Capítulo 15 Solo tenías que decírmelo
Entró silbando.
Esa es la parte que no se me va a olvidar mientras viva. Que entró silbando, con una bolsa del panadero en la mano, sacudiéndose la lluvia de los hombros, contento, diciendo mi nombre en ese tono cantarín que ponía cuando volvía a casa y sabía que yo estaba dentro.
—¡Naroa! He traído esos bollos que te gustan, los de canela, que quedaban dos y me he peleado con una señora por el último. Vas a tener que quererme solo por eso.
Y entonces me vio.
Me vio de pie en mitad del salón, descalza, con la cara hinchada de llorar y un papel en la mano.
Y le cambió la cara. Despacio, como cuando a un cielo bueno se le mete una nube por un lado.
Dejó la bolsa del panadero sobre la mesa, muy despacio, sin apartar los ojos de mí.
La sonrisa se le fue apagando sola, como una vela a la que le quitas el aire.
—¿Qué pasa?
Yo llevaba dos horas ensayando aquel momento.
Dos horas sentada en el sofá, con el documento en las rodillas, imaginando lo que le diría, ordenando la rabia, preparando las frases, decidiendo que iba a estar tranquila, que no iba a gritar, que le iba a demostrar que no me hundía.
Y en cuanto lo tuve delante, con su bolsa de bollos y su cara de niño bueno, se me olvidó todo el guion.
No le contesté con palabras. Levanté el documento y se lo enseñé, con la fecha hacia arriba, para que la viera desde donde estaba.
Y supe que era verdad todo, absolutamente todo, por cómo se quedó.
Porque un inocente pregunta «¿qué es eso?
». Lennox no preguntó qué era. Lennox se quedó blanco, se le fue el aire, y bajó los brazos como si de repente le pesaran demasiado.
No hizo falta que dijera nada. Su cara lo dijo por él.
Reconoció el papel al instante, desde tres metros, como se reconoce una cosa que llevas días temiendo que aparezca.
—Naroa —empezó—. Deja que te explique.
—¿Es tuyo? —Me tembló la voz, pero no la bajé—. La firma. ¿Es tuya?
—Sí.
—¿Y la fecha? ¿Esa fecha es cuando estabas en las islas? ¿Cuando me pediste que confiara en ti?
Cerró los ojos un segundo, como quien encaja un golpe que sabía que iba a llegar.
—Sí.
Y con ese segundo «sí» se me cayó encima el techo entero de la casa.
—Lo firmaste ahí —dije, y me salió una voz rara, muy calmada, la voz que pongo cuando por dentro estoy en ruinas—.
Fuiste a las islas, resolviste tus negocios, y de paso pasaste por el despacho de tu abogado a firmar un papel para que yo, en caso de divorcio, no me llevara ni un euro tuyo.
Cuatro días después de decirme que no querías que llegara el día del avión.
Cuatro días después de que yo te contara lo de Álvaro, lo de las cunas, cosas que no le he contado a nadie en mi vida.
Mientras yo me abría en canal, tú cogías un avión para blindarte contra mí.
—No es lo que parece.
—Es exactamente lo que parece, Lennox. Lo pone aquí. Con tu firma.
Se pasó las dos manos por la cara. Dio un paso hacia mí y yo di uno hacia atrás, y ese paso atrás lo paró en seco, como si le hubiera pegado.
—Escúchame. Por favor. —Le temblaba la voz a él también ahora—.
Ese papel... yo tengo un despacho de abogados que lleva años protegiéndome.
Cuando murió mi padre y me quedé con todo, me acostumbraron a firmar cosas así con cualquiera que se acercara demasiado.
Es lo que se hace en mi... es un protocolo.
Automático. No es que yo pensara que tú...
—Para. —Levanté una mano—. Para ahí mismo. Porque me vas a decir que es un papeleo automático, que lo firma todo el mundo, que no significa nada. Y ¿sabes qué es lo peor de todo, Lennox? Que si me lo hubieras dicho, lo habría entendido.
Se quedó parado.
—¿Qué?
—Que lo habría entendido. —Se me quebró la voz, y me dio rabia, pero seguí—.
¿Tú te crees que yo soy tonta? Eres un hombre con dinero.
Mucho. Te han hecho daño. Te han rondado cazafortunas.
Claro que entiendo que un hombre en tu situación proteja lo suyo.
Si me hubieras sentado un día y me hubieras dicho «Naroa, mira, tengo mucho más de lo que parece, y mis abogados me hacen firmar estas cosas, no te lo tomes a mal», yo te habría cogido el bolígrafo de la mano.
Te habría dicho «trae, ¿dónde firmo yo también?
». Porque tu dinero me importa un pimiento.
Me ha importado un pimiento desde el minuto uno y te lo he dicho cuarenta veces.
—Lo sé...
—¡NO LO SABES! —Y ahí sí grité, una vez, porque no me cabía dentro—.
¡No sabes nada! Porque no me lo dijiste.
Te di la oportunidad de contármelo sin presionarte.
Esperé, fui paciente contigo. Pero decidiste no hacerlo.
¿Tenías miedo de que me enterase que eras millonario y te exigiese dinero antes de que te diese tiempo a arreglarlo?
—Sequé mis lágrimas con rabia—. Me importa una mierda que seas rico, Lennox.
