Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 20 Esta vez sin whisky
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Capítulo 20 Esta vez sin whisky

Lennox se quedó una semana en Sevilla. Se instaló en un hotelito del centro, con aire acondicionado a máxima potencia que él ponía a temperatura de morgue escocesa, y me dijo que no había venido a presionarme, que se quedaba los días que yo quisiera y ni uno más, que solo quería que le diera la oportunidad de conocerme en mi terreno como yo lo había conocido a él en el suyo.

Y como suena a frase de guion, tengo que aclarar que la dijo empapado en sudor y abanicándose con la carta de un bar, lo cual le quitaba toda la solemnidad y le añadía todo lo demás.

Y aquella semana fue, sin que ninguno de los dos lo dijéramos, un cortejo.

El que no habíamos tenido. Porque lo nuestro había empezado al revés de todo: primero la boda, luego la convivencia, luego el enamoramiento, luego el desastre.

Nunca habíamos tenido lo del principio. Las citas.

Los nervios tontos. El conocerse despacio, con ropa puesta y sin una sentencia de divorcio de por medio.

Nos habíamos casado antes de tener una primera cita, que es hacer las cosas en un orden que no se lo recomiendo a nadie.

Y resulta que lo del principio, cuando llega al final, con todo lo malo ya vivido y perdonado, sabe todavía mejor.

Es raro cortejar a tu propio marido. Pero también es bonito, como una segunda juventud, pero con la sabiduría de saber ya lo que puedes perder.

Le enseñé mi Sevilla como él me había enseñado sus Highlands. Y disfruté como una enana viéndolo sufrir y maravillarse a partes iguales.

Lo llevé a comer tapas, y descubrí que un escocés de metro noventa no entiende el concepto de la tapa.

«¿Por qué la comida viene en trozos tan pequeños?

¿Esto es un aperitivo o es la comida? ¿Pido más?

¿Cuántas se piden? ¿Hay reglas?» Le expliqué que no hay reglas, que se va pidiendo, y le entró una angustia existencial encantadora, porque un hombre acostumbrado al orden y a las manías necesita reglas hasta para comer.

Se pasó la primera comida pidiendo de dos en dos, contando por lo bajo cuántas tapas equivalían a un plato normal, hasta que le quité la carta de las manos y pedí yo por los dos, y se relajó como un niño al que le hacen los deberes.

Le hice probar el salmorejo, que le encantó, y las papas aliñás, que le encantaron, y los caracoles, que no le encantaron nada.

Su cara mirando un caracol en la punta de un palillo, girándolo, estudiándolo con la misma desconfianza con la que yo había mirado el instrumento del marisco en la cena de su madre.

Se lo comió. Puso una cara de mártir de circo romano, pero se lo comió.

Y brindamos por eso, por la justicia gastronómica internacional, con dos cañas heladas.

Lo llevé a ver flamenco, a un tablao pequeño y auténtico, de esos con cuatro sillas y mucho arte, y el hombre que tocaba la gaita se quedó hipnotizado con una bailaora, con la boca abierta y sin pestañear, y me susurró al oído que aquello era «como la gaita pero con el cuerpo», que es la definición de flamenco más rara y más bonita que he oído en mi vida.

Cuando la bailaora terminó, fue el primero en ponerse de pie a aplaudir, aquel armario rubio en mitad de un tablao sevillano, y la mujer le dedicó un saludo con la cabeza, de artista a admirador, y a Lennox se le puso una cara de emoción que me lo hizo querer un poco más.

Lo llevé a pasear por el río al atardecer, cuando por fin bajaba el calor y Sevilla se ponía dorada y soportable, y le enseñé la Giralda, y los naranjos, y mis rincones, y él lo miraba todo con esa atención de quien está memorizando un sitio porque le importa la persona que se lo enseña.

Me hacía preguntas. Muchas. De la historia, de las piedras, de por qué esto y por qué lo otro, y yo me di cuenta de que le enseñaba mi ciudad con el mismo orgullo torpe con el que él me había enseñado su loch, y de que enseñarle a alguien lo que quieres es una forma de decirle «mira, esto soy yo, esto también es de donde vengo».

Y le fallé en una sola cosa: la siesta. Intenté explicarle la siesta y no la entendió.

«¿Dormís? ¿En mitad del día? ¿Por gusto?

» No hubo manera. Lo intenté una tarde, lo tumbé en el sofá de mi casa con el aire puesto, y a los diez minutos me lo encontré mirando el techo, muy despierto, muy angustiado, susurrando «no puedo, hay sol fuera, siento que estoy perdiendo el día».

Lo dejé por imposible. Nadie es perfecto.

Pero no todo fue comedia y turismo. Porque una cosa es reírse con alguien y otra es fiarse, y a mí lo de fiarme se me había roto, y las cosas rotas no se arreglan solas por muy bien que se lo pase una.

Así que hubo también, en aquella semana, conversaciones de las otras.

Las difíciles. Una noche, en la terraza de mi hotel favorito, con dos cervezas y el mantel manchado, le pregunté lo que llevaba un mes queriendo preguntarle sin las cartas de por medio, a la cara.

