Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

La paciencia de Rod estaba resquebrajándose a marchas forzadas, con cada nuevo desafío de su hija.

Había intentado entenderla, Dios sabía que lo había hecho.

Siempre había sido una niña solitaria, sobre todo antes de que Trudy llegase a sus vidas, pero creía que todos sus problemas de adaptación habían terminado hacía tiempo.

Sin embargo, cada vez le costaba más comunicarse con ella.

Y no porque no lo intentase. Había tratado de entenderla, le había dado espacio, creyendo que se debía a la adolescencia y que todo pasaría, pero la rebeldía y las malas contestaciones iban en aumento.

Taby echaba de menos a su madre, a pesar de que falleció cuando ella era muy pequeña, y no había nada que pudiese hacer para remediarlo.

Nunca se había interpuesto a la petición de Taby de conocer sus orígenes y, había accedido a acompañarla al poblado de su madre para que conociese a su familia materna en varias ocasiones.

Se trataba de una tribu pacífica que comerciaba con los rancheros de la zona vendiendo caballos, y no le había resultado complicado contactar con ellos y mediar para aquellos encuentros.

La habían recibido como a un pariente que había estado de viaje durante un largo tiempo, como si la conociesen o incluso la esperasen.

Había intentado alegrarse al ver el brillo en los ojos de su hija, pero su intuición le había dicho en ese momento que algo había despertado dentro de ella.

Taby no era blanca, pero tampoco era comanche.

Caminaba entre dos mundos sin saber a cuál de los dos pertenecía, y quiso creer que aquella sensación de desarraigo desaparecería con el tiempo.

Su hogar estaba junto a él, junto a Trudy, el pequeño Tony y el bebé que pronto nacería.

Pero algo dentro de ella ardía como un volcán a punto de estallar de una manera tan intensa que el aire a su alrededor vibraba.

Rod subió las escaleras de su casa de dos en dos y llegó al cuarto de Taby. La puerta estaba entreabierta y vio a Trudy inclinada hacia delante a pesar de la incomodidad que suponía su tripa, vendándole el tobillo.

—Déjanos solos, Trudy —ordenó con su voz tan oscura como su mirada.

—Vuelve más tarde, será mejor que…

El intento de su esposa de darle unos minutos para apaciguarse fue inútil.

Padre e hija tenían un carácter fuerte y eran demasiado testarudos para dar su brazo a torcer.

Pero sabía que a veces, para arreglar algo había que destruirlo hasta los cimientos, y en este caso todo indicaba que sería así.

Se dirigió hacia la puerta y antes de marcharse, le dedicó una mirada de súplica a su marido, pero él la ignoró.

Taby tocó el paño que su madrastra había colocado con pulcritud y bufó con disgusto.

El dolor del tobillo no era nada comparado con el fuego que le quemaba en el pecho.

Recolocó los cojines de la cama, intentando buscar una postura que aliviara la punzada de su pie hinchado, aunque sabía que el verdadero malestar venía de fuera.

Del eco de los cascos del caballo de Tim Brannigan alejándose de la propiedad, y de la mirada furiosa de su padre sobre ella.

—¿En qué estabas pensando, Taby? —bramó su padre, deteniéndose a los pies de la cama, con los puños apretados.

Ella lo miró y le pareció más alto e impresionante que de costumbre—.

Cruzar el valle a lomos del caballo de un hombre.

¿Acaso no te hemos enseñado lo que es el decoro? Y qué hay de tu propia seguridad.

Rod se paseó por la habitación conteniendo las ganas de romper algo o de arrancarse el pelo con las manos.

—¡Y para colmo no te has acercado a cualquier hombre! Ha sido un maldito Brannigan. Dios santo, ¿es que has perdido el juicio o es que todo lo que has aprendido se te ha olvidado?

Conteniendo el dolor se puso de pie para enfrentar a su padre, incapaz de reconocer que en parte, y solo en parte, él tenía razón.

No conocía a Timothee Brannigan. No era sensato estar a solas con alguien como él, y mucho menos aceptar semejante cercanía, a pesar de que las circunstancias la habían obligado a ello.

Recordó la sensación del pecho de Timothee apretándose contra su espalda y una nueva oleada de calor la recorrió haciendo que se sonrojara, lo que la puso aún más furiosa.

—¿Indecoroso, padre? —replicó ella, con la voz temblando por la indignación—.

¿Así es como llamas a que me salven de quedarme tirada bajo el sol?

Dime, ¿habría sido más decente para ti verme llegar a casa arrastrándome, con el pie roto, solo por salvar las apariencias?

¿Habría complacido eso más a tu maldito orgullo?

—No se trata de orgullo. Se trata de dignidad, de un sentido de la justicia que salta a la vista que no entiendes.

—¿No lo entiendo por ser una mujer o por ser una salvaje? A estas alturas no sé qué parte de mí te molesta más.

—No desvíes el tema. Un Hunter no le debe nada a un Brannigan.

Si no hubieras estado pateando los campos como de costumbre no te habrías visto abocada a aceptar su ayuda.

¿Qué habría pasado si sus intenciones hubiesen sido otras, Taby?

Crees que tu afilada lengua puede espantar a cualquiera, pero algún día…

—A ti te espanta —le interrumpió con sorna.

—¡No me hables en ese tono! —advirtió Rod, dando un paso al frente —. Hay normas, hay una reputación que mantener. No eres estúpida y sabes lo que está bien y lo que está mal.

