Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 12 La cama que canta
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Capítulo 12 La cama que canta

Las burbujas, por definición, se revientan. La nuestra lo hizo un martes por la tarde, con forma de dos maletas rodando por el camino de gravilla y una voz que gritaba mi nombre desde el jardín antes incluso de llegar a la puerta.

—¡NAROAAA! ¡Ya estamos aquí!

Claudia volvía de las Maldivas con dos tonos más de piel, una sonrisa de oreja a oreja, tres kilos de recuerdos inútiles y esa energía de recién casada feliz que siempre me ha dado ganas de estrangular.

Marcus la seguía cargado como un mulo, con esa cara suya de prospecto pero tostada, arrastrando las maletas y un sombrero de paja ridículo que evidentemente había sido idea de mi hermana.

De una de las maletas asomaba un coco pintado con caras sonrientes, una caracola del tamaño de un casco y lo que parecía ser un ukelele de recuerdo, porque mi hermana es incapaz de volver de un viaje sin comprar la mitad del mercadillo local «por si acaso».

Nos encontraron a Lennox y a mí en la puerta, y yo, que llevaba semanas viviendo con aquel hombre como si fuéramos algo, cometí el error de mirarlo justo cuando él me miraba a mí, y esa mirada, esa milésima de segundo de complicidad tonta, fue todo lo que mi hermana necesitó.

Claudia se paró en seco a mitad del jardín. Nos miró a uno. Al otro. Otra vez a uno. Y abrió la boca despacio, como quien monta un puzle y descubre que la última pieza es enorme.

—No —dijo—. No, no, no. ¿Qué es esto? ¿Qué ha pasado aquí?

—Nada —dijimos Lennox y yo a la vez, que es la respuesta que más delata en la historia de la humanidad.

—¿«Nada»? ¡Habéis dicho «nada» los dos a la vez!

¡Marcus, han dicho «nada» los dos a la vez!

—Claudia soltó el bolso en la hierba y avanzó hacia mí apuntándome con el dedo—.

Tú. A ti te conozco. Esa cara la tienes cuando te ha pasado algo bueno y no me lo quieres contar.

Naroa García, ¿te has liado con mi cuñado?

—Es mi marido —dije, en un intento desesperado de escaquearme por lo técnico—. No me puedo liar con mi marido. Es matrimonio.

—¡AY, DIOS MÍO! —chilló Claudia, que en el fondo solo necesitaba una confirmación y acababa de recibirla—. ¡MARCUS! ¡SE HAN LIADO! ¡TE DIJE QUE SE IBAN A LIAR! ¡ME DEBES CINCUENTA LIbrAS!

—¿Habíais apostado? —pregunté, indignada.

—El día de la boda —confirmó Marcus, soltando las maletas con un suspiro y sacando la cartera—.

Yo dije que os divorciaríais sin más. Ella dijo que acabaríais juntos.

—Le tendió un billete a mi hermana con la resignación de un hombre que ha perdido muchas apuestas conyugales—.

Nunca apuestes contra Claudia en temas de amor. Nunca.

Y así, sin ceremonia, sin que nosotros hubiéramos decidido nada ni puesto nombre a nada, la burbuja se acabó y lo nuestro pasó a ser oficialmente de dominio público familiar.

Claudia, por supuesto, no se conformó con la confirmación. Necesitaba los detalles, todos, con pelos y señales, y me acorraló en la cocina en cuanto Lennox y Marcus salieron a bajar las maletas del coche.

—Cuéntamelo todo. Desde el principio. Sin saltarte nada. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién besó a quién?

—Claudia, tienes arena hasta en las cejas, vete a ducharte.

—Me ducho después. Ahora habla. ¿Os habéis…? —Movió las cejas de una manera que no dejaba lugar a dudas.

—Eso no te lo pienso contar.

—¡O sea que sí!

—¡No he dicho que sí!

—¡Tampoco has dicho que no! ¡Y estás colorada! —Dio una palmada de triunfo—. ¡Ay, mi hermana! ¡Mi hermana la que odiaba las bodas y no quería venir a la mía! ¡Se ha enamorado de un escocés en falda! ¡Esto es mejor que las Maldivas!

—No me he enamorado —mentí, con la cara ardiendo—. Es… una situación.

—«Una situación» —repitió Claudia, con el mismo retintín que había usado mamá con lo de «apañado»—. «Una situación.» Que os cae la baba, Naroa. A los dos.

Marcus entró en ese momento con la última maleta, oyó el final, y por una vez en su vida de flan de vainilla, tuvo una salida buena.

—Es verdad —dijo—. Mi hermano lleva años sin traer a nadie a una cena familiar y de repente le baja la falda una española y se casa con ella en una capilla. Yo creo que le has hecho un exorcismo.

—Marcus ha hecho una broma —dije, fingiendo asombro—. Apúntalo en el calendario, Claudia. Hoy tu marido ha tenido sentido del humor.

—Lo sé —dijo ella, mirándolo con un cariño que casi me hace perdonarle lo soso—. Se me está soltando. Son las Maldivas.

Lo cual trajo dos problemas inmediatos.

El primero fue la cama. Porque durante tres semanas, Lennox y yo habíamos dormido en la única cama de matrimonio decente de la casa, que era la de Claudia y Marcus.

