Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 12 La cama que canta #2
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Capítulo 12 La cama que canta #2

La confirmación llegó esa misma mañana, en forma de correo electrónico.

Mi editora, una mujer encantadora y sin la menor piedad con los plazos, me escribía para recordarme que la novela histórica de seiscientas páginas que yo tenía a medias no se iba a corregir sola, que el autor estaba «nerviosísimo» y que necesitaba tenerme de vuelta en Sevilla, en mi mesa, cuanto antes.

«Entiendo que estás de vacaciones familiares —escribía—, pero esto es urgente. ¿Vuelves el lunes que viene?»

El lunes. Miré el calendario del móvil. Faltaban seis días.

Seis días. Le había dado tantas vueltas al matrimonio, al divorcio, a Lennox, a la burbuja, que se me había olvidado el detalle más tonto y más inamovible de todos: que yo tenía una vida esperándome a dos mil kilómetros, y que esa vida no se iba a esperar para siempre.

El papeleo del divorcio duraría un año, sí, pero para eso no hacía falta que yo me quedara plantada en Escocia.

Podía volver a Sevilla, a mi mesa, a mi novela de seiscientas páginas, y volver para firmar los papeles cuando llegara el momento.

Podía irme. En seis días. Y nadie, sobre el papel, tenía derecho a impedírmelo.

Me quedé mirando el correo un rato largo, con el café enfriándose entre las manos, notando cómo aquella fecha se me instalaba en el pecho como una piedra.

Porque una cosa es vivir una burbuja sabiendo, en abstracto, que se va a acabar.

Y otra muy distinta es tener la fecha exacta del pinchazo escrita en un correo de tu editora.

Cerré el móvil sin contestar. No supe qué contestarle. Y esa incapacidad de escribir un simple «sí, vuelvo el lunes» me dijo, más que ninguna otra cosa, lo metida que estaba en el lío.

Fue Claudia quien lo sacó a la luz, esa misma tarde, mientras deshacíamos entre las dos su maleta llena de arena.

—Oye. Ahora en serio. —Dejó un biquini sobre la cama y me miró—. ¿Qué vais a hacer?

—No sé de qué me hablas.

—Sabes perfectamente de qué te hablo. Tú y Lennox. ¿Qué vais a hacer? Porque una cosa es un lío de unas semanas en una casa prestada, y otra muy distinta es… lo que sea que os pasa por la cara cuando os miráis. Eso no es un lío, Naroa. Eso es otra cosa.

Me senté en el borde de la cama, con un pareo arrugado en las manos, y por una vez lo dije en voz alta, a alguien, aunque fuera a medias.

—No lo sé, Claudia. Y me da un miedo horrible.

—¿Miedo de qué?

—De todo. De que sea de verdad. De que no lo sea. De dejar mi vida por un hombre al que conozco de unas semanas. De quedarme y equivocarme como me equivoqué con Álvaro. De irme y arrepentirme el resto de mi vida. —Solté el pareo—. Tengo cuarenta cosas en la cabeza y ninguna es tranquila.

Claudia se sentó a mi lado. Me pasó un brazo por los hombros, como cuando éramos crías y una de las dos había tenido un mal día en el colegio.

—Mira, te voy a decir una cosa y luego no te doy más la brasa —dijo—.

Yo te conozco desde que naciste. Y en treinta y tantos años, no te he visto reírte como te ríes con él.

Ni con Álvaro, ni con nadie. Anoche os oí desde mi cuarto, en el suelo, muertos de risa con la cama, y pensé: «por fin».

Por fin mi hermana se ríe otra vez de verdad.

—Me apretó el hombro—. No te digo que lo dejes todo.

Te digo que no salgas corriendo por costumbre.

Que es lo que tú haces. Corres antes de que te hagan daño.

Y a lo mejor este no ha venido a hacerte daño.

Se me hizo un nudo en la garganta, de esos que no avisan.

—¿Y el secreto? Porque sé que guarda uno… —dije—. Porque hay algo que no me cuenta, Claudia. Algo de su vida, de su trabajo, no sé. Y ya sabes cómo acabé la última vez que un hombre me ocultó cosas.

Mi hermana abrió mucho los ojos, encantada, porque no hay nada que le guste más en el mundo que un misterio ajeno.

—¡Ay, calla, que yo llevo desde la boda con esa espinita!

—Se sentó en la cama de un salto, en modo cotilla profesional—.

Porque a ver, ¿tú sabes a qué se dedica ese hombre?

