Capítulo 4
L a cabeza de Tim era un hervidero y no conseguía encontrar un minuto de sosiego.
Necesitaba que el galope de su caballo acallara el eco de sus demonios y de los problemas que no paraban de acumularse; el ganado escaseaba y sabía con seguridad que su precaria economía no sobreviviría al más mínimo revés.
Había vaciado las arcas para pagar un precio justo a las familias que Silas había desplumado, y ahora el destino pendía de un hilo tan fino que cualquier viento desfavorable podía destrozar.
Sintió el aire golpeándole la cara y el sol quemándole la piel mientras cruzaba los pastos.
Su alocada carrera le llevó a la arboleda que bordeaba el río y se arriesgó a esquivar los árboles sin disminuir la velocidad hasta llegar cerca de la orilla.
La sensación de peligro le hacía sentirse vivo y esa energía era lo único que le impedía desmoronarse.
Desmontó con movimientos ágiles y ató las riendas a la rama baja de un árbol.
Se alejó de su montura hasta que sus botas casi rozaron el agua, y se agachó para empapar su pañuelo en la corriente fresca.
Con un suspiro de alivio se lo pasó por la nuca y desabotonó su camisa para refrescarse.
Un halcón peregrino pasó rozando la superficie del río antes de elevarse con un grito agudo que rasgó el cielo.
Tim se quedó embobado mirándolo, envidiando esa libertad.
Se sentó en la hierba, deseando que la vida fuera tan simple como el vuelo de un ave y no ese laberinto de responsabilidades y frustraciones que lo atormentaban.
A pocos metros, oculta entre los arbustos, Taby contenía el aliento.
Había bajado al río huyendo de la conversación que sabía que le esperaba en cuanto se encontrase con su padre.
Desde que se trasladó al rancho Hunter siendo una niña, él había sido el hombro en el que apoyarse, su cómplice y su héroe.
Sin embargo y sin saber por qué, la distancia entre ellos cada vez era más grande.
No sabía en qué momento la confianza entre ellos se había resquebrajado.
Rod Hunter no había visto con malos ojos que ella quisiese pasar tiempo con su familia comanche, de hecho, él mismo la había acompañado para que pudiese conocer su mundo más de una vez.
Sin embargo, a medida que las dudas de Taby sobre cuál era su destino se incrementaban, también lo hacía el recelo de su padre.
Su madre, antes de morir, había querido que Taby viviese en el rancho, ya que el destino de su pueblo cada vez era más complicado.
Sin embargo, ahora que se había convertido en una mujer no sabía si esa decisión era la correcta.
A veces, Taby tenía la impresión de que no encajaba en ningún lugar.
Era consciente de que se encontraba demasiado cerca de la linde de los Brannigan, pero aquel recodo del río era su favorito, una zona tranquila en la que intentaba conectar con la naturaleza.
Los cascos de un caballo acercándose a galope la habían avisado y había corrido a ocultarse, un tanto enfadada al ver que habían interrumpido su tranquilidad.
Reconoció de inmediato al jinete, incluso antes de poder distinguir sus rasgos en la distancia, y sin saber por qué su pulso se aceleró.
Debería haberse marchado al ver que él se dirigía a la orilla, distraído. Pero la curiosidad le ganó la partida.
Desde su escondite, observó cómo Timothee Brannigan se desabrochaba los botones superiores de la camisa para pasarse el pañuelo mojado por el pecho.
El brillo del agua sobre su piel bronceada hizo que algo en el interior de Taby se agitara, una reacción extraña y cálida que la asustó.
Se recordó que debía alejarse de ese hombre, sintiéndose como una intrusa colándose en la intimidad del joven.
Pero sus pies se negaron a moverse del suelo.
Sin embargo, al intentar retroceder, notó que el caballo de Tim pateaba el suelo con nerviosismo y una visible incomodidad.
Olvidando la cautela y la posibilidad de ser descubierta, se acercó con sigilo por el flanco del animal mientras Tim seguía absorto en el paisaje.
Se arrodilló junto a la pata trasera del caballo.
El animal tenía un trozo de alambre clavado profundamente en la ranilla, la zona blanda en forma de “V” en el centro del casco.
Si no se lo sacaba, la infección podría darle problemas.
Taby sacó el cuchillo de su cinto. Con mano experta, hizo palanca con suavidad para desalojar el metal.
El caballo soltó un relincho mezcla de dolor y sorpresa, pero ella supo que sin duda le había aliviado.
Guardó la navaja a toda prisa dispuesta a marcharse tan silenciosa como había llegado, pero antes de que pudiera ponerse en pie, una sombra a su espalda la alertó de que ya no estaba sola.
