Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

T aby terminó de pasar el cepillo por el lomo de Juno, su robusto mustang, un regalo de su familia comanche. El aire dentro del establo era una mezcla reconfortante de alfalfa seca, cuero y de la calidez que emanaba de los caballos, algo que siempre le devolvía la calma.

Dejó el cepillo en el banco de madera, y continuó acariciando la frente del animal.

Levantó la vista hacia la habitación del altillo con un pellizco de nostalgia.

Allí arriba, en el cuarto que su padre le construyó, aún almacenaba sus libros preferidos, algunas piedras de forma curiosa, plumas y una colección de collares de abalorios tejidos por ella misma y que no se atrevía a mostrar a nadie.

Era su refugio personal a medio camino entre los dos mundos a los que pertenecía, y en los que no terminaba de encajar del todo.

Al salir al exterior, la luz cegadora del sol de mediodía la obligó a entrecerrar los ojos.

El calor y el viento ya empezaban a levantar el polvo en la tierra rojiza.

Buck, el perro que debería guardar con celo el rancho, y que ya no se molestaba siquiera en ladrar, dio un par de golpes con la cola contra el suelo cuando ella se acercó, demostrando su alegría.

Aunque se mantenía fuerte, la edad le había vuelto más tranquilo y solo se levantaba cuando creía que el esfuerzo merecía realmente la pena.

—Toma, viejo perezoso —susurró ella, sacando un trozo de cecina de su bolsillo.

El perro devoró el premio con entusiasmo renovado y, tras aceptar unos cuantos mimos en la barriga que lo hicieron gruñir de placer, volvió a quedar sumido en ese sopor en el que pasaba la mayor parte del día.

Cerca de la casa principal, las sábanas blancas ondeaban como banderas al viento.

Trudy, su madrastra, caminaba con paso lento tendiendo la colada, y llevándose la mano a la parte baja de la espalda de cuando en cuando, como si así el peso de su prominente barriguita fuese más llevadero.

Su cabello rubio, escapando de un moño mal hecho, brillaba como el trigo bajo el sol.

—Déjame eso, Trudy. Sabes que, si papá te ve, me echará un sermón por dejarte trabajar más de la cuenta —la amonestó Taby con una sonrisa, quitándole la prenda que la mujer acababa de coger del cesto de mimbre.

—Tu padre se preocupa demasiado —rio Trudy, secándose el sudor de la frente con el antebrazo, disimulando el cansancio—. Dice que este niño nacerá antes de tiempo si sigo moviéndome tanto.

Taby comenzó a colgar las prendas húmedas con movimientos ágiles y asintió dándole la razón.

—¿Y mi hermano? Es raro que no esté colgado de tus faldas reclamando atención.

—Rod se lo llevó con él a ver los terneros. Ya sabes lo que disfruta Tony con los animales. Tu padre dice que ya es hora de que aprenda lo que significa ser un Hunter.

—Por el amor de Dios, si todavía no ha cumplido cinco años.

Ambas se echaron a reír, aunque las dos disfrutaban al ver el orgullo y la ternura con las que el duro de Rod cuidaba de su hijo.

Se quedaron en silencio un momento, solo roto por el aleteo de la ropa al viento y el sonido del aire agitando los árboles cercanos.

Trudy se detuvo y observó a Taby. Sin decir palabra, tomó la mano de la joven y la guio suavemente hacia la curva de su vientre.

Bajo la palma de Taby, se sintió un movimiento bien definido del bebé que pronto llegaría al mundo.

Ella volvió a reír, con los ojos brillantes.

—Me gustaría tener una hermana. Ojalá sea niña —admitió.

Trudy le tendió una pinza cuando ella procedió a colocar una nueva prenda sobre la cuerda.

Taby no la trataba como a una madre, la diferencia de edad entre ellas no era tanta como para eso, pero a sus dieciocho años había encontrado un consuelo enorme en ella, que se había convertido en su amiga más fiel. La única, en realidad.

—Me tienes a mí. —Trudy la miró calibrando unos segundos cómo debía afrontar el tema que le preocupaba, consciente de que Taby cada vez se mostraba más reacia a hablar de sus intimidades.

Se sentía impotente al ver que su relación con Rod se estaba resquebrajando y que la brecha entre padre e hija cada vez era más profunda—.

Tu padre me ha dicho que habéis discutido cuando volvíais del pueblo.

Taby se tensó visiblemente y sacudió con fuerza un paño antes de proceder a tenderlo. Durante unos segundos, Trudy esperó que contestase, pero no lo hizo.

—¿Qué ha pasado? Estoy segura de que no ha sido tan grave. Pero ya sabes cómo es, quiere protegerte a toda costa y…

—No, no es así —contestó airada sin poder contenerse—. Se avergüenza de mí…

—Taby…

—No. Me llamo Muatabe. Pero ni siquiera tú eres capaz de pronunciar mi nombre. Esto es lo que soy. Una chica de sangre india a la que todos miran por encima del hombro. No voy a disfrazarme de blanca para que os incomode menos mirarme.

