Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 17 Las cartas
81%

Capítulo 17 Las cartas

Resulta que se puede vivir con el corazón roto.

Es una de esas cosas que una descubre a la fuerza.

No es agradable, pero se puede. Te levantas, te duchas, contestas correos, corriges novelas ajenas llenas de duques y de institutrices que se enamoran sin complicaciones legales, comes algo, finges por teléfono que estás estupenda, te acuestas, y al día siguiente vuelves a empezar.

El truco está en no pararse. Porque en cuanto te paras, en cuanto hay un hueco de tres minutos sin nada que hacer, aparece él.

Su risa. Su manera de decir mi nombre. La cama que sonaba…

Y hay que volver a levantarse y buscar algo que fregar.

La novela que estaba corrigiendo, para colmo de coñas del universo, era una romántica histórica de seiscientas páginas en la que un vizconde arrogante y una joven sin fortuna se enamoraban a lo largo de treinta capítulos de miradas, bailes y malentendidos, para acabar casándose en la última página bajo una lluvia de pétalos.

Me pasaba el día metiendo comas y quitando cursis en una historia de amor perfecta mientras la mía se había ido al garete con papeleo de por medio.

Había pasajes que no podía ni leer. «Él la miró y supo que jamás la dejaría marchar.

» Ya. Claro. Pues anda que no marchan, guapo.

En los márgenes, donde debía anotar correcciones de estilo, me sorprendí más de una vez escribiendo cosas como «esto en la vida real no pasa» o «pídele que firme algo antes de fiarte, bonita», y tuve que borrarlas antes de mandarle el archivo a la editora, no fuera a pensar que su correctora estrella se había vuelto loca. Que un poco sí.

Las dos primeras semanas en Sevilla las pasé así, en modo supervivencia, fingiendo delante de todo el mundo.

Delante de mis amigas, que me sacaban a cañas y me trataban con la delicadeza con la que se trata a un jarrón con una raja.

Delante de mi madre, sobre todo, que ya andaba sin las muletas, pero cojeando aún del tobillo, y que me miraba con esa cara de radar materno que lo detecta todo aunque no le cuentes nada.

—A ti te pasa algo —me dijo, el primer domingo, mientras comíamos en su casa.

—No me pasa nada, mamá.

—Naroa, que te parí. Que sé cuándo estás mala aunque me digas que estás bien. Has vuelto de esa boda rara y estás apagada. ¿Qué ha pasado en Escocia?

—Nada. Que llueve mucho.

—Llueve mucho. —Mi madre repitió mis palabras masticándolas, sin creérselas ni por asomo—.

Mira, hija, yo me rompí el tobillo tres días antes de la boda de tu hermana y no pude ir, y me quedé con una espinita clavada de no ver a mis niñas casadas las dos.

Pero ahora te miro la cara y pienso que igual me libré de algo. ¿Qué te han hecho allí?

—Nadie me ha hecho nada, mamá.

—Los hombres. —Lo dijo como quien nombra una plaga—. Siempre es un hombre. Se te ve en la cara, que la tienes de haber querido a alguien que no lo merecía. Esa cara la conozco. La tuve yo con tu padre antes de conocer a Manolo.

Mi madre me miró por encima de las gafas, no se creyó ni una palabra de mis evasivas, pero tampoco insistió, porque es de esas madres sabias que saben que a los hijos hay que esperarlos, no sacarles las cosas con sacacorchos.

Se limitó a ponerme otra ración de guiso que yo no había pedido y a decir, como quien no quiere la cosa:

—Pues cuando quieras contármelo, aquí estoy. Y si hay que ir a Escocia a partirle la cara a alguien, tú avisas, que el tobillo ya casi lo tengo bien y me quedan ganas de estrenar bota nueva.

Le sonreí, y por un momento estuve a punto de contárselo todo y llorar en su regazo como cuando tenía ocho años. Pero no lo hice. Me guardé el guiso, me guardé las lágrimas, y me fui a casa a seguir fingiendo.

La primera carta llegó un martes.

La encontré en el buzón entre la publicidad de una pizzería y una factura de la luz, y supe lo que era antes de tocarla, porque el sobre tenía sellos escoceses y mi nombre escrito a mano con una letra grande, torpe, de hombre que no escribe cartas a menudo.

Se me paró el corazón en mitad del portal.

Me quedé mirando el sobre un rato largo, con la publicidad de la pizzería temblándome en la otra mano, debatiéndome entre tirarlo sin abrir a la basura, que era lo sensato, y abrirlo, que era lo que me pedía el cuerpo.

Gané yo la de sensata. Subí a casa, dejé la carta sobre la mesa de la cocina, boca abajo, para no verle ni mi nombre, y me juré que no la abriría. Que ya había tenido bastante con lo suyo. Que un hombre que te blinda a escondidas no merece ni que le leas las cartas.

Aguanté seis horas.

Seis horas dando vueltas por el piso como un tigre enjaulado, fingiendo que corregía al vizconde de las narices, levantándome cada media hora con la excusa de un vaso de agua para pasar por delante de la cocina y mirar el sobre de reojo, como se mira una tarta cuando estás a dieta.

