Capítulo 10 Un país sin fronteras
Despertarse enamorada es un problema logístico enorme cuando la persona de la que te estás enamorando sigue durmiendo debajo de ti y tú no tienes ni idea de qué hacer con la cara cuando abra los ojos.
Llevaba media hora despierta, quieta como una estatua sobre su pecho, dándole vueltas al asunto.
Porque la noche anterior, a la luz del fuego y con dos dedos de whisky en el cuerpo, todo había sido fácil y valiente.
Pero eran las ocho de la mañana, la luz gris de Escocia entraba por la ventana sin ningún tipo de romanticismo, yo tenía el pelo como un estropajo y una legaña considerable, y de repente todo lo que la noche anterior me había parecido inevitable me parecía una decisión que había que gestionar con un adulto responsable, papel del que yo no dispongo.
Lennox abrió un ojo. Luego el otro. Me miró. Y sonrió con una lentitud perezosa que me deshizo cualquier plan de gestión adulta que hubiera podido tener.
—Buenos días —dijo, con la voz ronca de recién despierto.
—Buenos días —contesté, y me quedé ahí, tensa, esperando a ver por dónde salía la cosa.
—¿Vas a hacerte la rara?
—No me estoy haciendo la rara.
—Estás rígida como una tabla y llevas un rato sin respirar apenas. Te estás haciendo la rara.
—Es que no sé cuál es el protocolo —solté, incorporándome un poco—. No hay protocolo para esto. «Me he besado con mi marido accidental durante un apagón y ahora es de día y no sé si esto significa algo o era cosa de la tormenta.» Eso no viene en ningún manual.
Lennox se rió, me pasó un brazo por la cintura, y sin ningún esfuerzo aparente me devolvió a su pecho, donde yo, para mi vergüenza, encajaba de una manera sospechosamente perfecta.
—Pues escribimos el manual sobre la marcha —dijo, contra mi pelo—. Regla número uno: nada de hacerse la rara por las mañanas.
—Yo no acepto reglas que no he negociado.
—Regla número dos: negociamos las reglas desayunando, no antes, porque antes del café no eres una persona razonable.
—Esa la acepto.
—Regla número tres —siguió, con una seriedad de tratado internacional—: no se menciona nunca, jamás, bajo ninguna circunstancia, el incidente de la aspiradora.
—Esa no la acepto. Esa me la reservo.
—Sabía que dirías eso.
Me incorporé del todo, me senté a horcajadas sobre la manta con las piernas cruzadas, y lo miré desde arriba, a aquel armario rubio despeinado que ocupaba el sofá entero y me sonreía como si yo fuera lo mejor que le había pasado en la vida.
—Oye —dije—. Una pregunta seria, ya que estamos escribiendo el manual.
—Dispara.
—¿Esto qué es? Y no me contestes ninguna tontería, que te veo venir.
Lennox se lo pensó. Me apartó el pelo de la cara, que a esas horas era pura maleza, y en lugar de soltar una broma, que era lo que yo esperaba y casi lo que necesitaba para no asustarme, me contestó en serio.
—Esto es lo primero en mucho tiempo que no me apetece que se acabe —dijo—. No sé ponerle nombre. Pero sé que no quiero que llegue el día del avión.
Me quedé sin respuesta, que en mí ya sabemos que es un acontecimiento sísmico. Así que hice lo único que se me ocurrió: me incliné y lo besé, para no tener que decir en voz alta que a mí me pasaba exactamente lo mismo y que me daba un pánico atroz.
Y así, más o menos, empezó lo que yo llamaría, si fuera de las que le ponen nombre a las cosas, los mejores días de mi vida. Que no lo soy, así que no le puse nombre. Pero lo fue.
Los días siguientes tuvieron una textura diferente.
Sabíamos los dos, sin decirlo, que aquello tenía fecha de caducidad.
Que Claudia y Marcus volvían de las Maldivas en menos de una semana, que el papeleo del divorcio seguía su curso en el despacho del señor Hendry, que yo tenía una vida en Sevilla esperándome y él unos negocios sin nombre esperándolo a él.
Nada de eso había desaparecido. Simplemente habíamos decidido, sin pactarlo, no mirarlo de frente durante unos días. Vivir la burbuja mientras durara.
Y la burbuja fue maravillosa.
Descubrí que Lennox cocinaba, y bien, cosa que me habría venido de perlas saber antes del incidente de la paella.
Me hizo un estofado que me reconcilió con la vida y unas tortitas de desayuno que estuvieron a punto de hacerme llorar.
Descubrí que se sabía el nombre de todos los pájaros que se posaban en el jardín y que me los iba señalando por la ventana con una paciencia infinita, aunque a mí los pájaros me dan exactamente igual y solo lo escuchaba por verle la cara mientras hablaba de ellos.
Descubrí que roncaba menos si dormía de lado, y que dormía de lado si yo me acurrucaba contra su espalda, cosa que empecé a hacer todas las noches con la excusa del frío y sin ninguna excusa a partir de la tercera.
Una tarde, aburrida, cogí su gaita del rincón del salón y le pedí que me enseñara a tocarla.
Fue una idea pésima y gloriosa a partes iguales.
Resulta que hacer sonar una gaita requiere unos pulmones que yo no tengo y una coordinación que perdí con el último gin-tonic de la boda.
