Capítulo 16 El asiento del pasillo
El hotel del aeropuerto era de esos sitios sin alma que existen solo para pasar por ellos, con moqueta gris, un cuadro de un barco y un olor a ambientador de mentira que quería ser lavanda y era tristeza embotellada. Perfecto, en realidad, para cómo me sentía yo.
Llegué en taxi, empapada, con la maleta chorreando, y me registré con la cara de alguien que acaba de salir de un accidente, que era exactamente lo que era.
La chica de recepción me miró con lástima y no me hizo preguntas, lo cual le agradeceré toda la vida.
Subí a la habitación, cerré la puerta, me senté en el borde de la cama sin quitarme el abrigo mojado, y me quedé mirando el cuadro del barco durante lo que podrían haber sido diez minutos o dos horas, sin llorar, sin pensar, vaciada.
El teléfono llevaba vibrando desde que salí de la casa. No lo miré hasta que se hizo de noche.
Cuando por fin lo cogí, tenía once llamadas perdidas de Lennox.
Y mensajes. No me los leí todos, porque no tenía cuerpo para leerlos todos, pero los fui viendo pasar por la pantalla como se ve pasar el paisaje desde un tren, sin pararme en ninguno.
«No te vayas así, por favor.» «Llámame cuando puedas, aunque sea para gritarme.
» «He llamado a Hendry.» «Naroa, di algo.
» «Aunque sea un insulto. Lo que quieras.
» Y el último, el que me remató del todo: «He roto el papel.
Tengo las fotos para enseñártelas cuando quieras.
Aunque sé que no es el papel. Lo sé. Perdóname. »
Y después de leer ese, apagué el teléfono, porque cada palabra suya era como apretar un moratón, y me hice un ovillo encima de la colcha, con el abrigo puesto todavía, y por fin me solté a llorar como no me había soltado en tres años.
Lloré por él, y por mí, y por la mujer idiota y feliz que había sido aquella misma mañana, cantando a Rocío Jurado en una cocina prestada, haciendo planes de Navidades.
Aquella mujer me daba una pena horrible. Era como llorar por otra persona.
Llamaron a la puerta a las diez de la noche.
—Naroa, ábreme, que sé que estás ahí. Me lo ha dicho la de recepción.
Era Claudia.
Le abrí porque a Claudia no se le puede no abrir, y en cuanto crucé el umbral se me echó encima y me abrazó tan fuerte que me hizo daño, y ahí, en sus brazos, en aquel pasillo de moqueta gris, me volví a deshacer entera.
—Ay, mi niña —decía, meciéndome como a una cría—. Ay, mi niña, ven aquí, ya está, ya está.
Nos sentamos en la cama. Ella me quitó el abrigo mojado que yo seguía sin quitarme, me envolvió en una manta del hotel, pidió a recepción un té y unas galletas como si estuviéramos en un balneario y no en el fin del mundo, y me sonó los mocos con un pañuelo como cuando yo tenía seis años y ella nueve.
Y cuando por fin me calmé un poco, le conté todo.
Lo del dinero. Lo de la destilería. Lo del blindaje. La fecha. Fiona. Todo.
Claudia escuchó sin interrumpir, que en ella es un récord olímpico.
Se le fue cayendo la mandíbula por tramos.
Cuando llegué a lo de la destilería y los barcos abrió la boca para decir algo y la volvió a cerrar.
Cuando llegué a lo del blindaje y la fecha, se le pusieron los ojos como platos.
Y cuando terminé, se quedó un momento callada, procesando, con esa cara que ponía de pequeña justo antes de tirarse a la piscina de cabeza.
—A ver si me entero —dijo—. ¿Lennox es supermillonario? ¿Millonario de verdad? ¿De destilerías y barcos?
—De verdad.
—O sea que mis teorías eran una mierda. No era contrabandista.
Era rico. Riquísimo. —Se quedó pensando un segundo—.
Qué decepción, oye. El contrabandista tenía más glamour.
Yo ya me lo imaginaba con una lancha y un cargamento de salmón ilegal, y resulta que era un señor de traje que sale en el Financial Times. Menudo bajón.
—Claudia.
—Perdón. Perdón, es que estoy en shock. —Se pasó las manos por la cara—.
¿Y el papel ese? ¿Me estás diciendo que ese...
que ese pedazo de animal fue a las islas, después de haberse liado contigo, después de decirte que te quería, a firmar un documento para que tú no le sacaras un duro?
¿Nos pagó a nosotros una boda en un castillo, un dineral, y a ti te blinda como si fueras una ladrona?
—Ese es el resumen, sí.
Claudia se levantó de la cama. Empezó a andar de un lado a otro de la habitación, que es lo que hace cuando está a punto de estallar, y estalló.
—Pero será hijo de... —Se contuvo, porque la abuela Sinclair le caía bien y no quería insultar a la familia entera—.
Es que me lo llevo por delante. Mañana mismo voy a esa casa y le arranco la barba pelo a pelo.
¡Con lo que ha llorado mi hermana! ¡Con lo que le ha costado a mi hermana abrirse otra vez después del cabrón de Álvaro!