No tuvo tiempo de reaccionar. Tim saltó sobre ella sin medir sus fuerzas, dejándola sin aire.
El impacto hizo que rodaran por el suelo, mezclándose con el polvo y la hierba.
Ella luchó con fiereza, retorciéndose y lanzando patadas como un animal salvaje.
Tim gruñó cuando los dientes de la joven se clavaron en su hombro con furia, y con un último esfuerzo consiguió aplastarla con su peso e inmovilizarla.
Apretó sus muñecas con más fuerza de la que habría deseado y las sujetó contra el suelo por encima de su cabeza.
—¿Tú? —jadeó él, con el corazón latiendo desenfrenado al enfrentar aquellos ojos grises que ardían como una hoguera.
Taby intentó rebelarse de nuevo, pero en ese momento fue consciente de la presión del cuerpo fuerte de Brannigan sobre el suyo, de las rodillas ancladas entre sus piernas, de sus caderas presionadas con las suyas y su pecho rozándose con el torso masculino con cada respiración.
Una oleada de calor la recorrió de arriba abajo al darse cuenta de que la túnica se había subido hasta sus muslos por culpa del forcejeo, dejando sus piernas a la vista.
Con furia pronunció un insulto en la lengua de sus ancestros con tanta intensidad que Tim la soltó.
Sin dejar de mirarla a los ojos se puso de pie y se alejó unos pasos.
Taby se incorporó y con la mano cerca de donde escondía el cuchillo lo observó, con la postura encorvada de un guerrero a punto de atacar.
Tim tuvo que reconocerse a sí mismo que resultaba intimidante, aunque en ese momento estaba más concentrado en el hormigueo caliente que le recorría todo el cuerpo.
Siempre conseguía dominar sus instintos con facilidad y, aunque no le hacía ascos a una noche de buen sexo con una mujer bien dispuesta, le gustaba pensar que era capaz de imponerse a las necesidades de su cuerpo.
No en vano era un hombre que usaba el cerebro mucho más que el resto de su familia.
Sin embargo, esta vez el deseo lo había aturdido durante unos segundos y había estado a punto de dejarse vencer por la tentación que aquellos labios voluptuosos suponían.
Se sacudió el polvo de la ropa y se agachó para recuperar el sombrero que había caído unos pasos más allá, fingiendo que la consideraba inofensiva.
—¿Qué estabas haciendo? Espero que no pretendieras hacerle daño a mi caballo.
Taby pronunció una frase en idioma comanche que, a pesar de no entender, a él le sonó ofensiva, sobre todo porque la selló escupiendo al suelo con mirada furiosa.
—Sé que hablas mi idioma. Sé valiente, y si vas a ofenderme al menos permite que te entienda para tener derecho a réplica.
Tim vio la lucha interna que se fraguaba en el interior de aquella muchacha, y se sorprendió de lo expresivos que eran sus ojos. En ellos se podía ver una tormenta a punto de estallar.
—Jamás le haría daño a un animal. Los blancos sois tan inútiles que no sois capaces de ver lo que sienten. —Abrió la mano y le mostró el trozo de alambre que le había quitado y con el forcejeo se había apretado dejándole una marca en la palma—. Lo tenía clavado y cojeaba.
Con una mueca de desagrado asintió en un débil intento de darle las gracias, aunque las palabras se le atascaron en la garganta.
—¿Y cómo sé que no has sido tú la que has intentado manipularlo para que sufra una caída? —preguntó obstinado, con el orgullo todavía removido al recordar lo ocurrido en el pueblo.
—No sería demasiado inteligente salvarte de una pelea, para atentar contra ti después. Sería una pérdida de tiempo y no me gusta desperdiciar ni un minuto de mi vida.
Taby se dio la vuelta para marcharse, arrepintiéndose de haberse aventurado a ir hasta allí caminando en lugar de cabalgando, lo que le habría dado la oportunidad de huir con rapidez. La voz grave de Timothee Brannigan la detuvo antes de dar si quiera un paso.
—No necesitaba tu ayuda. —Tim tragó saliva al ver que ella se giraba despacio para mirarlo con incredulidad—. Si no hubieras intervenido…
—Te habrían robado el caballo. No creas que lo he hecho por ti, solo eras la opción menos mala. Pero no debes preocuparte, la próxima vez que tengas un problema prometo no mover un dedo para ayudarte.
Sentenció de nuevo su comentario con una nueva palabra en comanche y giró sobre sus talones para dejarle claro que no le importaba en absoluto su respuesta.
La mala fortuna y la falta de atención por culpa de esa pequeña refriega la hizo no prestar atención a dónde ponía los pies, y se torció el tobillo al pisar una piedra.
El tropezón le restó elegancia y soberbia a su desplante, y para colmo estuvo a punto de caer de bruces.