Porque yo no. «Un negocio en las islas», dice.

¿Qué negocio? ¿Qué islas? Marcus tiene su empresa, normal, aburrida...

Pero Lennox suelta lo de «las islas» y pone cara de agente secreto y ya no cuenta más.

—A lo mejor es tímido con el trabajo.

—Naroa, por favor. Fíjate en el detallito: nos pagó la boda.

Entera. El castillo, el catering, la barra libre, todo.

Un dineral que no veas. Y cuando le di las gracias y le pregunté de dónde sacaba para semejante fiestón, me sonrió, me dijo «no le des vueltas y disfruta» y se fue a por otra copa como si nada.

—Levantó un dedo, teatral—. Ahí es cuando yo lo tuve claro. Ese hombre esconde algo.

—¿Algo como qué?

—Yo tengo mis teorías. —Empezó a contarlas con los dedos, disfrutando muchísimo—.

Una: contrabandista. De whisky, de tabaco, de salmón noruego, yo qué sé, pero contrabandista.

Dos: espía. Lo de desaparecer días a unas islas sin dar explicaciones es muy de espía.

Tres, la que a mí más me gusta: que tiene una doble vida.

—Me miró muy seria—. Se lo dije a Marcus y se rió tanto que le entró hipo.

Pero no me lo negó, ¿eh? Que conste. No. Me. Lo. Negó.

—O sea, que me he casado con un mafioso con dos vidas y una lancha llena de tabaco.

—Yo no he dicho mafioso, he dicho contrabandista, que queda más elegante. —Se encogió de hombros, tan pancha—. Pero vamos, que ni idea, hija. En esa familia nadie cuenta nada. Yo he aprendido a no preguntar, no sea que un día me contesten y me tenga que enterar de algo.

—Muy tranquilizador, Claudia. Gracias.

—Para eso están las hermanas. —Me dio una palmadita en la rodilla—. ¿Le has preguntado tú directamente?

—Le dije que me lo contara cuando quisiera. Que no lo acorralaría.

—Pues a lo mejor te has pasado de comprensiva.

—Claudia dejó de hacer la payasa de golpe y me miró como me miraba de pequeña cuando me pillaba en una tontería—.

Una cosa es no acorralar y otra es dejar que se acostumbre a callarse.

Si de verdad hay algo que te preocupa, no esperes a que él se decida.

Pregúntale. De frente. Tienes derecho a saber con quién estás.

—Ladeó la cabeza—. Aunque, ojo, con lo mío del contrabandista era broma.

Medio broma. El setenta por ciento broma.

Ahora en serio: ¿tú crees que es mala persona?

Me lo pensé. Pensé en Lennox rescatándome de la silla en el incendio de la paella, en Lennox tocando la gaita de su padre muerto en la boda, en Lennox ofreciéndome la salida legal más cara para él porque era la más honrada, en Lennox durmiendo de lado para no roncarme encima.

—No —admití—. No creo que sea mala persona. Al revés. Pero eso es lo que más miedo me da, Claudia. Que sea bueno de verdad. Porque a los malos es fácil dejarlos. Es a los buenos a los que una se arriesga a quererlos.

Claudia me miró un momento, y luego hizo una cosa muy de ella: en lugar de ponerse tierna, que era lo que amenazaba el momento, me dio un empujón en el hombro y sonrió.

—Mírate. La cínica de la familia, la que se reía de las bodas, hablando de arriesgarse a querer a alguien.

—Se levantó, recogió el biquini y lo tiró al cesto—.

Álvaro te hizo mucho daño, Naroa. Pero llevas tres años castigándote por una cosa que hizo él, no tú.

A lo mejor ya está bien. A lo mejor este escocés en falda ha venido, sin comerlo ni beberlo, a recordarte que todavía sabes reírte.

Tenía razón. Como casi siempre, la muy insoportable tenía razón.

Aquella noche, en el suelo del cuarto de invitados, con el colchón traidor debajo y la casa por fin en calma, me quedé mirando el techo, con la cabeza de Lennox pesándome en el hombro y su brazo cruzado sobre mi cintura.

Y decidí que Claudia tenía razón. Que en cuanto encontrara el momento, se lo preguntaría.

De frente. Qué escondía. A qué se dedicaba de verdad.

Por qué su madre, su abogado y su ex hablaban de él como si fuera otra persona.

Me dormí con esa decisión tomada y con la respiración de Lennox despeinándome el pelo, más tranquila de lo que había estado en semanas.