Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 17 Las cartas #2
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Capítulo 17 Las cartas #2

Me lo repetí, además, en voz alta, delante del espejo del baño, como una loca, porque necesitaba oírmelo para creérmelo.

«Naroa, una carta no es nada. Escribir es fácil.

Cualquiera escribe bonito cuando ya lo ha perdido todo.

Lo difícil es no firmar el papel el día que tocaba, y ese día él eligió firmarlo.

» Y tenía razón mi yo del espejo. La tenía toda.

El problema es que mi yo del espejo hablaba desde la cabeza, y en algún punto de aquellas tres semanas mi cabeza y mi pecho habían dejado de estar de acuerdo en nada, y cada uno tiraba para su lado dejándome a mí en medio, descuartizada como en una feria.

Aquella noche dormí con la carta en el cajón de la mesilla, no en el del salón. Me dije que era para tenerla controlada. No era para tenerla controlada. Era para tenerla cerca. Pero eso no se lo confesé ni al espejo.

Pero a los cuatro días llegó la segunda.

Y esta vez no aguanté seis horas. Aguanté seis minutos.

La segunda carta no hablaba de él. Hablaba de mí.

De cosas que yo no sabía que él había visto.

«Te ríes tapándote la boca cuando algo te hace mucha gracia, como si te diera vergüenza reírte tan alto.

Nada más verte, en la boda, pensé que era la cosa más bonita que había visto nunca, y me enfadé conmigo por pensarlo.

» Cosas así. Cuatro páginas de cosas así.

De un hombre que decía no saber mirar a nadie y que resultó que me había estado mirando a mí todo el tiempo, guardándose los detalles como quien guarda monedas en un bolsillo.

A la semana llegó la tercera. Y después empezaron a llegar más, con fechas separadas por pocos días, aunque el correo las trajera a su ritmo.

Nunca pedía nada. Nunca decía «vuelve». Nunca preguntaba por qué yo no contestaba.

Solo escribía, y escribía, y seguía escribiendo, como quien echa cartas a un pozo sin saber si hay agua abajo.

Cada carta era distinta. Una me contaba la historia de la destilería, de su bisabuelo que la fundó con cuatro barriles y una mula, como disculpándose por no habérmelo enseñado cuando pasamos por delante y yo dije aquello de «imagínate ser el dueño de eso».

Otra me hablaba del pueblo, de Brodie, que según él andaba insoportable echándome de menos y amenazando con ir a buscarme a Sevilla «a por la única clienta que le reía las gracias».

Otra, la que más me dolió, era cortísima: solo cuatro líneas para decirme que había vuelto al loch de su padre, solo, y que esa vez el sitio no lo había calmado nada, por más que se sentó en la misma piedra de siempre, porque ahora también estaba yo allí, en aquella roca, aunque no estuviera.

Y yo, que me había jurado no ablandarme, empecé a hacer una cosa que me delataba y que me negaba a mí misma: empecé a esperarlas.

A bajar al buzón con el corazón en la boca.

A decepcionarme los días que no había carta y a guardarlas todas, sin contestar ninguna, en un cajón que cada semana pesaba un poco más.

Las releía por las noches. Me sabía frases enteras de memoria.

Y me odiaba por ello, porque una mujer con dignidad no se aprende de memoria las cartas del hombre que la tomó por interesada. Pero ahí estaba, aprendiéndomelas.

Claudia me llamaba a menudo, oficialmente para ver cómo estaba, extraoficialmente para hacer de espía doble.

—¿Te siguen llegando? —me preguntó una noche.

—¿El qué?

—No te hagas la tonta conmigo, Naroa García. Las cartas. Marcus dice que su hermano se pasa las noches escribiéndote y que ha vaciado la papelería del pueblo de sellos. Que la mujer del estanco ya le pregunta que para quién son tantas.

Me quedé callada, lo cual con Claudia es una confesión completa.

—Ay, madre —dijo, encantada—. Que le lees las cartas. Que las guardas. Lo sabía.

—Las leo para saber por dónde va. Punto. No significa nada.

—Ya, ya. Y yo me acuesto todas las noches con Marcus por el bien de la paz mundial. —Bajó la voz—. Naroa. En serio. ¿Cómo estás?

Y le dije la verdad, porque a Claudia a esas horas y a esa distancia se le puede decir la verdad.

—Estoy hecha polvo, Claudia. Lo echo de menos como si me faltara un órgano. Leo sus cartas y quiero coger un avión. Y luego me acuerdo del papel, de la fecha, de cómo me sentí al verlo, y se me pasan las ganas. Estoy atrapada entre lo que siento y lo que sé. Y no sé cuál de los dos tiene razón.

—A lo mejor no se trata de que uno tenga razón —dijo mi hermana, más sabia de lo que ella misma se cree—.

A lo mejor se trata de decidir con cuál de los dos prefieres vivir.

Puedes tener toda la razón del mundo y estar sola en tu piso de Sevilla releyendo cartas a las tres de la mañana.

O puedes arriesgarte a equivocarte. Tú sabrás qué prefieres.

—Eso es muy fácil decirlo desde tu lado, que a ti Marcus no te blindó.

—A mí Marcus me ocultó que su familia tiene medio condado, no te creas que me hizo gracia.

—Suspiró—. Nadie es perfecto, Naroa. Ni siquiera los buenos.

La cuestión no es si te van a fallar. Te van a fallar, seguro, todos, de una manera o de otra.

La cuestión es si, cuando fallan, se dan cuenta y arreglan lo que rompieron.

Y ese hombre lleva tres semanas de rodillas arreglando.

Por carta. Con su letra de patas de araña. Yo solo digo eso.

No supe qué contestarle. Colgué, me fui a la cama, y me quedé mirando el techo de mi cuarto de Sevilla, con el cajón de las cartas al otro lado de la pared pesándome como si tuviera vida propia, pensando en un hombre enorme al otro lado de Europa que se pasaba las noches contándole a un folio quién era, por si algún día el folio le contestaba.