Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 13 La palabra de ocho letras #2
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Capítulo 13 La palabra de ocho letras #2

Estábamos en el suelo del cuarto de invitados, sobre el colchón traidor, a oscuras, después de que la casa entera se durmiera.

Habíamos estado hablando bajito un buen rato, de tonterías, de la subida al loch, de que yo tenía agujetas en músculos que no sabía que existían, de que a él de pequeño lo llamaban «el mudo» hasta que cumplió los diez.

Yo tenía la cabeza en su pecho y le oía el corazón, lento y grande, como el motor de un barco fondeado.

Le dibujaba círculos distraídos sobre las pecas del hombro.

Y estaba yo así, a gusto, medio dormida, cuando lo noté ponerse rígido, coger aire, como quien se prepara para saltar de un trampolín muy alto.

—Naroa.

—¿Mmh?

—Te quiero. —Y antes de que me diera tiempo a nada, siguió, más deprisa, como quien suelta una cosa antes de arrepentirse—.

Ya sé que es pronto. Ya sé que es una locura, que nos conocemos de semanas y una borrachera, que esto no lo hace la gente cuerda.

Me da igual. Llevo días dándole vueltas para no decírtelo y no hay manera.

Así que ya está. Te quiero. Apáñatelas con eso.

Se me paró todo. El corazón, la respiración, el planeta.

Lo dijo así, medio a su pesar, con esa mezcla suya de valentía y de fastidio, dos palabras que llevaba demasiado tiempo aguantándose y un montón de excusas detrás para protegerse por si yo salía corriendo.

Te quiero. Ocho letras. La palabra que yo llevaba tres años esquivando como se esquiva un charco, porque la última vez que me la creí me costó media vida reconstruirme.

Me quedé muy quieta sobre su pecho, notando cómo el corazón, que un segundo antes le latía lento, se le había disparado.

Se le notaba el miedo en el pulso. Aquel armario de metro noventa, aquel gamberro que le bajaba la falda a la vida entera sin despeinarse, tenía el corazón desbocado por haberme dicho dos palabras.

Y eso, más que las palabras, fue lo que me deshizo.

Y me di cuenta, ahí, con la cara pegada a su pecho, de que tenía dos opciones.

Podía hacer lo de siempre. Podía escaparme por la tangente, soltar una broma, cambiar de tema, correr hacia la salida como llevaba haciendo desde Álvaro.

O podía, por una vez en la vida, quedarme quieta y dejar que me quisieran.

—Yo… —empecé, y me salió un hilo de voz—. Lennox, yo no digo eso fácilmente. Lo dije una vez, con toda mi alma, y me lo tiraron a la basura. Llevo tres años sin decírselo a nadie. Ni siquiera he estado cerca.

—Ya lo sé —dijo, y me acarició el pelo, despacio, como se calma a un animal asustado—.

Y no te lo he dicho para que me lo devuelvas.

No es un intercambio. Te lo he dicho porque es verdad, porque me estaba quemando por dentro guardármelo, y porque quería que lo supieras aunque no hicieras nada con ello.

Puedes no contestar. Puedes hacerte la dormida.

Puedes darme un codazo y decirme que me calle.

Lo que necesites. Yo ya lo he soltado y me quedo tranquilo.

Y precisamente porque no me lo exigía, precisamente porque me daba la palabra sin cobrarme nada a cambio, sin condiciones, sin contrato, fue por lo que pude decirla.

Levanté la cara en la oscuridad, le busqué la suya con las manos, encontré su mandíbula, su barba de tres días, y con toda la valentía que me quedaba después de tres años de cobardía cuidada, se lo dije.

—Yo también te quiero, animal. Muchísimo. Y me da un pánico horrible.

Se quedó un segundo sin respirar. Luego soltó el aire de golpe, como si llevara desde el loch aguantándolo, y me abrazó tan fuerte que casi me parte en dos.

—Menos mal —susurró contra mi pelo—. Menos mal. Llevaba todo el día pensando que igual me quedaba solo con la palabra en la boca.

—Casi te quedas. He estado a esto de hacerme la dormida.

—Lo sé. Te he notado preparar la huida.

—No he preparado nada.

—Naroa, se te ha puesto el cuerpo de tabla. Ibas a salir corriendo. Y te has quedado. —Me besó la frente—. Eso vale más que todo lo demás.

Lo sentí sonreír contra mi boca antes de besarme.

Pero no fue un beso de los de siempre. Fue otra cosa.

Fue un beso lento, hondo, sin prisa ni tormenta ni apagón que nos empujaran, un beso que empezó en la boca y se fue extendiendo por todo lo demás como se extiende el calor de la estufa por una habitación fría.

