Capítulo 22 Hasta que las Highlands nos separen
Abrí la puerta de la posada de Brodie. Y el mundo entero me cayó encima de golpe.
Porque el bar estaba a reventar. Lleno hasta la bandera.
Y en cuanto crucé el umbral, con el anillo de la abuela todavía bailándome en el dedo y el barro del loch en las botas, todos se giraron a la vez y estalló una ovación que hizo temblar los vasos de la barra.
El pueblo entero estaba allí. Brodie detrás de la barra, radiante, con un delantal limpio para la ocasión.
La abuela Sinclair en su sitio de siempre, con una copa de jerez y una sonrisa de haber sido cómplice de todo.
Catriona, con los ojos ya brillantes. Marcus.
Y Claudia, mi hermana, plantada en primera fila, con una cara de estar a punto de explotar de la emoción y de lo mucho que le había costado callárselo.
Pero yo no los vi a ellos primero. Primero, entre toda aquella gente, vi a mi madre.
Mi madre. En Escocia. De pie, sin muletas, con su vestido bueno y el bolso agarrado con las dos manos, llorando ya antes de que yo la viera, en el país al que había amenazado con venir a partirle la cara a alguien.
Mi madre, que no había podido ir a la boda de Claudia por el maldito tobillo, que se había quedado en Sevilla con la espinita clavada de no ver a ninguna de sus niñas casarse.
Mi madre estaba allí. La habían traído. Estaba allí para verme.
Se me doblaron las rodillas. Solté un ruido que no era una palabra, crucé el bar a trompicones y me eché en sus brazos, y las dos nos pusimos a llorar como dos crías en mitad de la posada, mientras el pueblo entero aplaudía y a mí se me rompía por dentro algo que llevaba roto desde hacía mucho y que no sabía que se podía arreglar.
—Mi niña —me decía ella al oído, meciéndome—. Mi niña se casa. Y esta vez lo veo. Esta vez sí lo veo.
—Mamá, ¿cómo estás aquí? ¿Cómo has…?
—Pregúntale a ese armario tuyo. —Me señaló por encima de mi hombro a Lennox, que estaba en la puerta, mirándonos con una sonrisa que le ocupaba la cara entera—.
Que lleva un mes organizando esto a tus espaldas, llamándome por teléfono con su español de pena, poniéndose de acuerdo conmigo y con tu hermana para traernos a todos sin que te enteraras. A todos, Naroa. Mira bien.
Y miré bien.
Y detrás de mi madre, con una copa en la mano y una sonrisa algo incómoda pero presente, estaba mi padre.
Mi padre, que llevaba divorciado de mi madre desde que yo tenía uso de razón, que había estado en la boda de Claudia y allí había hecho unas migas improbables con un escocés anciano del pueblo.
Y allí estaba otra vez, en Escocia, al lado del mismo escocés anciano, los dos con sus jerséis de lana y sus copas, tan a gusto, retomando una amistad de idiomas imposibles.
Mi padre levantó la copa hacia mí, emocionado a su manera contenida, y el escocés anciano levantó la suya también, solidario, sin tener ni idea de quién era yo, pero encantado de brindar por lo que fuera.
Y allí estaba Manolo, el novio de mi madre, con su bigote ridículo, haciéndose cargo del bolso de ella y de la situación, saludando a mi padre con esa cordialidad andaluza que resuelve en dos frases lo que en otras familias sería un drama de años.
Los dos hombres de mi madre, el de antes y el de ahora, compartiendo mesa en un bar de las Highlands, tan panchos, porque en el fondo la gente buena se apaña.
No faltaba nadie. Ese fue el milagro. No faltaba absolutamente nadie.
Claudia me atrapó en cuanto solté a mi madre, y me abrazó tan fuerte que casi me parte una costilla, riéndose y llorando a la vez.
—¡Un mes! ¡Llevo un mes guardándote este secreto, un mes, yo, que no sé guardar ni un caramelo!
—Me sacudió por los hombros—. ¿Tú sabes lo que ha sido?
Tu escocés me llamaba a escondidas para organizarlo todo, y yo teniendo que hablar contigo por teléfono cada semana haciéndome la tonta, mordiéndome la lengua.
He envejecido diez años. Me debes una muy gorda, Naroa García. Bueno, Naroa Sinclair. Lo que seas ya.
—¿Tú lo sabías? ¿Desde el principio?
—¿Que si lo sabía? Hija, si lo he cosido yo con él.
Los vuelos de mamá, el rollo de papá y su escocés, que hubo que convencer a papá de que viniera y no montara numerito con que iba a estar mamá…
Un máster de logística familiar, te lo digo yo.
—Me guiñó un ojo—. Para que luego digas que no te quiero.
Fui saludando a todos como en una nube. Catriona me cogió la cara con las dos manos y me dijo «bienvenida a la familia, hija, esta vez de verdad», y ya no me molestó nada el nudo de la garganta.
La abuela Sinclair me agarró del brazo, me miró el anillo en el dedo con una satisfacción de general que ha ganado la guerra, y sentenció:
—Lo dije. Lo dije el día de la morcilla.
