Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 21 Esta vez sin papeles
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Capítulo 21 Esta vez sin papeles

Me mudé a Escocia en octubre, cuando en Sevilla todavía se iba una en manga corta y allí ya había que sacar el abrigo bueno.

Y esta vez lo hice con los ojos abiertos, con billete de ida sin vuelta marcada, con mis libros en una caja y mi vida entera metida a presión en dos maletas grandes y el miedo de siempre bien guardado en el bolsillo, para sacarlo solo si hacía falta.

No nos fuimos a vivir a casa de mi hermana.

Esa fue mi condición número uno y Lennox la cumplió a rajatabla: alquilamos una casita de piedra a las afueras del pueblo, pequeña, con chimenea, con una cama que no sonaba nada y unas vistas a las colinas que por las mañanas me dejaban tonta con la taza de café en la mano.

Nuestra. Con nuestras cosas. Sin lapas ni edredones repartidos ni fronteras de Berlín.

La frontera la habíamos derribado hacía mucho.

Y la prueba, funcionó.

Funcionó de la manera menos espectacular y más importante que hay: funcionó en lo cotidiano.

En el día a día, que es donde de verdad se ve si dos personas encajan o solo se gustan.

Porque enamorarse es fácil. Lo difícil son las manías del otro.

Los días en que uno viene de mal humor y el otro no tiene la culpa.

Yo, que venía escaldada, me pasé las primeras semanas esperando el fallo, el momento en que aquello se desinflara y resultara que la burbuja de la casa de Claudia había sido solo eso, una burbuja, y que en la vida real no nos aguantábamos. Y el momento no llegó. Al revés.

Descubrí que convivir con Lennox, en la vida real, con facturas y madrugones y días malos, era todavía mejor que en la burbuja.

Que era ordenado hasta la exasperación —tenía las especias por orden alfabético, lo juro— pero recogía sin protestar lo que yo dejaba tirado, que era mucho.

Que discutíamos, porque yo tengo un pronto sevillano y él una cabezonería de highlander, pero discutíamos bien, sin guardar rencor, sin sacar trapos sucios, y hacíamos las paces mejor de lo que discutíamos.

Que se acordaba de cómo me gustaba el café.

Que me dejaba el lado de la cama que da a la ventana porque sabía que me gusta ver amanecer.

Que cuando yo tenía un día malo con la novela y me ponía insoportable, en vez de huir de mí, me traía un té y se sentaba a aguantarme, que tiene mucho más mérito.

Y cumplió su promesa. La de verdad. La única que le pedí.

Un día, a las tres semanas de vivir juntos, lo noté raro, callado, con esa espalda tensa que yo ya conocía de mal agüero.

El corazón me dio un vuelco. Pensé: ya está, otra vez, ya empieza a esconderme algo.

Y estaba yo montándome la película entera cuando él dejó el tenedor en la cena, respiró hondo, y me dijo:

—Naroa, tengo que contarte una cosa y me da vergüenza, pero te prometí que te las contaría.

Me ha escrito Fiona. Un mensaje. Pidiendo perdón, dice, y preguntando por un negocio.

No le he contestado, ni pienso, pero no quería que te enteraras por otro lado y pensaras que te lo escondía.

Ya está. Te lo he dicho. Se me revuelve todo por dentro solo de decírtelo, pero prefiero esto a lo otro.

Y yo, que me había puesto en guardia esperando una traición, me encontré con un hombre enseñándome su miedo encima de la mesa, en directo, tal y como le había pedido.

Y en vez de dolerme, me dieron ganas de llorar de otra cosa.

Porque aquello, aquel gesto pequeño y torpe de contarme una tontería para no esconderme nada, valía más que mil cartas.

Era la prueba de que el hombre había cambiado de verdad.

No en teoría. En la mesa de la cocina, un martes cualquiera.

—Gracias —dije—. Por decírmelo.

—¿No estás enfadada?