—¿Cómo sé que no me va a volver a pasar? —dije—. Vale, has roto el papel. Has aprendido. Te creo. Pero el miedo que te hizo firmarlo sigue ahí dentro. No se va con una carta. ¿Qué pasa dentro de un año, cuando te vuelva a entrar el pánico?

Lennox no me soltó una frase bonita. Se lo pensó. Se lo pensó de verdad, dándole vueltas a la cerveza, y cuando contestó lo hizo despacio.

—No te puedo prometer que no me vuelva a entrar el miedo —dijo—.

Sería mentira, y ya nos hemos mentido bastante.

El miedo lo llevo dentro desde que murió mi padre y probablemente me acompañe hasta que me muera.

Lo que sí te puedo prometer es lo que hago con él.

Antes lo escondía y me protegía solo. Ahora lo voy a sacar y te lo voy a poner delante.

Esa es la diferencia. —Me miró—. Y si eso no te basta, lo entiendo, y no te culpo.

Pero es lo único de verdad que te puedo ofrecer.

Un hombre que ha decidido no mentirte más. Nada de superhéroes.

Y esa respuesta, precisamente porque no era perfecta, precisamente porque no me prometía un cuento, fue la que me terminó de convencer de que igual, solo igual, valía la pena arriesgarse otra vez.

Los que te prometen que nunca te van a fallar mienten.

Los que te prometen contarte cuando estén a punto de fallar, esos a lo mejor son de fiar.

El jueves lo llevé a comer a casa de mi madre. Y eso, merece capítulo aparte, pero como no lo tiene, os lo resumo.

Mi madre llevaba desde el domingo anterior amenazando con «tener unas palabritas con el escocés ese».

Yo fui muerta de miedo, porque una cosa es mi madre dándome consejos sabios sobre el amor y otra muy distinta es mi madre delante del hombre que me hizo llorar un mes, con el tobillo ya curado y ganas de estrenar bota.

Pero pasó lo que pasa siempre con mi madre: que es toda ladrido y ninguna dentellada.

Abrió la puerta con cara de sargento, miró a Lennox de arriba abajo, que con lo grande que es tuvo que agachar la cabeza para no darse con el marco, y le soltó, en un inglés de andar por casa que se había estado practicando toda la semana:

—Así que tú eres el que hizo llorar a mi niña.

—Sí, señora —dijo Lennox, sin excusas, muy recto—. Fui yo. Y lo siento más de lo que puedo decirle.

Y a mi madre, que esperaba pelea y se encontró con un highlander enorme reconociéndolo todo a las primeras de cambio, se le desarmó la cara de sargento en dos segundos. Porque a mi madre lo que la conquista no es que no metas la pata. Es que la reconozcas. Igual que a mí. De tal palo.

—Bueno. Pasa, anda —dijo, apartándose—. Que hay gazpacho. A ver si con lo grande que eres comes como Dios manda, no como mi hija, que come como un pajarito y por eso está siempre de mal humor.

—Mamá.

—¿Qué? Es verdad. Come, hijo, come, que en esta casa el que no come ofende.

Manolo, mi padrastro, recibió a Lennox con la solidaridad instantánea de dos hombres a los que van a interrogar las mujeres de su vida, le puso una cerveza en la mano antes de que se sentara, y a los diez minutos ya estaban hablando de motos y de whisky con esa amistad inmediata y sin palabras que les sale a los hombres buenos cuando se reconocen.

Lennox le contó lo de la destilería, y a Manolo se le pusieron los ojos como platos, y le prometió mandarle una caja de la buena, y Manolo lo trató a partir de ese momento como a un hijo pródigo.

Los idiomas les daban igual. Se entendían por gestos, por risas y por el lenguaje universal de dos hombres a los que les gustan los motores y el buen beber.

Lennox comió tres platos de gazpacho para caerle bien a mi madre, uno detrás de otro, con un heroísmo que me emocionó, porque yo sé lo que es forzar el estómago para conquistar a una suegra, que me había pasado con el bogavante volador.

Y le cayó bien de verdad. Y cuando nos íbamos, ya de noche, ella me apartó en el pasillo, junto a la foto de mi comunión que sigue teniendo colgada para mi eterna vergüenza, y me susurró:

—Este no es como Álvaro, hija. Este mira.

Se le nota que mira. Álvaro te hablaba mirando el móvil.

Este no te ha quitado los ojos de encima en toda la comida, ni para comerse el gazpacho.

—Me dio una palmada en la mejilla—. No la cagues tú ahora por cabezona, que sois las dos igual de tercas, tu hermana y tú, lo habéis sacado de vuestro padre.

—Ya, mamá.

—Ya, mamá, no. Que te conozco. Que en cuanto te dé miedo saldrás corriendo otra vez. —Me cogió la cara con las dos manos—. No corras, Naroa. Esta vez no corras.

El beso llegó esa misma noche.