Con un jadeo ahogado intentó seguir caminando, más el dolor punzante la hizo perder el equilibrio.
La mano de Tim apareció con rapidez para sujetarla y aunque le habría encantado mandarlo al cuerno, tuvo que aceptarla a regañadientes.
—Suéltame, maldito tosa taibo .
—Deduzco que eso no será algo agradable, pero no me importa. Supongo que debo ayudarte, te lo debo.
Cuando Timothee se agachó frente a ella y comenzó a desatar los botines de piel con destreza, Taby tironeó con fuerza, pero solo consiguió caer sobre su trasero dejando escapar un doloroso gemido.
La culpa había sido suya, pero no lo reconocería, y lo único que se le ocurrió fue propinarle una patada en el pecho al joven con la pierna sana, mandándolo al suelo.
—Ahora estamos en igualdad de condiciones, tosa taibo.
La carcajada cínica de la joven no contenía ni pizca de humor, y Timothee lo detectó al instante.
Lo único que pretendía era humillarle, sabía que esa era una táctica que solían usar, ridiculizar al contrario para minar su autoestima, algo de lo que ya había tenido suficiente.
Se incorporó lo justo para poder acercar su rostro al suyo, y a pesar de que sentía que aquellos ojos del color del hielo podían leer su alma, no se amilanó.
—Verás, muchacha. Tenemos dos opciones. Mira tu pie.
—Taby obedeció contra su costumbre y contempló su tobillo que había comenzado a hincharse con rapidez—.
Puedes comportarte como una persona civilizada y dejarme que te ayude a regresar a casa, o volver a insultarme, en cuyo caso me marcharé.
No creas que tendré piedad suficiente para mandar a alguien en tu busca, tendrás que salvar tu propio trasero, y la distancia hasta el rancho Hunter no es poca.
Estaban muy cerca por lo que no se le escapó que sus ojos se entrecerraron ligeramente y sus labios se apretaron al entender que él sabía quién era ella.
Él deseó deslizar el dedo por su boca y liberarla de esa presión, y descubrir si su sonrisa era tan bonita como prometía.
Dejó escapar el aire con fuerza y se alejó un poco, la proximidad de aquella mujer lo desconcertaba.
—Un Brannigan hablando de ser civilizado. —Taby masticó las palabras con rabia, pero se abstuvo de volver a escupir e insultar. Sabía que estaba en inferioridad de condiciones y si algo había aprendido en esta vida era a replegarse cuando eso ocurría.
Timothee supo que eso era lo más cercano a un sí que obtendría de ella, y se puso de pie de un salto. Se limpió el polvo de las manos y se colocó tras ella para ayudarla a levantarse.
Taby hizo acopio de toda su contención para no gritarle y sobre todo para no aullar de dolor cuando él la ayudó a levantarse y apoyó el pie en el suelo.
Cuando probó a avanzar, el dolor era demasiado punzante; tenía que tragarse el orgullo y aceptar su ayuda, la opción de que su padre saliese a buscarla cuando se percataran de su ausencia horas después no era demasiado alentadora, especialmente cuando le esperaría un nuevo sermón sobre su comportamiento.
—¿Crees que puedes subir al caballo?
La voz de Timothee Brannigan cerca de su oído desencadenó una reacción en toda su piel, algo que nunca había sentido.
Deseó dejarse caer hacia atrás y dejarse acunar por él, permitir que esas manos que ahora la sujetaban con firmeza a la altura de las axilas se deslizaran por su cintura.
Nunca había necesitado un abrazo, o al menos no recordaba haberlo hecho con tanta urgencia.
Era vergonzoso, impropio de su carácter independiente.
Y para colmo ese hombre era desagradecido, deshonesto y ruin.
Un Brannigan en toda regla. Quiso distanciarse de él, pero intuyendo su gesto, la mano de Timothee la presionó en el abdomen para evitar que se cayese, obligándola a mantenerse en su lugar.
—¿Cómo te llamas?
—No necesitas saberlo porque nunca tendrás que pronunciarlo. No está escrito que tengas que hablarme ni… tocarme. Espero, de todo corazón, que nuestros caminos no vuelvan a encontrarse.
La breve carcajada de él agito las hebras de su pelo oscuro y ella cerró los ojos para controlar la oleada de sensaciones dispares que la embargaban.
Por primera vez en mucho tiempo la furia y la confusión habían dado paso a un sentimiento mucho más indigno, la vulnerabilidad.
No podía permitirle que la hiciese sentirse así, y aquello suponía un nuevo motivo que sumar a la lista de defectos que hacían que odiar a los Brannigan fuese sencillo.
—Lo mismo digo —respondió él al aire, en un susurro.