Y ahora Claudia y Marcus habían vuelto y querían, comprensiblemente, recuperar su cama.

Lo cual nos dejaba a nosotros dos con las opciones que yo había rechazado el primer día: la cama de invitados de los muelles rotos, o la plegable del trastero con forma de uve.

—Vosotros a la de invitados —decidió Claudia, con la autoridad de la dueña de la casa—. Total, ya dormís juntos, ¿no? No me vais a decir ahora que os hacéis los estrechos.

—Esa cama suena como un naufragio —protesté.

—Pues agarraos bien, para que os mováis poco. —Y se fue a deshacer maletas, muy digna, dejándome con la cara colorada y a Lennox aguantándose la risa.

La cama de invitados, en efecto, cantaba.

Cantaba mucho. Cada muelle tenía su propia nota, y el conjunto sonaba como una orquesta de ranas oxidadas afinando antes de un concierto.

El primer intento de acostarnos aquella noche fue un festival de chirridos que nos dio un ataque de risa a los dos, porque cada vez que uno de los dos se movía un milímetro, la cama emitía un quejido escandaloso que resonaba por toda la casa.

—Prueba a no moverte —susurré.

—Estoy quieto.

—No estás quieto, la cama está sonando.

—La cama suena porque respiro.

Se giró medio centímetro para mirarme y el colchón soltó un gemido largo, agónico, digno de una película de terror, y desde el otro lado del pasillo llegó un golpe seco de nudillos contra la pared.

—Como os mováis una vez más —gritó Claudia, encantada de mortificarme—, entro.

—¡No estamos haciendo nada! —grité yo.

—¡El colchón dice lo contrario!

—¡Es que se mueve solo!

—¡Ya, ya!

Lennox, a mi lado, se estaba muriendo de risa por lo bajo, con el cuerpo entero temblando, lo cual hacía cantar la cama todavía más, lo cual me daba más risa a mí, lo cual empeoraba el concierto.

Al final acabamos los dos en el suelo, sobre el colchón que arrancamos de la cama traidora, riéndonos como críos, y así, en el suelo del cuarto de invitados de mi hermana, pasamos la primera noche de nuestra relación oficialmente reconocida.

No fue romántico. Fue mejor que romántico.

Fue divertido, que es lo que a mí siempre me ha faltado con los hombres.

Aquella primera cena de los cuatro, ya como pareja reconocida, fue un espectáculo.

Claudia había cocinado un curry para celebrar la vuelta, y nos sentamos los cuatro a la mesa de la cocina, con las velas de la noche del apagón todavía a medio consumir en el centro.

Y yo descubrí que ser pareja delante de tu hermana es un deporte de riesgo, porque Claudia vigilaba cada gesto con la atención de un árbitro de línea.

—Le has puesto tú el vaso —señaló, apuntándome con el tenedor—. Le has servido el agua a Lennox sin que la pidiera. Eso es amor, Marcus, apunta.

—No le he servido nada, ha sido casualidad.

—Naroa, tienes la jarra en la mano y su vaso lleno. La casualidad tiene un límite.

Lennox, que hasta entonces se había mantenido prudentemente callado, cometió el error de sonreírme por encima del curry, y Claudia lo cazó al vuelo y soltó un chillido de gaviota triunfal que casi apaga las velas.

—¡ESA MIRADA! ¡Marcus, has visto esa mirada! ¡Se miran como en las películas!

—Claudia, come —dije.

—Como cuando tú y yo empezábamos —le dijo Marcus a mi hermana, con una ternura tan sincera que hasta a mí me ablandó—. Déjalos.

—Es que me hace ilusión. —Claudia se puso sentimental de golpe, como se ponía siempre a partir de la segunda copa de vino—.

Mi hermana y mi cuñado. Si esto sale bien, seremos familia doble.

Cuñada y hermana a la vez. Comeríamos todas las Navidades juntos.

Yo aquí, tú… —se le apagó un poco la voz— tú aquí también, ¿no?

Y ahí, en esa frase que a Claudia se le escapó sin querer, entre el curry y las velas, se coló de golpe la pregunta de verdad, la que nadie quería formular del todo: el «tú aquí también, ¿no?

». Porque para que hubiera Navidades juntos, alguien tenía que quedarse.

Y la única que tenía que decidir si se quedaba o se iba era yo.

Se hizo un pequeño hueco en la conversación.

Lennox bajó la vista a su plato. Marcus le puso a Claudia una mano en la rodilla, avisándola de que había metido la pata sin querer.

Y yo cambié de tema a toda prisa, preguntando por las Maldivas, por los peces, por lo que fuera, con tal de no tener que contestar a un «tú aquí también, ¿no? » que no sabía cómo contestar.

El segundo problema, el que no daba risa, llegó al día siguiente.

Con Claudia y Marcus de vuelta, la vida real se coló otra vez en la casa como el agua por una gotera.

Marcus volvió a sus batidos verdes de las siete de la mañana.

Claudia empezó a hablar de retomar la rutina, del trabajo, de la vida normal.

Y yo, entre café y café, me di cuenta de que la vida normal incluía, para mí, algo que llevaba tres semanas fingiendo que no existía: que yo tenía una casa en Sevilla, un trabajo de correctora que no se sostiene solo, y un vuelo de vuelta que, tarde o temprano, iba a tener que coger.