Capítulo 13 La palabra de ocho letras
Al día siguiente de que Claudia soltara aquello de «tú aquí también, ¿no?», Lennox me despertó temprano, antes de que Marcus pusiera en marcha su batidora nuclear, y me dijo al oído que me vistiera con ropa de abrigo, que me llevaba a un sitio.
—¿Qué sitio?
—Un sitio mío. Ponte las botas y no preguntes.
Yo, que soy incapaz de no preguntar ni bajo tortura, pregunté durante todo el trayecto en coche, y él se pasó todo el trayecto sin contestarme, sonriendo al volante mientras subíamos por carreteras cada vez más estrechas y más altas, dejando atrás el pueblo, las ovejas, la civilización y, a juzgar por el paisaje, casi el planeta.
—¿Es una cascada? —probé—. ¿Un castillo? ¿Un sitio con wifi? Dime que tiene wifi.
—No te lo voy a decir.
—¿Me estás secuestrando? Porque si me estás secuestrando, quiero que sepas que mi familia no tiene dinero para el rescate. Bueno, tu familia sí, pero la mía no.
—No te estoy secuestrando.
—Eso lo dicen todos los secuestradores.
—Naroa.
—¿Qué?
—Cállate doce minutos. Solo doce. Los que faltan para llegar. Te reto.
No aguanté ni cuatro. Pero lo intenté, que es lo que cuenta.
Aparcó al final de un camino de tierra, junto a un muro de piedra, y me hizo bajar.
El aire de allí arriba era distinto, más limpio, casi cortante.
Caminamos un rato por un sendero que subía entre brezo y roca, yo resoplando como una locomotora vieja, parándome cada cincuenta metros «a mirar el paisaje», que era mi manera digna de decir «no puedo respirar», y él acortando el paso para no dejarme atrás y aguantándose la risa cada vez que yo me agarraba a una piedra jurando en andaluz.
—En Sevilla lo más alto que subo son las escaleras del metro —jadeé—. Y hay ascensor.
—Ya casi estamos.
—Eso lo has dicho hace veinte minutos.
—Y era mentira. Ahora es verdad. Sube.
Coronamos una loma y el mundo entero se abrió de golpe a nuestros pies.
Y me callé. Por una vez, me callé.
Porque delante de mí había un lago —un loch, me corrigió él después— largo y oscuro y quieto como un espejo de pizarra, encajado entre montañas que se reflejaban en el agua del revés.
No había una sola casa. No había un solo cable.
No había nada hecho por el hombre en kilómetros a la redonda, solo agua, piedra, cielo y una quietud enorme y antigua que en la ciudad hemos olvidado que existe.
Una neblina baja se despegaba de la superficie del lago como si el agua estuviera respirando.
Y todo era de un verde y un gris y un plata que no sabía que existieran juntos.
Yo, que me había pasado la vida en una ciudad de sol y bulla, de gente hablando a gritos y azahar y calor pegajoso, no tenía en mi repertorio una respuesta para aquello.
Me quedé plantada en la loma, con el viento colándoseme por el chubasquero y los ojos escociéndome, sin saber si era por el frío o por la emoción tonta que me había subido de golpe a la garganta.
Sevilla es preciosa. Sevilla es mi casa.
Pero Sevilla nunca me había dejado sin palabras, y aquel charco enorme de agua negra en mitad de la nada lo había hecho en tres segundos.
—¿Y bien? —dijo Lennox, a mi lado, disfrutando de mi cara.
—No me hables. Estoy teniendo un momento.
—Tómate el que necesites.
—Es que esto es… —busqué la palabra y no la encontré en ninguno de los dos idiomas que hablo— … esto es de mentira. Esto no puede ser real. Aquí no vive nadie, ¿verdad? Aquí no puede vivir nadie, sería demasiado bonito para hacer la compra y pagar facturas.
—Aquí no vive nadie. Solo venimos los que sabemos que existe.
—Vale. Esto le gana a Sevilla. —Tragué el nudo de la garganta como pude—. No se lo digas a nadie, por Dios, que me expulsan del gremio andaluz. Pero esto le gana.
Lennox se rió, y nos sentamos sobre una roca plana, muy juntos por el frío y por lo otro, mirando el agua.
—Aquí venía con mi padre —dijo, después de un rato—.
Cuando yo era pequeño y no había manera de que hablara con nadie.
Me traía aquí, nos sentábamos en esta misma piedra, y no me obligaba a hablar.
Solo estábamos. Mirábamos el agua. Y a mí, que en cualquier otro sitio me daba vergüenza hasta respirar, aquí se me soltaba la lengua.
Aquí le conté a mi padre todo lo que le conté en la vida.
—Se quedó mirando el loch—. Cuando murió, estuve dos años sin poder volver.
Y el día que por fin volví, me traje la gaita y toqué para él. Aquí. Solo, al amanecer, como un loco.
Le busqué la mano y se la apreté. No dije nada, porque había aprendido que a veces callarse es el mayor regalo que le puedes hacer a alguien que se está abriendo.
