Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

En ese momento una bota se cruzó en su camino, y sin tiempo para esquivarla, trastabilló hacia delante, a punto de caer de bruces.

Se incorporó azorado al escuchar carcajadas a su espalda y al volverse para ver quién le había puesto la zancadilla, se encontró con las miradas socarronas de varios chicos del pueblo.

Los conocía de vista, en un lugar como aquel era imposible no conocerse, pero apenas había intercambiado varias palabras con ellos.

No le gustaban los conflictos, y no era lo bastante idiota para enzarzarse en uno de ellos cuando eran tres contra uno.

Esa era la especialidad de su hermano Reeve, no la suya.

Se dio la vuelta para dirigirse hacia el poste donde le aguardaba su caballo con la intención de marcharse de allí, pero no pensaban ponérselo fácil.

—Así que es Ti- ti- ti... Timothee. El más cobarde de todos los Brannigan.

—El chico, un fanfarrón llamado Paul, imitó el movimiento de una gallina agitando los brazos, con la intención de ridiculizarle.

Durante su niñez, la timidez de Tim le había hecho tartamudear durante algún tiempo, aunque ya lo había superado—.

Si tuvieras vergüenza no saldrías de tus tierras, si es que pueden llamarse así.

Paul escupió en el suelo, tan cerca de la punta polvorienta de las botas de Tim que fue un milagro que no le diera de lleno. Las carcajadas sonaron de nuevo como un coro estridente a su alrededor y Tim apretó los puños para contener las ganas de hundirlos en la cara del tipo.

—Basura, eso es lo que es —apuntó el más alto de todos, que lo observaba apoyado en el porche de la tienda con desfachatez.

Timothee apretó la mandíbula y durante unos segundos interminables sintió la sangre burbujeando en sus venas y latiendo en sus sienes con fuerza.

El calor se acumulaba en su estómago mientras sus nervios se ponían en tensión.

Solo un ápice de contención, tan frágil como el cristal, impedía que diera rienda suelta a la ira que lo atravesaba en oleadas.

No importaba que estuviera haciendo las cosas bien, que hubiese renegado de su herencia para hacer justicia.

Para los demás, al menos para la mayoría, no era mucho mejor de lo que fue su padre.

Era un Brannigan, y eso lo resumía todo.

—No eres más que un reflejo de tu viejo, Brannigan —escupió uno de los jóvenes, un tipo llamado Miles, que mascaba tabaco sin importarle que un hilillo de saliva oscura resbalase por la comisura de su boca—. El que nace ladrón, muere ladrón.

—Y ya sabes lo que dicen —terció el otro, con una sonrisa de medio lado—. Robar a un ladrón tiene cien años de perdón.

Tim inhaló profundamente, y sintió que el chaleco le apretaba demasiado el pecho.

El pulso le martilleaba en la garganta, una cadencia salvaje que le pedía a gritos que estallara.

Pero no podía. Si golpeaba primero, solo confirmaría los prejuicios que este pueblo alimentaba como a una bestia hambrienta, y se garantizaría además una buena tunda.

Él nunca había sido alguien agresivo, y no permitiría que aquella realidad lo corrompiera.

—Apartaos —ordenó Tim, con una voz que sonó insegura, casi acongojada por culpa de todas las emociones que no había sabido controlar del todo.

—¿Qué nos vas a hacer si no? —Miles caminó con paso arrogante hacia el semental de Tim—. Me parece que este animal es demasiado bueno para un Brannigan. Digamos que es una forma de equilibrar la balanza por lo que tu familia le debe a esta tierra.

Timothee no se detuvo. Su mano buscó con premura las riendas de Sombra , pero antes de alcanzarlas, lo sujetaron por la espalda. El tirón fue brusco, enviando un pinchazo de dolor a su pierna maltrecha, esa que siempre le recordaba su fragilidad.

—Hasta un asno sería demasiado bueno para él —gruñó el tercer chico, acercándose al poste con una mano demasiado cerca de su revolver.

Timothee quiso pronunciar una amenaza lo bastante dura para hacerlos cambiar de opinión, tal y como había visto hacer mil veces a su padre y a Thatch, su hermano mayor.

Pero él no era como ellos, le faltaba cinismo y le sobraba sensatez.

El aire surgió de su garganta como un rugido contenido, una vibración que advertía del peligro, y que no fue demasiado eficaz, para su desgracia.

Forcejeó con furia, pero su leve cojera le restaba el punto de apoyo necesario.

La humillación, agria y caliente, empezó a subirle por la garganta.

