Capítulo 19 Un escocés en Sevilla
Su respuesta a mi carta no llegó por carta. Llegó por teléfono, una semana después, a las once de la noche, justo cuando yo ya había decidido que mi carta le habría parecido poco, demasiado o tarde.
Sonó el móvil. En la pantalla, un número de Reino Unido que yo había borrado de los contactos para no tener la tentación, pero que me sabía de memoria de todas formas, porque una es idiota. Lo miré vibrar tres veces, con el corazón en la garganta. Y lo cogí.
—¿Sí?
Se hizo un momento de nada al otro lado. Y luego su voz, esa voz grave que llevaba un mes sonándome solo en la cabeza:
—Has escrito.
—He escrito.
—Llevo tres días leyendo tu carta cada dos horas. Brodie me ha dicho que como no haga algo la va a enmarcar en el bar, para que todos vean lo tonto que soy.
Me reí. Se me escapó, sin permiso, la primera risa de verdad en un mes, y al otro lado del teléfono lo oí soltar el aire, como si esa risa mía le hubiera quitado un peso de encima.
—Naroa —dijo—. ¿Puedo ir?
—¿A Sevilla?
—A donde estés. Me da igual el sitio. Pero sí, a Sevilla. Tú dijiste que llevara bollos de canela. Eso es una invitación. Llevo tres días buscando cómo interpretarla de la manera más favorable para mí.
Miré el techo de mi cuarto. Pensé en todo lo que me había prometido a mí misma. En hacerlo despacio. En mis términos. En no rendirme. Y luego pensé en un mes de cartas, en el loch, en la cama que cantaba, y me di cuenta de que decir que sí no era rendirme. Era, por una vez, ser valiente.
—Puedes venir —dije—. Pero te aviso de una cosa, Lennox. Que vengas no significa que esto esté arreglado. Significa que te doy la oportunidad de arreglarlo. Es distinto.
—Lo sé.
—Y en Sevilla en septiembre hace un calor que te vas a derretir, tú que eres una estufa de butano. Que lo sepas. Aquí no llueve de lado. Aquí no llueve nada.
—Me da igual el calor.
—No te va a dar igual. Pero allá tú.
Colgamos poco después, sin grandes declaraciones, con un «hasta el jueves» que se me quedó zumbando en el pecho toda la noche.
Y los cuatro días siguientes fueron un suplicio de nervios que me devolvió, con treinta y tantos años, a la Naroa adolescente que esperaba una llamada de un chico junto al teléfono de casa.
Cambié las sábanas. Limpié el piso como si viniera de visita la reina.
Fui a la peluquería y me arrepentí de haber ido.
Descolgué el teléfono cuatro veces para decirle que no viniera, que había sido un error, que necesitaba más tiempo, y las cuatro veces lo volví a colgar sin marcar. Llamé a Claudia en modo pánico.
—Que viene, Claudia. Que le he dicho que venga. ¿Qué he hecho?
—Has hecho lo que tenías que hacer hace un mes —dijo mi hermana, exultante—. Y ahora deja de darle vueltas y depílate las piernas, que ese hombre lleva cuatro semanas escribiendo poesía de patas de araña y se merece unas piernas suaves. Es lo mínimo.
—No me voy a acostar con él a la primera, Claudia.
—Depílate igual. Por si acaso. La esperanza es lo último que se pierde y las piernas suaves nunca sobran.
Colgué odiándola y me depilé las piernas. Por si acaso. La muy insoportable.
Vino cuatro días después.
Y aquí, es donde el universo, que tiene sentido del humor, me regaló la escena más divertida de toda esta historia.
Porque durante tres semanas yo había sido la sevillana perdida en las Highlands, la que resbalaba en el barro, la que le tenía miedo a las ovejas, la que se mojaba mientras la lluvia le entraba de lado.
Y ahora me tocó ver lo contrario. Me tocó ver a un highlander de metro noventa, criado entre nieblas y a doce grados de temperatura, aterrizar en Sevilla a cuarenta grados a la sombra en septiembre.
Me había mandado un par de mensajes desde que aterrizó que ya anticipaban la tragedia.
«Aquí el aire quema.» «He visto un termómetro de farmacia y no me lo he creído.
» «¿Vosotros cómo respiráis esto?» «Creo que me estoy cociendo por dentro como un bogavante.
» Yo me reía sola con el móvil en la mano, y esa risa, después de un mes sin apenas reírme, me supo a gloria.
Quedamos en la plaza de mi barrio, en una terraza a la sombra de un naranjo.
Llegué antes yo, hecha un manojo de nervios, con un vestido que me había cambiado tres veces, y lo vi venir de lejos, y casi me da un ataque de risa y de ternura a la vez.
