Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

S entir el cuerpo de un hombre tan cerca era mucho más perturbador de lo que Taby había imaginado, si bien era verdad que nunca se había atrevido a fantasear con algo así.

Estaba tan tensa que, a pesar de ser una experta amazona, su cuerpo no terminaba de acoplarse a la grupa del caballo y la hacía parecer torpe, algo que odiaba.

Había olvidado el dolor del tobillo, concentrada como estaba en el calor que irradiaba el cuerpo de Timothee Brannigan, y que traspasaba la fina tela de su túnica.

Cuando él deslizó un brazo por su cintura para pegarla más a su cuerpo se quedó sin aire y estuvo a punto de saltar del caballo.

—Tranquila, chica sin nombre —dijo inclinando el rostro hacia ella para hacerse oír—. Estás poniendo nervioso a Sombra. Cualquiera diría que nunca has montado a caballo.

Ella se guardó la réplica aunque estaba ansiosa por decirle que sería capaz de ganarle una carrera montando de espaldas y con los ojos vendados. El nerviosismo se convirtió en algo difícil de gobernar cuando se adentraron en el rancho Hunter y la silueta de la casa comenzó a acercarse con rapidez.

—¡Para! Déjame aquí —ordenó agitándose sobre el caballo haciendo que la montura cabeceara y perdiera el ritmo.

Timothee se detuvo, pero no estaba dispuesto a dejarla a su suerte. El sol caía furioso sobre los campos y dudaba que pudiese recorrer aquel trayecto con el pie hinchado en esas condiciones sin desfallecer.

—No voy a dejarte aquí tirada.

—Pero ¿es que no lo entiendes? —cuestionó girándose todo lo que pudo en la montura para mirarlo a la cara—. Eres un Brannigan.

Tim soltó una carcajada, mientras volvía a tirar de las riendas del caballo para reanudar la marcha.

—Tú lo has dicho, chica sin nombre. Soy un Brannigan. Y los Brannigan no se detienen tan fácilmente.

La determinación teñida de fanfarronería que quiso aparentar se esfumó en cuanto enfiló el último tramo del camino que llevaba a la casa.

De la chimenea salía un hilo de humo y la puerta estaba entreabierta.

Descendió del caballo y en ese momento un enorme perro gris que dormitaba en el porche se puso de pie y ladró varias veces de manera amenazante.

No debió de resultarle demasiado peligroso ya que, tras olisquear sus pantalones unos segundos, volvió a tenderse en el mismo lugar con un suspiro, como si le hubiese dado su visto bueno.

Tim clavó la mirada en los ojos grises de la joven intentando descifrar lo que sentía, lo que pensaba.

Su ceño estaba fruncido pero esta vez no tenía la sensación de ser el culpable de ello.

La tormenta estaba dentro de ella. Tendió los brazos para ayudarla a descender y se sintió absurdamente satisfecho cuando ella aceptó su ayuda dejándose caer hacia él, confiando en que la sostendría.

La alegría no le duró demasiado. La puerta se abrió de golpe chocando contra la pared, y en ella apareció Rod Hunter, tan intimidante como lo recordaba.

Sabía que rondaba los cuarenta y eso le confería una templanza que se unía a su fuerza y a la furia que hacía refulgir sus ojos, del mismo color que los de su hija.

—Suéltala o no saldrás de mis tierras con vida.

—Papá, solo me estaba ayudando a…

La mirada fulminante de Rod consiguió que Taby enmudeciera, algo poco frecuente en ella que presumía de tener siempre la última palabra.

Ella enderezó la espalda todo lo que pudo y pasó junto a su padre disimulando la cojera y mordiéndose el labio para no aullar de dolor.

Trudy salió limpiándose las manos en el delantal y al ver la cara de la muchacha se apresuró a ayudarla a entrar en la casa.

Taby accedió a regañadientes, a pesar de que se sentía responsable de lo que le pudiese pasar a Brannigan.

Por alguna razón, y aunque no le gustase reconocerlo, creía ver un leve poso de bondad en su mirada.

No entendía por qué no conseguía odiarle, con el resto de la gente que conocía no le costaba ningún esfuerzo buscar algún motivo para despreciarlos.

Pero él era distinto. Puede que fuese ese extraño vínculo que sentía desde la noche que le salvó la vida a pesar de que él parecía no recordarlo.

No lo culpaba. Vio la herida de su pierna, había perdido mucha sangre y estaba aturdido por la caída, fue un verdadero milagro que no muriese.

Echó un último vistazo antes de que Trudy tironeara de su brazo y la visión de los dos hombres frente a frente le provocó un pellizco en el estómago.