Lo cambié de sitio dos veces. Lo metí en un cajón para no verlo.

Lo saqué del cajón porque no verlo era peor.

Y a las doce de la noche, derrotada, me senté en el suelo de la cocina con la espalda contra los armarios, y lo abrí.

La abrí en pijama, con un nudo en el estómago, diciéndome que la leía solo para poder odiarlo con más argumentos.

Y no era lo que esperaba. No era una carta de súplica.

No era un «vuelve, por favor, no puedo vivir sin ti» de los que se escriben para dar pena.

Era otra cosa. Era Lennox, por fin, contándomelo todo.

Lo que no me había contado en tres semanas de convivencia, lo que se había callado en el loch, lo que me había pedido tiempo para decirme y nunca dijo.

Todo. Por escrito. Sin que yo se lo pidiera y sin poder cortarlo yo con un portazo.

Me hablaba de su padre. De verdad, esta vez, sin el resumen bonito para primera cita.

Me contaba cómo lo encontró muerto en el despacho, cómo tuvo que identificarlo, cómo a la semana ya había buitres a su alrededor midiendo cuánto valía ahora que era el heredero.

Me contaba el pánico de aquellos primeros años, las noches sin dormir, la gente que se acercaba con la sonrisa puesta y la mano abierta.

Me contaba lo de Fiona sin adornos: que se dejó querer por ella porque era cómodo no arriesgar nada, tener a alguien al lado sin abrirle la puerta de verdad.

Y me contaba, con una honestidad que dolía leer, lo que le pasó conmigo.

«Contigo se me rompió el sistema —escribía, con esa letra torpe—.

Llevaba seis años protegiéndome de todo el mundo, y llegaste tú con tu vestido rarito y tu mala leche y en tres días ya no sabía protegerme.

Y en vez de alegrarme, me dio pánico. El pánico de mi padre, el de que todo se puede perder en un segundo.

Así que hice lo único que sabía hacer con el miedo: firmar un papel.

Fui a las islas y me blindé contra ti como un cobarde, no porque pensara que ibas detrás de mi dinero, sino porque no soportaba la idea de necesitarte tanto y quedarme sin red.

Fue lo más ruin que he hecho nunca. Y lo peor es que, mientras lo firmaba, ya sabía que te quería.

Ya lo sabía. Firmé sabiéndolo. Eso no tiene perdón, y no te escribo para pedírtelo. »

Me quedé mirando esa última frase mucho rato. «No te escribo para pedírtelo.» Y más abajo, al final, lo remataba:

«Te escribo porque me dijiste una cosa el día que te fuiste que no se me va de la cabeza.

Me dijiste que querer a alguien es dejar que te vea entero y arriesgarte a que te haga daño.

Y tenías razón. Yo nunca me he dejado ver entero por nadie.

Ni por mi madre. Así que voy a hacerlo ahora, aunque llegue tarde y aunque no sirva de nada.

Te voy a contar quién soy, todo, sin blindarme, sin protegerme, sin letra pequeña.

Y si un día decides usarlo para hacerme daño, adelante.

Me lo he ganado. Prefiero que me veas entero y me odies a seguir escondiéndome y que me quieras a medias.

Tú me enseñaste eso. Tarde, pero me lo enseñaste. Lennox.»

Debajo de la firma, en una posdata escrita más pequeño, como quien añade algo que no se atreve a decir en el cuerpo de la carta, ponía: «P.D.

: No voy a ir a Sevilla a montarte una escena en la puerta de tu casa.

Sé que lo odiarías. Sé que pensarías que te estoy acorralando otra vez, y ya te acorralé bastante con lo del papel.

Así que no voy a aparecer. Voy a escribirte.

Y voy a esperar. Todo el tiempo que haga falta.

Si algún día quieres que pare, dímelo y paro.

Pero mientras no me lo digas, voy a seguir aquí, contándote cosas, por si sirve. »

Y ahí, en el suelo de mi cocina de Sevilla, a la una de la madrugada, en pijama, con la carta temblándome en las manos, me eché a llorar por él, y no de rabia, esta vez. De otra cosa.

Porque el muy desgraciado había hecho exactamente lo que yo le había echado en cara que no supo hacer. Se había desblindado. Se había puesto entero encima de la mesa, a pecho descubierto, sin abogado, sin fecha, sin red. Justo lo que le pedí. Justo lo que él era incapaz de hacer.

Y lo había hecho cuando ya no ganaba nada con ello. Cuando yo estaba a dos mil kilómetros y no le cogía el teléfono.

No contesté la carta. Que quede claro. No soy tan fácil, ni tan tonta, ni tan rápida.

Una carta bonita no borra un blindaje, igual que un ramo de flores no borra una infidelidad, y yo ya había perdonado demasiadas cosas en mi vida por una frase bien puesta.

Doblé la carta, la volví a meter en su sobre, y la guardé en un cajón.

Y me dije que hasta ahí. Que ya la había leído, que ya sabía su versión, y que con eso me bastaba.