Capítulo 11 Demasiados tenedores
Lennox volvió de las islas a los pocos días, de noche, con ojeras de no haber dormido y una barba de tres días más que le sentaba injustamente bien.
Yo llevaba toda la tarde fingiendo que no estaba pendiente de la ventana, y cuando oí el coche en la gravilla me obligué a mí misma a quedarme sentada en el sofá, con un libro del revés en las manos, para no parecer una novia de posguerra esperando en el puerto.
Duré exactamente hasta que metió la llave en la cerradura.
Entonces solté el libro, crucé el salón a la velocidad del rayo, y le eché los brazos al cuello en cuanto abrió la puerta, sin ningún disimulo, mandando a paseo tres años de entrenamiento en no necesitar a nadie.
—Hola —dijo él contra mi pelo, dejando caer la bolsa de viaje y rodeándome con los dos brazos como si llevara sin tocar tierra firme una semana.
—No preguntes por qué te abrazo —dije—. Es la humedad de Escocia, que me ha ablandado el carácter.
—Claro. La humedad.
—Exacto.
—Yo también te he echado de menos.
—No he dicho que te haya echado de menos.
—Lo has escrito en la cara con letras de neón, pero vale. La humedad.
Me besó antes de que pudiera contestar, uno de esos besos que le quitan a una las ganas de tener la última palabra, y por un rato se me olvidó que estaba enfadada por haber tenido que echarlo de menos.
Olía a viaje, a avión pequeño y a sal, y traía en el cuerpo un agotamiento de los que no se quitan durmiendo, de esos que vienen de la cabeza.
Le pregunté por el problema de las islas.
Me dijo que resuelto, que ya estaba, que no me preocupara.
Pero apartó la vista al decirlo, un gesto pequeño que no le había visto nunca, y cambió de tema más rápido de la cuenta.
Yo tenía el sobre esperándole en el recibidor, pero entre el abrazo, el beso y las ganas de tenerlo de vuelta, se me olvidó por completo dárselo, y allí se quedó, encima de la mesa, cogiendo polvo, como se quedan las cosas importantes cuando una está distraída siendo feliz.
Habríamos seguido tan a gusto reencontrándonos toda la noche si no hubiera sido porque, a la mañana siguiente, sonó el teléfono de Lennox con un tono distinto al de los negocios. Un tono que le hizo poner cara de niño al que llaman al despacho del director.
—Es mi madre —dijo, tapando el micrófono—. Nos invita a cenar. Esta noche. Los dos.
—¿Cenar en su casa?
—Cena formal. De las suyas. —Puso una mueca—. Mi madre no invita a cenar. Mi madre convoca. Y cuando convoca, hay que ir.
—¿Y por qué quiere vernos?
—Porque llevas casada conmigo casi tres semanas y todavía no te ha interrogado en su terreno. Y eso, para mi madre, es una anomalía que hay que corregir cuanto antes.
Y así fue como me vi, aquella misma noche, delante del armario prestado de Claudia, teniendo una crisis existencial de vestuario.
Porque una cosa es una boda, donde por mucho lujo que haya una va disfrazada de invitada, y otra muy distinta es una cena formal en casa de tu suegra postiza, que además te va a examinar como a una res en una feria de ganado.
No tenía nada. Nada apropiado. El vestido verde botella seguía roto en el fondo del bolso, el de comunión lavanda me convertía en una tarta, y lo que me había prestado Catriona semanas atrás eran cosas de andar por casa.
—Ponte lo que quieras —dijo Lennox, abrochándose una camisa que le hacía cosas a mis constantes vitales—. A mi madre le da igual la ropa. Lo que mira es cómo te defiendes en la mesa.
—Eso es peor. La ropa la controlo. Mi boca no.
—Por eso le vas a caer bien.
La casa de Catriona no era un castillo, pero le faltaba poco.
Era una casona de piedra de dos plantas en mitad de una finca con verja, con una entrada de gravilla flanqueada de árboles y unas ventanas altas iluminadas que prometían techos de esos que hacen eco.
Nos abrió la puerta una mujer con uniforme —una mujer con uniforme, de servicio, como en las películas— y a mí se me escapó un «buenas» en español que sonó a lo que era: una sevillana fuera de su hábitat.
Por dentro era peor, o mejor, según se mire. Alfombras que valían más que mi coche. Cuadros de señores serios con perros. Una chimenea en la que cabía yo de pie. Y una mesa puesta para cuatro con tal despliegue de cubiertos que parecía que fuéramos a operar a corazón abierto en lugar de a cenar.
—Naroa, querida. —Catriona apareció desde algún punto de aquella inmensidad, impecable, con un vestido que era la elegancia hecha tela, y me besó en las dos mejillas—. Por fin. Bienvenida a casa.
—Gracias. Tiene usted una casa… grande.
—Es de familia. Lleva en los Sinclair varias generaciones. —Lo dijo con esa naturalidad de quien no presume porque no lo necesita—. Pasad. La abuela ya está en la mesa, protestando porque tiene hambre.
La abuela, en efecto, estaba en la mesa, con su bastón apoyado en la silla y una copa de jerez en la mano, y en cuanto me vio se le iluminó la cara con una sonrisa de pillería que me tranquilizó al instante.
