Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

T imothee Brannigan siempre había presumido de tener un sueño excelente.

Sin embargo, desde hacía tres años el silencio que se había adueñado de la mansión de los Brannigan le resultaba mucho más molesto que un centenar de reses corriendo por los pasillos.

Hasta el sonido de una mosca a una milla de distancia tenía el poder de desvelarlo.

Supuso que ese era el precio de hacerse mayor, porque, aunque solo tuviese veinticinco años, se sentía como un anciano.

Todo se debía al peso de su conciencia, no se engañaba.

Dio un respingo en la cama cuando uno de los muebles de su habitación crujió.

Le habría gustado tener la suficiente fe para poder rezar algo que le reconfortara, pero lo suyo eran los números, no las plegarias.

Observó la cortina de lino blanco que ondeaba mecida por la brisa que entraba por la ventana, insuficiente para aliviar el calor que hacía que el sudor empapara su espalda y sus sienes.

Cuando se cansó de dar vueltas en la cama se puso unos pantalones y bajó hacia el despacho de su padre.

Si tuviera escrúpulos no se atrevería a entrar allí.

Pero había aprendido que ese no era el fuerte de su familia, y al fin y al cabo, por sus venas corría la misma sangre que por las de los demás.

Sus pies descalzos agradecieron el frío del suelo.

Debería haberse puesto algo más decoroso, pero apenas quedaba servicio en la gran casa de los Brannigan.

Tras encender una vela, abrió la caja fuerte con movimientos mecánicos sin necesidad de pensar en la contraseña que usaba cada día.

No se molestó en contar el dinero que había, sabía que apenas podría mantener la casa unos meses más con aquello.

Era el ocaso de la familia Brannigan, que se había precipitado con más rapidez de la que cualquiera habría previsto.

Sacó el tomo de papeles, que había disminuido en los últimos meses considerablemente, y los extendió en la mesa frente a él.

Todavía quedaban escrituras que revisar y ganaderos con los que negociar.

Estaba siendo más difícil de lo que había previsto.

A pesar de sus nobles intenciones, muchos desconfiaban de la buena voluntad de un Brannigan.

Después del fallecimiento de su padre, él y su hermano Reeve habían estado de acuerdo en que la única forma de redimir de alguna manera el daño que se había causado durante décadas era devolver las tierras que su padre había conseguido mediante extorsión y coacciones, y no estaba resultando fácil.

Muchos de los ganaderos se habían marchado y era imposible localizarlos, y otros intentaban aprovecharse llevados por un afán de venganza, que no se veía con capacidad de juzgar.

Abrió la ventana de par en par dejando que el aire de la habitación se renovara y ocupó el asiento que durante tantos años perteneció a su padre, y su abuelo antes que él.

Cogió un papel al azar y lo desdobló acercándose a la lámpara para leerlo.

La familia Pratter. Intentó hacer memoria, pero solo era un niño cuando su padre adquirió sus tierras.

Una parcela de forma irregular situada junto al río, que le permitía acceder a la plataforma que lo cruzaba de manera mucho más rápida.

El precio era irrisorio y la escritura de venta ni siquiera estaba firmada por el vendedor, solo había una cruz hecha de manera tosca, que podía pertenecer a cualquiera.

Los engaños eran tan burdos que resultaba evidente que Silas Brannigan y su abogado se habían confiado con el paso del tiempo, y no se habían molestado en cubrir sus propias huellas.

De hecho, había descubierto que algunos documentos habían sido firmados después del fallecimiento de los antiguos propietarios.

Tim no sabía si debía creer en fantasmas, lo que tenía claro era que nadie volvería de la tumba para hacer un mal negocio con un Brannigan.

La vergüenza que le producía sentirse parte de aquel engaño solo era equiparable a la sensación de pérdida que le invadía cuando pensaba en las cenas que se habían celebrado en aquel enorme comedor que llevaba cerrado tres años.

Nunca habían sido una familia modélica, pero ahora que estaba solo echaba en falta aquella felicidad ficticia en la que se había criado.

Abrió el cajón y sacó de él un tomo de papel envuelto con una cinta, con un carácter bien distinto a los legajos legales que tenía entre manos.

Era una cuenta pendiente que no sabía si tenía derecho a investigar.

Deshizo el nudo que los rodeaba y cogió uno de los sobres al azar.

Por instinto se lo acercó a la cara, solo para descubrir que olía a papel viejo y a humedad.

Arrugó la nariz con desagrado y la observó unos instantes.

Las curvas de la caligrafía indicaban que procedían de una mano femenina, pero no pertenecía a su madre de eso estaba seguro.

