Capítulo 18 La carta que mandé yo
Pasó un mes. Un mes entero de cartas suyas y de mi empeño cabezota en no contestarlas, de bajar al buzón fingiendo que iba a por el correo normal, de corregir vizcondes ajenos y de fingir delante de todo el mundo que estaba estupenda.
Y en ese mes fui empeorando de esa manera callada en la que empeora la gente que sabe disimular.
Comía poco. Dormía peor. Me reía en los sitios donde tocaba reírse, con medio segundo de retraso, como quien traduce el chiste antes de captarlo.
Mis amigas dejaron de tratarme como a un jarrón con una raja y empezaron a tratarme como a alguien que ya casi está bien, que es peor, porque entonces te toca fingir a jornada completa.
La única que no se dejaba engañar era mi madre.
Mi madre me sacó la verdad un domingo de septiembre, entre el gazpacho y el flan, con la misma técnica de asedio paciente que lleva usando conmigo desde que aprendí a mentirle, que fue más o menos a los cuatro años.
No fue un interrogatorio. Fue peor. Fue amabilidad. Llevaba tres domingos poniéndome doble ración de todo, sin preguntarme nada, dejándome fingir que estaba bien, hasta que aquel domingo, cuando ya recogíamos la mesa, me puso una mano en el brazo y me dijo, sin mirarme, mientras apilaba platos:
—Naroa, hija, llevas un mes con esa cara de perro apaleado. Y yo ya soy mayor. No sé cuántos domingos me quedan de verte fingir que estás bien. Así que hazme el favor de contarme qué te pasó en Escocia antes de que me muera de vieja con la duda.
—Mamá, no te vas a morir.
—Eso no lo sabe nadie, hija. Cualquier día.
Y me iría más tranquila sabiendo qué te ha puesto esa cara.
—Dejó los platos en el fregadero y se giró hacia mí, apoyada en la encimera, con los brazos cruzados—.
Y no me digas que es la lluvia de allí, que ya me lo has dicho tres domingos y ni tú te lo crees.
Y no sé si fue el chantaje de la muerte, que mi madre despliega con una falta de escrúpulos admirable, o que llevaba un mes reventándome por dentro, pero se me llenaron los ojos de lágrimas, dejé el plato que tenía en la mano antes de que se me cayera, me senté en la silla de la cocina, y se lo conté todo.
Todo de verdad. Lennox. La boda borracha.
Las tres semanas. El apagón. El te quiero.
El día que decidí quedarme. Y el papel. La fecha. Fiona. La huida.
Mi madre me escuchó de pie, apoyada en la encimera, sin interrumpir, secándose las manos en el delantal muy despacio, que es lo que hace cuando está pensando en serio.
Y cuando terminé, cuando solté por fin el «y me vine a Sevilla y aquí estoy» y me quedé vacía y temblando, ella no dijo nada de lo que yo esperaba.
No dijo «qué cerdo». No dijo «hiciste bien en irte». No dijo «olvídalo, hay más peces en el mar».
Se quitó el delantal, se sentó enfrente de mí, me cogió las dos manos por encima de la mesa, y me dijo:
—¿Y tú por qué te fuiste?
—¿Cómo que por qué me fui, mamá? ¿No has oído lo del papel?
—Sí. He oído lo del papel. Un papel feo, de un hombre asustado. —Me apretó las manos—. Pero yo te he preguntado otra cosa. Te he preguntado por qué te fuiste tú. No qué hizo él. Qué hiciste tú.
—Me fui porque… —y me quedé con la boca abierta, porque de repente no me salía la respuesta que llevaba un mes repitiéndome— porque no podía quedarme. Porque me habría convertido en la tonta que perdona.
—O porque saliste corriendo. Como sales corriendo siempre.
—Lo dijo sin ninguna crueldad, con esa dulzura terrible que solo tienen las madres cuando te dicen la verdad que no quieres oír—.
Hija mía, yo te quiero más que a nada en este mundo.
Pero llevas huyendo desde que Álvaro te rompió.
Y ahora aparece un hombre que consigue que se te remueva todo por dentro, y a la primera de cambio, en cuanto mete la pata, coges tu maleta y a correr otra vez. Como siempre. Como con todo.
—No es lo mismo, mamá. Él me traicionó.
Mi madre se quedó mirándome un rato, despacio, como si estuviera eligiendo muy bien por dónde entrar para no hacerme sentir peor.
—Te hizo daño, sí. Y mucho. Eso no te lo discuto, hija.
Un hombre que firma algo así a escondidas te rompe la confianza.
Pero no me lo metas en el mismo cajón que a Álvaro, porque no es el mismo cajón.
Álvaro no te quería bien y te lo escondió durante años.
Este, por lo que tú me cuentas, te quiere y se asustó como un cobarde.
Lo hizo fatal. Fatal. Pero no es lo mismo que no quererte.
—Pero ¿y si me vuelve a fallar? —dije, y me salió la voz de niña pequeña—. ¿Y si vuelvo, y lo perdono, y en un año hace otra cosa, y me quedo sin nada otra vez?