—No estás siendo justa. Tu padre no se avergüenza de ti. Pero reconocerás que no es muy sensato ir por ahí lanzando cuchillos para intimidar a los vecinos. Y mucho menos para salvar a un Brannigan.

Taby se mordió la cara interna de la mejilla para tragarse una réplica.

Sabía de sobra que sus familias estaban enfrentadas, y que esa gente no era de fiar.

Pero no soportaba las injusticias, y consideraba que la vida de un hombre fuese quien fuese, merecía ser salvada.

A pesar de que, en este caso, lo único que había estado pendiendo de un hilo había sido el orgullo masculino, algo que había quedado maltrecho igualmente al intervenir ella.

Puso la última pinza que tenía en la mano y dejó a Trudy allí plantada. Se fue en busca de su caballo, ensilló con rapidez y salió a todo galope en dirección al río, el único lugar donde encontraba algo de paz.

Cabalgó hasta que el sonido de los cascos golpeando la tierra seca fue reemplazado por el murmullo del río Rojo.

Taby se detuvo en una zona de sombra donde los sauces acariciaban la superficie del río, desmontó y se quitó las botas.

Suspiró al sentir el suelo fresco y húmedo bajo sus pies y se sentó en la orilla, cruzando las piernas.

Cerró los ojos y buscó esa conexión con lo invisible que los comanches valoraban por encima de cualquier cosa material, buscando una solución a aquello que le inquietaba.

En ese vacío oscuro tras sus párpados, el ruido del mundo se desvaneció, dejando solo el latido de su propio corazón, que ahora marcaba el ritmo de un tambor lejano.

Esperaba una señal, un rastro de esa fuerza ancestral que guiaba a los guerreros y sanaba las heridas, sabiendo que en la quietud absoluta los espíritus susurraban.

Eso le decía siempre Águila Gris, su abuelo.

Bufó frustrada al darse cuenta de que los pensamientos más mundanos se cruzaban por su mente impidiéndole concentrarse en lo importante, negándole las respuestas que necesitaba.

Una distracción más potente que las demás se abrió paso.

Los ojos azules del chico de los Brannigan la asaltaron de repente y dio un respingo.

Lo había observado muchas veces a escondidas, siempre con ese gesto de concentración que le hacía fruncir el ceño.

Él nunca se había percatado de su existencia, en parte porque la lección de pasar desapercibida la había aprendido bien, y en parte porque siempre parecía que su cabeza tenía demasiadas cosas en las que pensar.

Sin embargo, nunca había visto mirar a nadie con la expresión de desagrado que le había dedicado esa mañana a ella.

No debería extrañarle, la sangre que corría por sus venas estaba cargada de mezquindad.

Bufó frustrada al no poder concentrarse.

Quizá su parte blanca le impedía hacerlo.

Sacó una pequeña bolsa de cuero que colgaba de su cuello y rebuscó en su interior hasta dar con un pequeño chisquero. Tras buscar unas cuantas hierbas, prendió una pequeña hoguera y dejó que el humo la envolviera. Aspiró esperando que le trajese las palabras de los espíritus que habitaban el aire.

—¿Quién soy en este viaje? —susurró al viento que acariciaba las ramas de los árboles—. ¿A dónde debo ir? ¿Dónde está mi destino?

En sus visitas al poblado de su madre había aprendido que el viento era un mensajero, pero ella nunca había sido capaz de captar ni una sola señal clara, ni siquiera sabía interpretar los pocos sueños que recordaba al despertar.

Sacudió la cabeza y se puso de pie, cansada de perder el tiempo.

Malhumorada, lanzó un puñado de arena para apagar el pequeño fuego.

Entonces sintió un leve mareo, puede que por haberse levantado demasiado rápido y tuvo que cerrar los ojos para recuperarse.

Un halcón cruzó por encima de las copas de los árboles, y su grito agudo tuvo un efecto extraño en ella.

La imagen de Timothee de nuevo la asaltó, esta vez fue su mirada asustada clavándose en ella, confusa y llena de dolor presintiendo la muerte.

Un estremecimiento la recorrió por entero.

Las palabras acudieron a su garganta pugnando por salir, aunque no había sido ella quien las había fraguado.

Un susurro violento la asaltó, pero fue incapaz de distinguir su significado.

No era una muchacha temerosa, y sin embargo la sensación de que algo extraño acababa de suceder la hizo correr hacia su caballo con el pulso latiendo desbocado.

No sabía qué había ocurrido, aunque una pequeña chispa había prendido en su interior y todavía no se sentía preparada para dominarla.