Y en algún momento, sin que ninguno de los dos lo dijéramos, los dos entendimos que aquella noche iba a ser distinta.

—Espera —susurré, con la boca pegada a la suya—. Que están al lado. Que la pared es de papel.

—Pues no hacemos ruido —murmuró él, y me besó el cuello, y de no hacer ruido, poco.

Le desabroché la camisa a tirones, con más ganas que maña, y él se la quitó del todo de un movimiento y la tiró al suelo, y ahí estaba, aquel pecho enorme y pecoso que llevaba semanas viendo de reojo y fingiendo que no miraba.

Le pasé las manos por él, por los hombros, por la espalda ancha, y noté cómo se le erizaba la piel entera bajo mis dedos, cómo aquel hombre gigante se estremecía por algo tan pequeño como que yo lo tocara.

Le temblaban las manos al buscarme la cintura.

Y saber que temblaba por mí me deshizo por completo.

Y entonces bajé las manos al kilt.

—A ver —dije, con la voz más ronca de lo que pretendía—. Que en la boda me quedé con la duda. Voy a resolver el misterio de una vez por todas.

Le solté la hebilla del cinturón que le sujetaba la falda, despacio, mirándolo a él mientras lo hacía, y la lana pesada se aflojó y cedió, y metí la mano por debajo.

Y ahí obtuve, por fin, la respuesta a la pregunta más antigua de Escocia.

No llevaba nada debajo. Absolutamente nada.

Y lo que encontró mi mano me arrancó una sonrisa contra su boca y a él un gruñido grave que tuvo que ahogar mordiéndome el hombro para que no lo oyeran al otro lado de la pared.

—Con que era verdad —susurré, cerrando los dedos alrededor de él, notándolo duro y caliente en mi mano—. No era cosa de la boda. Es siempre.

—Naroa —jadeó, y fue lo único que consiguió decir, porque al hombre se le olvidaron de golpe los dos idiomas que hablaba.

Me quitó él a mí el resto de la ropa, con esa urgencia torpe de las manos grandes que de repente no aciertan con un botón, y cuando por fin estuvimos los dos sin nada, piel contra piel en aquella cama que crujía a la mínima, se quedó un momento sobre mí, apoyado en los brazos, con la luz de la farola colándose por la rendija de la cortina y pintándonos de plata.

—Déjame mirarte —dijo, con una voz rota que no le había oído nunca—. Un momento. Que llevo semanas soñando con esto y no me lo creo.

Y yo, que me pasaba la vida tapándome, escondiéndome, buscando la salida, me quedé quieta debajo de él y me dejé mirar entera, abierta, sin una sola broma para romperlo.

Y en vez de sentirme expuesta me sentí deseada de una manera que no recordaba, que a lo mejor no había sentido nunca.

Le tiré del cuello. Lo besé. Y le susurré al oído lo que quería, sin eufemismos, porque con él había perdido toda la vergüenza.

Bajó por mi cuerpo besándolo entero, sin prisa, tomándose su tiempo como si tuviera toda la noche y ninguna intención de desaprovecharla.

La boca en los pechos, la lengua, los dientes suaves, y yo agarrándome a las sábanas para no hacer ruido.

Más abajo. Me separó las piernas con las manos, con una suavidad que no le pegaba nada al tamaño, y cuando su boca llegó donde llegó tuve que morderme el dorso de la mano para ahogar el gemido, porque la pared era de papel y mi hermana dormía a dos metros y aquel hombre me estaba deshaciendo con la lengua muy despacio, atento a cada cosa que me hacía arquearme, repitiendo lo que funcionaba, aprendiéndome sobre la marcha.

Le hundí los dedos en el pelo. Le pedí que no parara casi en una súplica.

Y no paró, hasta que me tuvo mordiéndome la mano y a punto, tan a punto que le tiré del pelo hacia arriba para que subiera, porque lo quería a él, entero, dentro, cuando pasara.

Subió. Me besó, y me supe a mí misma en su boca, y no me importó nada.

Se colocó entre mis piernas, y antes de nada me buscó los ojos en la oscuridad, preguntándome sin palabras, y yo le contesté sin palabras también, subiendo las caderas hacia él.

Entró despacio, centímetro a centímetro, mirándome la cara todo el rato, y a los dos se nos escapó el mismo sonido a la vez, ese que tuvimos que tragarnos entre besos para no despertar a media casa.

Se quedó quieto un momento, dentro del todo, con la frente pegada a la mía, dejándome sitio para acostumbrarme a él, que no era poco.

—¿Bien? —susurró, con un hilo de voz.

—Muévete, animal —le dije, y me reí contra su boca, y él se rió también, y esa risa compartida en mitad de todo lo demás fue lo más íntimo de la noche.