Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 14 El mismo saco
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Capítulo 14 El mismo saco

Aquella mañana me desperté feliz. Es importante que quede claro, porque es lo que lo hizo todo más cruel.

Lennox se fue temprano, al pueblo, a resolver no sé qué de unos pedidos.

Me besó en la frente antes de salir, me dijo «vuelvo para comer» y «esta noche hablamos, que te noto que traes algo entre manos», y yo sonreí contra la almohada pensando que sí, que esa noche le contaría que me quedaba, que había mandado a paseo a mi editora y el vuelo el lunes y toda mi vida ordenada de Sevilla, y que pensaba quedarme en aquel país de lluvia horizontal a ver qué pasaba con él.

Tenía hasta planeado cómo decírselo. Lo iba a llevar yo a algún sitio, como él me había llevado al loch, y se lo iba a soltar con calma, viéndole la cara.

Claudia y Marcus se fueron poco después, cada uno a su trabajo, retomando por fin la vida normal de recién casados.

Y yo me quedé sola en la casa, en pijama, feliz e idiota, poniendo la lavadora y cantando fatal una canción de Rocío Jurado mientras el sol raro de Escocia entraba por la ventana de la cocina.

Recuerdo que hasta hice planes tontos, de esos que una hace cuando es feliz y se cree a salvo.

Pensé que le pediría a Claudia que me ayudara a buscar un sitio para vivir, algo pequeño, cerca del pueblo, para no vivir en casa de mi hermana como una okupa sentimental.

Pensé que traería mis libros de Sevilla, los pocos que de verdad me importaban.

Pensé que a lo mejor, con el tiempo, me acostumbraba a la lluvia de lado y aprendía los nombres de los pájaros que Lennox me señalaba por la ventana.

Me permití, por una mañana, imaginar una vida entera, con sus Navidades de familia doble y su mesa llena y su abuela robándome tarta para el camino.

Llamaron a la puerta a media mañana.

Fui a abrir sin pensar, descalza, con una camiseta de Lennox que me llegaba por las rodillas y el pelo hecho un desastre, convencida de que sería el cartero o algún vecino.

Era Fiona.

Pero no la Fiona de las otras veces. No venía con la sonrisa de miel envenenada ni con el numerito de la nostalgia.

Venía seria. Tranquila. Casi amable, que fue lo que me puso en guardia, porque a las mujeres como Fiona lo que hay que temerles no es cuando atacan, sino cuando se ponen amables.

Llevaba una carpeta de cartón bajo el brazo.

—¿Puedo pasar? —dijo—. No vengo a pelearme. Te lo prometo. Vengo a enseñarte una cosa. Y luego me voy, y no me vuelves a ver el pelo. Tienes mi palabra.

Tendría que haberle dado con la puerta en las narices. Cualquiera con dos dedos de frente le habría dado con la puerta en las narices. Pero había algo en su calma que me dio más miedo que todas sus provocaciones juntas, así que me aparté y la dejé pasar.

Se sentó en el sofá. Dejó la carpeta sobre la mesa baja, delante de mí, pero no la abrió todavía. Me miró con una expresión que no le había visto nunca, una que casi parecía lástima de verdad.

—Naroa. Antes de nada. Sé que crees que soy una arpía.

Y a lo mejor lo soy, no te digo que no. Llevo tres años detrás de Lennox y me he portado como una cría.

—Juntó las manos—. Pero hay una diferencia entre tú y yo que necesito que entiendas, porque si no, vas a salir de esto mucho peor de lo que salí yo.

—No sé de qué me hablas.

—Ahora lo sabrás. —Abrió la carpeta—. ¿Sabes a qué se dedica tu marido, Naroa? ¿Te lo ha contado ya?

Se me secó la boca.

—Tiene negocios. En las islas.

—Negocios. —Fiona soltó una risa corta, sin ninguna alegría—.

Sí. Se puede llamar así. Lennox Sinclair es el dueño de la destilería Sinclair.

Y de otras tres. Y de una flota de barcos que distribuye whisky por medio mundo.

Y de la mitad de las tierras de este condado, incluido el castillo donde se casó tu hermana, que por cierto pagó él, la boda entera.

—Fue sacando papeles y poniéndolos sobre la mesa, uno a uno, como quien reparte cartas—.

Tu marido, guapa, no es un escocés de negocios aburridos.

Es uno de los hombres más ricos de Escocia. Sale en las listas. Con foto.

Miré los papeles. Recortes. Una revista de economía con su cara, más joven, más seria, en la portada. Documentos con membretes. Cifras con tantos ceros que dejaban de significar nada.

Y lo primero que sentí, por raro que parezca, no fue dolor.

Fue vértigo. El suelo moviéndose. Porque de repente todo encajaba de golpe: la deferencia del pueblo, «para algo te sobra» de Brodie, la casona de Catriona, el abogado de coche caro, la «situación patrimonial», la manera de cerrarse cada vez que salía el tema.