Porque venía derretido. Literalmente. Aquel hombre enorme, acostumbrado a su clima de nevera, avanzaba por la calle sevillana rojo como un cangrejo, sudando por sitios por los que yo no sabía que se podía sudar, abanicándose con un mapa de papel doblado, con una camisa clara pegada a la espalda por completo y cara de estar cruzando el desierto del Sáhara con botas de montaña.
Se había puesto, el pobre, unos pantalones largos y unos zapatos cerrados, porque un escocés no tiene ropa de cuarenta grados en el armario, y se cocía dentro de ellos como un pollo en su jugo.
Llevaba una bolsa de papel en la mano, arrugada y con pinta de haber sufrido tanto como él.
Se paró delante de mí. Nos quedamos mirándonos, los dos, en mitad de la plaza, sin saber muy bien qué hacer con las manos ni con la cara ni con un mes entero de distancia.
De cerca era peor: tenía la cara colorada, el pelo pegado a la frente, y una gota de sudor a punto de caerle de la nariz que le daba un aire tan poco heroico y tan tierno que se me deshizo dentro cualquier discurso digno que hubiera preparado.
—Hola —dijo, con la voz rota, y con esa gota amenazando desde la punta de la nariz—. Perdona. Estoy... me estoy muriendo un poco. No sabía que un ser humano pudiera sudar así. Creía que exagerabas con lo del calor. No exagerabas. Retiro todo lo que pensé.
—Hola —dije yo, aguantándome la risa—. Bienvenido al infierno. Se está de maravilla, ¿verdad?
—Se está a punto de combustión espontánea.
—Se secó la frente con el antebrazo—. En mi pueblo, con este calor, nadie saldría a la calle.
Aquí la gente hace su vida como si nada.
Sois de otra pasta. Os respeto... Te he traído esto.
—Me tendió la bolsa arrugada, abochornado—.
Eran bollos de canela. Los compré en Edimburgo, en el aeropuerto, esta mañana, porque no me fiaba de encontrarlos aquí.
Pero con el calor del avión y del taxi se han…
derretido. Un poco. Bastante. —Miró la bolsa con pena—.
Ahora son más bien una idea de bollos de canela. Un homenaje.
Abrí la bolsa. Dentro había una masa pegajosa e informe que en algún momento de su vida, en efecto, había aspirado a ser bollería.
Y me eché a reír, con toda el alma, tapándome la boca con la mano como él decía que hacía, mientras a él se le iba relajando la cara de susto y empezaba a reírse también.
—Son los peores bollos de canela que he visto en mi vida —dije, entre carcajadas.
—Los he traído desde Escocia. Han cruzado dos países. Han sufrido mucho. Un respeto.
—Están para tirarlos.
—Ya. —Se pasó una mano por la frente empapada—. Se parecen a mí ahora mismo, la verdad. Derretido, deforme y fuera de mi sitio.
—Anda, siéntate antes de que te dé algo, hombre.
Nos sentamos en la terraza, a la sombra del naranjo.
Le pedí al camarero una cerveza bien fría y un botellín de agua, que Lennox se bebió de un trago, entero, sin respirar, como quien lleva una semana en el desierto y encuentra un oasis.
Pidió otro. Se lo bebió igual. Se echó un poco por la nuca, y por un momento cerró los ojos con una cara de alivio casi indecente.
—Esto es lo único bueno que tiene tu ciudad —murmuró—. El agua fría. Lo demás es un horno.
—Ya te acostumbrarás, igual que yo tuve que acostumbrarme a ver llover todos los días.
Se rió, y por un rato, mientras se aclimataba, hablamos de tonterías, de su vuelo, del calor, de Brodie y su chupito nuevo, de la abuela que le mandaba recuerdos y una amenaza, esquivando los dos lo importante como se esquiva el borde de una piscina fría antes de tirarse.
Hasta que se hizo el momento, el de saltar, y saltó él.
—Naroa. —Dejó la cerveza. Me miró, muy serio de repente, con esos ojos azules que en Sevilla parecían todavía más azules—. No he venido a que me perdones sin más. Ni a convencerte con cuatro frases bonitas. He venido a contarte lo que he hecho este mes. Y luego tú decides.
—Cuéntame.
—He ido a ver a mi madre y le he contado toda la verdad.
Lo mal que lo hice contigo. Sin excusas.
Me ha puesto de vuelta y media, con razón, y me ha dicho que si te dejo escapar es que soy todavía más idiota de lo que aparento, que ya es decir.
—Sonrió un poco, pero no intentó esconderse detrás de la broma—.
Y hay una cosa más. —Rebuscó en el bolsillo del pantalón y sacó un papel doblado, arrugado de tanto llevarlo encima.
—No te lo traigo para presionarte. Te lo traigo porque quiero que lo tengas tú, no yo—.
Lo dejó sobre la mesa y lo empujó hacia mí—.
