Capítulo 13 La palabra de ocho letras #3
Y se movió. Despacio al principio, hondo, buscándome un ritmo, y luego menos despacio, y la cama traidora empezó a cantar a pesar de todos nuestros esfuerzos, un crujido rítmico que nos delataba sin piedad.
Nos entró la risa floja de dos adolescentes pillados, con él parándose y los dos escuchando por si se movía Marcus al otro lado, y luego siguiendo, porque ya nos daba igual, porque ya no había manera de parar.
Me agarró de la cadera con una mano para pegarme más a él, me buscó la boca para tragarse mis jadeos, y me susurró al oído, entre embestida y embestida, cosas en su español roto y cosas en gaélico que no entendí y que fueron, de todo lo que dijo aquella noche, lo que más me llegó.
Acabamos casi a la vez, tapándonos la boca el uno al otro con la mano, riéndonos y sin aire, y él se derrumbó sobre mí con todo su peso enorme un segundo antes de rodar de lado para no aplastarme, arrastrándome con él, sin salir del abrazo, empapados los dos y con el corazón desbocado.
Fuera seguía lloviendo. Dentro, aquella cama ridícula por fin se calló.
Y yo me quedé enredada en aquel highlander gigante y desnudo que olía a lluvia y a turba, con la cara pegada a su pecho pecoso, pensando que el whisky de la boda me había robado la primera noche con él sin dejarme elegirla, pero que esta, esta me la había ganado yo, despierta, entera, a propósito. Y que esta sí me la iba a quedar.
—¿En qué piensas? —murmuró él, dibujándome círculos en la espalda con un dedo.
Y estuve a punto de decírselo. De decirle que estaba pensando en quedarme, que quizás no cogía el avión, y que a la mierda Sevilla. Pero me mordí la lengua, porque quería estar segura del todo, no medio dormida y sudada. Así que le dije la otra verdad, la pequeña.
—En que era verdad lo del kilt —dije—. Toda la vida me lo habían contado y yo sin creérmelo.
Se rió, una risa grave que le noté en el pecho contra mi mejilla, y me apretó contra él.
—Escocesa vas a acabar tú —murmuró, ya medio dormido—. Ya lo verás.
Y a los cinco minutos roncaba bajito, mientras yo me quedaba despierta contra su pecho, con los ojos abiertos en la oscuridad y una cosa enorme creciéndome dentro.
Me desperté al amanecer decidida. No sé en qué momento de la noche lo decidí, si fue durante o después o mientras dormía, pero amanecí con las cosas más claras que las había tenido en mucho tiempo. Cogí el móvil sin hacer ruido, salí al jardín helado en pijama, y le escribí a mi editora.
Me llevó tres borradores. El primero era una explicación larguísima y llena de excusas que sonaba a mentira. El segundo era demasiado escueto y sonaba a que me había dado un brote. El tercero, el que envié, decía sencillamente la verdad, o parte de ella:
«No vuelvo el lunes. Necesito un mes más, puede que dos o más... La novela la corrijo desde aquí, en remoto, y prometo entregar en plazo, no te voy a fallar. Ha surgido algo importante en mi vida. Ya te lo contaré cuando lo entienda yo. Gracias por la paciencia. Naroa.»
Le di a enviar antes de arrepentirme. Y en cuanto la palomita azul me confirmó que ya no había vuelta atrás, me quedé en el jardín, temblando de frío y de otra cosa, mirando las colinas verdes emerger de la niebla como bestias tranquilas, con el corazón latiéndome como si acabara de tirarme de un avión.
Porque eso era, exactamente, lo que acababa de hacer.
Tirarme sin paracaídas. Yo, la que elegía siempre el asiento del pasillo cerca de la salida, la que llevaba tres años sin dejar entrar a nadie, acababa de decidir quedarme en un país donde llueve de lado, por un hombre con el que me casé borracha y del que me tengo que divorciar, sin saber a qué se dedica de verdad y sin un plan que no fuera «quiero estar donde esté él».
Era una locura. Era la mayor locura de mi vida. Y por una vez, no me apetecía correr en dirección contraria.
Pensé en despertarlo y contárselo. En meterme en la cama, sacudirlo por el hombro y decirle «me quedo, animal, ¿lo oyes?
, me quedo». Pero luego pensé que no. Que quería contárselo bien, no medio dormidos y con Marcus a punto de encender la batidora nuclear.
Que lo mismo que él me había pedido tiempo para contarme su cosa, yo quería elegir mi momento para contarle la mía.
Se lo diría esa noche. Con calma. A lo mejor lo llevaba yo a algún sitio, ya que él me había llevado al loch.
Se lo diría cuando estuviéramos solos y pudiera verle la cara al oírlo.
Me quedaba. Por él. Por mí. Y por las ocho letras que por fin había sido capaz de decir.
Volví a la cama con los pies helados y me metí debajo del edredón, pegada a su espalda, buscando su calor de estufa de butano. Él, medio dormido, alargó un brazo hacia atrás, me enganchó por la cintura y me arrastró contra su cuerpo sin llegar a despertarse del todo.
—¿Dónde estabas? —murmuró, con la voz pastosa.
—En el jardín. Tomando una decisión.
—¿Buena o mala?
—Buenísima —dije, y le besé entre los omóplatos—. Duérmete, animal.
Y me quedé ahí, con la cara pegada a su espalda pecosa y el corazón por fin en calma, escuchándolo roncar bajito, más feliz de lo que me había permitido ser en tres años.