Extendió el papel con la sensación de estar abriendo algo demasiado íntimo, aunque era consciente de que a estas alturas su contenido no le importaría a nadie.

Acercó un poco más la vela y sus ojos se deslizaron por el papel con rapidez.

«Mi amado Silas, la espera se me está haciendo…»

Resopló con fuerza súbitamente nervioso, con la maldita sensación de que alguien lo observaba y dobló la carta con rapidez, incapaz de seguir leyendo.

Era evidente que la persona que había escrito aquello tenía un grado de confianza con su padre innegable, pero la idea de plantearse que tuviese una amante le resultaba repulsiva hasta en ese momento.

Estuvo a punto de soltar una carcajada amarga al sentirse vigilado por su progenitor incluso desde la tumba y se convenció de que el escalofrío que le había recorrido la espalda se debía a su propia sugestión.

Dejó los papeles esparcidos sobre la mesa y se marchó de vuelta a su habitación, conteniendo las ganas de mirar sobre su hombro a cada paso que daba para comprobar que nadie le seguía.

—¿Quieres que te traiga algo de comer, muchacho?

—Suzie, la dueña de la única tienda de Sabine Cross, apoyó la cadera en la mesa situada en el almacén y que en ese momento hacía las veces de escritorio.

Normalmente se usaba para colocar mercancía, comer a mediodía cuando el calor espantaba a los clientes o incluso para echar una cabezadita si el tiempo lo permitía.

—No, con la limonada es suficiente, gracias. —Timothee Brannigan esbozó una tímida sonrisa y bajó la vista hacia los papeles en los que anotaba una sucesión interminable de números escritos en columnas perfectas.

Tragó saliva y se odió a sí mismo por ello. Suzie era una mujer atractiva, sin duda, con una capacidad de seducir innata. Sus más que generosas curvas, y su mirada lobuna eran una promesa exigente, y no estaba seguro de ser capaz de satisfacer a una mujer tan fiera como esa.

—No sé cómo podré agradecerte tu ayuda, Tim. —Su mirada se paseó por los antebrazos del joven, que se había remangado las mangas de su camisa blanca intentando eludir el calor sofocante de aquel reducido lugar.

—Emmm… soy yo quién está en deuda contigo.

En realidad, Suzie no había hecho por él más de lo que había hecho por cualquiera de los vecinos de aquel pequeño pueblo perdido de la mano de Dios, solo que Tim nunca se había tenido que enfrentar a esa situación antes.

Apuntarle unas cuantas compras cuando Tim se quedó sin efectivo, facilitarle que contactara con uno de los comerciantes que visitaban la zona periódicamente para comprar caballos, y escucharle cuando la amargura no le cabía en el pecho, eso era todo.

Para él, poder vender algunos animales, había sido un balón de oxígeno que le había ayudado a afrontar los últimos tres años, algo que sin contactos ni experiencia no habría logrado por sí solo. Al menos al principio.

Ella se pasó la lengua por los labios, probablemente de manera inconsciente, y él se apuró para terminar las últimas anotaciones.

La contabilidad de un negocio como ese era sencilla si se llevaba cierta rutina y un poco de orden en las cuentas, pero ese no era el fuerte de Suzie, dedicada por entero a trabajar de sol a sol en la tienda.

—Ya está —sentenció poniéndose de pie con tanta rapidez que la silla estuvo a punto de caer hacia atrás.

—Gracias. —Suzie miró el papel y asintió como si entendiera algo de lo que había escrito allí—. Deberías cobrar por tu trabajo. Eres un chico listo. Puede que en el banco necesiten a alguien como tú.

Él asintió mientras recuperaba la chaqueta y el sombrero, y se dirigía hacia la puerta.

—Lo pensaré.

Entornó los ojos cuando la luz del mediodía lo recibió nada más poner un pie en el exterior.

Pensar en emprender el camino de vuelta a casa bajo ese sol implacable le resultó una tortura insufrible y rebuscó en su cabeza cualquier excusa para no hacerlo.

Podía aceptar las insistentes invitaciones del reverendo Curtis, aunque soportar las risitas nerviosas de sus hijas mayores en edad casadera y las insinuaciones constantes de su esposa, desesperada por casarlo con alguna de ellas, le causaban demasiado rechazo.

Con seguridad tomar una cerveza en el saloon haría mucho más llevadera la tarde.

Se dispuso a cruzar la amplia avenida hacia el local sumido en sus pensamientos, sin prestar demasiada atención a la gente que conversaba cerca de la tienda de Suzie.