Capítulo 3
T im cruzó el umbral del rancho Brannigan con pasos largos y firmes, que resonaron en una casa vacía que ahora solo sonaba a soledad. El polvo del camino aún le escocía en los ojos, pero no tanto como su orgullo herido.
Entró en el despacho y antes incluso de abrir las ventanas se dirigió directamente al aparador de caoba situado en una de las esquinas.
Sus dedos dudaron antes de rozar el cristal tallado de la botella de whisky.
Odiaba ese olor del licor que tanto le recordaba la tiranía de su padre.
Pero hoy, tras ver aquel cuchillo vibrar en el poste a escasos centímetros de su atacante, necesitaba sentir el fuego en la garganta para quemar la mortificación, y acabó echando una generosa cantidad en un vaso.
—No es ni media tarde, Tim. Tu padre solía esperar a que se pusiera el sol, al menos cuando había alguien delante.
Se giró de golpe y encontró a Reynolds, el capataz del rancho, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—No hay nadie en esta maldita casa que pueda juzgarme —masculló antes de tragar el líquido de un trago, sintiendo cómo le arañaba las entrañas a su paso—. De hecho tú no deberías estar aquí. No soy un niño para que me vigiles —espetó, dejando el vaso con demasiada fuerza sobre la mesa.
—¿Vigilarte? Sabes que solo intento que este barco no termine de hundirse. —Reynolds acortó la distancia que le separaba de la mesa y con un gesto brusco le quitó la botella para devolverla a su lugar—. Si no quieres que te vigile, compórtate como un hombre.
—Tengo veinticinco años y cargo con más deudas, tierras manchadas de sangre y problemas de los que tú verás en toda tu vida. Déjame en paz.
Reynolds se detuvo en el centro de la habitación y observó al hombre que tenía delante.
Ya no era el muchacho con los dedos manchados de tinta que prefería los libros de contabilidad a los caballos y los rifles.
El trabajo físico en el rancho, ese intento desesperado de Tim por reparar lo irreparable a base de sudor y lágrimas, le había ensanchado los hombros y enturbiado la mirada.
Su cuerpo era ahora puro nervio y músculo, pero lo que más le impactaba era su rostro, que se estaba volviendo de piedra.
El ceño fruncido parecía haber echado raíces sobre sus ojos.
—Te estás embruteciendo, muchacho —opinó Reynolds con una nota de tristeza—. Soy mayor que tú y he visto a muchos hombres transformarse en sombras, todas iguales entre sí. Y abusar de la botella es el primer paso para conseguirlo.
—He visto a una joven india en el pueblo —soltó Tim de golpe, cambiando de tema.
Caminó hacia la ventana para abrirla y dejar que el aire caliente entrara en la habitación viciada, evitando la mirada del capataz.
Sabía que tenía razón, pero no quería pensar en ello más de lo necesario.
La vida cambiaba a todo el mundo y él no iba a ser una excepción—.
Creo que es mestiza, tenía los ojos claros. ¿Sabes algo de ella?
Se hizo un silencio espeso mientras Reynolds se frotaba la barba endurecida que cubría su mentón.
Tim apretó los puños sin querer admitir que era hermosa; eso sería reconocer que la mujer que acababa de salvarle la vida y dejarlo como un inútil frente a los chicos del pueblo no le resultaba en absoluto indiferente. Lo cual sería una nueva debilidad.
—He oído algo, sí.
—Pues cuéntamelo —exigió sentándose en el sillón que había pertenecido a su padre con insolencia.
Reynolds guardó silencio unos segundos, incómodo por la actitud del muchacho, siendo más consciente que nunca de que Timothee era un Brannigan de la cabeza a los pies después de todo.
—Debe de ser la hija de Rod Hunter —admitió finalmente—.
No baja mucho al pueblo. Dicen que es solitaria, que Rod no puede manejarla.
Se ha escapado un par de veces para volver con los comanches.
Cuentan que es un poco rara; no sé si todo lo que dicen es cierto.
Seguro que encuentras alguna chica más dócil con la que entretenerte.
El tono jocoso del capataz se congeló al sentir los ojos azules de Tim sobre él, fulminándolo.
—Hace cinco años, en la incursión al rancho de los Hunter.
.. —continuó Tim, con la voz convertida en un susurro ahogado por un dolor que se negaba a desaparecer—.
Yo creía que iba a morir. Alguien me salvó cuando aquel edificio en llamas estaba a punto de aplastarme.
Tú también estabas allí. Me convencisteis de que fue una alucinación, que fue producto de la fiebre, que no había ninguna chica como la que describí, pero vi sus ojos.
Es ella. Apuesto a que tú lo sabías, y es probable que mi familia también.
Reynolds se quitó el sombrero de ala ancha, revelando su calvicie curtida por el sol, y se rascó con parsimonia.
