Capítulo 15 Solo tenías que decírmelo #2
—Estaba en el jardín, muerta de frío, en pijama, dándole a enviar a ese correo, sintiéndome la mujer más valiente del mundo por atreverme a quedarme.
—Seguían cayéndome las lágrimas y ya no me molestaba en limpiarlas—.
Y resulta, que existía, sin yo saberlo desde hacía días, un papel firmado por ti para que, cuando esto se acabara, yo me fuera con una mano delante y otra detrás.
Yo dándolo todo. Tú, cubriéndote las espaldas.
¿Entiendes por qué no puedo quedarme? No es orgullo, Lennox.
Es que ya sé cómo termina esto. Ya lo he vivido.
—Esto no es como Álvaro. Yo no soy Álvaro.
—Álvaro me engañó con otra. Tú no me has engañado con nadie, te lo reconozco.
Me sequé la cara con la manga.
—Pero el daño se parece demasiado, ¿sabes? Es la misma sensación. La de descubrir que estabas sola en una historia que creías de dos. Que mientras tú construías algo de verdad, con las dos manos, el otro tenía una puerta de salida preparada y no pensaba contártelo.
Tragué saliva. Me ardía la garganta.
—Con Álvaro era una tía del gimnasio. Contigo es un papel de abogados. Da igual la forma, Lennox. Lo que duele es enterarte de que eras la única que iba a por todas.
Respiré hondo, aunque me temblaba todo.
—Y yo ya me juré que no me volvería a pasar. Me lo juré llorando en el suelo de mi casa de Sevilla hace tres años. Y mira. Aquí estoy otra vez. En el suelo. Llorando por lo mismo.
Él dio un paso hacia mí, pero levanté una mano.
—No.
La palabra me salió pequeña, rota, pero suficiente para detenerlo.
—Yo no quería tu casa, ni tus islas, ni tu apellido. Quería que, cuando todos hablaran de mí como de un riesgo, tú fueras el único que dijera: “No. Ella no.”
—Déjame arreglarlo. —Dio otro paso, y esta vez me cogió de los brazos, y yo no tuve fuerzas para apartarme—.
Rompo ese papel ahora mismo. Lo quemo. Llamo a Hendry, lo anulamos hoy, delante de ti.
Naroa, mírame. Me he equivocado. Me he equivocado como un imbécil, como un cobarde, tienes toda la razón del mundo.
Pero lo que siento por ti es lo más verdadero que he sentido en mi vida.
Eso no es mentira. El papel es una estupidez de un hombre asustado. Lo otro es de verdad.
—Romper el papel no arregla nada, Lennox.
Ha sido la acción. —Se lo dije casi con dulzura, que fue lo que lo hizo peor—.
El papel me da igual. Rómpelo, no lo rompas, quémalo, enmárcalo.
No es el papel. El papel es solo la prueba.
Lo que no se arregla rompiendo nada es que, cuando tuviste que elegir entre, contármelo, fiarte de mí o cubrirte las espaldas, elegiste cubrirte las espaldas.
Y no se puede volver atrás y elegir otra cosa.
Eso ya lo elegiste. En las islas. Sin mí.
Y lo peor es que le creí. Ese fue el problema. Que le creí. Que sabía, mirándolo a los ojos llenos de lágrimas, que aquel hombre me quería de verdad y que el papel era, como decía, la cagada de un cobarde con miedo.
Pero da igual que le creyera. Porque yo ya había vivido esto.
Ya había estado aquí, con Álvaro, sabiendo que en el fondo me quería a su manera, encontrándole excusas, diciéndome «no lo hizo con mala intención», quedándome un poco más, tragándome un poco más, hasta que no me quedó nada de mí.
Y me juré, cuando salí de aquello hecha pedazos, que no volvería a quedarme donde me hicieran sentir que valía menos de lo que valía.
Y un papel que te mete en el mismo saco que a las cazafortunas, firmado a escondidas mientras te dicen «te quiero», es exactamente eso. Sentir que vales menos de lo que vales.
—Suéltame —dije.
—Naroa.
—Que me sueltes, Lennox.
Me soltó. Le costó, le vi lo que le costó abrir los dedos, pero me soltó, porque una de las pocas cosas buenas que tiene aquel hombre es que cuando le dices que pares, para.
Y yo subí al cuarto de invitados, saqué mi maleta de debajo de la cama traidora, la del primer día, esa que había arrastrado hasta aquí para la boda de mi hermana convencida de que odiaba las bodas, y empecé a meter mis cosas dentro sin doblar nada, con las manos torpes, a puñados, mientras él me seguía por la casa diciendo mi nombre, pidiéndome que no me fuera así, que lo habláramos, que le diera una hora, un día, lo que fuera.
—Un café. Solo un café. Nos sentamos, y si después de hablarlo sigues queriendo irte, yo mismo te llevo al aeropuerto. Pero no te vayas en caliente. Por favor.
—Si me quedo a hablarlo, me convences. —Cerré la maleta de un tirón, y le dije la verdad más honesta de toda la mañana—.
Ese es el problema, Lennox. Que me convences.
Se te da bien. Me mirarías con esos ojos, me dirías que lo sientes, romperías el papel delante de mí, y yo me quedaría.
Y en seis meses, o en un año, estaría otra vez encontrándote excusas para algo, tragándome otra cosa, haciéndome pequeña para caber en tu vida de millonario.
Y no. Me conozco. Si me quedo a hablar, pierdo. Así que no me voy a quedar a hablar.
—Me voy a un hotel —añadí, ya con la maleta en la mano, bajando las escaleras—. Cerca del aeropuerto. Y en cuanto haya un vuelo, me vuelvo a Sevilla. El lunes o antes, me da igual.
—No hagas esto. Por favor.
Me paré en la puerta. Me giré. Estaba allí, enorme, deshecho, en mitad del salón, con la bolsa de los bollos de canela todavía sobre la mesa, y me miraba como se mira algo que se te está cayendo por un barranco y no llegas a agarrar.
—¿Sabes cuál es tu problema, Lennox? —dije, con la maleta en la mano—.
Que no sabes que querer a alguien es dejar que te vea entero, con dinero y sin dinero, y arriesgarte a que te haga daño.
Yo me arriesgué contigo. Bajé el muro entero.
Y tú, mientras yo lo bajaba, estabas construyendo el tuyo con un abogado.
—Abrí la puerta, y la lluvia entró de lado, mojándome la cara, confundiéndose con lo otro—. Quédate tus bollos.
Y salí a la lluvia horizontal de las Highlands, arrastrando una maleta por la gravilla, sin paraguas, sin plan, con el corazón hecho añicos por segunda vez en tres años, mientras a mi espalda un hombre enorme se quedaba en la puerta de una casa que no era suya, sin atreverse a seguirme, viendo cómo me marchaba bajo un cielo que lloraba de lado, igual que el primer día, cuando aquel sitio no era más que un pueblo raro y frío al que había venido a regañadientes a una boda que no quería.
No miré atrás. Me juré que no miraría atrás.
Y no lo hice. Aunque me costó la vida.