Capítulo 16 El asiento del pasillo #2
El día del vuelo, en el aeropuerto, mientras esperábamos en la puerta de embarque, elegí asiento.
Pasillo. Cerca de la salida. Como siempre.
Como toda mi vida. Y Claudia, que me vio hacerlo por encima del hombro, me quitó el móvil de las manos, cambió mi asiento a ventanilla y me lo devolvió sin decir nada.
—¿Por qué has hecho eso? —protesté.
—Porque llevas toda la vida eligiendo el asiento del pasillo, cerca de la salida, por si tienes que salir corriendo —dijo, guardándose el suyo—. Y mira lo bien que te ha ido. A lo mejor va siendo hora de que te sientes en la ventanilla y mires el paisaje, aunque no puedas escaparte tan rápido.
—Muy filosófica te veo para ser las siete de la mañana.
—Me lo dijo la abuela Sinclair, la verdad.
—Se encogió de hombros—. Llamó ayer, preguntando por ti.
Muy digna, muy escocesa, pero preguntando.
Y me dijo que te dijera una cosa: que su nieto es «tan bruto como bueno, y que las dos cosas suelen venir en el mismo paquete».
No sé qué quería decir. Pero venía de ella, así que te lo transmito.
No le contesté. Pero cuando el avión despegó, y Escocia empezó a hacerse pequeña por la ventanilla —las colinas verdes, la niebla, en algún punto de allá abajo un loch escondido y un pueblo donde llovía de lado y un hombre enorme y cobarde al que quería con toda mi alma—, me di cuenta de que Claudia, la muy insoportable, tenía razón otra vez.
Desde la ventanilla se ve todo lo que dejas atrás. Y duele más. Pero se ve.
Y mientras Escocia se encogía allá abajo, entre la niebla, me acordé de Angus.
Del cura borracho de la boda, de los votos que se comió y volvió a inventar.
«Hasta que las Highlands os separen», había dicho, y yo me había reído por dentro pensando que era un lapsus tonto de un hombre con dos botellas encima.
Pues no era ningún lapsus. Resulta que el borracho tenía razón. Al final habían sido exactamente las Highlands las que nos habían separado: aquel país de lluvia de lado, aquel pueblo, aquella casa, aquel papel firmado en unas islas frías. Las Highlands nos separaban. Palabra de reverendo.
Sevilla me recibió con treinta y cinco grados, un cielo azul sin una sola nube y ese calor espeso que se te mete en la ropa.
Bajé del avión y el bofetón de aire caliente, que toda la vida me había sabido a casa, me supo aquella tarde a otra cosa.
A ausencia. Porque llevaba tres semanas quejándome de la lluvia, del frío, de la humedad que me ablandaba el carácter, soñando con mi sol y mi calor y mi ciudad.
Y ahora los tenía, todos, de vuelta, y lo único que sentía era que me sobraban.
Fue rarísimo. Reconocer cada esquina, cada bar, el olor del azahar que ya se iba muriendo, el sonido de mi idioma por todas partes, la gente hablando a gritos, la vida a pleno volumen.
Todo lo que había echado de menos. Todo mío otra vez.
Y a la vez, todo como visto a través de un cristal, como si yo estuviera un poco fuera, mirando mi propia ciudad desde la ventanilla de un avión que no terminaba de aterrizar.
Mi piso estaba tal cual lo había dejado. Las plantas medio secas, el correo acumulado bajo la puerta, la novela de seiscientas páginas abierta por la página donde la había dejado, la misma quietud de siempre. Mi vida entera, intacta, esperándome donde la aparqué. La había recuperado enterita.
Y estaba vacía.
Me senté en mi propio sofá, en mi propia casa, en mi propia ciudad, rodeada de todo lo mío, y me sentí más lejos de casa que en toda mi vida.
Porque resulta que en algún momento de aquellas tres semanas ridículas, sin darme cuenta, mi idea de «casa» había dejado de ser un piso en Sevilla y había pasado a ser el suelo de un cuarto de invitados con una cama que sonaba y un armario rubio que roncaba bajito.
Y esa casa ya no la tenía. La había dejado atrás, en un pueblo donde llovía a mares, cerrando la puerta yo misma.
Claudia se quedó una semana. Me obligó a regar las plantas, a abrir las ventanas, a comer gazpacho de verdad y no de bote, a ducharme todos los días aunque no tuviera ganas.
Me sacó a la calle a rastras cuando yo lo único que quería era quedarme en el sofá criando moho.
Me llevó a tomar cañas con mis amigas de siempre, que me recibieron con un cariño enorme y una curiosidad todavía mayor, porque «te fuiste a una boda tres días y has vuelto tres semanas después divorciándote de un millonario escocés, Naroa, esto da para serie».
Me reí. Poco, pero me reí. Y por las noches, cuando se me caía la coraza, Claudia se metía en mi cama como cuando éramos crías y me dejaba llorar sin decirme que dejara de llorar, que es lo único que de verdad se agradece cuando estás así.
No fue mágico. No se me pasó. Pero tener a mi hermana una semana en casa fue como ponerle una tirita a algo que necesitaba puntos: no lo curaba, pero al menos no me desangraba sola.
Y cuando se volvió a Escocia, con Marcus ya perdonado a medias por teléfono, me abrazó en el aeropuerto —en el mismo aeropuerto, con los papeles cambiados, ahora era ella la que se iba y yo la que se quedaba— y me dijo al oído una cosa que no le pedí y que me guardé sin querer:
—Él sigue igual de mal que tú. Por si te sirve de algo.
Marcus dice que no come, que no habla, que se pasa el día en esa casa mirando la puerta por la que te fuiste.
Que ha dejado de ir a la oficina, que ni las destilerías ni los barcos ni nada.
—Me apretó fuerte—. No te digo que lo perdones.
No es asunto mío y bastante lío tenéis. Te digo que estáis los dos igual de rotos, cada uno en una punta de Europa, por un papel que él ya ha quemado.
Y que la abuela tenía razón: bruto y bueno, en el mismo paquete.
Tú sabrás lo que haces con eso. Pero piénsalo con la cabeza fría, no con el miedo.
Que tú, cuando te da por huir, no piensas: corres.
Me dio un beso, cruzó el control de seguridad, y se giró una última vez para señalarme con el dedo, muy seria, un gesto que significaba «piénsalo» y «te quiero» y «no hagas tonterías» todo a la vez.
Y se fue, dejándome sola en mi ciudad soleada, con mi vida recuperada, mi novela a medias y un hueco enorme con forma de escocés en falda que ni el sol de Sevilla, ni el gazpacho, ni las seiscientas páginas conseguían rellenar.