Exhaló un suspiro largo sin saber por qué aquello le importaba tanto.
Estaba vivo, eso era lo único que debería contar.
De nada le habría servido saber que ella existió de verdad, solo era una chica que no estaba a su alcance por culpa del rencor existente entre sus familias.
—En ese momento yo no sabía que Hunter tenía una hija.
Me enteré mucho después, pero no vi importante decírtelo.
¿Qué pensabas hacer? Dirigirte al rancho y decirle: señorita Hunter, vengo a darle las gracias por haberme salvado el pellejo la noche que vine hasta aquí para arrasar sus tierras y quemar su casa.
Timothee golpeó la mesa con fuerza para cortar la carcajada que hacía temblar el pecho de Reynolds, fascinado por su propia ocurrencia.
No tenía ninguna gracia, y si no fuera porque lo consideraba una buena persona, lo habría echado a patadas de allí.
Por eso, y porque no tenía a nadie más en ese momento.
—Me salvó la vida esa noche y hoy ha espantado a unos tipos que me estaban molestando —gruñó Tim, acariciándose la pierna maltrecha, secuela de aquella noche maldita, en un acto instintivo—.
Debería estar agradecido, pero me siento como un maldito estúpido.
Me hace sentir débil, Reynolds. Como si necesitara que una mujer me vigile y me cubra las espaldas. Es humillante.
—Me gustaría decirte que no es así, pero que me aspen. Si a mí me hubiese salvado de una paliza me sentiría igual que tú, muchacho —admitió con una carcajada.
—¿A qué has venido? —lo cortó Tim—. ¿Está todo bien fuera? ¿El ganado? ¿Los nuevos hombres están trabajando, o perdiendo el tiempo igual que tú?
Reynolds titubeó y perdió la actitud socarrona de un plumazo. Sus dedos agrietados y tostados por el sol jugaron con el ala del sombrero y su mirada esquivó la de Tim por un instante, algo inusual en él.
—Está todo bien, pero… uno de los nuevos jornaleros de paso me ha dicho algo que parece cuadrar con lo que ya sabemos. Dice que vio a Thatch después de marcharse de aquí. Por lo visto vendió el ganado en Abilene y dijo algo sobre instalarse cerca de uno de los asentamientos del norte.
Tim se tensó de inmediato y la humillación sufrida por la aparición de la hija de los Hunter desapareció al instante, reemplazada por un frío gélido que le recorrió la espalda.
Thatch. El ojo derecho de su padre, la mano ejecutora de cada uno de sus planes y el más traicionero de todos los Brannigan.
Nunca habían tenido una relación demasiado fraternal, Tim era demasiado débil a ojos de su hermano para considerarlo un igual.
Solo era un peón en el tablero de ajedrez en el que jugaban, una pieza útil aunque fácilmente prescindible.
Tras el fallecimiento de su padre Thatch se había convertido en alguien impredecible y peligroso.
A pesar de que solo Reeve y el propio Tim sabían que su muerte no había sido un accidente.
Había tenido que hacerlo para salvar a su hermano y a su cuñada.
La imagen lo torturaba por las noches, sobre todo porque apretar el gatillo no le había resultado tan difícil como habría cabido esperar.
Silas Brannigan no tenía escrúpulos, no era ningún secreto.
Su hijo menor siempre había albergado la esperanza de ser diferente, quizá por eso había iniciado aquella cruzada para lavar la imagen ligada a su apellido, a pesar de que nadie parecía agradecerlo.
Hacía dos años que Thatch había iniciado el viaje hacia Avilene acompañado de sus hombres más cercanos, para vender el ganado.
Tim no había puesto ningún impedimento; de hecho, que su hermano se alejase de Sabine Cross suponía un alivio para ambos, ya que la situación entre ellos se había vuelto tan tensa que resultaba insostenible.
Había acallado sus sospechas, e ignorado todas las señales que le indicaban que algo extraño ocurría.
Tras varios meses esperando la vuelta de Thatch fue obvio para todos que eso no iba a ocurrir.
No es que le sorprendiera. Tanto era así que cuando Reynolds le confirmó que el ganado había sido vendido en la fecha esperada, no necesitaron añadir nada más.
Thatch se había marchado con el dinero a empezar una nueva vida, dejando a Tim con las deudas tanto morales como económicas.
—¿Quieres que hable con el sheriff o que mande a algunos hombres a buscarlo?
Tim se recostó en el asiento, sintiendo al fin el agradable sopor del licor en sus venas, y sopesó su respuesta unos segundos.
—No —dijo al fin—. A veces no es necesaria la mano del hombre. Quizá la vida le aplique la justicia que merece.
No se giró a ver cómo Reynolds se marchaba, con la vista fija en las cortinas que ondulaban levemente con la brisa. Se preguntó en qué momento esa misma certeza le alcanzaría, haciéndole pagar por la sangre que manchaba sus manos.