Ni siquiera me duele que te blindaras. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo.
Lo que me destroza es que no me dieras la oportunidad de entenderlo.
Que prefirieras ir a mis espaldas, coger un avión, firmar un papel a escondidas y meterme en el mismo cajón que a Fiona, antes que sentarte conmigo y hablarlo como una persona.
Me trataste de cazafortunas. Decidiste tú solo, en un despacho, en unas islas, que yo era como todas las demás.
Y yo, mientras tanto, aquí, ilusionándome contigo.
—Yo no pensé que fueras...
—¡Sí lo pensaste! ¡Lo pensaste lo suficiente para firmar el papel!
—Me temblaban las manos—. Pero si hasta desviabas el tema cuando alguien, a mi lado, daba alguna pista de tus ingresos.
No me vale que ahora me digas que confiabas en mí.
Los que confían no firman ese tipo de cosas a escondidas, Lennox.
Firmar ese papel es, exactamente, no fiarte.
Es dejar por escrito, con abogado y con fecha, «por si esta resulta ser como las otras».
Y a mí, después de Álvaro, esto me mata.
Porque yo no hice lo mismo. Yo te lo di todo, entero, sin condiciones, sin abogado, sin fecha, sin protegerme nada.
Me quedé sin red por ti. Y tú tenías red.
Una red enorme, cara, firmada, guardada en un cajón de las islas.
Lennox tenía los ojos brillantes. Abrió la boca. La cerró. Y por fin dijo lo único que podía decir, que era la verdad, pero que llegaba tarde:
—Tienes razón.
—Ya sé que tengo razón.
—Y me odio por ello. Naroa, si supieras cómo me he odiado estos días cada vez que me acordaba de ese papel...
—¿Te acordabas? —Solté una risa que dolía—. ¿O sea que lo tenías presente? ¿Me decías «te quiero» en el suelo del cuarto acordándote de que tenías un blindaje firmado contra mí? Eso es peor, Lennox. Eso es muchísimo peor. Preferiría que se te hubiera olvidado.
—Naroa, yo... —Se le rompió algo en la voz—.
No lo firmé porque desconfiara de ti. Lo firmé porque estaba muerto de miedo.
Porque me estaba enamorando de ti como no me había pasado nunca, y eso me daba un pánico que no había sentido desde que se murió mi padre.
Cuando él murió, en un día perdí a mi padre y me cayó encima todo lo demás, y me juré que no volvería a estar tan expuesto, tan a merced de perderlo todo de golpe.
Y de repente apareciste tú, y en tres semanas me tenías otra vez colgando de un hilo, dependiendo de otra persona para ser feliz.
Y me entró el vértigo. Y firmé ese papel como quien se agarra a algo firme mientras se cae.
No contra ti. Contra el miedo. Fue lo más cobarde que he hecho en mi vida y me odié al salir del despacho.
Volví de las islas queriéndome morir. Por eso tenía esa cara.
Y por un segundo, un segundo horrible, casi lo entendí. Casi. Porque tenía sentido, y porque le conocía ya lo suficiente para saber que era verdad, que aquel hombre grande cargaba desde niño un miedo del tamaño de una montaña.
Pero justo por eso no podía dejarme ablandar.
—No. —Negué con la cabeza, y las lágrimas me caían ya como dos cortinas—.
No me hagas eso. No me conviertas tu cobardía en algo bonito.
No me digas que me blindaste porque me querías mucho.
Eso es lo que dicen los que hacen daño para justificarse.
«Te hice daño porque te quería.» No, Lennox.
Si me querías, me lo cuentas. Querer a alguien es contárselo, no protegerte de ello a escondidas.
Tenías miedo, vale. Yo también tenía miedo, y no me fui a ningún despacho.
Yo cogí mi miedo y te lo puse encima de la mesa, en el suelo de ese cuarto, y te dije «te quiero y me da pánico».
Eso es lo que se hace con el miedo cuando quieres a alguien. Se comparte. No se firma ante notario.
—Lo sé —susurró—. Ahora lo sé.
—Pues qué pena que lo hayas aprendido cuatro días tarde.
Se hizo un vacío enorme entre los dos. Fuera, la lluvia arreciaba contra los cristales, de lado, como siempre.
Y entonces hice la cosa más valiente y más estúpida de toda aquella mañana. Le conté lo que me había callado. Porque quería que supiera, exactamente, lo que había roto.
—¿Sabes lo que hice esta mañana? —dije, más bajito ya—.
Antes de que apareciera Fiona con esto. Antes de saber nada.
—Solté una risa horrible—. Le escribí a mi editora.
Le dije que no volvía el lunes. Que necesitaba un mes más, o dos, o los que hicieran falta.
Renuncié a mi vuelo, a mi mesa, a mi novela, a mi Sevilla.
Esta mañana. Por ti. Me iba a quedar, Lennox.
Iba a decírtelo esta noche, te iba a llevar a un sitio bonito como tú me llevaste al loch, y te iba a decir que me quedaba.
Que me había enamorado de un escocés en falda y que estaba dispuesta a tirar mi vida por la ventana para ver qué pasaba contigo.
Lennox se llevó una mano a la boca. Como si le hubiera pegado un puñetazo.
—Naroa...