—Estoy lo contrario de enfadada. Aunque no sé cómo se llama eso. —Le cogí la mano por encima de la mesa—. Bórrala y a otra cosa. Y la próxima vez que te dé miedo algo, misma técnica. Funciona.

Me acostumbré a la lluvia de lado. Aprendí a ponerme las botas antes de salir, sin que me lo dijeran.

Le perdí el miedo a las ovejas, más o menos, aunque una en concreto, la del sendero del primer día, me sigue mirando raro cada vez que paso y yo sigo convencida de que se acuerda.

El pueblo me adoptó como una más: Brodie me guardaba mi taburete en la posada y presumía de mí con los forasteros como si me hubiera criado él, y colgó una foto mía riéndome, sacada a traición, con un cartelito debajo que ponía «la española», como si fuera una atracción turística.

La abuela Sinclair me invitaba a merendar los jueves y me contaba barbaridades de cuando era joven que no pienso repetir aquí por respeto a su memoria futura, y me enseñó a hacer un guiso escocés que me sale casi tan bien como a ella, cosa que ella niega, pero es verdad.

Catriona, la de hielo, había resultado ser, bajo la coraza, una mujer sola que solo quería que a su hijo lo quisieran bien, y cuando entendió que yo lo quería bien, se deshizo el hielo del todo, y empezó a llamarme «hija» sin darse cuenta, y a mí se me hacía un nudo cada vez.

Empecé a trabajar desde la casita, corrigiendo mis novelas rosas por las mañanas, con la chimenea encendida y las colinas por la ventana, y descubrí que se corrige mucho mejor un vizconde arrogante cuando una tiene su propia historia de amor resuelta y no le tiene envidia a nadie.

Ya no escribía cosas raras en los márgenes.

Ahora, cuando el vizconde por fin besaba a la institutriz bajo la lluvia de pétalos, yo sonreía y ponía «bien» y seguía, porque me lo creía. Por fin me lo creía.

Y encima, para colmo de ironías, resultó que a Lennox le fascinaba mi trabajo.

Se sentaba a veces por las noches y me pedía que le leyera en voz alta los capítulos más cursis, y se reía, y me hacía comentarios de highlander bruto sobre las escenas románticas —«eso en la vida real no se hace, se te duerme el brazo»— que me daban material para mejorarlas.

Un magnate del whisky de metro noventa haciéndome de primer lector de novelas rosas.

La vida, cuando se pone, tiene un sentido del humor buenísimo.

Echaba de menos Sevilla, claro. Echaba de menos a mi madre, el sol, el bullicio, el gazpacho de verdad.

Pero era una nostalgia sana, de las que se curan con una videollamada y un billete de avión para Navidad.

No era el hueco enorme y negro que había sentido en Sevilla sin Lennox.

Ese hueco ya no estaba. Ese hueco lo había rellenado él, sin papeles, con su letra torpe y su manera de decir mi nombre.

Un domingo de noviembre, Lennox me dijo que me pusiera las botas, que me llevaba a un sitio.

—¿Qué sitio?

—Un sitio mío. Ponte las botas y no preguntes.

Y me sonó, claro que me sonó, porque era exactamente lo que me había dicho la única vez anterior que me llevó al loch.

Pero no dije nada. Me puse las botas, me subí al coche, y dejé que me llevara otra vez por aquellas carreteras estrechas y altas, entre la niebla, hasta el final del camino de tierra y el muro de piedra.

Subimos el sendero, yo ya sin resoplar tanto porque un otoño de vida escocesa me había puesto en forma a la fuerza, y coronamos la loma, y ahí estaba otra vez, mi loch, el suyo, el de su padre, quieto y oscuro y plateado bajo un cielo limpio, con la neblina despegándose del agua como si respirara.

Y esta vez había algo distinto. Sobre la piedra plana, la de siempre, la de su padre, estaba apoyada su gaita.

Se me paró el corazón.