Su padre era alto e impresionante, pero Tim, a pesar de su juventud no se quedaba atrás.

Era casi tan alto como él, y su rostro había perdido cualquier rasgo que recordara al adolescente que fue.

Su cuerpo, a pesar de ser espigado, se había ensanchado en los hombros y su fuerza era indiscutible.

—Ella ha tenido un percance, señor Hunter. Solo he venido para ahorrarle el doloroso camino de vuelta. Dudo que hubiese conseguido llegar hasta aquí ella sola.

—¿Quieres una condecoración? —Rod sacudió la cabeza y apretó los puños. El muchacho parecía honesto, al menos más de lo que cualquier otro miembro de su familia aparentaba, pero le retorcía las entrañas pensar que alguien como él hubiese estado cerca de su hija.

—No, será mejor que me marche.

—Estoy de acuerdo. La última vez que pisaste mis tierras, te llevaste una cojera de regalo, por lo que puedo ver. No tientes tu suerte, y lárgate antes de que las ganas de acabar el trabajo sean más fuertes que mi sensatez.

Tim apretó los dientes y deseó lanzarse hacia él para vengarse por ello. Pero sabía que no tenía razón. Rod solo había defendido su casa y su familia, y cualquiera en su lugar habría hecho lo mismo.

Su padre había ambicionado las tierras de los Hunter desde hacía años, y consciente de que Rod no se las vendería jamás, había decidido tomar medidas más efectivas, entre ellas romper sus cercados para robarle ganado.

Thatch se había mostrado confiado, y había afirmado que solo necesitaba darle un pequeño toque de atención para decantar la balanza a su favor.

El deseo de sentirse uno más le había llevado aquella noche a aceptar el reto de su padre, que le había insinuado que si no se involucraba en aquello nunca lo consideraría un hombre.

Y había sido lo bastante idiota para dejarse convencer a pesar de que consideraba todo aquello una locura.

Había creído ingenuamente que se limitarían a atemorizarlos un poco, dar unos tiros al aire y volver a casa como si fuesen unos cuantos adolescentes borrachos con ganas de gresca.

Pero las balas habían empezado a apuntar a los hombres, y el fuego había ardido con furia, arrasando el granero y el establo de Hunter.

Se había visto inmerso en el fuego cruzado, en una espiral de violencia de la que fue imposible mantenerse alejado.

Las balas habían silbado demasiado cerca y él no era más que un chico asustado que no supo cómo actuar.

Su caballo había trastabillado al recibir el primer impacto y no había sido consciente de que él también estaba herido hasta que cayó al suelo.

Recordar el dolor agudo y la sangre tibia y pegajosa empapando sus pantalones todavía hoy, cinco años después, le producía náuseas.

Entre el caos, los gritos, los relinchos de los caballos y el rugir del fuego sobre su cabeza, un pensamiento claro lo había paralizado.

Iba a morir. De una manera absurda e innecesaria.

Iba a morir. Y entonces, cuando la resignación y la furia comenzaron a librar un pulso entre sí, un rostro hermoso y angelical había aparecido en su campo de visión, para librarlo de aquel horror.

Era la joven mestiza que ahora en cambio lo miraba con desdén.

Durante años todos le habían dicho que había sido su hermano Reeve quien lo había salvado.

Y era cierto en parte. Él había sido quien lo había subido a su montura echando mano de una fuerza casi sobrenatural y lo había llevado a casa, también había sido su mano la que había estrechado la suya y limpiado el sudor cuando la fiebre había hecho mella en él.

Pero no había podido olvidar aquellos ojos, que se veían tan extraños a la luz del fuego.

Tim se tocó el sombrero y se sintió ridículo por aquella muestra de cortesía cuando acababan de echarlo sin contemplaciones, pero no pudo evitarlo.

Él no era un bruto, al menos no todavía.

Aunque el futuro que tenía delante no resultaba demasiado esperanzador y ya estaba empezando a comprobar que los reveses destrozaban el carácter de los hombres por mucho que se esforzase en evitarlo.

—¡Vamos, fuera! Márchate antes de que me arrepienta y decida comprobar si tu sangre combina bien con el color de mis tierras —vociferó Hunter, llevado por un rencor que no se extinguiría nunca.

Clavó los ojos en Rod, que en ese momento parecía a punto de saltar a su cuello, y espoleó a su caballo para marcharse de allí.

Durante todo el camino cada fibra de su cuerpo se mantuvo alerta, esperando el sonido de una bala y el impacto siguiente que lo derribase para siempre.

Pero lo único que sintió fue el envite del viento y la caricia arisca del sol implacable sobre él.