—Pues te vuelves a ir. —Mi madre se encogió de hombros, como si fuera la cosa más simple del mundo—.
Nadie te está pidiendo que firmes en sangre para toda la vida.
Se prueba. Se ve. Si te falla de verdad, te vas.
Pero irte antes de darle la oportunidad de demostrarte que ha cambiado no siempre es dignidad, Naroa. A veces es miedo sin más.
Se quedó callada un momento, mirando la ventana, y cuando volvió a hablar lo hizo más bajito, como quien saca del fondo del armario una cosa que hace tiempo que no toca.
—Yo me casé con tu padre teniéndole miedo a todo, y me fue fatal.
Ya lo sabes. Un hombre que no era malo, pero que no me miraba.
Que estaba y no estaba. Y yo aguanté doce años, y de aguantar aprendí a hacerme pequeña, a no molestar, a no pedir, hasta que un día me miré al espejo y no me reconocí.
Cuando me separé, me juré que no volvería a arriesgarme con nadie.
Que prefería estar sola. Igual que tú ahora.
Igualita. —Me miró—. Y estuve sola siete años, muy digna y muy segura y muy triste.
Hasta que apareció Manolo, con su bigote ridículo y su taller de motos, y me entró el mismo pánico de siempre.
Pero esa vez, en vez de salir corriendo, me quedé quieta el tiempo suficiente para ver qué clase de hombre era.
Y resultó que era de los que se quedan. Llevo veinte años con él, hija.
Veinte años. Y todos los días le doy gracias a la Naroa asustada de entonces por haberse quedado quieta una vez en la vida.
—Manolo no te blindó, mamá.
—Manolo me dejó tirada en una gasolinera de Despeñaperros a los seis meses de estar juntos, por una discusión de tontos, y tuve que volver en autobús echando pestes de él.
—Mi madre soltó una risa—. Todos meten la pata, Naroa.
Todos. La cuestión no es que no la metan.
La cuestión es lo que hacen después. Manolo apareció en mi casa al día siguiente con flores, más avergonzado que un perro, y no volvió a hacerme una cosa así en veinte años.
Aprendió. Eso es lo que se le pide a un hombre. No que sea perfecto. Que aprenda.
Me quedé mirándola, con los ojos escociéndome, porque estaba diciendo en voz alta lo que yo no me había atrevido ni a pensar.
Se levantó, recogió los últimos platos, y antes de meterse en la cocina se giró y me soltó la puntilla, esa que las madres guardan para el final:
—Ese chico lleva un mes escribiéndote cartas, según me ha contado tu hermana, que no sabe guardar un secreto ni debajo del agua.
Un mes. Escribiendo a alguien que no le contesta.
¿Tú sabes lo que es eso? Eso no lo hace un hombre que te mete en un saco.
Eso lo hace alguien arrepentido de verdad.
Los hombres así no escriben cartas a mano, hija.
Cobran y se van. Este está pagando. Déjale pagar, si de verdad lo quieres.
Y si no lo quieres, díselo y que descanse el pobre, que un mes ya son ganas.
Y se metió en la cocina a fregar, dejándome sola en el comedor con toda mi vida puesta patas arriba encima del mantel de flores.
Volví a casa aquella tarde con la cabeza como una lavadora en centrifugado.
Porque mi madre, con su gazpacho y su chantaje de la muerte, había puesto el dedo exactamente donde yo llevaba un mes sin querer mirar.
Que yo no me había ido por dignidad. Me había ido por costumbre.
Por el mismo reflejo que me hacía elegir el asiento del pasillo, cerca de la salida, toda la vida.
Lennox había metido la pata, sí, pero lo que me había hecho salir corriendo no era su pata.
Era mi miedo. El miedo llevaba tres años conduciendo mi vida, y yo lo había confundido con el sentido común.
Y una cosa más, la que más me escocía: mi madre tenía razón en lo de Álvaro.
Yo llevaba un mes tratando a Lennox como si fuera Álvaro, cargándole a él una factura que era de otro.
Álvaro no me quería y me lo escondió años.
Lennox me quería y le entró el pánico y lo hizo fatal.
No era lo mismo. Nunca había sido lo mismo.
Y yo, en mi empeño de no volver a sufrir, los había metido a los dos en el mismo saco, exactamente igual que Lennox me había metido a mí en el saco de Fiona.
Los dos habíamos hecho lo mismo. Los dos habíamos metido a alguien en un saco que no le correspondía por miedo a mirarlo de verdad.
Pero que quede clara una cosa, no vaya a parecer que me ablandé como un flan y salí corriendo a sus brazos.
Decidir dejar de huir no era lo mismo que decidir perdonarlo sin más.
No pensaba volver a Escocia a caer rendida en el suelo de aquel cuarto de invitados y hacer como que no había pasado nada.
Eso sí que habría sido volver a ser la tonta de Álvaro.
Lo que decidí aquella noche fue más difícil y menos romántico: decidí darle una oportunidad de demostrarme que había cambiado, pero en mis términos.