Estaba intentando pagar unas deudas que no eran suyas, limpiando una mancha que parecía eterna con el fin de equilibrar la balanza de un Dios que no parecía escucharlo nunca; y allí estaba, reducido a un guiñapo que podían manejar y lanzar de aquí para allá.

Paul soltó una carcajada y se giró para desatar el caballo y llevárselo de una vez.

En ese momento un destello plateado cruzó el espacio con una precisión sobrenatural.

Un cuchillo se hundió en la madera del poste, a escasos milímetros de los dedos del joven, que dio un salto para esquivarlo.

El aire se volvió espeso, como si el calor hubiese derretido las agujas del reloj y todo se hubiese detenido unos segundos.

Timothee giró la cabeza, con el corazón golpeándole el pecho como un animal enjaulado, intentando entender qué estaba ocurriendo. Allí, a unos metros, recortada contra el sol de medio día, la dueña del cuchillo los observaba impasible con el pelo ondeando por la brisa.

No era la imagen de una joven al uso, ni siquiera de las más endurecidas por la vida.

La chica que tenían delante no era como las demás.

Vestía una túnica de piel suave propia de las tribus comanches, y su cabello, negro y rebelde, caía sobre sus hombros como una cascada oscura que intentaba ocultar parte de su rostro.

Todos estaban impactados, pero lo que sentía Tim era muy distinto y mucho más profundo.

Los ojos de aquella mestiza acababan de desestabilizar el ya maltrecho equilibrio del mundo de Timothee.

Unos ojos del color del hielo, que sin embargo no tenían nada de fríos, sino todo lo contrario.

Ya los había visto antes, estaba seguro.

De repente, el suelo bajo sus botas pareció desaparecer.

Los recuerdos, esos que la fiebre y el tiempo habían intentado sepultar, emergieron con la fuerza de un tornado.

El olor a humo, el crujir de las maderas de un granero que estaba a punto de caer sobre su cabeza y, por encima de todo, el dolor insoportable de su pierna.

Había llegado a pensar que la figura que lo arrastró fuera de aquel infierno era un ángel nacido de sus delirios, una alucinación con ojos de hielo que había surgido de su imaginación.

Y, sin embargo, aunque su cabeza le había dicho siempre que era imposible, allí estaba, materializada ante sus ojos.

—Largaos —musitó Taby, con la voz tan cortante como el filo del cuchillo que seguía vibrando en el poste de madera.

Aprovechando que el asombro había hecho que esos matones aflojasen las manos, Tim se deshizo de su agarre con un movimiento brusco.

No perdió un segundo, en un intento desesperado de resarcirse ante la humillación que estaba sufriendo.

Se lanzó hacia Paul y, antes de que el otro pudiera reaccionar, le asestó un puñetazo que lo mandó directo al polvo.

—¡Qué está pasando aquí! —La voz autoritaria del sheriff restalló como un látigo mientras doblaba la esquina del edificio, alertado por las voces y los vítores de los presentes.

Tim, con la respiración entrecortada y los nudillos doloridos, buscó a la dueña del puñal entre el grupo de personas que se habían arremolinado para disfrutar del espectáculo que siempre suponía una buena trifulca.

Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, no hubo gratitud en su mirada.

Al contrario, el reproche estaba escrito en cada línea de su rostro ceñudo.

La chica se quedó allí, observándolo con una especie de desafío y una extraña comprensión que a él le resultó insoportable.

La miró con rencor, un rencor dirigido más hacia su propia debilidad que hacia ella.

Le dolía la pierna, le pesaba el apellido y no podía perdonarle que no le hubiese dado tiempo a defenderse por sí mismo.

Ella lo había ayudado, siendo un tanto dramático, lo había salvado de un robo que nadie sabía cómo hubiese acabado.

Pero al hacerlo, lo había dejado en evidencia delante de todos.

Tim Brannigan, el hombre que no podía defenderse solo y que necesitaba que una muchacha lanzara cuchillos para librarlo de la vergüenza.

Para un tejano con una pizca de orgullo, aquello era una deuda que preferiría no haber contraído jamás.

Mientras todos intentaban explicar y justificar lo que estaba ocurriendo, la joven aprovechó para escabullirse, arrepentida por haber llamado la atención, algo que odiaba.

Moviéndose con la agilidad de un gato, se perdió antes de que cualquiera de los presentes recordase que ella había estado allí. Todos, excepto Tim.

Timothee desató a su caballo, subió a la silla con más agilidad de la que cualquiera habría esperado a pesar de la cojera que lo torturaba, y espoleó a su montura, dejando atrás el polvo y el misterio que esa muchacha suponía.