—¡Oh, claro, la reputación! —Taby soltó una risa amarga, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia amenazaban con brotar—.

Es un discurso muy oportuno. Sin embargo, la realidad es otra, padre.

La verdad es que no me aceptas. Buscas cualquier excusa para reprocharme porque te avergüenzas de mí, porque no soy la hija perfecta que encaja en tus moldes.

Rod retrocedió un paso, como si las palabras de su hija le hubieran asestado un golpe real.

La miró con los ojos llenos de una incomprensión profunda y dolorosa.

La ira de su rostro se esfumó por un instante, dejando al descubierto la fragilidad de un hombre que sentía que el control se le escapaba entre los dedos.

—No te entiendo, Taby... —susurró él, dejando caer los hombros, con la voz repentinamente cansada y vencida—.

No sé qué te pasa. Antes... antes siempre venías a mí.

Me contabas tus temores, tus alegrías. Sabía lo que había en tu corazón.

Ahora me miras como si fuera tu peor enemigo. Como si este techo no fuera tu refugio.

El reproche le dolió tanto que entrecerró los ojos para encajarlo, sobre todo porque sus palabras estaban llenas de verdad, pero la rigidez de su padre volvió a imponerse antes de que ella pudiese arrepentirse de su actitud arisca y reservada.

La vulnerabilidad de Rod se transformó de un plumazo en una fría determinación, respiró hondo y cuadró los hombros como un soldado que sabía que afrontaba con orgullo una batalla que sabía perdida.

—Siempre he intentado tenderte una mano y he tenido mucha más paciencia de la que creía posible —continuó él, endureciendo el gesto—.

Te he dado tu espacio, te he ayudado a mantener el contacto con tus raíces, para que pudieses comprender de dónde vienes.

Te he dado libertades que ninguna otra muchacha de la comarca tendría.

Pero hay un límite, Taby. Mientras estés bajo mi techo, te comportarás como una Hunter.

—Se detuvo, clavando una mirada implacable en los intrincados bordados de la prenda que ella vestía—.

Y no quiero volver a verte con ese vestido indígena. No en esta casa.

Aquella última frase cayó como una losa de hielo entre ellos transformando la acogedora habitación en un terreno inhóspito. Taby desvió la mirada hacia la ventana, con la mandíbula apretada, incapaz de sostenerle la mirada.

—Por favor... déjame sola —pidió ella con la voz temblorosa por la rabia.

Rod se quedó en silencio unos segundos, esperando una réplica hiriente o un desplante que no llegó. Finalmente, soltó un suspiro amargo cargado de derrota, dio la vuelta y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con una suavidad que dolió más que un portazo.

En cuanto él se marchó, Taby no pudo contenerse más.

Ignorando el dolor lacerante que le subió por la pierna, plantó el pie sano en el suelo.

Cojeando, cruzó la habitación hasta llegar a la puerta.

Se apoyó contra la madera fría, como si intentara mantener el mundo exterior lejos, echó el cerrojo para que nadie se atreviese a molestarla y se derrumbó.

Las lágrimas brotaron sin control, un llanto desconsolado que le sacudió los hombros y le presionó la garganta sin piedad. Apretó la falda de su vestido entre las manos, arrugando la tela que su padre acababa de repudiar.

—No sé qué me pasa... No sé qué está pasando, papá —susurró a pesar de que sabía que nadie la escucharía.

Se mintió a sí misma entre sollozos, apretando la coronilla contra la madera de la puerta.

En el fondo, aunque no se atreviera a confesar lo que la atormentaba, lo sabía perfectamente.

Sabía lo que le ocurría, pero la tormenta que la asediaba día y noche era demasiado potente para intentar gobernarla.

Pensar en el destino como algo abstracto era una cosa, pero tener que darle forma con las manos era otra bien distinta.

«El destino es como el vuelo de un halcón. Una vez que elije su presa, nada lo desvía de su objetivo».

Las palabras de su abuelo resonaron en su cabeza como si acabara de pronunciarlas cerca de su oído. Tenía que decidir si caminar hacia ese destino que parecía inevitable, o esperar a ser alcanzada por él. Y no sabía qué opción resultaba más aterradora.

Se limpió las lágrimas con brusquedad y sus pensamientos volaron al origen de aquella discusión.

El calor de los brazos de Tim Brannigan al sostenerla en el caballo todavía le quemaba la piel.

El enemigo. El hombre que se suponía que debía odiar, no por sus actos sino por su sangre.

Se preguntó cómo sería la vida en un lugar en el que los rencores enquistados y las guerras de los otros no pesaran como la mala conciencia.

En cualquier caso, Timothee no era su problema, ya que tras la amenaza de su padre no volvería por allí.

Era posible que no volvieran a encontrarse.

Apenas le quedaba tiempo. El destino la empujaba, implacable, a decantarse por un lado u otro de la moneda, no había lugar a medias tintas.

Se dejó caer al suelo, apoyó la frente sobre sus manos, y permitió que sus lágrimas corrieran a voluntad sin intentar frenarlas.

Sabía que eligiera lo que eligiera le rompería el corazón en mil pedazos.

Y, aun así, también sabía que era inevitable.

Aquello no había empezado con ellos. El destino de los Hunter y los Brannigan, el de su tribu, el de Tim y el suyo propio, ya estaban escritos mucho antes de ese instante.

Antes de sus primeras palabras, antes, incluso, de que ambos nacieran.