Hasta que las Highlands nos separen Capítulo 9 La caída del muro #2
45%

Capítulo 9 La caída del muro #2

Dentro de mí se libraba una guerra en toda regla.

Una parte de mí, la sensata, la que llevaba tres años montando guardia en la puerta, gritaba que aquello era una locura, que ese hombre tenía fecha de divorcio, secretos sin contar y una ex con maleta en la posada del pueblo, que yo tenía un vuelo, una vida y un corazón ya roto una vez que no aguantaría un segundo asalto.

La otra parte, la que no había hablado en tres años, la que creía enterrada, se había despertado de golpe y solo repetía una cosa, bajito pero sin parar: bésalo, tonta, bésalo de una vez.

Perdió la sensata. Perdió por goleada.

—Lennox —dije, y me salió en un hilo de voz que no reconocí como mío.

—¿Sí?

—Esto...

—¿Esto qué?

—Esto no está bien...

Lo sentí sonreír más que lo vi. Su frente bajó hasta apoyarse en la mía, su nariz rozó la mía, y su respiración se mezcló con la mía en ese espacio diminuto y ardiente que quedaba entre nuestras bocas.

Yo tenía las manos agarradas a su jersey sin recordar en qué momento se las había puesto ahí.

Él tenía una mano en mi nuca y la otra en mi cintura, quietas las dos, esperando, dándome hasta el último segundo la oportunidad de echarme atrás.

No me eché atrás.

—Pues que no lo esté —murmuró.

Y me besó.

Y esta vez no hubo whisky de por medio, ni tormenta que echarle la culpa, ni una gota de lluvia haciendo de excusa.

Esta vez fui yo la que acortó el último centímetro.

Le busqué la boca despacio, casi preguntando, y él contestó igual de despacio, dejándome llevar el ritmo, como si tuviéramos por delante toda la noche y ninguna prisa.

Duró poco esa prudencia. En cuanto le enredé los dedos en el pelo, algo se soltó en los dos a la vez.

Me atrajo por la cintura, yo me acomodé contra él, y lo que había empezado como una pregunta se convirtió en respuesta, y en otra, y en otra más.

Me besaba como si llevara días memorizándome la boca de lejos y por fin pudiera comprobar si era como la recordaba.

Yo le devolví cada beso con los intereses de tanto aguantarme.

En algún momento dejé de pensar en si aquello estaba bien o mal, en el divorcio, en Sevilla, en el avión.

Solo estaba él, y el crepitar de la chimenea, y la sensación tonta y enorme de estar exactamente donde tenía que estar.

Sabía a whisky y a tormenta y a algo que no sabría nombrar pero que reconocí igual, como se reconoce el sitio al que perteneces sin haber estado nunca.

Me besaba como tocaba la gaita, con todo el cuerpo, sin reservarse nada.

Y yo, que llevaba tres años con las puertas cerradas a cal y canto, sentí cómo se abrían todas de golpe, con un estruendo que me dio miedo y me dio vida a partes iguales.

Nos separamos solo cuando el aire se hizo imprescindible. Apoyó la frente en la mía otra vez, los dos con la respiración descompuesta y el corazón golpeándome tan fuerte que estaba segura de que él lo notaba a través de la ropa.

—Vaya —dije, porque soy incapaz de tener un momento sublime sin estropearlo—. El muro de Berlín se ha caído con estruendo.

—Naroa.

—¿Qué?

—Cállate un momento. —Y me volvió a besar, más despacio esta vez, saboreándolo, y yo me callé, vaya si me callé, y me dejé caer contra su pecho mientras la tormenta seguía aporreando la casa y la chimenea nos teñía de naranja y el mundo entero se reducía a aquel sofá.

Estuvimos así mucho rato. Besándonos como adolescentes, riéndonos entre beso y beso, parando para mirarnos y volviendo a empezar.

Él me contaba tonterías contra la boca y yo se las contestaba, y en algún momento me di cuenta de que hacía años, muchos años, que no me sentía tan a salvo y tan en peligro al mismo tiempo.

—Tengo que confesarte una cosa —dijo, en una de las pausas, con la frente pegada a la mía.

—Como sea que estás casado, ya lo sé.

—Peor. —Sonrió—. Llevo queriendo hacer esto desde que te vi cruzar la verja de la boda con ese vestido y esa cara de querer matar a alguien.

—Mentira. En la boda te reíste de mi vestido.

—Me reí de tu vestido porque no sabía qué otra cosa hacer con lo que me estabas provocando. —Me apartó otro mechón—. Es una técnica muy madura, lo sé.

—Riquísima técnica. «Voy a insultarle la ropa a la mujer que me gusta.»

—Funcionó, ¿no? Aquí estás.

—Aquí estoy porque tu whisky me emborrachó y tu reverendo estaba de fiesta. No te atribuyas méritos que son del alcohol.

—Deja que me atribuya alguno. Es mi noche.

Le di un beso para que se callara, que era la única manera que había encontrado de ganarle una discusión, y él me lo devolvió con intereses.

En algún momento la manta se nos cayó al suelo y a ninguno de los dos le importó, porque entre el fuego y nosotros sobraba calefacción para toda la comarca.

Me acurruqué contra su pecho. Él me rodeó con los dos brazos, apoyó la barbilla en mi cabeza, y soltó un suspiro largo, de esos que se sueltan cuando por fin dejas en el suelo un peso que llevabas cargando sin darte cuenta.

—Naroa.

—¿Mmh?

—Dentro de unos meses firmaremos esos papeles.

—No estropees el momento.

—No lo estropeo. Solo digo que no tengo ninguna gana de firmarlos.

Me quedé muy quieta contra su pecho, oyéndole el corazón, sin saber qué contestar a eso, porque yo tampoco tenía ninguna gana y decirlo en voz alta me daba un vértigo que no había sentido desde Álvaro.

—Ya lo hablaremos —dije, cobarde hasta el final—. Ahora cállate y abrázame, que fuera hay una tormenta y aquí dentro hay una aspiradora asesina suelta.

Se rió y me abrazó más fuerte.

No pasó nada más aquella noche. Que quede claro, por si mi madre lee esto algún día.

Nos quedamos dormidos en el sofá, envueltos en la manta que rescatamos del suelo, con las velas consumiéndose y la tormenta amainando poco a poco, yo con la cabeza sobre su pecho y su brazo rodeándome, sin frontera, sin muro, sin este ni oeste, solo un país entero y desordenado que éramos los dos.

Me desperté al amanecer, con la luz gris entrando por la ventana y la electricidad de vuelta, a juzgar por el pitido del microondas de la cocina que parpadeaba las doce en punto.

Lennox seguía dormido debajo de mí, con la boca entreabierta y el pelo hecho un desastre, roncando bajito como un motor lejano.

Y yo me quedé quieta, escuchándole el corazón, con una sensación nueva instalándoseme en el pecho y una idea que me daba pánico reconocer: que aquel matrimonio de mentira se me estaba yendo de las manos por el peor y el mejor de los caminos.

Porque me estaba enamorando del trámite.