Soplé con todas mis fuerzas y el instrumento soltó un quejido agónico, como el de una vaca a la que le pisan la cola, que hizo que Lennox se doblara de la risa en el sofá.
—No te rías, enséñame.
—Estás haciendo un crimen contra la música escocesa.
—Pues ponte detrás y guíame las manos, listo.
Se puso detrás. Me rodeó con los brazos para colocarme los dedos sobre los agujeros, con su pecho pegado a mi espalda y la barbilla apoyada en mi hombro, y de repente la clase de gaita dejó de ser una clase de gaita y pasó a ser otra cosa muy distinta.
Yo dejé de soplar. Él dejó de explicar. Y la gaita acabó otra vez en el rincón, olvidada, mientras nosotros nos ocupábamos de asuntos que no requerían pulmones.
Descubrí, en resumen, que era muy fácil de querer. Y eso, para una mujer que llevaba tres años entrenándose en no querer a nadie, era una noticia aterradora.
Un día me llevó al pueblo otra vez, esta vez sin lluvia de lado, y descubrí que en aquel sitio las noticias no volaban: teletransportaban.
Nada más entrar en la posada, Brodie soltó el trapo con el que secaba un vaso, nos miró a los dos, miró cómo Lennox me había puesto la mano en la espalda al pasar por la puerta, y sonrió con la cara de un hombre que acaba de ganar una apuesta.
—Vaya, vaya —dijo—. Parece que la española se queda una temporadita más de lo previsto.
—No empieces, Brodie —dijo Lennox, pero lo dijo sonriendo.
—Yo no digo nada. Yo solo sirvo cervezas y observo. —Nos puso dos jarras delante sin que las pidiéramos—. Estas las paga la casa. Por el espectáculo del otro día. Todavía se habla de cómo la rubia salió de aquí calada. Ha subido la moral del pueblo entero.
Me pasé la tarde entre carcajadas, presentada oficialmente a media docena de parroquianos que ya me trataban como si me conocieran de toda la vida, corrigiéndole el inglés a un viejo que insistía en que en España todos dormíamos la siesta debajo de un olivo con un sombrero en la cara, y viendo a Lennox reírse con los suyos, relajado, en su sitio, con la mano encima de mi rodilla por debajo de la mesa como si llevara haciéndolo toda la vida.
Y en algún momento, mirándolo, me di cuenta de que me estaba imaginando cosas que no debía.
Navidades. Veranos. Una vida. Cosas que tienen las mujeres que no van a divorciarse dentro de unos meses.
Me asusté yo sola y me bebí media jarra de golpe para taparlo.
A la vuelta, ya de noche, cruzando el camino embarrado con las botas de Claudia y el brazo de Lennox por encima de mis hombros, pasó una cosa pequeña que me guardé.
Al doblar la curva del pueblo, vi una silueta en la ventana iluminada de la posada, arriba, en una de las habitaciones.
Una silueta rubia, quieta, que nos miraba pasar.
Fiona. No se movió. No hizo nada. Solo nos vio pasar abrazados bajo la luna escocesa, y aunque estábamos lejos y no le veía la cara, supe que aquello no le estaba sentando nada bien.
Y supe, también, que una mujer como Fiona no se queda mirando por una ventana sin preparar algo.
No dije nada. No quise estropear la noche. Pero me guardé la silueta en el cajón, junto a todo lo demás.
—Me da miedo —le confesé una noche, en la cama, a oscuras, que es cuando una dice las verdades que no se atreve a decir con luz.
—¿El qué?
—Esto. Lo fácil que es. Con Álvaro me costaba. Todo era negociar, y ceder, y tragar. Y contigo no me cuesta nada, y precisamente por eso no me fío. Porque en mi experiencia, lo que no cuesta, se rompe.
Lennox se quedó callado un momento. Luego me buscó la mano bajo el edredón y entrelazó sus dedos con los míos.
—A lo mejor con Álvaro te costaba porque no era el sitio —dijo—. Y no porque las cosas buenas tengan que costar.
—Qué profundo. ¿Eso lo has sacado de una taza de desayuno?
—Lo he sacado de tenerte la mano y no querer soltarla. Que es lo más profundo que he pensado en años.
Me alegré de que estuviera oscuro, porque se me puso una cara de tonta que no habría podido disimular ni con el pijama de corazoncitos de por medio.
—¿Y si me equivoco otra vez? —dije, al rato, más bajito—. ¿Y si me dejo caer del todo y luego resulta que era la tormenta, o la casa vacía, o el whisky, y cuando volvamos al mundo real esto se deshace?
—Naroa. —Se giró hacia mí en la oscuridad, y aunque no le veía la cara, le noté la voz muy cerca—.
Yo tengo tanto miedo como tú. A lo mejor más.
Tú puedes volverte a Sevilla y olvidarte de un escocés raro que conociste en una boda.
Yo me voy a quedar aquí, en este pueblo, cruzándome contigo en cada esquina hasta que te vayas y viéndolo todo vacío cuando ya no estés.
Así que si alguien debería estar echándose atrás, soy yo. Y no lo hago. No pienso hacerlo.
No supe qué contestar a eso. Así que me acerqué en la oscuridad, encontré su cara con las manos, y lo besé despacio. Él me entendió igual. Los hombres como Lennox entienden más de lo que aparentan; ese era, precisamente, el problema.