Y va este señor feudal con su castillo y sus barcos y la mete en el mismo saco que a la lagarta de Fiona.
¡Le voy a decir a Marcus que se busque otra familia! ¡Que devuelvo el apellido!
—El apellido no se devuelve, Claudia.
—Pues lo tiro a la basura. Algo haré. —Cogió una galleta de las que había traído recepción, la miró con odio como si tuviera la cara de Lennox, y se la comió de un bocado con una violencia que daba miedo—.
Es que me hierve la sangre. ¿Tú sabes la de veces que le he defendido yo a ese hombre delante de la gente?
«No, si Lennox es un cielo, si es tímido, si en el fondo es un trozo de pan.
» ¡Un trozo de pan con un despacho de abogados escondido!
—Claudia, no la pagues con Marcus, que él no ha hecho nada.
—Marcus lo sabía. —Claudia se paró en seco—.
Lo del dinero, digo. Tuvo que saberlo. Es su hermano.
Han crecido juntos. —Se le puso una cara nueva, entre dolida y peligrosa—.
O sea que estoy casada con un hombre cuya familia tiene medio condado y a mí me han dejado creer que eran cuatro señores del campo con una casa grande.
Ese Marcus también va a tener una conversación conmigo esta noche, no te creas. Por teléfono. Larga. Cara.
—No montes un cristo por mí. Bastante tengo.
Se sentó otra vez a mi lado. Me cogió las manos. Y por un momento dejó de hacer la graciosa y la furiosa, y fue solo mi hermana mayor, la que me conocía mejor que nadie en el mundo.
—Naroa. Escúchame. Yo estoy de tu lado, siempre, pase lo que pase.
Si tú me dices que ese hombre es un cerdo y que no lo quieres volver a ver, mañana le corto yo misma las ruedas del coche y no volvemos a hablar de él.
Pero necesito preguntarte una cosa, y necesito que me contestes de verdad, no con la cabezonería que has heredado de papá. —Me apretó las manos—. ¿Tú lo quieres?
Y ahí, no pude mentir. Porque a Claudia se le puede mentir sobre muchas cosas, pero no sobre esa, porque me conoce la cara.
—Sí —dije, en un hilo—. Lo quiero. Muchísimo.
Y por eso me tengo que ir. Porque si me quedo, lo perdono.
Y si lo perdono, vuelvo a ser la tonta que se quedó con Álvaro encontrándole excusas hasta que no quedó nada de ella.
Y no puedo, Claudia. No puedo volver a ser esa.
Prefiero irme queriéndolo a quedarme y que me destroce poco a poco.
Claudia me miró un rato largo. Y luego, en vez de discutírmelo, en vez de convencerme como habría hecho cualquiera, hizo algo mejor: asintió.
—Vale —dijo—. Pues nos vamos a Sevilla.
—¿Nos?
—¿Tú te crees que te voy a dejar coger un avión sola en este estado?
Marcus se apaña unos días sin mí. Le vendrá bien pensar en todo lo que se ha callado.
—Se levantó, muy decidida, y empezó a recoger mis cosas de la maleta abierta para doblarlas en condiciones, porque no soporta una maleta mal hecha ni en una crisis existencial—.
Te acompaño a Sevilla, te dejo instalada, me aseguro de que comes algo que no sea helado directamente del bote, y vuelvo cuando estés mejor.
Y ni una palabra más. Somos hermanas. Esto es lo que hay.
No me quedaron fuerzas para discutírselo. Y tampoco quería. Porque de repente, la idea de no hacer aquel viaje sola me pareció lo único bueno de todo el día.
Cambiamos mi vuelo para dos días después y compramos otro para ella en el mismo avión.
Era los dos días que Claudia necesitaba para dejar a Marcus con la casa, un discurso y varias advertencias.
Y esos dos días, encerrada en el hotel del aeropuerto con mi hermana, viendo películas malas y comiendo fatal, fueron a la vez los peores y, de una manera rara, los más llevaderos de mi vida.
Claudia se instaló en mi habitación como un comando de rescate emocional.
Trajo su maleta, colonizó la mitad de mi armario, pidió room service a horas indecentes y me obligó a ver tres comedias románticas seguidas «para reprogramarte el cerebro», sin darse cuenta, la pobre, de que ver comedias románticas cuando acabas de dejar la tuya propia es una forma refinada de tortura.
Lloré con todas. Ella lloró conmigo, más que yo, porque Claudia llora hasta con los anuncios.
Y entre película y película, me hablaba de cualquier cosa menos de Lennox, que era su manera de estar a mi lado sin apretarme el moratón.
Lennox siguió llamando. Yo seguí sin cogerlo.
Claudia me quitó el teléfono el segundo día «para que no cayeras en la tentación», y lo usó ella para mandarle un único mensaje que no me enseñó pero que, por su cara al escribirlo y por la sonrisita de justicia que se le quedó después, no debía de ser precisamente cariñoso.
—¿Qué le has puesto? —le pregunté.
—Cosas de cuñada a cuñado. No te incumbe. —Guardó el móvil—. Digamos que le he explicado, con detalle andaluz, dónde se puede meter su destilería.