscando pelea, señor Hunter —aclaró Tim con calma, aunque el corazón le latía con fuerza y le sudaban las manos.
Pero con los años había aprendido a disimular su inseguridad con tanto éxito que resultaba creíble incluso para él—.
Solo quiero decirle que el otro día fui al rancho con la única intención de ayudar a su hija.
Y… quería saber cómo está. Si se ha recuperado.
Rod lo miró con absoluta incredulidad, como si a Tim acabara de salirle un tercer ojo en mitad de la frente.
En realidad, Tim entendía perfectamente esa expresión de asombro.
Él mismo estaba sorprendido de su propia estupidez.
¿Qué demonios estaba haciendo allí? Ni siquiera debería interesarle lo que le pasara a una Hunter de la que ni siquiera conocía su nombre; se suponía que eran como el agua y el aceite, enemigos irreconciliables, cara y cruz, y estaba seguro de que a ella no le importaría si su padre le arrancaba la cabeza allí mismo.
La imaginó levantando una ceja con desdén mientras su padre arrastraba su cuerpo inerte para dárselo de comer a su perro.
Pero la verdad era incontestable, aunque no lo reconocería ante nadie.
En las últimas dos semanas, sus pies lo habían llevado una y otra vez de vuelta al río con la absurda esperanza de verla aparecer entre la maleza, o montada en su caballo con esa elegancia innata de su tribu.
Estaba preocupado por ella, y aunque quería disfrazarlo de curiosidad, negar la evidencia ya no servía de nada.
Su interés, lejos de calmar a Rod, lo ofuscó por completo y la rabia acumulada explotó sin previo aviso.
Con una rapidez asombrosa, Rod avanzó un paso, atrapó a Tim por la pechera de la camisa y lo arrastró a empujones fuera del saloon , lanzándolo a la calle polvorienta.
Los pocos hombres que paseaban por el porche se apartaron presintiendo el desastre, aunque solo lo suficiente, para poder seguir contemplando la trifulca.
Rod levantó el puño, con los nudillos apretados, listo para descargar toda su frustración sobre el rostro del Brannigan.
Tim tensó la mandíbula, esperando el impacto que le dejaría una nariz tan rota como su orgullo.
Rod se quedó congelado con el brazo en el aire. Al mirar fijamente a los ojos de Tim, buscando la habitual insolencia de su linaje, encontró algo completamente diferente. Vio verdad. Una honestidad limpia, desarmada y genuina que no encajaba con el monstruo que esperaba encontrar.
Desconcertado y furioso consigo mismo por titubear, Rod bajó el brazo y empujó a Tim con desprecio, apartándolo de él.
—Al menos tus hermanos no disimulan —escupió Rod, arreglándose la chaqueta con las manos temblorosas por la rabia—. El mundo sabe que por dentro de sus tripas corre el demonio, y eso los hace más dignos. Pero tú... tú juegas a ser un caballero a pesar de que no eres mejor que ellos.
Aquellas palabras calaron hondo. Tim sintió cómo la sangre le hervía en las venas y subía hasta su rostro, y quiso gritar que en realidad era honesto; pero entendió con una claridad dolorosa que esa necesidad de ser mejor que ellos lo hacía igualmente miserable.
La mención de sus hermanos, el insulto y el desprecio de aquel hombre rompieron el último pilar que sostenía su cordura.
Justo cuando Rod se daba la vuelta para marcharse y darle la espalda, Tim se lanzó hacia él con la fuerza de un animal.
Ambos cuerpos chocaron y rodaron por el suelo, levantando una nube de polvo en mitad de la calle principal.
Tim logró cierta ventaja, inmovilizando a Rod con su peso.
Rod era más fuerte pero él era más ágil, y estaba más furioso con la vida.
Tenía el puño alzado, cegado por la furia, y estaba dispuesto a golpear al hombre al que estuvo a punto de arrebatárselo todo una vez y al que, en el fondo, respetaba.
—¡Rod! ¡No, por Dios, deteneos!
Un grito de mujer, agudo y cargado de pánico desgarró el aire dejándolos paralizados.
Tim se detuvo en seco, con el puño suspendido a escasos centímetros de la cara de Rod.
Volvió la cabeza y vio a su esposa, que regresaba de hacer unas compras en la tienda de Suzie mientras su marido se tomaba una copa.
En un acto instintivo dejó caer el hatillo que contenía algunas de las compras e instintivamente se llevó la mano al vientre, como si quisiera ocultar a ojos de su bebé la locura de los hombres.
El sol de la tarde iluminó su figura, y Tim no pudo evitar clavar la mirada en su rostro suplicante.