—Lennox…

—Siéntate un momento —dijo, y le temblaba un poco la voz—. Déjame hacer una cosa primero. Llevo semanas ensayándola y como no la haga ahora reviento.

Me senté en la piedra. Y él cogió la gaita, se la colgó, se apartó unos pasos, de espaldas al agua, con el loch entero y las montañas detrás, y empezó a tocar.

Y no era una canción cualquiera. Era una canción lenta, antigua, de las que suenan a tierra y a lluvia y a gente que ya no está, y la tocó entera, mirándome, sin equivocarse ni una vez, con esa manera suya de tocar con todo el cuerpo.

La música llenó el valle, rebotó en las montañas, se posó sobre el agua quieta del loch.

Y yo, sentada en la piedra de su padre, con aquel hombre enorme tocándome una canción de muertos y de amor en el sitio más suyo del mundo, entendí, antes incluso de que dijera nada, lo que estaba a punto de pasar.

Y en vez de darme ganas de salir corriendo, como me habría pasado toda la vida, me dieron ganas de que no se acabara nunca.

Cuando terminó, con la última nota todavía flotando sobre el agua, dejó la gaita en la piedra, se acercó, y se arrodilló en la hierba mojada delante de mí, sin importarle que se le calaran los pantalones, aquel hombre tan suyo de sus manías y su ropa ordenada arrodillado en un barro que le estaba poniendo perdido.

—Esa canción la tocaba mi padre —dijo—. Es lo único que sé tocar que me enseñó él antes de morir.

No la había vuelto a tocar entera desde entonces.

La he recuperado para hoy. Para ti. Porque quería traerte al sitio más importante de mi vida, y tocarte lo más importante que tengo, y pedirte una cosa aquí.

Es como si estuviera él también, ¿sabes?

En esta piedra. Quería que estuviera él cuando te lo pidiera.

Yo ya estaba llorando. Sin ruido, sin aspavientos, como se llora cuando algo es demasiado grande.

—Naroa. Ya estamos casados. Ya lo sé. Nos casó el whisky.

Mi whisky, para ser exactos, que nunca te lo dije.

Pero a mí me falta lo importante. Me falta habértelo pedido.

Elegirte a propósito, despacio, sin alcohol, sabiendo exactamente lo que hago y por qué.

—Metió la mano en el bolsillo del abrigo—.

La otra vez que fui a arreglar lo nuestro con un papel, fui a las islas a firmar un blindaje para protegerme de ti.

Fue lo más cobarde que he hecho nunca. Así que esta vez no traigo letra pequeña.

No traigo nada que me proteja. Solo traigo esto.

Y abrió la mano, y en la palma había un anillo. Antiguo, sencillo, de oro gastado, de esos que han vivido ya una vida entera en otro dedo antes de llegar al tuyo.

—Era de mi abuela —dijo—. Se lo pedí. Me dijo que llevaba esperando dártelo desde el desayuno de la morcilla, que supo desde el primer día que ibas a ser tú. Que te lo diera de su parte, y que si le decías que no, no me molestara en volver a casa. Que se quedaba contigo y me echaba a mí.

Se me escapó una carcajada entre las lágrimas, porque era tan de la abuela que casi la oí decirlo, con su bastón y su copa de jerez.

—Naroa García. —Lennox cogió aire, y le brillaban los ojos a él también—.

¿Quieres casarte conmigo? Otra vez. Pero esta vez de verdad.

A propósito. Sabiendo lo que haces. Conmigo entero, con mis miedos, con mi pueblo que llueve a todas horas y mi familia de locos y mi manía de recogerlo todo.

Sin red. Solo yo, y tú, y esta piedra, y las ganas horribles que tengo de pasarme la vida contigo. ¿Quieres?

Y yo, que llevaba toda la vida huyendo del compromiso, que me reía de las bodas, que había necesitado una boda accidental y un mes de cartas y a mi madre y a media Escocia para aprender a quedarme, miré a aquel hombre enorme arrodillado en la hierba mojada, con la gaita de su padre en la piedra y el anillo de su abuela en la mano y todo el corazón por fuera, sin una sola defensa puesta.