Todo. El hombre con el que me acostaba, el que me robaba el pan tostado y dormía de lado para no roncarme encima, el que me había dicho «te quiero» en el suelo de un cuarto de invitados, era otra persona.

Una que yo no conocía. Una que salía en revistas con corbata y cara de importante y que valía más que pueblos enteros.

Me sentí ridícula. Esa fue la primera humillación, antes incluso de la grande.

Ridícula por haberle enseñado a un magnate a hacer gazpacho como si le estuviera descubriendo un manjar.

Ridícula por haberme reído de sus cápsulas de café baratas.

Ridícula por haber pensado, en algún momento tonto, que a lo mejor podía ayudarlo yo a él con algo, con lo que fuera, cuando aquel hombre podía comprar y vender mi vida entera cuarenta veces sin despeinarse.

Me había pasado tres semanas sintiéndome de igual a igual con alguien que jugaba en otra liga, en otro planeta, y ni me había enterado.

—Vale —dije, y me sorprendió lo firme que me salió la voz—.

Es rico. Muy rico. No me lo ha contado. —Tragué—.

¿Y qué? A mí el dinero me da igual, Fiona.

Te juro que me da exactamente igual. Se lo he dicho a él mil veces.

Puede tener una destilería o cuatro o ninguna, a mí me da lo mismo.

Si crees que enterarme de que es millonario me va a alejar de él, no me conoces de nada.

Y era verdad. Lo del dinero, en aquel momento, no me dolió.

Me sorprendió, me mareó, me hizo sentir tonta por no haberlo visto venir.

Pero no me dolió. Yo no me había enamorado de un escocés rico.

Me había enamorado de un hombre que hablaba con las ovejas en gaélico, que tocaba la gaita de su padre muerto al amanecer en un loch escondido, que me daba la mano en los tramos malos de la bajada.

Ese hombre podía ser millonario o mendigo, y a mí me daba exactamente igual.

Y estaba a punto de decírselo a Fiona con toda mi rabia cuando ella hizo lo que había venido a hacer.

Fiona me miró un momento. Y sonrió, despacio, con una tristeza que esta vez me pareció auténtica.

—Ya sabía yo que dirías eso —dijo—. Por eso he traído esto.

Y sacó el último papel de la carpeta. El de abajo del todo. Lo puso sobre la mesa, delante de mí, y lo giró para que pudiera leerlo.

—Esto no es sobre el dinero, Naroa. Esto es sobre lo que él piensa de ti.

Bajé la vista al documento.

Era un acuerdo legal. Un contrato. Encabezado con el nombre del despacho del señor Hendry, redactado en ese inglés jurídico que cuesta leer pero que se entiende cuando importa.

Y aunque me saltaba la mitad de las palabras técnicas, entendí perfectamente lo esencial, porque lo esencial estaba subrayado, seguramente por la propia Fiona, para que no se me escapara.

Era un blindaje patrimonial. Un documento por el cual, en caso de divorcio, yo, Naroa García, renunciaba a cualquier derecho sobre los bienes, propiedades, empresas y herencia de Lennox Sinclair.

Todo. Hasta el último céntimo. Diseñado para que, cuando aquel matrimonio se deshiciera, yo saliera exactamente con lo que había entrado: nada.

Lo firmaba Lennox.

Y arriba, en la esquina, estaba la fecha.

Me quedé mirando la fecha mucho rato. Porque la reconocía.

La reconocía perfectamente. Era la fecha en la que él estaba «en las islas, resolviendo un problema de los gordos».

La fecha de aquellos cuatro días en los que me pidió que confiara en él.

Cuatro días después de la noche de la tormenta.

Cuatro días después de «no quiero que llegue el día del avión».

Cuatro días después de que yo bajara el muro entero y le contara lo de Álvaro, y lo de las cunas, y todo lo que no le había contado a nadie en tres años.

Mientras yo me abría en canal, él había cogido un avión para ir a firmar un papel que me dejara sin nada.

Y ahí sí. Ahí me dolió.

No me dolió el dinero. Que no se me olvide dejarlo claro, porque es lo único que me quedó intacto de aquella mañana: no me dolió el dinero.

Me dolió que me hubiera mirado a los ojos mientras me pedía confianza y, al mismo tiempo, preparara un papel para protegerse de mí.

Me dolió haberle contado lo de Álvaro, lo de las cunas, lo de todas las cosas que todavía me daban vergüenza, mientras él firmaba —o dejaba preparar, daba igual— la manera legal de asegurarse de que yo no pudiera tocar nada suyo. Como si yo hubiera querido algo suyo.

Me había abierto el pecho a un hombre que, por dentro, me estaba tratando de cazafortunas.

Y eso —no el dinero, nunca el dinero— era exactamente lo de Álvaro otra vez.

No el engaño en sí. La forma. Creerme en algo compartido, entregada, con las dos manos abiertas, mientras el otro, a mis espaldas, jugaba a un juego distinto en el que yo era una amenaza que había que neutralizar.

Con Álvaro fue una mujer del gimnasio. Con Lennox era un papel firmado en unas islas.