Despacio. Sin blindajes por ninguna de las dos partes, pero también sin rendiciones.
Que se lo ganara. Que me lo demostrara. Y que, si en algún momento volvía a firmar un papel a mis espaldas o a tratarme de menos, esta vez yo me iría sin dudar y sin mirar atrás y sin guardar cartas en ningún cajón.
Una oportunidad. No un cheque en blanco.
Esa noche no dormí. Saqué el cajón de las cartas.
Las tenía ya ordenadas por fechas, atadas con una goma, como una adolescente, cosa que jamás confesaré.
Las releí todas de una sentada, del tirón, una detrás de otra, aquella noche entera.
Y no las leí buscando motivos para odiarlo, como me había mentido a mí misma que hacía.
Las leí buscando al hombre. Y el hombre estaba ahí, en cada página, torpe y honesto y arrepentido, contándole a un folio quién era, a ver si el folio contestaba.
En la número siete confesaba que había aprendido a hacer gazpacho «fatal, pero lo hago, y me acuerdo de ti pelando tomates y me entran ganas de tirar la olla por la ventana».
En la número diez me contaba que Brodie le había puesto mi nombre a un chupito y que el muy idiota iba contándole a todo el que entraba las cosas que le había dicho a la rubia.
Cosas pequeñas. Cosas de un hombre que no se rendía.
Y decidí contestar.
No fue una decisión de golpe, de esas de película, con música de violines. Fue más bien que a las cuatro de la madrugada, con las cartas desparramadas por la cama, me di cuenta de que ya la había tomado hacía rato sin querer, y de que lo único que me faltaba era el valor de admitirlo.
Cogí papel. Del bueno, no de la impresora, que para una carta importante hasta el papel importa.
Cogí un bolígrafo. Y me senté a la mesa de la cocina, en el mismo sitio donde había leído su primera carta tirada en el suelo, y empecé a escribir, y rompí cuatro intentos —uno demasiado duro, uno demasiado blando, uno donde me ponía a llorar a mitad de folio y uno donde le echaba tanto morro que parecía que le hacía un favor— y al quinto salió esto:
«Lennox:
No te escribo para decirte que te perdono, porque todavía no lo sé. Y no te voy a mentir, que ya hemos tenido bastante de eso los dos.
Te escribo para decirte que leo tus cartas.
Todas. Que las guardo. Que me sé algunas de memoria y que odio saberme algunas de memoria.
Que el día que contaste lo del loch me pasé la noche llorando.
Y que tienes razón en una cosa: te fuiste a las islas a blindarte contra mí, sí, pero yo me fui a Sevilla a blindarme contra ti.
Los dos hicimos lo mismo, cada uno a nuestra manera.
Tú con un abogado. Yo con dos mil kilómetros.
Tú te protegiste el dinero. Yo me protegí el corazón.
Y ninguno de los dos, resulta, ha conseguido protegerse una mierda, porque yo estoy aquí igual de rota que tú.
Así que te propongo una cosa. No te prometo nada. No te digo que vuelvo. No te digo que esto se arregla. Pero sigue escribiéndome, y a ver qué pasa. Una carta cada vez. A pecho descubierto los dos, para variar.
Y si algún día vienes —que eso ya lo decidiremos más adelante, no te vengas arriba—, trae bollos de canela.
Naroa.»
La metí en un sobre. Le puse un sello, uno de los normales, feos, de la oficina de correos, nada de sellos bonitos, que tampoco era plan de ponerme yo cursi.
Escribí la dirección de la casa de Claudia, que era la única de Escocia que me sabía, con una nota mental de que ya se encargaría mi hermana de hacérsela llegar, encantada de la vida de ejercer de cartera del amor.
Y a la mañana siguiente, antes de arrepentirme, antes de que mi cabeza tuviera tiempo de convencerme de que era una idiota, de que estaba tirando por la borda un mes de dignidad, de que un blindaje no se paga con cartas bonitas, bajé a la calle en pijama y con las chanclas de estar por casa, caminé hasta el buzón de la esquina, y antes de pensarlo dos veces la eché por la ranura.
La oí caer dentro. Un ruidito tonto, de papel contra metal, el sonido más pequeño del mundo.
Y me quedé un rato ahí plantada, delante del buzón amarillo, en mitad de una mañana de sol de Sevilla, con dos señoras mirándome raro porque estaba contemplando un buzón como si fuera la Giralda, y con el corazón latiéndome como si acabara de tirarme de un avión.
Que era, exactamente, lo que acababa de hacer. Otra vez. Solo que esta vez, por una vez en mi vida, no me había tirado para huir de algo.
Me había tirado hacia algo.
Volví a casa despacio, notando el sol de mi ciudad en la cara, y por una vez en todo el mes no sentí que me sobraba.
Ya estaba hecho. Ya no había marcha atrás.
Y en algún punto de Escocia, dentro de unos días, un hombre enorme iba a abrir un sobre escrito con mi letra e iba a saber que el folio, por fin, le había contestado.