Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 11 Demasiados tenedores #2
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Capítulo 11 Demasiados tenedores #2

—Esa gaita —me dijo la abuela, bajando la voz, poniéndome una mano arrugada sobre el brazo— la tocó en la boda de su hermano. No la había sacado en público desde que murió su padre. No sé si lo sabes.

Nadie me lo había contado. Miré a Lennox, que en ese momento discutía con su madre sobre no sé qué prima lejana, ajeno a lo que su abuela acababa de contarme.

Y algo se me removió por dentro, algo grande y cálido, porque entendí que aquel hombre había cogido el instrumento de su padre muerto, después de dos años guardado, para tocar en la boda de su hermano.

Y que a lo mejor no había sido casualidad que aquella noche acabáramos como acabamos.

Me estaba emocionando yo sola con mi sopa francesa cuando Catriona, con la elegancia de quien clava un alfiler sin que se note, cambió el tono de la conversación.

—Y dime, Naroa. —Dejó la copa, me miró por encima de la mesa, y de repente la cena dejó de ser un aburrimiento familiar y se convirtió en un interrogatorio con mantel de hilo—.

Cuando todo esto se resuelva, cuando firméis los papeles, ¿qué planes tienes?

Porque tengo entendido que tu vida está en España.

La pregunta cayó sobre la mesa como un cubierto al suelo.

Lennox dejó de hablar. La abuela dejó la copa.

Y yo, que hasta ese momento me lo estaba pasando bien, sentí cómo la realidad, esa que llevábamos una semana esquivando en la burbuja de la casa vacía, se sentaba a la mesa con nosotros y pedía su ración.

—No lo hemos hablado —dije, con cuidado.

—Deberíais. —Catriona sonrió, pero fue una sonrisa distinta, más afilada—.

Mi hijo se encariña rápido y se rompe despacio.

Y tú tienes billete de vuelta. Solo quiero saber, de mujer a mujer, si esto es de verdad o si es…

una de esas cosas que pasan cuando dos personas se quedan encerradas juntas en una casa.

Porque una cosa no le voy a permitir a nadie: que le hagan daño a mi hijo. Ya se lo han hecho bastante.

—Mamá —dijo Lennox, con una voz de aviso.

—Es una pregunta justa, Lennox. Tu mujer es mayorcita. Puede contestarla.

Los tres me miraron. La abuela, con preocupación.

Lennox, con una disculpa en los ojos. Catriona, con esa cortesía de hielo que era mucho más difícil de sortear que la hostilidad abierta de Fiona.

Y yo me di cuenta, con un vuelco, de que no tenía respuesta.

Porque la verdad —que me estaba enamorando como una idiota de un hombre del que me iba a divorciar en unos meses— no se puede decir en una cena formal con cuatro tenedores.

—Con todo el respeto, Catriona —dije al fin, dejando la cuchara—, esa es una conversación que tengo que tener con su hijo antes que con usted.

Cuando la tenga, y si él quiere, se la contamos.

Pero no pienso decidir el futuro de mi matrimonio en su comedor solo porque usted haya sacado el tema entre la sopa y el segundo.

Nadie dijo nada durante un instante que se hizo eterno, de esos que en las películas se acompañan con el tictac de un reloj de pared.

Y entonces la abuela, mi aliada, mi heroína, soltó una carcajada seca y golpeó la mesa con la mano.

—¡Esta me gusta! —proclamó—. ¡Catriona, esta te ha ganado en tu propia mesa! —Levantó la copa hacia mí—. Niña, seas de verdad o de mentira, tienes más agallas que la última que trajo, esa Fiona insípida que se reía de todos mis chistes por hacer la pelota. Por ti.

Bebí, agradecida, con el corazón todavía a mil por la encerrona. Catriona me estudió un segundo largo, sin pestañear, y luego, muy despacio, inclinó la cabeza con algo que se parecía peligrosamente a la aprobación.

—Bien contestado —dijo—. Comamos.

Pero yo, mientras cambiaba otra vez de tenedor y fingía que la cosa había quedado en anécdota, me quedé con la pregunta clavada.

Porque Catriona, con toda su frialdad de hielo, había dicho en voz alta lo que Lennox y yo llevábamos días sin atrevernos a mirar.

Que yo tenía billete de vuelta. Que aquello, sobre el papel, tenía fecha de caducidad.

Y que tarde o temprano, entre la sopa fría y los papeles del divorcio, íbamos a tener que decidir si lo nuestro era de verdad.

Nos despedimos ya tarde. La abuela me abrazó fuerte, me metió en el bolso a escondidas un trozo de tarta envuelto en una servilleta «para el camino, que estás muy flaca», y me susurró al oído «no le hagas caso a mi nuera, que ladra pero es de buena pasta, y hazle caso a este, que es tonto pero es bueno».

Catriona me dio dos besos, esta vez más de verdad, y me dijo un «vuelve cuando quieras, niña» que, viniendo de ella, era prácticamente una declaración de amor.

En el coche, de vuelta a casa, por la carretera oscura y con la lluvia otra vez de banda sonora, Lennox no dijo nada durante un buen rato. Yo tampoco. Íbamos los dos rumiando lo mismo.

—Siento lo de mi madre —dijo al fin—. Lo de la pregunta. No tenía derecho.

—Tu madre te quiere. Solo tiene miedo de que te vuelvan a hacer daño. —Miré por la ventanilla, hacia la nada negra de la campiña—. Y tiene razón, Lennox. Yo tengo billete de vuelta. Eso es verdad. No es una encerrona, es un hecho.

—Ya lo sé.

—¿Y qué hacemos con eso?

No contestó enseguida. Redujo la marcha, paró el coche en un arcén, en mitad de la nada, con los faros iluminando la lluvia y las ovejas dormidas de algún prado invisible, y se giró hacia mí en la penumbra.

—No lo sé —dijo, y fue la primera cosa completamente sincera que le oí sobre el tema—.

Sé que no quiero que te vayas. Sé que llevo días haciendo como que dentro de unos meses firmaremos unos papeles y no pasará nada, y es mentira, va a pasar de todo.

Pero también sé que tú tienes una vida, un trabajo, tu Sevilla, tu gente, y que no puedo pedirte que lo dejes todo por un tío al que conoces de tres semanas y con el que te casaste borracha.

No sería justo. —Se pasó la mano por el pelo—.

Así que no, no tengo respuesta. Solo tengo unas ganas horribles de que la tengas tú.

Me quedé mirándolo, con la tarta de la abuela en el bolso y el corazón hecho un lío, y por un momento estuve a punto de decírselo.

De decirle que me estaba enamorando, que la respuesta la tenía y me daba pánico, que a lo mejor Sevilla no era tan importante y él sí.

Pero me acordé de Álvaro, de las cunas, de lo que duele construir una vida en la cabeza con un hombre y equivocarse.

Y me guardé las palabras, como una cobarde, un día más.

—Ya lo hablaremos —dije, que se había convertido en mi frase preferida para no decir nada.

—Ya lo hablaremos —repitió él.

Y volvió a arrancar el coche.