Nos quedamos así un rato largo, con las manos entrelazadas sobre la piedra fría, viendo cómo la neblina se levantaba del agua y un pájaro grande cruzaba el loch de punta a punta sin batir las alas.
—Gracias por traerme —dije al fin—. Aunque me hayas destrozado las pantorrillas para siempre.
—Se te pasará.
—No se me va a pasar. Voy a cojear el resto de mi vida y cada vez que cojee me acordaré de ti. Es lo más romántico que me han hecho nunca y también lo más cruel.
Se rió, y el sonido rebotó en las montañas y volvió a nosotros multiplicado.
—No te he traído aquí por casualidad —dijo entonces, girándose hacia mí, y se le puso una cara distinta, más seria—.
A este sitio no he traído nunca a nadie.
Ni a Fiona. Ni a nadie. Es mío y de mi padre.
Y te he traído a ti porque… —se le atascó un poco la voz, y aquel hombre enorme que tocaba la gaita sin despeinarse de repente parecía un crío— porque quería que lo conocieras.
Antes de que te vayas. Quería que hubiera un sitio en el mundo donde tú y yo hubiéramos estado juntos, aunque luego te marches y esto se acabe. Para tenerlo. Para acordarme.
Y ahí, se me rompió algo por dentro. Algo bueno. La última pared que me quedaba en pie después de tres años levantando muros contra todo el mundo.
Era el momento. El momento que le había prometido a Claudia.
El de preguntarle de frente por el secreto, por su vida, por lo que callaba.
Lo tenía ahí, entregado, con la guardia baja, contándome cosas de su padre muerto en el sitio más suyo del mundo.
Habría sido facilísimo. «Lennox, ¿qué es lo que no me cuentas?
¿Por qué tu madre, tu abogado y tu ex hablan de ti como si fueras otra persona? »
Abrí la boca para preguntárselo.
—Lennox, hay una cosa que llevo días queriendo…
—Lo sé —me cortó, y bajó la vista a nuestras manos entrelazadas—.
Sé que hay cosas mías que todavía no te he contado.
Y sé que se te tiene que estar haciendo raro.
No es porque no confíe en ti, Naroa. Es lo contrario.
Es que hay una cosa que me da mucha vergüenza.
Que no me deja en buen lugar. Y no quiero soltártela así, a medias, en una roca, y estropear el mejor día que he tenido en años.
Quiero contártela bien. Cuando sea capaz.
Dame un poco más de tiempo. Te lo prometo por mi padre, que es lo más sagrado que tengo: antes de que cojas ese avión, te lo cuento todo.
Absolutamente todo. Aunque me odies después.
—No te voy a odiar.
—No lo sabes. —Y por un segundo, algo oscuro le cruzó la cara, algo que en aquel momento no supe leer—. Pero prefiero que me odies con la verdad que quererme con una mentira. Solo… déjame elegir el cuándo. Es lo único que te pido.
Y yo, que había ido a preguntar, me encontré otra vez concediéndole la gracia, porque cuando un hombre te jura una cosa por su padre muerto en la piedra donde le tocó la gaita, una decide que confía y punto.
Cerré la boca. Guardé la pregunta para el «después», para ese momento futuro en el que él me lo contaría todo y yo lo entendería todo.
Cerré la boca, y con eso, sin saberlo, le regalé al secreto unos días más de vida.
—Vale —dije—. Confío en ti. Pero que sepas que se me da fatal la paciencia.
—Lo sé. Es de las cosas que más me gustan de ti.
Nos quedamos allí arriba mucho rato, hasta que el frío nos caló los huesos y hubo que bajar. Y en algún momento del descenso, con él delante abriéndome paso entre las rocas y dándome la mano en los tramos malos, me di cuenta de que había dejado de tener miedo. No del todo. Pero lo suficiente.
Bajamos despacio, yo agarrada a su mano, resbalándome cada tres pasos y salvándome él cada tres pasos, en una coreografía que ya empezábamos a tener ensayada. En un tramo especialmente traidor, patiné de mala manera y acabé contra su espalda, agarrada a su cintura para no rodar monte abajo.
—Te tengo —dijo, sin girarse, sujetándome sin esfuerzo.
—Ya lo veo.
—Te tengo desde la pista de baile de la boda.
—Aquello fue al revés. Yo te bajé a ti.
—Sí, el kilt y me subiste todo lo demás. —Carcajeó y se giró un poco, con esa sonrisa de gamberro que me tenía perdida.
—Te explicas fatal y eres un guarro. Sigue andando.
Pero me reí. Me reí todo el camino de bajada, y en el coche de vuelta, con la calefacción a tope y las manos entrelazadas sobre el cambio de marchas, y me di cuenta, mirándolo conducir por aquellas carreteras imposibles, de que llevaba media vida buscando esto sin saber que era esto.
No los fuegos artificiales de Álvaro, que ardían fuerte y se apagaban.
Esto otro. Un hombre grande que te da la mano en los tramos malos y te hace reír en la bajada.
Fue esa misma noche, ya en casa, cuando pasó.