Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3) Prólogo
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Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3)

Hasta que llegó el amor (Corazones salvajes 3)

Por Noa Alferez

© inepub.com

Prólogo

El aire en la alcoba era tan pesado e inmóvil que se podía cortar con un cuchillo.

El calor se había filtrado por las rendijas de la madera y la ventana entreabierta, estancándose en un abrazo húmedo que hacía que las sábanas se pegaran a la piel como una telaraña.

Muatabe se sentía atrapada y se retorcía intentando liberarse de esa trampa que no llegaba a entender.

En el abismo de su sueño, el cielo no era azul, sino de un color ocre tan asfixiante como el aire que la rodeaba.

Sobre ella, recortada contra un sol deslumbrante, planeaba una silueta familiar y terrible, la de un halcón que en cualquier momento caería sobre ella.

No le tenía miedo. Su familia materna le había enseñado que para los comanches el halcón era el mensajero de los espíritus, el guerrero que volaba entre ambos mundos y trascendía lo humano.

Su presencia en sus sueños no era una casualidad, lo sabía; era una señal.

Simbolizaba el destino que se precipitaría sobre ella como el ave desde el cielo y el cambio inevitable que la aguardaba.

De repente, el ave interrumpió su vuelo como si hubiese sido alcanzada por una flecha invisible, agitando las alas con desesperación.

Sin ser muy consciente de ello, la joven tensó su cuerpo como si se hubiese transformado en ella, fundiendo sus cuerpos y sus alas rotas, a la espera del inminente choque contra el suelo.

Taby se despertó con un grito ahogado arañando su garganta.

Se incorporó con la respiración jadeante, sintiendo que el sudor le bajaba por el cuello y se perdía entre sus pechos.

Se puso de pie con las piernas temblorosas y caminó hacia la jofaina de cerámica que había en su tocador.

El agua no estaba demasiado fría, pero el contacto con su piel le proporcionó el alivio que necesitaba.

Hundió las manos en el cuenco varias veces y se mojó la cara con brío intentando borrar la sensación de vacío que se había asentado en su estómago.

Desabrochó el primer botón de su camisón buscando calmar el incendio que sentía bajo las costillas.

Pero la inquietud no se fue, parecía anclada demasiado dentro de su ser para abandonarla.

Un presentimiento, una vibración en el aire o algo que no permanecía a este mundo, la instó a mirar hacia la ventana.

Afuera, el mundo estaba bañado por la luz espectral y grisácea de una luna creciente.

El paisaje parecía tallado en plata y ceniza, y las sombras vibraban como si fuesen fantasmas.

Taby se quedó sin respiración con la vista clavada en la colina más alta, más allá de los límites de la propiedad, donde una silueta oscura se recortaba contra el cielo nocturno.

Inmóvil como si fuese una estatua de obsidiana, un guerrero indio permanecía sobre su caballo, desafiante y poderoso.

No necesitaba verle los ojos para saber que la estaba mirando, que, aunque fuese imposible podía verla desde allí.

Su destino la estaba llamando con un grito silencioso que retumbaba en los huesos, reclamando una deuda que ella aún no comprendía. No estaba preparada. Todavía no.

Presa del pánico, Taby agarró la cortina y la cerró de un tirón, ocultando la visión a pesar de que sabía que no había ningún lugar donde poder esconderse.

Se refugió de nuevo en la cama, queriendo perderse en la oscuridad, mientras su corazón golpeaba contra su pecho con la fuerza rítmica y salvaje de un tambor de guerra.