Distinto disfraz, misma herida exacta: yo, poniéndolo todo, siendo la última en enterarme de que el otro no ponía lo mismo.

Tres años. Tres años me había costado atreverme otra vez. Y me había vuelto a pasar. En tres semanas.

—Ahí está la diferencia entre tú y yo —dijo Fiona, en voz baja, recogiendo los otros papeles y dejándome una copia delante—.

A mí me tenía calada y me lo dijo a la cara.

«Fiona, sé lo que buscas, no va a pasar.

» Fue cruel, pero fue honesto. Para ti ha firmado esto sin que te enteres, mientras te metía en su cama.

Para él, tú y yo somos lo mismo, Naroa. Dos que van detrás del dinero.

La única diferencia es que a mí me respetó lo suficiente para decírmelo. A ti no.

No contesté. No podía. Tenía la vista clavada en la fecha y un ruido blanco en los oídos.

Fiona se levantó. Recogió su carpeta. Se quedó un momento de pie, mirándome, y por una vez no hubo veneno en su cara, solo una especie de solidaridad amarga entre dos mujeres a las que el mismo hombre había medido con la misma regla.

—No lo hago por quedarme con él —dijo, ya en la puerta—.

Lo he entendido. A mí tampoco me quiere.

Lo hago porque, cuando lo descubrí, me habría gustado que alguien me lo dijera antes de seguir haciendo el ridículo.

Considéralo mi único gesto decente contigo.

—Abrió la puerta—. Lo siento, Naroa. De verdad que lo siento.

Y se fue. Sin dar un portazo. Cerró la puerta con cuidado, como se cierra la puerta de una habitación donde alguien está enfermo.

Me quedé sola en el salón, descalza, con la camiseta de Lennox puesta, que de repente me quemaba en la piel, y el documento sobre la mesa con la fecha subrayada mirándome como un ojo.

No lloré enseguida. Primero me quedé quieta, muy quieta, mientras el ruido blanco se me iba convirtiendo por dentro en algo frío y ordenado.

Repasé cada momento de las últimas tres semanas bajo la luz nueva de aquel papel.

La cara rara al volver de las islas. El «apartó la vista» que yo achaqué a las prisas.

El «aunque me odies después» en el loch, jurado por su padre muerto, que ahora entendía del todo: no me pedía tiempo para reunir el valor de contarme una cosa bonita.

Me pedía tiempo para reunir el valor de contarme que se había blindado contra mí.

El muy cobarde no me estaba escondiendo un secreto.

Me estaba escondiendo una traición, y encima me había hecho creer que si se callaba era por vergüenza de enamorado, cuando era por vergüenza de culpable.

Lo peor no era ni siquiera el papel. Lo peor era que yo, aquella misma mañana, había mandado a paseo mi vida entera por él.

Había escrito a mi editora. Había renunciado a Sevilla, al vuelo, a mi mesa, a mi novela de seiscientas páginas, a todo lo que me sostenía.

Me había tirado del avión sin paracaídas, como pensé yo tan orgullosa, y resulta que el paracaídas me lo había cortado él cuatro días antes, en un despacho de las islas, con la mano firme y la conciencia tranquila.

Me había quedado por un hombre que, mientras me decía que me quería, tenía firmado y guardado el modo de asegurarse de que yo no le costara nada cuando me fuera.

Me acordé, entonces, del sobre. El de la destilería, el que llevaba días en el recibidor cogiendo polvo porque se me había olvidado dárselo.

Me levanté, fui a por él, y lo abrí sin ningún reparo, porque a esas alturas los reparos me sobraban.

Dentro había papeles de una junta de accionistas, cifras, firmas, y en todas partes, una y otra vez, el mismo nombre: Lennox Sinclair, presidente. Propietario. Dueño.

La última pieza. Por si me quedaba alguna duda tonta de que Fiona exageraba.

No exageraba.

Me senté en el suelo del recibidor, con la espalda contra la pared, el sobre en una mano y la camiseta que olía a él pegada a la cara, y por fin me eché a llorar.

No como se llora de pena, con desahogo. Como se llora de rabia y de vergüenza y de haber sido, otra vez, la última en enterarse de la película en la que estaba actuando sin guion.

Lloré por Álvaro y por Lennox a la vez, que es lo más patético que se puede hacer, llorar por dos hombres el mismo día con tres años de diferencia.

Lloré por la idiota que había mirado cunas por internet a los treinta y por la idiota que acababa de renunciar a su vida por un escocés en falda. La misma idiota. Yo. Que no aprendía.

Y estaba así, hecha un ovillo en el suelo, con la cara hinchada y la respiración a trompicones, cuando oí el coche.

El coche de Lennox, entrando por el camino de gravilla. Volviendo para comer, como había dicho. Contento, seguramente. Sin saber que su ex acababa de dejarme, sobre la mesa del salón, el papel con el que él mismo había firmado el final de todo.

Me sequé la cara con la manga. Me levanté del suelo. Y cogí el documento de la mesa, para tenerlo en la mano cuando entrara.