Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 22 Hasta que las Highlands nos separen #2
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Capítulo 22 Hasta que las Highlands nos separen #2

Lo que vino después no fue una boda de revista.

No hubo castillo, ni cientos de invitados, ni fotógrafo de lujo, ni el dineral que Lennox había gastado en secreto en la de Claudia.

Hubo una posada de pueblo, cuatro guirnaldas que la abuela había mandado colgar, un reverendo sobrio, el olor a turba de la chimenea, y cincuenta personas apretadas que me querían o que querían a Lennox o que simplemente querían ver a la española casarse con el highlander más grande del condado.

Y fue mil veces más bonita que la de Claudia. Porque la de Claudia fue perfecta, y esta fue verdad. Y no hay presupuesto que compre eso.

Me casé con un vestido prestado que me dejó Claudia, que me estaba un poco largo, con las botas de andar por el barro todavía puestas debajo porque no había tiempo para más y porque, total, ya somos highlanders.

Brodie y mi foto enmarcada hicieron de testigos.

Un gaitero del pueblo tocó a la puerta mientras yo cruzaba el bar hacia Lennox, y esta vez la gaita no me pareció un ruido raro de un país frío, sino la cosa más bonita del mundo, porque era la música de mi casa nueva.

Mi madre me llevó del brazo hasta él. Ella, que no había podido llevar a Claudia por el tobillo, me llevó a mí, cojeando un poquito todavía, muy despacio, muy digna, con la cabeza alta y los ojos empapados, entre dos filas de escoceses que ni conocía y que la miraban como se mira a una madre que cruza medio continente para entregar a su hija.

Cuando me dejó al lado de Lennox, me dio un beso en la mejilla y le dijo a él, en su inglés de andar por casa que se había pasado el vuelo practicando:

—Cuídala. Es lo mejor que he hecho. Y ya sabes: si la haces llorar, vengo. Y el tobillo ya lo tengo bien.

Lennox, muy serio, le contestó en su español de suegra:

—Sí, señora. No la voy a hacer llorar. Y si lloro yo, ¿usted qué?

Y mi madre se rió, y le dio una palmada en el brazo, y ya lo quiso para siempre.

Angus nos casó despacio, en su inglés antiguo.

Fue una boda de traducciones a media voz, de gente que no se entendía del todo pero que se emocionaba igual, que es como se emociona la gente de verdad, sin necesitar los subtítulos.

Y cuando llegó el momento de los votos, Lennox, que había preparado un discurso larguísimo —lo llevaba escrito en una tarjeta que le temblaba en la mano—, se atascó a la segunda frase, se puso rojo, se guardó la tarjeta en el bolsillo del kilt y me miró:

—La otra vez no me acuerdo de lo que dije —empezó Lennox, y se le movió una sonrisa nerviosa en la boca—. Probablemente alguna estupidez en gaélico que Angus fingió entender. Así que esta vez voy a decirlo sobrio. Que ya es una mejora.

Hubo alguna risa baja en el bar.

Lennox me miró, y entonces se le fue la broma de la cara.

—Naroa, yo llevaba años viviendo con una gran desconfianza detrás, por si tenía que salir corriendo antes de que alguien me hiciera daño. Y luego llegaste tú, con un vestido imposible, tres champanes encima y la mala idea de levantarme el kilt delante de mi abuela…

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Te prometo que no voy a esconderme más.

Ni detrás de un apellido, ni de un papel, ni del miedo.

Te prometo decirte la verdad incluso cuando me dé vergüenza.

Sobre todo cuando me dé vergüenza. Te prometo ser casa, no jaula.

Ser brazos abiertos, no puerta cerrada. Y si algún día tienes miedo y necesitas correr, correré contigo hasta que se te pase.

Pero no voy a dejar que creas que tienes que irte para estar a salvo.

Respiró hondo. Le tembló un poco la voz.

—Contigo, hasta el mal tiempo me parece un buen plan.

Así que me quedo. En la lluvia, en Sevilla a cuarenta grados, en una cama que suena, en una terraza con bollos de canela derretidos o donde tú me dejes estar.

Me quedo contigo, Naroa. Hasta que las Highlands nos separen.

Y como las Highlands no separan a nadie que se quiera de verdad… vas a tener que aguantarme muchísimo.

No se oyó ni una mosca en el bar. Y luego, la mitad llorando.

Brodie, detrás de la barra, se secó los ojos con el delantal y disimuló sirviéndose un whisky.

Yo me había preparado unas palabras dignas. Preciosas. Adultas. Incluso había ensayado no llorar, que ya era optimismo, pero se me olvidó todo.

—Uff —dije, pasándome los dedos por debajo de los ojos—. A ver cómo compito yo ahora con eso, escocés.

Lennox soltó una risa pequeña, rota. Y Yo también me reí, aunque me temblaba la barbilla.

—La otra vez me casé contigo porque estaba borracha, porque tenías unas piernas indecentes y porque tu hermano me caía fatal. Esta vez me caso contigo porque, incluso cuando me fui, seguías siendo el sitio al que quería volver.

Él tragó saliva.

—Me das miedo, Lennox. Todavía. No porque no confíe en ti, sino porque contigo ya sé lo que puedo perder. Pero también sé lo que gano si me quedo. Y por una vez en mi vida, voy a quedarme.

Le cogí las manos.

—Te prometo no salir corriendo sin mirar atrás.

Te prometo decirte cuándo me asuste. Te prometo discutir contigo, reírme de ti, robarte el edredón y recordarte todos los días que un kilt sigue siendo una falda, por mucha tradición que tenga.

Y te prometo quererte entero: con tus islas, tus silencios, tu mal tiempo, tus cartas, tus miedos y esa manía tuya de ser enorme hasta para pedir perdón.

Sonreí entre lágrimas.

—Eres el primer sitio al que quiero volver. Y ya no tengo intención de irme a ninguna parte. Así que sí, escocés. Me quedo a ver ese mal tiempo contigo. Todos los días que nos queden.

Angus nos declaró marido y mujer —«otra vez, y esta que valga»— y Lennox me besó, y me levantó del suelo, como siempre, delante de nuestras familias y de un pueblo entero de las Highlands que aplaudía y silbaba y lloraba, y yo, por una vez en mi vida, no busqué con los ojos dónde estaba la salida.

Porque ya estaba en casa.