Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 10 Un país sin fronteras #2
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Capítulo 10 Un país sin fronteras #2

La única sombra en toda aquella semana, la única nube en el cielo raro y despejado de nuestra burbuja, era el secreto.

Lo que Fiona había agitado, lo que su madre había rozado, lo que el abogado había nombrado con aquello de la «situación patrimonial».

Seguía ahí, entre los dos, como un mueble grande que ninguno mencionaba pero que los dos rodeábamos al andar.

Yo había decidido no preguntar, fiel a mi promesa de que me lo contara cuando quisiera.

Él no lo contaba. Y cada día que pasaba sin contármelo, el mueble se hacía un poco más grande.

Hasta que, al quinto día de burbuja, sonó su teléfono.

Estábamos en la cocina. Yo intentaba hacer un gazpacho para meterle algo de mi tierra en el cuerpo, y él me miraba pelar tomates con la fascinación de quien ve un documental de naturaleza.

El teléfono vibró sobre la encimera. Lennox miró la pantalla, y le vi hacer esa cosa que ya conocía, esa manera de tensarse y de apagársele la cara.

—Tengo que cogerlo —dijo, y salió al jardín, cerrando la puerta de cristal.

Esta vez no lo espié. Me quedé pelando tomates, dándole vueltas al cuchillo y a otras cosas, mientras él andaba de un lado a otro por la hierba con el teléfono pegado a la oreja y esa espalda tensa de las malas noticias.

Habló más rato que otras veces. Cuando volvió a entrar, traía la cara de un hombre al que le acaban de estropear la única semana buena que se había permitido en años.

—Tengo que irme —dijo.

Dejé el cuchillo.

—¿Irte?

—A las islas. Ha surgido un problema. De los gordos. Uno que no puedo resolver por teléfono. —Se pasó la mano por el pelo—. Salgo mañana temprano. Serán tres o cuatro días, no más.

—Vale —dije, con una voz que intenté que sonara tranquila y sonó a cualquier cosa menos eso—. ¿Qué clase de problema?

Y ahí, llegó el momento. El momento en que él podía haberme contado quién era. Lo vi debatirse. Lo vi coger aire, abrir la boca, aguantarme la mirada un segundo de más. Y lo vi, después, cerrarse otra vez, como se había cerrado delante del abogado, delante de su madre, delante de Fiona.

—Cosas del negocio —dijo—. Es complicado. Te lo cuento cuando vuelva, ¿vale? Te lo prometo. Cuando vuelva, te lo cuento todo. Pero ahora no tengo tiempo ni cabeza, y necesito que confíes en mí estos cuatro días.

Lo dijo mirándome a los ojos, pero en la última frase le tembló algo, un pliegue mínimo en la voz, como el de quien promete una cosa sabiendo que va a hacer otra. No supe leerlo. Lo achaqué a las prisas y al problema gordo que se lo llevaba de madrugada.

Y yo, que llevaba una semana enamorándome de él, que había bajado el muro, que dormía acurrucada contra su espalda, sentí cómo algo pequeño y frío me subía por el pecho.

Porque «confía en mí» es una frase preciosa cuando viene con la verdad detrás.

Y es una frase peligrosísima cuando viene con un secreto.

—Confío en ti —dije. Y era verdad. Pero se me quedó una astilla clavada, muy pequeña, que no me quité en toda la noche.

Aquella última noche antes de que se fuera, me abrazó distinto.

Más fuerte. Más despacio. Como quien memoriza algo por si acaso.

Yo no dormí bien. Me pasé horas escuchándole el corazón, dándole vueltas a la astilla, preguntándome qué clase de problema saca a un hombre de la cama de madrugada y le pone esa cara, y por qué ese hombre, que me había contado lo de su padre y lo de su soledad y lo de Fiona, no era capaz de contarme a qué se dedicaba de verdad.

Un negocio. Solo era un negocio. ¿Qué negocio da tanto miedo de nombrar?

Se fue al amanecer, como había dicho. Me besó en la frente cuando creía que yo seguía dormida, me susurró algo en gaélico que no entendí, y salió por la puerta con una bolsa de viaje al hombro.

Oí el coche alejándose por el camino de gravilla, y luego la casa se quedó tan grande y tan vacía como el primer día, solo que ahora yo sabía lo que era llenarla con él, y eso lo hacía todo peor.

Me di la vuelta en la cama, hacia su lado, que todavía guardaba su calor y su olor a jabón, y me quedé un rato ahí, hecha un ovillo en territorio enemigo conquistado, echando de menos a un hombre que llevaba fuera veinte minutos.

Me levanté cuando el vacío de la casa empezó a pesarme más que las sábanas.

Me hice un café en la nave espacial de Marcus, peleándome con los catorce botones como si él estuviera ahí para reírse.

Me senté en el sofá donde una semana antes se había caído el muro, con la manta todavía por encima del respaldo, oliendo un poco a nosotros.

Y estaba yo así, abrazada a mi taza, echándolo de menos con una intensidad que me daba rabia y me daba miedo, cuando llamaron a la puerta.

Fui a abrir pensando que sería Lennox, que había vuelto por algo olvidado, con el corazón dándome un brinco tonto y una sonrisa preparada.

No era Lennox.

Era un mensajero, empapado hasta las cejas, con un sobre grande y acolchado en la mano y una tablet para firmar.

—Paquete urgente para el señor Lennox Sinclair —dijo, tendiéndomelo—. ¿Es usted de la casa?

—Soy… su mujer —dije, y todavía se me hacía raro decirlo en voz alta, como probarse un abrigo que no sabes si es tu talla.

—Pues firme aquí, señora Sinclair.

Firmé. Cogí el sobre, pesado y rígido, lo dejé sobre la mesa del recibidor para dárselo a Lennox cuando volviera, y no le di más vueltas, porque bastante tenía yo con echarlo de menos como para ponerme a mirar su correo.

El mensajero se subió a su furgoneta y se alejó bajo la lluvia.

Cerré la puerta, volví al sofá y a mi café frío, y me quedé abrazada a la manta que olía a nosotros, contando las horas que faltaban para que aquel armario rubio cruzara otra vez la puerta.