Y no salí corriendo. Por una vez, no salí corriendo.

Y me di cuenta, en aquel segundo, de que ya no me daba miedo.

Que el miedo, ese que llevaba años conduciéndome la vida, se había bajado del coche en algún punto de los últimos meses sin que yo me diera cuenta.

Que aquel hombre había hecho lo único que de verdad desarma el miedo de una: no prometerme que nunca me haría daño, sino demostrarme, día a día, martes a martes, que cuando le entrara el miedo me lo iba a contar en vez de esconderse.

Y con eso, resulta, se puede vivir. Con eso se puede una hasta casar. Otra vez. A propósito.

—Sí —dije—. Animal. Que sí. Que quiero. Que me quiero casar contigo otra vez, y esta vez me pienso enterar de todo, y me pienso acordar de todo, y no pienso tomar una gota de whisky, tu whisky, hasta después del «sí, quiero», no vaya a ser.

Se le rompió la cara de alegría, y me puso el anillo, que me estaba grande, con las manos temblándole, y me levantó de la piedra y me abrazó y me besó y me volvió a levantar medio palmo del suelo, y los dos lloramos y nos reímos a la vez en lo alto de aquella loma, como dos idiotas felices en mitad de la nada más bonita del mundo.

—Una cosa —dije, cuando por fin me bajó, secándome la cara—. La otra vez me perdí mi propia boda porque estaba borracha. Esta la quiero recordar entera. Con mi madre. Con mi gente. Con tiempo para organizarla bien.

Lennox sonrió. Una sonrisa rara, contenida, de niño que guarda un secreto y le cuesta la vida no soltarlo. Se metió la mano en el bolsillo, miró la hora en el móvil con disimulo, y le vi hacer un esfuerzo enorme por no reírse.

—Ya —dijo—. Sobre eso de organizarla con tiempo y con tu gente. Hay una cosa que quiero que veas en la posada de Brodie. Baja conmigo, anda.

—¿Qué cosa? —Lo miré con recelo, que ya lo conocía—. Lennox. ¿Qué has hecho?

—Yo no he hecho nada.

—Tienes la misma cara que puso Claudia el día que me organizó una fiesta sorpresa y se le notaba a tres kilómetros. ¿Qué has hecho?

—Baja y lo ves. —Me cogió de la mano, recogió la gaita de su padre de la piedra, y tiró de mí hacia el sendero, con una prisa mal disimulada—. Y ponte guapa por dentro, que a lo mejor te llevas una alegría. O un susto. Con mi familia y la tuya nunca se sabe.

—¿Mi familia? —Me paré en seco en mitad de la bajada—. Lennox. Mi familia está en Sevilla. ¿Por qué dices «mi familia»?

—He dicho «la tuya» en general. Anda, baja, no te pares, que se enfría la cosa.

—¿Qué cosa se enfría? ¡Lennox!

Pero él ya bajaba delante de mí, tirando de mi mano, muerto de risa por dentro, sin soltar prenda, y a mí el corazón me latía por dos motivos ahora: por el anillo que me bailaba en el dedo y por la sospecha, cada vez más grande, de que aquel hombre me había preparado algo mucho más gordo que una pedida en un loch.

Bajamos la loma juntos, hacia el pueblo, hacia la posada, y con cada paso que dábamos hacia el valle yo tenía más claro que la jugada no había terminado. Que aquel highlander tramposo, me tenía preparada una última sorpresa allá abajo, en el bar de Brodie, donde todo había empezado a torcerse bien.

Así que apreté el paso, tirando yo ahora de él, porque si me había montado algo, prefería descubrirlo cuanto antes.

Y bajamos los dos medio corriendo la última cuesta, riéndonos, resbalando en el barro, hacia las luces del pueblo que empezaban a encenderse en la tarde gris, hacia la puerta de madera de la posada de Brodie.