Volvíamos andando del río, tarde, con el calor por fin rendido y Sevilla oliendo a jazmín, y nos paramos en un puente, apoyados en la barandilla, mirando el agua negra con las luces de la ciudad temblando dentro.

Y fue distinto del loch, y distinto de todo.

Allí, en las Highlands, el agua era quieta y antigua y me había dejado sin palabras.

Aquí, mi río, mi ciudad, mi jazmín, el bullicio de fondo, la vida a todo volumen.

Cada uno le había enseñado al otro su agua.

Y ahora estábamos en la mía, y él la miraba como había mirado yo el loch, y yo me di cuenta de que quería enseñarle todas mis aguas, y ver todas las suyas, durante mucho tiempo.

—Naroa —dijo él, mirando el río—. ¿Puedo preguntarte una cosa?

—Depende.

—¿Cuánto más vas a hacerme esperar para besarte? Porque llevo desde la terraza portándome como un caballero y no sabes lo que me está costando. Cada día. Cada minuto. Es agotador ser un caballero. No sé cómo lo hace la gente. Empiezo a entender por qué hay tan pocos.

Me reí. Y me giré hacia él, apoyada en la barandilla, con las luces de Sevilla temblando en el agua a nuestros pies, y me quedé mirándolo un momento: la cara grande, la barba, los ojos azules que en la penumbra del puente se habían puesto oscuros, aquel hombre que había cruzado media Europa y se había comido un caracol por mí.

Y decidí que ya estaba bien de orgullo, que el orgullo lo había usado para protegerme y ya no me hacía falta protegerme de aquel hombre, y que si algo había aprendido de mi madre y de las cartas y del mes más largo de mi vida era que a veces hay que dejar de vigilar la salida y quedarse.

—Deja de portarte como un caballero —dije—. Nunca te ha pegado nada.

Y esta vez lo besé yo.

Sin whisky. Sin tormenta. Sin reverendo borracho ni apagón ni excusas.

A plena consciencia, en un puente de mi ciudad, sabiendo perfectamente lo que hacía y con quién y por qué.

Lo besé despacio, subiéndole las manos por la nuca, y él me rodeó con los brazos y me levantó medio palmo del suelo sin darse cuenta, como hacía siempre, y el beso sabía a jazmín y a río y a un mes de cartas y a segunda oportunidad.

Sabía a empezar otra vez, pero esta vez bien, desde el principio, con los ojos abiertos y sin nada escondido entre los dos.

El primer beso lo dio el whisky. Este lo daba yo, entera, a propósito, y por eso valía por todos los anteriores.

Cuando nos separamos, me tenía todavía medio en el aire, con la frente pegada a la mía, y los dos respirábamos como si hubiéramos corrido.

—Bájame, animal, que nos ve todo el puente.

—Que nos vean. —Pero me bajó, despacio, sin soltarme—. Naroa.

—¿Qué?

—Ven a Escocia. No te lo pido para siempre.

Ni para ya. Ven a probar. Un tiempo. Con tu trabajo, que lo puedes hacer desde donde quieras, corrigiendo tus vizcondes.

Ven a ver si aquello, sin boda accidental y sin secretos, sigue siendo lo que fue.

Y si no lo es, te vuelves, y yo lo entenderé. Pero ven a comprobarlo. Dame eso.

Lo miré. Y por una vez en la vida, la Naroa que llevaba dentro, la que siempre buscaba el asiento del pasillo y la salida de emergencia, no dijo nada. Se quedó calladita. Y habló la otra. La que se sienta en la ventanilla y mira el paisaje aunque no pueda escaparse tan rápido.

—Vale —dije—. Voy. A probar. Con condiciones.

—Tú siempre con condiciones.

—El de las condiciones eres tú, firmando papeles a mis espaldas, así que estamos en paz y calladito. —Le di un golpe en el pecho—. Condición número uno: nada de vivir en casa de mi hermana. Ni en la cama que chirría, ni en el suelo. Una casa nuestra, o de alquiler, o lo que sea, pero nuestra.

—Concedido. Tengo alguna que otra, no sé si lo sabes.

—Ni te vengas arriba con lo del dinero, que a mí me sigue dando igual y te lo voy a recordar toda la vida. Condición número dos: me buscas los mejores bollos de canela de toda Escocia, y no derretidos. Frescos. Del día.

—Concedido. Conozco al panadero. Le hago socio si hace falta.

—Condición número tres: vengo a probar, no a rendirme. Si esto no funciona, me vuelvo, y no me pones cara de perro. Lo hemos hablado. Sin dramas.

—Concedido, aunque esa no me gusta.

—Es la más importante. Condición número cuatro…

—Las que quieras —dijo, y me volvió a besar antes de que terminara de enumerarlas, que es la única manera que ha encontrado nunca de ganarme una discusión.

Y yo lo dejé ganar. Por una vez. En el puente, con las luces de mi ciudad temblando en el agua, dejé que aquel escocés enorme, derretido y arrepentido me ganara la discusión con un beso, y pensé que a lo mejor, después de todo, no era tan malo.