Aquella mujer era mi aliada. Lo supe desde el desayuno de la morcilla, y lo confirmé en cuanto abrió la boca.
—La española —dijo, a modo de saludo—. La que le bajó la falda a mi nieto. Ven, siéntate a mi lado, que estas cenas de mi nuera son un aburrimiento y contigo por lo menos me río.
—Lo que hay que oír —dijo Catriona, con paciencia de santa.
—¿Qué? Es verdad. La última cena que diste me quedé dormida entre el segundo y el postre y nadie se dio cuenta.
Me senté al lado de la abuela, encantada, y empezó el suplicio de los cubiertos.
Porque delante de mí había, sin exagerar, cuatro tenedores, tres cuchillos, dos cucharas y una cosa pequeña con pinta de instrumento de tortura dental que resultó ser para el marisco.
Yo, que en mi casa como con un tenedor y a veces con pan, no tenía ni idea de por dónde empezar.
Miré a Lennox, sentado enfrente, buscando ayuda.
Él me hizo un gesto discreto: de fuera hacia dentro.
Empieza por el de fuera. Vale. De fuera hacia dentro. Podía con eso.
Podía, hasta que llegó el primer plato y resultó ser una especie de sopa fría con un nombre francés y una guarnición que no supe identificar, y yo, en mi empeño por hacerlo todo bien, cogí el cubierto equivocado con tal seguridad que Catriona tuvo que disimular una sonrisa detrás de su copa.
—El otro, querida —dijo con suavidad—. El de al lado.
—Es que en mi tierra la sopa se toma con cuchara y ya está —solté, cambiando de cubierto con las mejillas ardiendo—. No con un juego de herramientas.
La abuela soltó una carcajada que hizo temblar las copas.
—¡Ja! Tiene razón la niña. Cuatro tenedores para comer. Como si tuviéramos cuatro bocas. En mis tiempos se comía con lo que había y no pasaba nada.
—En tus tiempos comíais con las manos.
—Y estábamos más sanos.
El segundo plato fue mi perdición. Llegó una fuente de marisco, de esos bichos con caparazón que en Sevilla se comen a mordiscos y sin ceremonia, y aquí venían servidos con toda la parafernalia y aquel instrumento de tortura dental que Catriona manejaba como una cirujana.
Yo intenté imitarla. Cogí el cascanueces de lujo, o lo que fuera, apreté una pinza de bogavante con toda mi alma, y el bicho, que llevaba toda la vida esperando su venganza, salió disparado de mi plato como una bala, cruzó la mesa en diagonal, y aterrizó de lleno en el escote del vestido carísimo de Catriona.
El mundo se detuvo.
Yo me quedé con la pinza en el aire, la boca abierta, y la seguridad absoluta de que aquella mujer iba a mandarme fusilar al amanecer.
Catriona bajó la vista despacio hacia el crustáceo que le había caído en el pecho como quien descubre un sapo en la sopa.
Lennox se tapó la cara con la servilleta.
Y la abuela, la mejor mujer de toda Escocia, soltó tal carcajada que se le saltaron las lágrimas y tuvo que agarrarse a la mesa para no caerse de la silla.
—¡Le has disparado! —lloraba de risa—. ¡Le has disparado a Catriona con un bogavante! ¡Ay, madre mía, que me muero, que llevo cuarenta años queriendo hacer eso y viene la española y lo hace en su primera cena!
—Lo siento —dije, muerta de vergüenza, medio levantándome—. Lo siento muchísimo, de verdad, en mi tierra esto se come de otra manera, con las manos, sin herramientas, yo no sabía…
—Siéntate, niña —dijo Catriona, y por un segundo temí lo peor.
Pero entonces se sacó el bogavante del escote con dos dedos, lo dejó en el borde del plato con una dignidad sobrehumana, y en aquella cara de hielo apareció, contra todo pronóstico, el fantasma de una sonrisa—.
Es el momento más interesante que ha vivido este comedor en una década.
Marisa, traiga a la señora un babero, que evidentemente lo necesita.
Y por una vez en toda la noche, me reí yo también, aliviada, porque acababa de descubrir que debajo del hielo de Catriona había una mujer que, muy en el fondo y muy a su pesar, tenía sentido del humor.
La cena, a partir de ahí, se convirtió en una de las veladas más divertidas y más reveladoras de toda mi estancia en Escocia.
Porque resulta que sentarte a la mesa con la madre y la abuela de un hombre es la manera más rápida de conocer a ese hombre de verdad, con todas las capas que él nunca te enseñaría por su cuenta.
Me enteré de que Lennox, de niño, era tan tímido que se escondía debajo de la mesa cuando venían visitas y no salía ni con sobornos.
Me enteré de que a los ocho años se escapó de casa para irse a vivir «con las ovejas» porque no le dejaron tener un perro, y que lo encontraron a dos kilómetros, dormido en un establo, abrazado a un cordero.
Me enteré de que aprendió a tocar la gaita porque su padre tocaba, y que cuando su padre murió estuvo dos años sin tocarla, hasta que una noche la abuela lo oyó tocar solo en el jardín, a oscuras, y supo que el chico volvía a estar bien.