Es una carta de Hendry. Certifica que el blindaje está anulado, destruido, y que no existe ningún otro documento, de ningún tipo, que te deje en desventaja respecto a mí.
Nada. Estamos, legalmente, exactamente iguales.
Si esto sale bien y algún día nos divorciamos de verdad, te llevas la mitad de todo, como en cualquier matrimonio normal.
Y si sale mal, también. Ya no hay red, Naroa. Para ninguno de los dos.
Cogí el papel. No lo leí, porque no me hacía falta leerlo.
Me bastaba con que existiera, con que él lo hubiera traído cruzando dos países y cuarenta grados para ponérmelo en la mano.
El hombre que se había ido a unas islas a blindarse contra mí acababa de cruzar Europa para desblindarse delante de mí, encima de una mesa de terraza, sudando como un condenado.
—¿Y por qué has hecho todo eso? —pregunté, aunque sabía la respuesta—. Yo no estaba delante para verlo. Podrías no habérmelo contado.
—Lo he hecho porque tenías razón. —Se encogió de hombros, sencillo—.
Querer a alguien es dejar que te vea entero.
Y yo quiero que me veas entero. Con dinero, sin secretos y sin letra pequeña.
Aunque decidas que no me quieres. Prefiero que me veas entero y me digas que no, a esconderme y que me digas que sí a medias.
Fuera, en la plaza, unos niños jugaban al fútbol y un grupo de señoras hablaba a gritos de sus cosas, y el sol de septiembre caía plano sobre las paredes blancas, y yo, en mitad de todo aquel ruido y aquella luz que eran mi casa, miré a aquel escocés enorme y sudado y arrepentido, y sentí cómo se me caía la última defensa que me quedaba en pie.
Pero no se lo puse fácil. Porque me lo había prometido.
—Vale —dije—. Te creo. Todo. Y me alegro de que hayas hecho todo eso, de verdad.
Pero necesito que me prometas una cosa, y que la cumplas, porque como no la cumplas no habrá tercera carta ni tercera oportunidad.
Se acabó. —Me incliné hacia delante—. La próxima vez que tengas miedo, la próxima vez que te entre el pánico, vienes y me lo dices.
A la cara. Aunque sea una tontería. Aunque te dé vergüenza.
Me dices «Naroa, tengo miedo», y lo hablamos.
Eso es lo único que te pido. No que no tengas miedo. Que me lo cuentes.
—Te lo prometo —dijo, sin dudarlo un segundo—.
Por mi padre. Otra vez. Y esta vez lo cumplo.
Es más, empiezo ahora. —Cogió aire, como quien se lanza—.
Tengo miedo. Ahora mismo. Miedo de haber venido para nada, de que me digas que es tarde, de volverme a Escocia sin ti y pasarme el resto de mi vida arrepintiéndome de no haber hecho las cosas bien.
Ya está. Dicho. Así es como se hace, ¿no?
Y ahí, se me terminó de romper la coraza.
Porque el muy animal había aprendido la lección de verdad.
No en teoría. En la práctica, en directo, en una terraza de Sevilla, con la voz temblándole.
Me estaba enseñando su miedo en lugar de esconderlo.
Justo lo que le había pedido. Justo lo único que necesitaba ver.
—Así es como se hace —dije, con un nudo en la garganta—. Muy bien. Vas aprendiendo.
—¿Y? —Me miró, con toda el alma en los ojos—. ¿Es tarde?
—Y otra cosa. —Levanté un dedo, esquivándole la pregunta, porque una tiene su orgullo—. Si volvemos a intentarlo, no vamos a vivir en casa de mi hermana en una cama que suena. Que ya somos mayores.
Se le iluminó la cara entera.
—¿«Volvemos a intentarlo»? ¿Eso ha sido un sí?
—Eso ha sido un «vamos a ver». Un «vamos a ver» con muchas condiciones y vigilancia estrecha.
—Un «vamos a ver» me vale. Con un «vamos a ver» yo trabajo.
—Y entonces, aquel hombre enorme, en mitad de una terraza de Sevilla, delante de las señoras que gritaban y los niños del fútbol, alargó una mano por encima de la mesa, muy despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarla, y me cogió la mía—.
Gracias por dejarme venir. Aunque haga este calor infernal y aunque los bollos se hayan muerto por el camino.
Y yo no aparté la mano. La dejé ahí, entre las suyas, en la mesa de una terraza de mi ciudad, con el sol cayéndonos encima y un mes de distancia deshaciéndose despacio.
No lo besé. Todavía no. Eso me lo reservé, porque una tiene su orgullo y no se rinde a la primera cerveza. Pero le dejé la mano. Y por su cara, por cómo miró nuestras manos juntas sobre la mesa como quien mira un milagro pequeño, supe que para él, de momento, con eso bastaba.
—Bienvenido a Sevilla, escocés —dije—. Vas a pasar un calor de muerte. Te va a encantar.