Que esta chica tenía carácter y que a mi nieto le hacía falta alguien con carácter.
Y nadie me hace caso hasta que tengo razón.
—Levantó su jerez—. Ese anillo lo llevó mi madre, y su madre antes.
Cuídamelo, que ya es tuyo. Y cuídame al bruto de mi nieto, que sin ti se me vuelve a apagar.
Mi padre se acercó por fin, torpe, emocionado a su manera de hombre que no sabe llorar en público, y me dio un abrazo de los suyos, cortos y fuertes, y me presentó con orgullo a su amigo el escocés anciano, que resultó llamarse Hamish y no entendía una palabra de español, igual que mi padre no entendía una de inglés, lo cual no les había impedido hacerse amigos del alma a base de whisky, gestos y buena voluntad.
—Este es Hamish —dijo mi padre, dándole una palmada en la espalda al viejo—.
Un fenómeno. Nos escribimos, ¿sabes? Aunque no nos enteramos de nada.
Pero da igual. La amistad no necesita idioma.
—Me miró, y se le humedecieron los ojos—.
Como lo tuyo con el escocés grande, ¿no?
Que empezasteis sin entenderos y mira. De tal palo.
Y en ese «de tal palo» de mi padre, y en el «de tal palo» que me había dicho mi madre semanas atrás, entendí que aquellos dos, tan divorciados, tan distintos, seguían siendo, cada uno a su manera, mis padres.
Y que los tenía a los dos allí, en un bar de las Highlands, juntos en la misma sala celebrando algo mío, cosa que no había pasado nunca desde que se separaron.
Eso también era un regalo de Lennox. Uno que no había pedido y que no sabía cuánto necesitaba.
Me giré hacia Lennox, que seguía en la puerta, y no me salían las palabras.
—Dijiste que querías organizarla con tiempo y con tu gente —dijo él, acercándose, un poco abochornado por la que había liado—.
Y yo llevaba un mes con el miedo de que dijeras que sí en el loch y luego no.
Así que lo preparé todo por si acaso. Los vuelos, la gente, la posada.
Le dije a Brodie que cerrara hoy al público.
Le pedí a Angus que viniera. Y esta vez —añadió, y le tembló la voz— le pedí que viniera sobrio.
Y ahí, entre la gente, apareció Angus. El reverendo.
El mismo que nos había casado a los dos borrachos como cubas la noche de la boda de Claudia.
Pero esta vez venía recto, con el alzacuello bien puesto, los ojos claros y una biblia bajo el brazo en vez de una botella.
Me hizo una reverencia solemne y me dijo, muy digno:
—Señora Sinclair. La otra vez los casé sin acordarme apenas. Será un honor hacerlo hoy como Dios manda, y recordarlo mañana.
Me eché a reír entre las lágrimas. Porque era perfecto. Era absurdo y era perfecto y era, exactamente, nosotros.
—Un momento —dije, mirándolos a todos, secándome la cara con la manga—. ¿Me estáis diciendo que la boda es ahora? ¿Hoy? ¿Aquí?
—Solo si tú quieres —dijo Lennox, y por una vez el hombre enorme parecía pequeño, expuesto, sin una sola defensa—.
Está todo listo. Tu familia ha venido. El pueblo está aquí.
Pero si prefieres esperar, organizarla tú, hacerla a tu manera, lo desmontamos todo y no pasa nada.
Es tu boda. Esta vez es tuya. Tú decides.
Y ahí estaba otra vez, la diferencia entre el hombre que firmó un papel a mis espaldas y el que tenía ahora delante. El de antes habría decidido por mí. El de ahora me lo ponía todo en las manos y esperaba, sin red, a ver qué decía yo.
Miré el bar. Miré a mi madre, que me miraba sin respirar apenas, con las dos manos juntas como rezando.
Miré a Claudia, a la abuela, a Catriona, a Brodie con su delantal, a mi padre y su escocés, a Manolo, al pueblo entero que me había adoptado.
Miré a Angus con su biblia y su alzacuello.
Y miré a Lennox, con su kilt puesto —porque el muy tramposo se había puesto el kilt para bajar al loch y yo, tonta de mí, no había atado cabos— y todo el corazón por fuera.
Y pensé en la otra boda. En la accidental.
En la que llegué de mala gana, odiando las bodas, huyendo del compromiso, y acabé casada por error, borracha, sin enterarme, con un desconocido enorme.
Y pensé en lo lejos que estaba ahora de aquella Naroa.
En todo lo que había hecho falta para llegar hasta aquí: una boda equivocada, una casa compartida, un apagón, un loch, un blindaje, un mes de cartas, mi madre, el asiento de la ventanilla...
Todo para acabar en el mismo bar donde empezó, pero al revés. Consciente. Elegido. Sin whisky.
—Que sí —dije, y me falló la voz—. Que sí, que la boda es ahora. Que ya he esperado bastante. Pero que quede clara una cosa. —Levanté un dedo, porque una es como es hasta en el altar—. Esta me la voy a recordar entera. Cada minuto.
Y el bar entero rugió.